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11.11.10

Los números duros, puros y seguros.

Se ha atrubuido al célebre Arquímedes de Siracusa —una de las mentes más despiertas de la Antigüedad Clásica—, a propósito de las posibilidades prácticas de la palanca, la conocida frase "dadme un punto de apoyo y moveré al mundo". Cierto es que, con respecto al tema de referencia, el apotegma indicado es completamente cierto; no obstante, hoy en día podríamos tranquilamente transformarlo en "dadme una cifra, un número o un porcentaje y moveré a las masas" y diríamos también una gran verdad.

En plena posmodernidad, es decir, en pleno mundo en el que lo absoluto ha quedado relegado al terreno de la fe —y a la conciencia dogmatizada de algunos cuantos— y todo termina por ser relativo, dado que el desciframiento del entorno depende del enfoque particular de locutores y espectadores, resulta por completo increíble el modo en que las cifras gobiernan la realidad y, más aún, se las arreglan —no ellas, sino quienes las esgrimen— para modificar conductas, impulsar leyes, sumir en la preocupación a miles y servir como asidero a otros miles, que ven en la realidad pintada por los números la única fuente posible de entendimiento objetivo a la que puede echarse mano.

Hace unos cuantos días apareció, en la prestigiada revista científica inglesa The Lancet, un artículo donde se plantea la nueva calificación que debe regir a las drogas —legales e ilegales— de acuerdo con los niveles de peligrosidad que representan para el consumidor. De acuerdo con tres criterios fundamentales —médico, legal y social—, el estudio asigna una serie de calificaciones a las veinte sustancias adictivas más populares y concluye que el alcohol —calificado con 72 puntos sobre un total de 100— es la droga más peligrosa que existe, más que la heroína —a la que aventaja por diecisiete puntos— y que cualquier otra droga existente. Por su parte, el tabaco, sexto en la lista con una calificación de 26, es más peligroso que, por ejemplo, las anfetaminas —23—, la marihuana —20—, la metadona —14—, los esteroides anabólicos —10—, el éxtasis —9— y el LSD —7—.

Si todo el estudio se basara en, simplemente, examinar qué hace una droga, cómo deteriora al consumidor y de qué manera lo conduce lentamente a la muerte, tal vez podría tomarse como algo serio. Y digo tal vez porque hasta al más incauto no se le escapa que los perjuicios inherentes al consumo de las sustancias residen, no sólo en qué es lo que se mete el sujeto, sino que también se relacionan con la cantidad en que ello se ingiere. Si a lo anterior se añade que el estudio, para asignar sus calificaciones, dice tomar en cuenta aspectos como el costo económico asociado al consumo, los daños al medio ambiente que éste genera, la pérdida de relaciones, las posibilidades de cometer crímenes —no se dice si bajo la influencia de las drogas o en medio del ansia por conseguirlas— por parte del adicto y las advertencias hechas por la familia con respecto a su hábito, resulta entonces que todo es una tomadura de pelo fenomenal, dado que los elementos aquí indicados se encuentran en el terreno del uso personal y, hasta donde se sabe, la metodología empleada para clasificar a las drogas no recurrió a ningún tipo de encuesta entre los adictos. Sin embargo, los números hacen su trabajo, las drogas se han clasificado y se espera que, en el corto plazo, las autoridades competentes tomen cartas en el asunto para poner coto a los peligros mencionados.

