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29.8.10

Defensores universitarios

Contra lo que pudiera parecer, y muy a pesar de que resulta una instancia un tanto inútil
—vista la forma en que se conduce, sin tomar en cuenta las denuncias que recibe sino con un muy sobado "sí, ya te oí; te contesto cuando me dé la gana"—, no dedicaré esta entrada a la oficina del Abogado General de la Universidad Nacional sino a quienes, con argumentos extraños en ocasiones, reduccionistas en otros, y torcidos las más, se asumen como defensores ex officio de la misma institución. Concretamente, me referiré al artículo de Arnaldo Córdova titulado "La Universidad y la derecha", aparecido el día de hoy, 29 de agosto, en las páginas de La Jornada.

El doctor Córdova, todo mundo lo sabe, es un connotado pensador de izquierda que, al calor del pensamiento en boga durante la década de 1960, cobró amplia fama con su libro La ideología de la Revolución Mexicana. Es, asimismo, un opinador asiduo sobre la realidad nacional y, sobre todo, un crítico enfebrecido de lo que él llama "la derecha". ¿Qué es, para Arnaldo Córdova, "la derecha"? Bien a bien, no se sabe. Por momentos, parece ser cualquier postura favorable a la apertura del mercado y la disminución del papel que, con respecto a la vida nacional, guarda el Estado. Sin embargo, en ocasiones parece que "la derecha" es todo lo que no es "la izquierda" y, en este sentido, "la izquierda" tampoco es "la", sino "una" sola, aquélla con la que concuerdan los muy cerrados paradigmas de Arnaldo Córdova.

En esta ocasión, el académico de marras se ha metido con Gabriel Zaid y con Guillermo Sheridan a propósito de las críticas que ambos le endilgan a la universidad en el número de julio de Letras Libres. Como los aludidos no necesitan quién los defienda —de hecho, nadie en esa revista necesita defensores espontáneos; ellos se bastan y se sobran solitos, como se lo demostró Enrique Krauze a quienes, de un modo u otro, pretendieron salvar los muy cuestionables trabajos presentados en la compilación México, tres momentos—, yo me concentraré, únicamente, en exponer la serie de falacias, inexactitudes, contradicciones y errores garrafales que contiene el citado artículo de Córdova, en el entendido de que a) estoy plenamente de acuerdo con la opinión que emite acerca de las universidades privadas; b) creo firmemente que las carreras de humanidades no son improductivas, sino todo lo contrario.

Salvado el escollo, iré por partes. Lo primero es el flagrante error que comete Córdova al decir "llevo 43 años trabajando de tiempo completo en la Universidad, y siempre he sido crítico de los mecanismos que operan en ella". Con el debido respeto, eso es una barbaridad. ¿Cuántas veces, en esos mismos años, Córdova ha pedido que su plaza definitiva de tiempo completo se ponga a concurso? ¿En qué momento se ha opuesto a programas como el PRIDE, que efectivamente crean una brecha entre los profesores bien pagados —como él mismo— y los de asignatura, como el que estas líneas escribe? ¿Cuándo ha pedido que se le baje el sueldo? El autor del artículo es muy hábil cuando indica que los sueldos de los altos funcionarios son "de hasta siete u ocho veces el de un profesor de primer nivel". ¿Qué entiende por "primer nivel"? ¿La crème de la crème de los académicos? ¿Los que apenas inician? ¿Quiénes, doctor Córdova, son esos académicos "de primer nivel"? Porque, si se refiere a los de asignatura con una o dos clases, permítame decirle que el sueldo de un académico de tiempo completo, con todo y prestaciones, puede ascender a cerca de 40,000 pesos mensuales, mientras que el primer sujeto referido ganará, por cuatro horas al mes, cerca de 1,600 pesos. ¿Es eso justo, parejo y equitativo? Evidentemente no pero, como el fondo del artículo es presentar al enunciante como un sujeto crítico, resulta más conveniente montar la comparación con las autoridades que con los propios académicos.

Aparece más tarde la cuestión del debate entre universitarios. Como bien dice Córdova, la universidad se la vive en el debate; degraciadamente, no se poseen los espacios adecuados para llevar tales debates a un terreno productivo. Sin ir más lejos: el debate protagonizado en 2009 entre partidarios de la ocupación del auditorio Justo Sierra de Filosofía y Letras y opositores al mismo debió desarrollarse en un estacionamiento, y luego cada quien echó mano de lo que tenía más cerca para ganar adeptos, mientras la autoridad se hacía la desentendida y nada pasaba. Hasta ahí, correcto, punto para Córdova. El problema aparece cuando él mismo decide que la universidad es un monolito donde todos pensamos igual, y que cualquier ataque procede de las fuerzas del mal ubicadas afuera de ella, concretamente en "la derecha". Suena misteriosamente a argumento staliniano, castrista o hitlerista: el enemigo es ese otro que no es como yo soy, es el diferente y, claro, está afuera, porque adentro todos somos iguales y, si no somos iguales, pues hay que igualarnos, por las buenas o por las malas. Vaya despropósito. O sea que, si entiendo bien, para criticar a la universidad sin ser "un mal universitario" —mote que le endilga don Arnaldo a Sheridan— debo ser "de izquierda", lo que sea que se entienda por eso, y criticar las posturas "de derecha" que aparecen en mi casa de trabajo.

Así las cosas, la única causa de los problemas de la universidad es que exista "la derecha". Córdova mismo lo advierte: los problemas comenzaron cuando entró Soberón, un rector de derecha y reaccionario. Menos mal que, por congruencia, indica que ambas cosas no son lo mismo, aunque tal mención no rebasa, por desgracia, el espacio conferido a ella en el artículo, al ser sabido que, para Córdova y los suyos, ambas palabras son sinónimos, lo que no es necesariamente cierto. Sin embargo, tal es la fuente del problema: "la derecha". No lo son las charriles prácticas sindicales; tampoco lo es el nulo caso que se hace a la legislación universitaria; menos lo son los ínfimos niveles de titulación ni la escandalosa deserción; tampoco lo es el parasitismo que aqueja a muchos académicos e investigadores que, en años, no han escrito un artículo ni desarrollado un experimento a cabalidad. No: señalar eso sería propio de "un mal universitario". Entonces, doctor, ¿qué señalamos?

¿Qué viene después del mencionado alegato? El PRD, y aquí sí no sé en qué planeta vive Arnaldo Córdova. Tal vez en el de las enunciaciones literales, donde el hecho de que el partido se haya metido hasta la cocina universitaria debería implicar que los estudiantes portaran gafetes, credenciales y playeras perredés, que se supieran el himno del partido y que, como borregos, votaran en masa por los impresentables candidatos amarillos... o los rojos, acaso peores. Señor mío: obviamente, no existe un cogobierno universitario, en el que tal partido decide, hace o deja de hacer, pero resulta evidente que sí influye en la vida universitaria. Para ello, basta ver las filias de los dos últimos rectores, el descaro con el que se han alineado con los postulados del perredismo o del pejismo, la gente que han colocado en puestos claves del aparato universitario —Rosaura Ruiz sería el mejor caso, secretaria de una secretaría universitaria sin programa ni funciones claras— y su amable connivencia con los líderes del partido. Líderes o mesías, da igual. ¿No hay, entonces, una burocracia aliada con el PRD? De nuevo, válgame.

Cierra el artículo con una serie de números lindos, que no son sino una apología del trabajo de nuestra universidad, justo lo que Córdova dice que no hace, no ha hecho y no hará. ¿De qué nos sirven los números, si al menos dos de cada cuatro académicos cobran sin dar el golpe? ¿Si muchos estudiantes ven en la reprobación una práctica normal, un estado común al hecho de estar en una institución como la nuestra? Sí, es obvio que la UNAM es mejor que el Tec, la Ibero, la Anáhuac y la UDLA juntas, pero saberlo no es suficiente consuelo porque eso no elimina la fuente del problema: las prácticas torcidas, las conductas inadecuadas, el burocratismo, las plazas ocupadas por inamovibles, las mafias del poder, el manejo discrecional de los recursos, la inequidad de los sueldos, la colusión de la institución universitaria con un partido político, la naturalidad con que se deja hacer y pasar cualquier tipo de cosas en el campus. Ser mejores que los otros no nos exime de dar cuentas —cuentas claras, no las típicas cuentas del Gran Capitán que se presentan cada año— ni de medirnos según los estándares que rigen al resto. ¿Somos los mejores? ¿Por qué no lo demostramos así, sin retruécanos?

Así, las cosas, concluye Córdova su artículo con su idea fija: la derecha tiene la culpa de todo. La derecha ataca a la universidad y quisiera verla cerrada. ¿De dónde saca eso? Según él, de lo que expone Gabriel Zaid, a quien "poco le falta para decir que sería mejor cerrarla". Exacto: es posible que poco le falte —yo lo dudo—, pero no lo dice. Y no lo dice porque, para cualquier persona con cinco milímetros de frente, resulta un absurdo. Sin embargo, ese mismo "poco falta" se convierte en "no lo dice, pero lo está pensando", mismo que se traslada ipso facto a todos los enemigos de la universidad pública que, en sus retorcidas mentes, quieren lo mismo: cerrar la UNAM y, como decía aquel correo —que estaba para morirse de la risa, lo que sea de cada quien— firmado por X Döring —que primero era Édgar, luego era Federico, y al final podía haber sido Epaminondas—, convertir el campus en un "manhatan" [sic] al sur de la ciudad. Tal es el problema, común a los fascismos pero, como puede verse, también a los espíritus dogmatizados y confundidos: crearle argumentos al oponente, decir lo que no dijo —pero que sí está pensando, cómo demonios no—, segregarlo y atacarlo. Y, sobre todo, tacharlo así: "es de derecha; es el maligno; la derecha es así, es el mal". ¿Cuál derecha? Se ignora hasta el momento. ¿Y la izquierda? ¿Hace algo? ¿Existe acaso? Nada, ni una ni otra, porque todo en este mundo es plural y, así como en un lado existen las mentes enloquecidas que añoran los viejos tiempos del echeverrismo —con su discurso esquizofrénico de pseudo izquierda— o que quisieran ver el arribo de la dictadura del proletariado —aunque luego se espantarían al ver las excelentes prácticas que tal sistema conlleva—, y en el otro hay los que pelean por eliminar cualquier institución pública y acceder al Estado ínfimo, en ambos lados hay gente coherente. Por tanto, reducir los argumentos a derecha=mala, izquierda=buena, es disparatar, lo cual resulta por demás impropio de un académico que, como Arnaldo Córdova, se gana la vida en la Facultad de Ciencias Políticas.

Muy bonito, muy bonito.

25.7.09

Encuentros académicos.

Justo en esta semana se llevó a cabo en la Ciudad de México el LIII Congreso Internacional de Americanistas que, contra lo que pudiera pensarse, no reúne a lo más granado de la afición azulcrema dispersa a lo largo del mundo, sino a académicos dedicados al estudio de América en sus distintas vertientes. La organización corrió a cargo de la UIA y del gobierno del Distrito Federal, empecinada la primera en demostrar que también puede hacer algo, y el segundo en dar lustre a su mediocre gestión a partir de eventos internacionales que no sabe de qué tratan, pero que le permiten "mostrarse al mundo". El tema del encuentro fue "Los pueblos indígenas: cambios y continuidades", y reunió a decenas -me atrevería a decir centenares- de sujetos que presentaron... lo que ya se sabe: avances de investigación, refritos diversos de lo publicado a lo largo de sus vidas, opiniones poco, mucho, o nada sustentadas y, en general, trabajos que comprenden de lo específico a lo más específico a lo absurdamente específico. Como siempre, lo abordado en esta ocasión merece ir por partes, a fin de ponerlo en claro.

¿Qué son los encuentros académicos? De forma ideal, estos espacios están pensados para que los estudiosos de un tema general, dividido a su vez en temas de mayor concreción, se reúnan, intercambien opiniones, lean trabajos y, en conjunto, enriquezcan sus posiciones al respecto, al tiempo que difunden su saber a un público de distinta amplitud. Tal es, como se mencionó, el ideal de los congresos, simposios, encuentros, coloquios y mesas de discusión. Sin embargo, la realidad dista mucho de parecerse a tal idea porque, para abrir boca, el 90% de los trabajos presentados, cuando menos, no son producto de una investigación nueva, sino que refieren a aquello que el estudioso ha realizado a lo largo de los últimos, quizá, diez años, y que, con distintos matices, ha presentado en un centenar de encuentros. Por tanto, cuando el eminente doctor Fulano de Tal toma la palabra, su auditorio sabe ya al dedillo de qué va a hablar, qué chistes va a intentar colocarle a la gente, y cómo excusará no traer nada nuevo bajo el brazo. Así, aunque existimos los que tratamos de llevar cosas nuevas cada que vamos a un coloquio, como es el caso de quien estas líneas escribe, resulta por demás exasperante ver que, en cada mesa, los temas se repiten, y se repiten, y se repiten; incluso los comentarios de los ponentes con respecto al trabajo de sus pares son los mismos de siempre, y las preguntas del auditorio, sobre todo del que es incondicional de Fulano, son también las de siempre, y por lo general se concretan a externar loas al escrito, al modo en que éste es revolucionario en cierta medida, y a la forma en que ha cambiado la vida del preguntón al abrirle los ojos a la verdad, como si fuera un infomercial de porquerías para reducir de peso, la nueva versión de El Secreto, o un programa de "Pare de sufrir", ni más, ni menos.