Aunque ejemplos como el anterior sobran en este mundo gobernado por las cifras, tomaré un caso de suma notoriedad —y muy conocido— ocurrido en 2006 y protagonizado, adivinaron ustedes, por el Peje: durante meses —desde 2005, para ser exactos—, el sujeto en cuestión no perdió oportunidad para anunciar con bombo y platillo que llevaba —con base en una serie desconocida de encuestas— una ventaja de diez puntos en la intención del voto con rumbo a las elecciones presidenciales, sin importar que no tuviera, por momentos, contrincantes reales —dado que todos los institutos políticos se movían en los terrenos de las precandidaturas, las suposiciones y el tapadismo— ni que nadie supiera, a ciencia cierta, de dónde obtenía sus cifras. La cantaleta de los diez puntos se mantuvo hasta el día de la elección, a pesar de que era obvio para cualquera que el tipo había perdido muchísima ventaja, en principio porque los demás partidos habían terminado por designar a quienes defenderían sus respecivos colores en la contienda; más tarde, por no haber asistido al primer debate entre candidatos, y finalmente por su titubeante actuación en el segundo encuentro de abanderados partidistas. Ello no le importó: tenía diez puntos y por diez puntos iba a triunfar. La misma noche de la votación anunció que, aunque daría por bueno cualquier resultado, él sabía que tenía medio millón de votos de ventaja y, por tanto, exigía al IFE le reconociera esa misma delantera.

Para los fines de este análisis, no importa mucho si existían o no los 500,000 votos proclamados por López la noche del 2 de julio de 2006; lo interesante es que, al mencionar una cifra concreta —votos más, votos menos—, daba un asidero a la realidad, materializaba algo que no podía ser sino una quimera, una suposición o incluso una aspiración —para él mismo y sus seguidores— y le permitía proclamarse ganador. ¿De dónde obtuvo la cifra mágica que expresó en concurrido mitin celebrado en el Zócalo de la Ciudad de México? Ni idea. Lo idóneo, lo que le daría visos enormes de verdad a su enunciación, habría sido el hecho de contar con una copia de todas las actas de votación generadas a lo largo y ancho del territorio nacional, a partir de lo cual decir "tengo tal ventaja" no sería sino un hecho claro, probado, comprobado y comprobable. Empero, lo más seguro es que el tío —y sus asesores— haya decidido hacer un muestreo rápido y, extrapolando las cifras obtenidas, decidiera efectuar su anuncio. Las consecuencias de tal maniobra son del dominio público —inestabilidad, polarización de la sociedad, golpes bajos, irrupciones en los medios y una campaña política que dura ya cuatro años— y no se necesita entrar en detalles para conocer el alcance de los mentados números en la construcción social de la realidad —punto que, por cierto, escapa a Berger y Luckmann en su brillante análisis—.

En fechas recientes, Transparencia Internacional dio a conocer su estudio sobre la corrupción existente en el mundo. La investigación, denominada "Índice de Percepción de la Corrupción", asigna a los países una calificación determinada a través de una metodología que combina la encuesta, el informe de los especialistas y la visión de algunos sujetos en lo referido a la mayor o menor existencia de prácticas de corrupción en un determinado sitio. Una vez que los datos son estandarizados, se forma la tabla y ya está: éstos son los más corruptos, éstos los menos, éstos los de en medio.

¿Cuál es la deficiencia del estudio de Transparencia Internacional? Para comenzar, el nombre del mismo: "Índice de Percepción de la Corrupción". ¿Quién percibe la corrupción, y cómo es que la percibe? La omisión en las funciones de un sujeto o una institución, ¿se incluye en los datos recabados? ¿Se integran a las consideraciones de Transparencia, no sólo el político de altos vuelos, sino quien le da dinero a un franelero para que le cuide el automóvil? El profesor que no califica a sus alumnos como debe, el vecino que se roba un pedazo de área común, el comerciante ambulante que se cuelga de los cables de la luz, ¿son tomados en cuenta? He ahí la mayor deficiencia del informe, a la que debe sumarse el hecho de que, como es notorio, toda práctica ilegal ocurre a la sombra, de la forma en que sea lo menos notoria posible, de modo tal que cuantificar la corrupción, los desvíos, los desfalcos y las omisiones sea un asunto más que espinoso dado que la posesión de cifras se convierte en un asunto fortuito y todo queda, nuevamente, en el terreno de la especulación que una metodología cándida intenta materializar y volver tangible para efectuar, eso sí, una denuncia contundente y, dicho sea de paso, loable. No obstante, todo ello me hace recordar aquella ocasión en la que un alumno llegó con un colega a presentarle su tema de tesis: él quería estudiar la piratería en el siglo XVII y preguntaba acerca de cómo debía proceder. El colega, muy en su papel, lo envió al archivo y le dijo que su trabajo sería relevante en la medida en que lograra cuantificar la piratería introducida en la Nueva España para así saber cómo había ésta actuado en los flujos reales de oferta y demanda de mercancías. ¿Cuantificar la ilegalidad? ¿Dónde están esos registros? ¿De qué manera es posible saber, en el siglo XVII o en el XXI, la cantidad de piratería que se produce, almacena y distribuye, el porcentaje de mercado que tiene asegurado, sus valores reales y el comportamiento del comprador frente a tales productos? Imposible: lo ilegal se mueve sin números; asignarle una cifra es más una cuestión de quimeras y adivinanzas que de establecer cantidades reales, objetivas, tangibles.