Viene luego, como mencioné, el intercambio de opiniones, piedra de toque de los encuentros académicos. Sin duda, ésta es la mayor añagaza de tales eventos porque, hasta donde la experiencia me permite ver -en mi corta carrera tengo ya alrededor de cincuenta participaciones en magnos sucesos como los que ahora narro-, cada ponente entra con una serie de ideas fijas en la cabeza... y sale con ellas intactas. Escasas son las ocasiones en las que alguien pregunta a otro, no con el fin de fastidiarlo, de hacerlo quedar en ridículo, o de probar que es mucho mejor que el otro, sino para saber de qué va la cosa y aprender. Muy escasas, irrisoriamente escasas, y tampoco sirven para intercambiar ideas, sino para reafirmar las del cuestionado. La mayor parte de las veces, el que pregunta lo hace con mala, malísima leche, con ánimo de descalificar al que ha presentado un trabajo bueno, regular, o malo. Tan es así que quienes nos dedicamos a establecer preguntas críticas, o a formular objeciones académicas al trabajo escuchado -en mi caso, el espíritu didáctico no me abandona, y siento la necesidad de decir al otro "revisa, replantea, repiensa", para que mejore lo hecho-, somos atacados por quien, a su vez, producto de la costumbre, se siente atacado. El resultado es que, en un encuentro académico, nadie termina por oír a nadie, todo mundo es el experto en su tema, y el público pocas veces alcanza a encontrarle sentido a las ponencias.

A este respecto, otro punto a reseñar sería el carácter "divulgatorio" que poseen los encuentros académicos. Sabido es que aquello que nosotros, en el medio académico, producimos, debe llegar a la gente de algún modo a fin de, por lo menos, enriquecer sus conocimientos, o para dar a la luz trabajos serios de divulgación, que hagan contrapeso a farsantes y plagiaros como Crespo, Villalpando, Rosas, Rius, Catón o El Fisgón. ¿Qué mejor oportunidad para hacerlo que un congreso, donde por igual acuden profesionales y legos, siempre y cuando la asistencia no sea cobrada, o las tarifas impuestas no sean prohibitivas? Pues no: los académicos con pretensiones de "intelectuales inalcanzables", por el simple hecho de tener un papel que los acredita como miembros de una institución X -tan seria como la UNAM, o tan ridícula como la UACM-, creen que deben expresarse siempre, o en idioma "academiqués", lo cual impide que el público amplio los comprenda, o a partir de N muy vagas referencias a trabajos especializados, de ésos que sólo conoce un segmento especializado del mundillo profesional. Así, la virtud comunicativa de tales eventos se ve eclipsada, y todo termina por ser una pasarela, como he mencionado, para demostrar qué tan fregón es el sujeto que habla, a partir de mi sabia máxima que enuncia: a mayor número de personas que no entienden lo dicho, y a mayor enrevesamiento del lenguaje, mayor calidad reviste al trabajo y al sujeto que lo ha elaborado.

Un encuentro académico, a estas alturas, resulta para mí completamente predecible, a tal grado que me he permitido esbozar una especie de recetario para guiar a quienes, en el futuro, decidan llevar a cabo tan magnos acontecimientos. Suplico al lector tomar nota de lo siguiente:

1. La institución A, B o C -en este caso, un gobierno local patético y una entidad académica ingenua- se postula como sede del evento X de la organización Z, hace gala de los lugares en que podría acomodar al suceso, y promete dar tal, tal y tal cosa a los asistentes.

2. La organización Z acepta la propuesta, emite la convocatoria para el magno evento, establece los temas del encuentro, fija las cuotas -que en ocasiones incluyen hospedaje, alimentos, programa, memorias y recuerdos, en otras sólo programa y memorias, y en otras nada-, y se dispone a cobrar, mientras los organizadores comienzan a parir chayotes con la logística.

3. Los presuntos participantes piensan unos días sus temas, se olvidan del evento, y un día antes del cierre de la convocatoria -que a estas alturas ya fue ampliada porque no habían ponencias propuestas- deciden enviar un refrito, sin importar que todo mundo se conozca y sepa exactamente de qué van a hablar.

4. El comité hace un simulacro de selección, notifica a los aceptados -que bien podrían ser todos los que quisieron entrar, vistas las porquerías que siempre aparecen-, y pare más chayotes para acomodar las ponencias, de modo que las mesas resultantes posean alguna congruencia. Lógicamente, ha aceptado a tantos -porque el dinero es el dinero- que sus integrantes terminan sufriendo una meningitis y, al final, acomodan los trabajos por orden alfabético inverso sin vocales y con consonantes terciadas; es decir, como caigan.

5. Un día antes de iniciar el evento, resulta que el impresor de los programas no los ha entregado; el de los gafetes perdió cinco páginas de la lista que recibió y tiene el material incompleto; el comité se embolsó la mitad del dinero para gastos y entrega un fólder mal impreso, un chicle y dos pastillas a cada ponente, en lugar del portafolio de piel de ternera prometido; nadie sabe cómo hacer las facturas para los participantes; los reconocimientos o constancias de participación son impresos en la sala misma de recepción, siempre con faltas de ortografía o con sutiles modificaciones a los nombres, de modo que el doctor Reynaldo Toro Palezús termina siendo Renato Lobo Pedrero; la logística falla, y todos los ponentes foráneos que confiaron en el comité son hospedados en un hotel de mala muerte; se destinó un comedor para cincuenta personas, y acudirán quinientas al evento -200 ponentes y 300 colados-; el organizador de los banquetes presenta un presupuesto altísimo -a última hora- y, como ya no hay dinero, se decide comprar una camioneta de sandwiches Lonchibón. Esto no importa a los asistentes que, como parte del "turismo académico", han decidido comer aparte, beber lo suyo, y no presentarse nunca a las mesas que tienen lugar después de los alimentos, salvo que sea el momento en que les corresponde exponer.

6. Con base en lo anotado en el punto 5, los participantes arman jaleo cada cinco minutos al descubrir las planchas de los organizadores, ver que no están sus santos nombres en las listas, o recibir reconocimientos a nombre de personajes perfectamente desconocidos. Sin embargo, cuando inicia el evento, todo mundo acude a las mesas que puede y el ajetreo es tal que nadie repara en la estafa de que ha sido objeto. Eso sí, en este último renglón es donde cae por completo el mito de los "encuentros", dado que nadie encuentra su mesa, no encuentra a sus amigos, tampoco encuentra sus papeles, reconocimientos, programas y chucherías, y el público termina por no encontrar sentido a las ponencias, mientras que el comité organizador no encuentra dónde meter la cabeza.

7. Para concluir el evento, todos -participantes, comité y colados- se ponen hasta atrás con el vino de horror que el comité ofrece -y que, invariablemente, es vino de tetrapack, o un caldo chileno agrio y espantoso de $50 la botella-, platican de sus ponencias y, como son las mismas de siempre, terminan hablando de lo mismo, o de temas tan académicos como "estaba bien buena la ponente de Kazakhstán que presentó no recuerdo qué."

8. La organización Z revisa su cuenta bancaria, ve el saldo agradablemente crecido, y emite la convocatoria para designar la nueva sede del evento. En tanto, los ponentes regresan a sus casas pensando "¡qué buenas guarapetas agarramos ahora en este encuentro!", "Fulano hizo el imbécil, como acostumbra", o "la próxima vez presentaré un poquito más de este tema." Al llegar a su lugar de origen, cada quien se desconecta de lo sucedido -salvo en las ocasiones en que merece presumirlo-, aguarda la convocatoria y, cuando ésta aparece, repite el procedimiento descrito.

4.6.09

El primer paso.

Después de la muerte del narcomenudista, acaecida en la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM hace dos días, el Consejo Técnico de la institución dio a conocer ayer un comunicado que, a renglón cerrado, hacía uso del conocido lugar común "haremos", "vigilaremos", "tendremos que hacer", y cosas que sonaban a nada. Hoy, para fortuna de todos, resultó que sí, que sí se ha hecho algo, y que ese "algo" es el primer paso al que aludía yo en la entrada que a ésta precede.

Hoy, al arribar a mi trabajo, no vi puesteros, no vi vendedores de nada -libros, películas, monitos, ropa...-, no vi siquiera a los infaltables ambulantes que, montados en bicicletas, reparten tacos de canasta por todo el campus universitario. En cambio, vi muchos cochecitos de Auxilio UNAM, muy monos todos, acomodados en el lugar en que deberían estar los vendedores. Obviamente, mi júbilo fue mayúsculo, si bien se vio empañado por el hecho de que, desde el auditorio, y al interior mismo de la facultad, comenzaban las protestas por el hecho.

Antes de reseñar las protestas, vale la pena insertar aquí un apunte: tanto aparato para retirar a unos vendedores, ¿era necesario? Al parecer, sí; el problema que aparece en el horizonte estriba en que el dispositivo -como se da hoy en llamar- que resguarda los espacios no puede durar para siempre y, por tanto, imagino que los vendedores harán acopio de paciencia hasta que la autoridad se vaya y ellos, lentamente, en operación cucaracha, regresarán. Ojalá me equivoque, aunque la experiencia me dicta que lo mencionado es posible.

Ahora, las protestas. Al ingresar a la facultad observé, como es habitual cuando "algo" se mueve, el consabido grupo de gente apeñuscada en la zona conocida como "aeropuerto", y que no es sino el descanso de las escaleras. Al avanzar un poco más, comencé a oír una voz que, con un tono también muy conocido, propio de exaltado orador de barrio, reseñaba "la injusticia" de que eran víctimas los vendedores, "el atropello que se cometía contra la gente pobre" y, por último, "la ilegalidad" con la que actuaba la autoridad al quitarlos. La oradora, de quien me ocuparé en unos instantes, terminó diciendo que, si se quitaban esas fuentes de trabajo, el gobierno debía entonces mantener a los desplazados, darles todo gratuitamente y compensar su injusta existencia. Al mismo tiempo, exigía a las autoridades -a la Junta de Gobierno y a la Dirección de Patrimonio Universitario, ni más ni menos- que le explicaran por qué habían quitado a los vendedores, por qué los atropellaban, por qué nadie daba la cara, aun reconociendo que la directora había hecho acto de presencia en la operación. Total, un galimatías populista, pseudo rojo, de ésos que bien conocemos; a su lado, un vendedor de libros piratas, para más señas uruguayo o argentino, asentía con gravedad y ponía cara de circunstancias.

¿Qué clase de protesta es ésta? ¿Ilegalidad dices? Vaya, hombre, pues entonces ha de ser muy legal vender piratería en todas sus formas, productos de contrabando, y lo que se guste y mande, por supuesto, sin pagar un centavo de impuestos. Valiente legalidad. Oh, claro: también, en el río revuelto, vale defender a los vendedores de droga que se han quedado sin trabajo. Pobrecitos. Definitivamente, el Peje tiene la razón: la inseguridad se combate con empleo, así sea vendiendo pastito vacilador; de otro modo, ya se ha visto, la inseguridad crece y, en una de tantas, los narcomenudistas se asesinan unos a otros.

Ahora, daré paso a describirles a quien, en el tono referido, decía lo ya comentado. Hace un par de semestres, al hacerme cargo de una materia de siglo XX, ingresó a mi grupo la que, por mucho, es la peor -valdría ponerlo en mayúsculas, aunque lo omito por quedar un poco mal- alumna que he tenido en todos mis años como docente. La sujeta asistía cuando quería y, en tales ocasiones, su expresión era de total apatía, hartazgo, desinterés, aburrimiento; éste, en ocasiones, terminaba por vencerla, y la alumna se dormía con la boca descomunalmente abierta, sin pena alguna. En las contadas ocasiones en que se animaba a opinar, su verborrea era un amasijo de incongruencias, anacronismos, lugares comunes, y estupideces de similar talante. Si de entregar trabajos escritos se trataba, mejor ni comentarlo: de tres palabras escritas, había una falta de ortografía en al menos una, cuando no en las tres. El colmo fue que la sujeta terminó sintiendo una especial aversión por mí el día en que, al pedirme que la dejara entregar sus trabajos fuera de tiempo -alrededor de tres meses después de la fecha acordada- le dije que con gusto, pero que la calificaría sobre seis, no sobre diez, en atención a su tardanza. La tipa me miró con odio reconcentrado y preguntó "¿sobre seis?" Al repetirle que sí, que la justicia para con el resto de sus compañeros dictaba que no había de otra, chasqueó la boca y se marchó furibunda.