El último caso que me viene a la mente surgió hace apenas unos días y se relaciona, faltaba más, con la exigencia de algunos alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional con respecto al otorgamiento de subsidios varios a la comunidad estudiantil, sobre lo que he hablado ya bastante en un par de entradas previas. Lo interesante aquí es uno de los argumentos esgrimidos por una alumna proclive al popular acto de estirar la mano: la autoridad está obligada a subsidiar comedores y fotocopiadoras por el simple hecho de que el 77% de la población universitaria gana menos de seis salarios mínimos y, por lo tanto, no tiene ninguna posibilidad de acceder a comida, copias, diversiones ni materiales que aseguren su recto desempeño como estudiante, por no hablar de que no puede llevar una vida digna ni bla, bla, bla.

El salario mínimo vigente en el Distrito Federal asciende, en este noviembre de 2010, a $57.46; por tanto, seis salarios mínimos equivalen a $344.76 diarios, o a $10,342.80 al mes —contando treinta días por mes—. Así como se lee: diez mil pesos al mes. Obvio es que la cifra entra en el rubro de los ingresos medianamente buenos, con los que un sujeto puede hacer y deshacer sin preocupaciones de mayor especie; sin embargo, un ingreso menor, tal vez de una tercera parte del mismo —alrededor de $3,450— permite, a quien se administra bien, vivir, no con comodidades, pero también sin penurias. ¿Por qué entonces asumir que los seis salarios mínimos mencionados son la cantidad óptima de dinero que requiere un estudiante para no ser subsidiado? ¿De dónde sale la espectacular cifra? Se ignora. Podría pensarse que se buscó un número que, sin ser demasiado alto —después de todo, seis salarios no suenan a muchos salarios—, permitiera mostrar un porcentaje estrambótico de estudiantes sumidos en la pobreza y en la desesperación, aunque no se piensa que alguien que gane menos de los $10,342.80 mencionados no necesariamente es un pobre de solemnidad: ¿qué tan menos es eso menos que los estudiantes perciben? ¿Un peso menos? ¿Cien pesos menos? ¿Mil pesos menos, cinco mil, diez mil? No lo sé, pero he ahí el intríngulis de la cuestión: con decir que se gana menos se cumple con la exigencia de mencionar algo concreto; además, al asumir que un 77% de sujetos se encuentra en el decil inferior al designado como ideal, se presenta la realidad catastrófica y se apuntala una exigencia absurda.

Así es esto de las cifras. Decía Pedro el Mago Septién, al terminar un partido de beisbol, que sólo quedaba la frialdad de los números, es decir, el recuento desapasionado de los hits, las carreras y los errores que habían determinado el triunfo de un equipo y el fracaso de otro. En los casos aquí mencionados, los números son todo menos fríos: no son expresiones objetivas de la realidad, no son tampoco cuantificaciones inocentes ni expresiones abstractas. Los números, como todo, se enuncian con una intención, se extraen de la realidad, la transforman en algo que necesariamente sirve a un fin determinado —como en el caso de las encuestas donde, dependiendo de la respuesta que se quiera obtener y de la realidad que se busque retratar, se preguntan tales o cuales cosas de tales o cuales formas— y que construye discursos pretendidamente centrados en datos obtenidos objetivamente. Claro está, todo lo objetivamente que se pueda en un mundo que, por definición, es subjetivo.