Ahora bien, la pregunta del millón: ¿quién imaginan ustedes, amables lectores, que era la oradora de la protesta mencionada párrafos atrás? Ni más, ni menos: una sujeta que no sabe hablar, que no sabe escribir, y que no estudia, se asume ahora como portavoz de los desposeídos e inocentes vendedores. Mucho me gustaría ver su tira de materias y su avance de créditos, para tener armas en la mano con las cuales preguntarle "oye, ¿y tú a qué diablos vienes aquí?" A estudiar no va, eso es seguro; ¿ésa es la gente que "toma consciencia", que se cree "universitaria", que lucha por la "legalidad"? Pues ya vamos listos. Lo primero a cuestionar sería su permanencia en la universidad, y luego su defensa de los fósiles, parásitos e invasores que han ocupado nuestros espacios. Gente de tal calaña es la que, hoy mismo, tuvo el descaro de colgar dos inmensos papeles afuera del auditorio, en protesta por el desalojo de vendedores, y también como queja porque el Consejo Universitario ha solicitado a la Procuraduría que ingrese al auditorio y atrape a los que estén en posesión de droga. Ellos, que sí tienen droga -en macetas-, protestan porque se violaría la "autonomía universitaria" que, como ya he señalado, no se refiere a zarandajas extraterritoriales ni mucho menos, pero que en tal caso habrían destruido ellos primero al permitir que numerosas organizaciones no universitarias se hicieran con el control del auditorio; ellos, que nos han despojado de un espacio común, exigen -ajá, tal cual- que no se meta nadie en los espacios "liberados" y "autogestivos". ¿Reímos, o lloramos?

Por lo pronto, el primer paso está dado. Veremos hasta dónde llega y, sobre todo, qué se le ocurre a los vagos, parásitos, invasores y, sobre todo, violentos, para oponerse a lo que se viene. Ya comenzaron a lanzar consignas contra la "represión", contra "los ataques de la autoridad"; sin embargo, si la comunidad de la facultad se asume como tal y actúa en conjunto, creo que podremos recuperar nuestros espacios y tornarlos, como decía el comunicado del Consejo, en sitios dignos para la vida académica.

2.6.09

¿Hasta cuándo?

Según distintas notas periodísticas, un sujeto desconocido -ni tanto, tiene nombre y apellidos- fue baleado en el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Tras recibir los impactos, el sujeto corrió hacia la propia facultad para pedir ayuda, pero las heridas eran de consideración y cayó en la entrada. Los servicios de Auxilio UNAM acudieron al lugar de los hechos pero nada pudieron hacer por salvarlo. Al momento, se realizan las investigaciones pertinentes para dar con los culpables.

Esto es, en su más escueta versión, lo acontecido hoy en la misma puerta de mi casa de trabajo, entre las 13:30 y las 14:00 horas. Al salir de mi clase, una amable conocida mía que se desempeña en las difíciles tareas de la escoba y el trapeador me impidió el paso hacia la entrada: "Está cerrado, maestro." Al inquirirle el por qué, llanamente me dijo "Es que hay un muerto. Mataron a un muchacho en la puerta, aquí, junto al teléfono." Chanfles. Salí, con el resto de quienes éramos desviados de la entrada principal, por el patio de la biblioteca, sin saber a ciencia cierta qué pensar en torno a lo acontecido.

Lo primero que viene a la cabeza en tales circunstancias es, naturalmente, un alud de preguntas, un tropel de interrogantes desordenadas, un sinnúmero de cuestionamientos que van, desde lo obvio, hasta lo ilógico: ¿quién era? ¿Por qué lo mataron? ¿Agarraron a los asesinos? ¿Sería un estudiante? ¿Será el único? ¿Por, qué, por qué, por qué? A estas interrogantes se impone, en última instancia, una sobrecogedora duda: ¿estaremos seguros quienes acudimos a nuestra universidad? Si hoy mataron a un tipo, ¿quiere eso decir que las escenas cotidianas de violencia que se viven en la ciudad y en el país, se reproducirán ya normalmente en un lugar donde, de forma natural, no deberían acontecer? Con esto en mente, retorné a casa.

La información, como es natural, fluyó lentamente pero, al final, permitió armar el cuadro que he presentado al inicio de este texto, el cual debe ser amenizado por un dato más, simple pero contundente: el muerto estuvo en prisión entre los años 2000 y 2007, acusado de posesión de droga. Para quienes hemos asistido a la Universidad Nacional durante algunos años, el cuadro comienza a formarse con nitidez: el tipo era un vendedor de droga, de ésos que pululan en el espacio conocido como "Las Islas", en las justas narices de la rectoría, y contra quien nadie ha hecho nada en ningún momento. Recuerdo que, tras el ilegal y arbitrario paro de labores del año 2000, se hizo la finta de retirarlos, dado que ya operaban con descaro -sólo les faltaba vocear su mercancía para ser más evidentes- y, además, el horno no estaba para bollos después de que a los paladines del CGH les encontraron macetas sembradas de cierta hierba color verde -cuestión que, por cierto, no tardó en ser echada al cesto del olvido-. Así, los narcomenudistas debieron camuflarse pero, si se observa con cuidado, hoy en día se les distinguirá fácilmente entre quienes venden discos piratas, películas piratas, libros piratas, artesanías, ropa, muñecos y demás artículos en el tianguis que, durante la gestión de Ambrosio Velasco, prosperó a las afueras de mi facultad.

Saber que era un vendedor de droga, que discutió con quienes eventualmente le asesinarían antes de ser baleado, y que no es un universitario, da cierta tranquilidad, aunque ésta no tarda en desvanecerse. La tranquilidad surge porque, después de todo, no se trató de la ejecución, por los motivos que se gusten, de un alumno, un académico, o un administrativo: el acontecimiento es, al parecer, un ajuste de cuentas, aunque la Procuraduría de la ciudad haya abierto otras líneas de investigación. Lo anterior permite ver que no hay un comando dispuesto a ejecutar universitarios, no es una acción organizada, no tiene que ver con cuestiones represivas. Es, repito, el asesinato de un bueno para nada hijo de tal a manos de otros buenos para nada hijos de tales; en este sentido, y aunque suene horrible, no se ha perdido mucho.

La intranquilidad reaparece cuando se echa para atrás la mirada y se recuerdan episodios que, sin ser en sí similares a lo ocurrido hoy, sí tienen una conexión ineludible. El 12 de septiembre del año pasado, por ejemplo, una turba irrumpió en el campus universitario, asaltó a cuantos encontró a su paso, lanzó petardos contra distintas instalaciones universitarias, agredió a algunos estudiantes y, finalmente, fue puesto en fuga por estudiantes de mi facultad, algunos de ellos alumnos míos. ¿El motivo? La celebración, al día siguiente, del clásico Politécnico - Universidad. ¿Las consecuencias? Unos cuantos vidrios rotos, unos cuantos muchachos robados, y una movilización policiaca digna de peor película de los hermanos Almada, o ni siquiera eso porque, al menos en una de éstas, los maleantes pagan al final sus fechorías pero, en el caso de los vándalos, no se atrapó a ninguno, no pasó nada, y el flamante secretario de Seguridad Pública de la ciudad, Manuel Mondragón, demostró su total ineptitud para el cargo.

En aquel momento, como dan cuenta los escritos que me vinieron a la cabeza, y que están en este y en este enlace, se me ocurrió preguntar algo que, a la fecha, no he podido responder: ¿qué hubiera pasado si los vándalos, en lugar de sólo lanzar petardos a la facultad, hubieran decidido ingresar en ella? ¿Quién los hubiera detenido? ¿Qué hubiera pasado si, tras lanzar algunos proyectiles contra la Biblioteca Central, se les hubiera antojado destrozar los coches que estaban en el estacionamiento, incluido el mío? ¿Quién lo hubiera impedido? La respuesta a las preguntas nones es, lógicamente, hubieran hecho lo que hubieran querido, y a las pares es nadie, no sólo porque el personal de "seguridad" o "vigilancia" no está capacitado para ello -son, en su mayoría, gente de intendencia que ha obtenido un ascenso- sino porque, con mis propios ojos, observé en una ocasión cómo estos tipos -que recién han estrenado automóviles y se ven la mar de lindos- se "arreglaban" con un vendedor de droga y, en otra, permitían cobardemente que un ladrón escapara.

En esas manos está nuestra seguridad. Hoy mataron a un tipo a la puerta de mi facultad. ¿Hasta cuándo deberemos soportar cosas como ésta? Hace un par de meses, mi buen amigo Alberto Constante publicó en su blog una entrada donde daba cuenta de las tareas que esperaban a la nueva dirección, entre ellas, la inaplazable limpieza de nuestros espacios. Tal limpieza no se refería sólo al plano físico -aunque buena falta hace-, sino al otro, al humano, al espacio que, en lo simbólico, nos cobija a quienes acudimos a compartir lo poco que sabemos, y a quienes se interesan en escucharnos, en debatirnos, en ampliar nuestras dudas y nuestros saberes. Resulta desolador que, a las afueras de la misma Facultad de Filosofía y Letras, con todo lo que el nombre implica, se venda de todo, sin importar si es legal o ilegal, desde películas hasta droga; también es deprimente que un espacio que debiera ser de todos, como es nuestro auditorio Justo Sierra, se encuentre ocupado por sujetos que, en su mayoría, nada tienen que ver con una universidad de cuyos recursos disponen libremente -agua, electricidad, espacio-; igual de malo es ver cómo, por motivos que van de lo trascendente para algunos, a lo completamente baladí, se reparten cubículos en distintos lugares de la facultad a grupúsculos sin oficio ni beneficio, cuyos integrantes -a quienes he observado como "alumnos" desde que yo mismo lo era- haraganean sin mayor pena, venden dulces y cafecitos de a $5.00, $6.00 ó $7.00 y, cuando se tercia, pintan mantas y papeles en protesta por "algo" que ha pasado, con el afán de demostrar que tienen "consciencia social" y se comprometen con las "causas populares", sin pensar que el mejor modo de dar salida a sus propósitos sería, justamente, no defraudando a la nación, estudiando a conciencia, y egresando algún día. Lo último triste, en este mar de lágrimas, es salir los viernes por la noche y encontrar que el campus de la universidad más importante de Iberoamérica es asimismo la cantina más grande de México, y el fumadero de marihuana más concurrido de esta, de por sí, concurridísima ciudad.

Lo anterior son los problemas que nos aquejan a los miembros de la comunidad -dudo que lo sea, pero de algún modo hay que llamarla- de Filosofía y Letras. ¿Qué tienen que ver con lo que refiere este texto? Simple: a más gente extraña en las inmediaciones de la institución, más posibilidades de que se cuelen conflictos ajenos y, por ejemplo, los narquitos se maten en el estacionamiento. Asimismo, a mayor cantidad de ajenos, mayor inseguridad, mayores posibilidades de sufrir un robo o una agresión, mayores distracciones a nuestras labores cotidianas. Por eso me pregunto ¿hasta cuándo habremos de sufrir esto? ¿En qué momento las autoridades se fajarán los pantalones y aplicarán los reglamentos universitarios? Me imagino que, al expulsar definitivamente a los primeros cien borrachines o marihuanos que se encuentren en el campus -afuera es otro problema-, los demás se la pensarán y la práctica disminuirá; igualmente, al correr a los vendedores y recuperar el auditorio, las cosas comenzarán a verse mejor en todo sentido; por último, al permitir que entren las autoridades y detengan a los narcos, mucho ganaremos. En este sentido, vale recordar -por si hiciera falta aunque, visto lo dicho por los periódicos, vaya que la hace- que la "autonomía" universitaria no es sinónimo de extraterritorialidad, no tiene que ver con una tierra sin ley donde la policía no debe entrar; ante todo, la autonomía es financiera y educativa, no de orden legal o judicial. Por tanto, la policía debería buscar el medio para ingresar en las instalaciones universitarias y echar el guante a vendedores y consumidores de porquerías, y a vendedores de piratería. Por su parte, la autoridad universitaria, comenzando con la directora de la facultad, tendría que asumirse como tal en el papel y, primero, echar a los sujetos del auditorio, o llegar a un acuerdo con ellos para que el espacio nos fuera reintegrado; segundo, quitar el tianguis que su antecesor permitió se instalara libremente; tercero, aplicar los reglamentos ipso facto y expulsar a los transgresores.

Esto es un sueño guajiro pero, total, no cuesta nada enunciarlo. Sobre todo, no cuesta nada preguntar ¿hasta cuándo? Tal vez no me refiero a la limpieza de fondo que se requiere: simplemente, la que competa a lo más evidente. Incluso, me conformaría con ver sólo la intención, los primeros pasos; empero, no cejo en preguntar ¿cuándo? ¿Hasta cuándo mi casa de trabajo será un tianguis, una narcotiendita, un sitio ocupado por extraños? ¿Hasta cuándo?

18.3.09

Los patanes llegaron ya.

El Diccionario de la Real Academia define al patán, en su segunda acepción, como "hombre zafio y tosco"; a su vez, zafio significa "grosero o tosco en sus modales o falto de tacto en su comportamiento." Con esta luz como guía, y dejando de lado la cuestión de género asociada a las definiciones transcritas, puedo con conocimiento de causa afirmar que hoy presencié el desenvolvimiento social de varios sujetos que, en efecto, caen perfectamente en la categoría del patán por antonomasia.