5.7.10

De nuevo, elecciones

Como todos ustedes sabrán, el día de ayer tuvieron lugar elecciones en quince estados de la república. En la mayoría de ellos —en doce, para ser exactos— se eligió al sátrapa local, es decir, al gobernador, y en los otros tres se renovaron alcaldías y legislaturas estatales.
Como de costumbre, los procesos electorales dejan un sinnúmero de lecciones. La primera de ellas, obviamente, es que la democracia mexicana resulta un asunto escandalosamente caro, lo cual no sería en sí mismo malo si las personas percibieran que tal derroche de recursos —que mejor podrían emplearse en pavimentar calles, ampliar las redes de electricidad, drenaje o agua potable, o en construir más escuelas, aunque éste es un problema de mayores alcances— sirve para algo. Sin embargo, no es así: durante los meses que la ley lo permite —y aun en los que no, véase el caso de singular personaje loco y pantanoso que aprovecha cualquier resquicio para promover su imagen sin estar oficialmente en campaña—, los candidatos llenan las calles con sus caras —unas más desagradables que otras—, a las que acompañan por lemas de tanta profundidad como “Por ti” —sin pagar un peso de regalías a Óscar Chávez—, “Porque nos merecemos algo mejor”, o simplemente “Así, sí”, entre un sinfín de necedades de similar talante.
La primera pregunta que viene a la mente es ¿vale la pena gastar cantidades ingentes de dinero para decirle a la gente “si votas por mí estarás mejor que con el otro”? ¿No es acaso perogrullesco? Según los insignes candidatos, tales “lemas de campaña” no sólo son buenos, sino necesarios, aunque ninguno de ellos piensa que, si tiene cara de alcohólico —o de criminal, o de torpe—, paga para que su anuncio lo ostente un camión sucio y desvencijado, y acompaña su retrato con el muy priista “Así, sí”, todo se convertirá en un chiste de mal gusto y, seguramente, perderá más votos de los que gane.
Durante el proceso aparece también la infaltable “guerra sucia”, mediante la cual cada candidato, sin excepción, se dedica a decirle a la gente qué tan malo es el otro, pero sin proponer siquiera media idea. Ello se acompaña por la entrega masiva de camisetas, gorras y cornetas y la celebración de actos donde lo importante es prometer, prometer y prometer. ¿Qué se promete? Cualquier cosa, desde dinero para las madres solteras —como si el contribuyente fuera responsable de su condición— hasta la mejoría de la sociedad. Vaya, a algunos sólo les falta prometer el segundo advenimiento y una nueva aparición guadalupana en el municipio en que se desarrolla el magno acto. Sin embargo, lo que nadie toma en cuenta es que todo lo que un sujeto en concreto promete como acto excepcional no es sino aquello a lo que está obligado —salvo las limosnas cachavotos disfrazadas de “programas sociales”—, y que cualquier erogación que se efectúe —dinero para viejitos, madres solteras, niños holgazanes, chavos holgazanes, desempleados por mala suerte o por manifiesta estupidez— saldrá del bolsillo del contribuyente y es, en pocas palabras, la clásica caravana con sombrero ajeno.
Aún recuerdo, como mero ejemplo, la promesa hecha por el niño del copete a sus eventuales votantes en el ya lejano 2005: “pondremos una toma de agua para cada familia mexiquense”. No sé si tal disparate esté registrado en el número atroz de “promesas de campaña” consignadas ante notario público, pero mucho me alegraría que se encontrara dentro de ellas y que, llegado el momento, alguien le dijera que no la ha cumplido. ¿Por qué estoy seguro de ello? Porque es simplemente imposible: existen comunidades ubicadas en sitios tan apartados de cualquier servicio público que llevarles el agua entubada significaría un esfuerzo sobrehumano, un gasto impensable y, por supuesto, requeriría del empleo de la tecnología en dosis mayores a las que efectivamente se tienen y la aplicación de gente y materiales que se utilizan para otras cosas como, por ejemplo, crear puentes y más puentes que verán rebasada su capacidad al mes de haber sido inaugurados —como los famosos “pisos” de conocido loquito—.