El primero de ellos es, lamentablemente, un académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. No diré el nombre para no quemarlo pero, para dar un norte a quien esto lea, sólo mencionaré que pertenece al Colegio de Letras Modernas, en su división de Letras Inglesas, usa el cabello extremadamente corto y gasta lentes negros de media montura; no diré más porque en una de tantas es posible que adivinen, y mi intención no es tal. El sujeto en cuestión, aunque tiene un español perfecto, gusta de hablar en inglés a sus alumnos mientras los atiende en la sala de profesores, lo cual es por completo válido si consideramos a qué se dedica y sumamos el hecho de que, después de todo, una poca de práctica en la lengua de Shakespeare no viene mal a ninguno de quienes tal carrera estudian. El problema es el volumen: yo no sé qué corrija, ni sus motivos, y honestamente no me importa en absoluto. ¿Por qué entonces su volumen es lo suficientemente alto como para inundar el saloncito en que los académicos sin cubículo nos dedicamos a trabajar? Misterio. ¿Lo hará para llamar la atención? Posiblemente. Como sea, el tío no pasa desapercibido, y eso me permitió observar hoy cómo se convertía en el patán número 1 del día. 

En efecto, la sala de profesores es un sitio para los profesores pero no de forma exclusiva, sino un espacio donde todos podemos estar juntos pero no revueltos, en el que podemos encontrarnos y no conocernos, donde se revisan trabajos, se realizan trabajos, y se sugieren trabajos. Como todo esto indica, los alumnos son un elemento clave en el proceso: sin alumnos, los profesores no existiríamos. ¿A qué viene entonces pedirle a una alumna, sin siquiera decirle "por favor", que se retire de una mesa porque la misma será usada por un profesor? Más aún, ¿por qué ocupar una mesa si la tarea que se encaraba, esto es, revisar un trabajito, no requería de la superifcie plana, y podía llevarse a cabo con comodidad en un sillón? ¿A qué viene tal prepotencia? Oh, y no sólo esto: al mover una silla -en la que no se podría haber sentado el patán en cuestión, dada la ubicación de la misma- golpeó a la alumna, y el consabido "uy, perdón" apenas si se  escuchó. ¿Por qué obrar así? ¿No es esto propio de pobres diablos sin importancia, de ésos que gustan llamar la atención profiriendo gritos, insultos, y atropellando al otro, y no de académicos universitarios?

Una hora más tarde abría yo mi clase vespertina. Justo intentaba esbozar a los alumnos los pormenores de los instrumentos crediticios empleados en la Nueva España -lo cual tiene sus complicaciones naturales- cuando un sujeto abrió la puerta, sin tocar, y me espetó "oye, amigo, ¿nos dejas dar una información?" Como pensé que eran miembros de alguno de los grupos que participan en la elección de consejeros universitarios, los dejé entrar. ¡Cuál sería mi sorpresa al ver que el par de sujetos -un tipo y una tipa- comenzaban a anunciar la videoconferencia que dictará el próximo sábado el conocido agitador Lyndon Larouche, a quien mantengo en mente por ser un lunático capaz de defender apasionadamente las "buenas y honestas" gestiones presidenciales de Luis Echeverría y José López Portillo! Di dos minutos a los fulanos para que hablaran y se extendieron hasta diez, tras lo cual comenzaron a repartir propaganda y, al serles cuestionadas las locuras que profiere cotidianamente Larouche, no dudaron en tacharnos, a mi grupo y a mí, de sofistas -aunque, cuando los inquirí al respecto, tampoco supieron responder qué diablos hacían los sofistas, salvo que aparecían en un diálogo de Platón-, cerrados, descerebrados, y demás linduras, y arremeter contra la universidad por ser un espacio cerrado donde sólo se genera pensamiento inútil, lo cual equivaldría a "pensamiento no iluminado por la sapiencia de Lyndon Larouche". ¿Patanes, o no patanes? 

La del estribo: habitualmente, el recorrido entre la universidad y mi casa toma cerca de 40 minutos; si el tránsito es excesivamente lento, puede ser un poco más. Hoy tardé 40 minutos en recorrer dos cuadras. ¿La razón? Un cúmulo de patanes que olvidaba la regla básica del movimiento vehicular y peatonal alrededor del mundo -verde, avance; rojo, no avance- e invadía, con total despreocupación, el área por la que debían transitar los autos procedentes de la otra calle. 40 minutos. ¿Un policía que ponga orden en el cruce? Vamos, ¿en qué ciudad crees que vives? Para resumir la peripecia, diré que a punto estuve, en cuatro ocasiones, de ver mi coche golpeado por otros automovilistas desesperados, tuve que caracolear sin sentido a lo largo de una cuadra larga y, finalmente, debí esperar a que un par de ciudadanos comunes y corrientes asumieran las funciones de los ínclitos policías para que la circulación se regularizara lo suficiente y dejara atrás el cruce. Patanes, ¿no es cierto? El colmo de todo fue ver, escaso kilómetro y medio delante del atorón, a tres motocicletas -sí, tres- escoltando un camión para que éste, impunemente, se pasara los altos. Cosas de patanes, no hay duda.

3.3.09

Enloquecer de pronto.

Sabia es la ¿máxima?, ¿dicho?, ¿refrán?, ¿sentencia?, que reza "el poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente." Sin embargo, ¿qué pasa cuando el poder se va, se esfuma, o se evapora el anhelo de poder? Ciertamente, puede enloquecerse, si no se tienen los pies bien puestos sobre la tierra o el sueño alcanzó límites, dicho de forma literal, delirantes.

Recién eso ha acontecido en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, o algo muy parecido. Para poner al tanto a quienes no tengan idea de cómo están las cosas, comentaré que, durante el último mes, nos vimos envueltos en un proceso para elegir al director de nuestra institución. Elegir es un eufemismo: los interesados en ocupar la dirección promovieron sus candidaturas, y un segmento de la facultad -una minoría, vale decirlo- apoyó a uno u otro con base en sus propuestas, sus talentos o, no podía faltar, en la posibilidad de obtener algún beneficio personal de todo el embrollo. Al final, la rectoría esgrimió su dedo súper poderoso para designar a quien, por razones que nos son desconocidas, le pareció adecuado.

Cinco eran, en un principio, los candidatos, de entre los cuales dos parecían ser favorecidos fuertemente por la administración saliente. Tras realizarse la presentación de sus proyectos de trabajo, realizamos una votación. Un candidato adicional apareció de la nada y, como vulgar saboteador, se "brincó" el proceso interno que se realizaba en la facultad -estaba en su derecho, cabe decirlo, pero lo esquirol no se lo quita nadie- y se registró directamente en la rectoría. Seis candidatos, seis. De entre ellos, el rector armó una terna con tres, curiosamente no quienes habían obtenido mayores apoyos en el proceso, sino quienes contaban con los mismos de antemano. Integrada la terna, dos hombres y una mujer, todo fue esperar un par de semanas.

En ese lapso, se vio claramente cómo se habían movido las aguas: una candidata era apoyada por una personalidad clave en las altas esferas de la Universidad Nacional y, aunque ni su currículum ni su trayectoria la avalaban, contaba también con el apoyo del director saliente. La otra candidata, sin duda poseedora del mejor currículum de quienes integraron la terna, contaba con apoyos fuertes en el interior de la facultad, a los cuales se sumaba un miembro de la junta de gobierno. A su vez, el candidato contaba con el apoyo de una mafia de ésas que se arman al calor de la academia y, lamentablemente, terminan por contaminarlo todo a su paso. Hay que decirlo: el candidato, desde mi muy particular punto de vista, no era malo; empero, el grupo que lo había apoyado es responsable, entre otras cosas, de integrar a la plantilla académica de la facultad a un conjunto amplio de mediocres, sin más mérito que la cuatitud que se profesan entre todos; asimismo, cuentan con valiosos prospectos para escalar posiciones con rapidez, entre quienes destaca la eminentísima doctora exprés, tal vez la única integrante del personal académico de la facultad que ha conseguido -y lo presume, con todo el cinismo- un doctorado en seis meses, cual si fuera un título de ésos que emitía el antaño muy conocido Atena College.

El resultado del proceso favoreció a la candidata B, la del mejor currículum. Sin embargo, su designación como directora de la facultad no fue bien acogida por el grupo del candidato, en primer lugar, porque ambos son del Colegio de Historia y, en segundo, porque éstos habían comenzado a acomodarse en posiciones estratégicas para que, tras el triunfo de su gallo, les fuera la mar de sencillo operar, pudieran poner a sus mediocres y quitar a quien no les pareciera, y todo terminara siendo una fiesta. Bien, les falló, y mucho me alegro.

¿Dónde queda la locura con la que inició este texto? En la reacción del grupillo perdedor. Hoy mismo comenzaron a enloquecer, primero quien funge como coordinador del Colegio -que es un simple hombre de paja de la mujer que mueve los hilos en su mafia-, y posiblemente después los demás. Para muestra, no sólo alteró de un plumazo un sínodo de examen profesional -aun cuando ya estaba todo casi listo para realizar el mismo-, sino que incluso insultó a la alumna, menospreció su trabajo, asumió una autoridad despótica que no va, para nada, con su poco carácter y, lo más evidente, rompió con la apariencia de hombre bueno, comprensivo, tolerante, que había guardado desde que asumió su cargo. ¿Cómo se explica tan radical transformación? ¿Se ha pirado? ¿O sólo se quitó la careta?

Podríamos preguntarnos ¿de qué murieron los quemados? ¿O ya, al saber que tendrá que dejar el puesto porque se cargó al lado equivocado, todo le importa poco y arrasa con quien se deje, aunque sean alumnos que ni la deben ni la temen? Lo dicho, de la buena nos salvamos ahora que este grupillo no llegó a la dirección.

Breve de académicos.

Según dictan los cánones, el medio académico de las humanidades es el espacio destinado a la reflexión, el análisis, y la presentación de posibles soluciones a los poblemas que nos aquejan. Hastiada de las teorías economicistas, panpolitistas -perdónese el terminajo-, o simplemente descerebradas, la sociedad voltea los ojos a la academia, de cuando en cuando, para que le dé una recetita, aunque sea minúscula, que le explique lo que ha sido, en el pasado remoto o inmediato, y lo que es. 

Hasta aquí parece no haber problema alguno. Sin embargo, de cuando en cuando, personas investidas del aura mágica que implica ser "investigador de nosedónde", "analista de nosequé", "catedrático de quesecuántos", o "experto en yoquesé", meten la pata hasta el fondo y, en lugar de aprovechar una valiosísima oportunidad para quedarse calladas, abren el pico y la riegan. ¿Qué riegan? Eso que usted, querido lector, y yo, bien nos imaginamos. El origen del disparate puede ser, simplemente, la precipitación, aunque bien pueden existir los clásicos componentes del golpeteo político y el partidismo como combustible para decir un sinsentido determinado. La casualidad, como es obvio, queda descartada en estos casos.

El fondo de lo anterior es, en concreto, el siguiente: el día de hoy escuché una noticia que, textualmente, indicaba que "expertos del Colegio de México afirman que la pobreza extrema en México ha crecido un 26% en los dos últimos años." Tal dato es, cuando menos, escalofriante pero, al mismo tiempo, merecedor de un aplauso para los cerebros que han logrado, por arcanos métodos, llegar a tan contundente enunciado. Sin embargo, cuando la investigadora (primera trampa: no son los, es la, una solita) fue cuestionada al respecto, se internó en el peor de los terrenos académicos posibles, a saber, el resguardado por el tiempo pospretérito. La mujer dijo que, de 2006 a la fecha, la pobreza extrema en el país pudo haber aumentado (o sea, no hay certeza en ello) en 4.3 millones de personas, lo que colocaría (sí, matemáticamente, pero con la misma base hipotética) a X número de mexicanos dentro del grupo que viviría (¿no es que viven, acaso?) con menos de $33.00 al día para solventar el total de sus necesidades.

¿Qué clase de dato es éste? Como no me canso de repetirlo, ya Gaston Bachelard, y su dilecto discípulo Georges Canguilhem, dedicaron un buen número de cuartillas a desmitificar el valor de la matemática como explicación cierta, objetiva e infalible de la realidad. Sin embargo, a un determinado tipo de estudiosos les seduce la posibilidad de dar un dato concreto, duro, que pruebe cuán inteligentes, agudos y certeros son. Sin embargo, ¿de qué sirve dar cifras, si el verbo que las acompaña permite ver que todo es una suposición? Con esta base, cualquier cosa es cierta, hasta los reportes muy científicos de Jaime Maussan, quien estaría facultado para decir: "el día de hoy podrían haberse observado alienígenas a la puerta de nuestras casas." Cierto, podrían pero, ¿se vieron?

Todo parece cobrar sentido cuando se ve que la investigadora entrevistada, Araceli Damián González, es (o fue) dirigente del sindicato de trabajadores del Colmex. Comienza a sonar sospechoso, ¿no es verdad? Asimismo, es asiduamente entrevistada por el órgano de difusión ideológica del PRD y del grupo péjico, La Jornada que, por cierto, de forma invariable la presenta como "la experta del Colmex, Fulanita de Tal", como si ello la librara de decir sandeces y meter la pata. No obstante, parece quedar claro el sentido del mensaje: no tengo los datos verdaderos ni me importa tenerlos; simplemente, hago uso de mi aureola académica para darle un palo al gobierno "de la derecha" y quedar bien con los míos. 

Me pregunto si los suyos no son también los académicos, y si éstos no podrán, en algún momento, darle un jalón de orejas por su poca ética y su peor método para encubrir sus intenciones.