Y sin embargo, parafraseando a Galileo, se promete. Y no se cumple. Y, al parecer, no pasa nada, porque la gente se ha acostumbrado ya a que le prometan, a que le vendan sueños guajiros que regocijadamente compra campaña tras campaña y que, aun sin reportarle nada, le hacen ir a las manifestaciones de apoyo a Fulano o a Zutano. No obstante, creo que aquí la única promesa que vale se cifra en el consabido “si vas, te doy una torta de jamón albanene y un frutsi caliente”.
El cinismo, o el cretinismo, o la irracionalidad de los tipejos metidos a políticos, o una explosiva mezcla de todo ello, no parece tener límites. Un breve vistazo a lo ocurrido en las campañas de este año permite ver lo anterior en toda su magnitud: candidatos gritando por las calles a altas horas de la noche en mítines desorganizados; caravanas de motociclistas circulando por el zócalo de una capital estatal en apoyo a un partido político, sin fijarse si atropellaban a algún viandante; golpeadores y pistoleros contratados por un gobernador para solicitar amablemente el voto en pueblos serranos; llamadas telefónicas a toda hora del día para exponer las mismas promesas de siempre; entrega abierta de dinero para asegurar el triunfo de tal o cual sujeto. Como telón de fondo, los infaltables anuncios pegados en camiones y camionetas, paradas de autobús, anuncios espectaculares, postes telefónicos, sufridos árboles, o pintados en bardas de tres metros de alto por diez de largo.
A pesar de lo que sea, la elección de ayer mostró que la gente vota guiada por razones muy particulares, en las que poco o nada influye la parafernalia desatada durante los meses previos a la contienda. Así, por ejemplo, en un estado, la gente votó por el hermano de un mártir —es ironía, por supuesto— sin saber si es o no el adecuado para gobernar —sospecho que será un mero títere de los jerarcas de su partido, aunque no me consta—, simplemente porque se apoyó en la figura del muerto con singular tenacidad; en otro, la gente de los pueblos acudió a votar porque el gobernador envió a sus amables “promotores del voto” con un mensaje claro: o gana mi partido, o comienzan las palizas; en otro, la gente de un partido se cambió a otro y ganó, entre otras razones, porque otro individuo compró votos a diestra y siniestra; en otros más, la gente votó por determinados candidatos simplemente porque era los únicos visibles, dado que los otros habían sido borrados de los medios, habían sido amenazados o habían sido invitados a no acudir a tales o cuales comunidades; en otros, finalmente, la gente votó, no por el mejor —cosa por demás dudosa—, sino porque estaba harta de lo que tenía hasta el momento.
A la vista de lo comentado, reitero mi pregunta: ¿para qué se montan campañas políticas? Si, al final, el despliegue realizado afecta en poco la decisión del votante —y, además, no logrará que vote el que no tiene por costumbre hacerlo, visto el elevado nivel de abstencionismo habido— y todo se concreta a decir una sarta de barbaridades, ¿para qué gastar tal cantidad de recursos? No contentos con lo anterior, los candidatos triunfadores —sobre todo tratándose de diputados— olvidarán al votante una vez que asuman sus cargos y, dando al concepto de “representación popular” el giro más torcido posible, decidirán actuar según les venga en gana o, más comúnmente, según les den línea en sus respectivos partidos, lo que puede estar de acuerdo, o no, con el sentir de quienes, en primera instancia, les hicieron llegar a los puestos de decisión.
Así entonces, ¿para qué votar? Las condiciones existentes dan a todo el procedimiento un giro absurdo, dado que todo resulta como contratar un criado —que tal es el papel que deberían desempeñar los políticos— que, al llegar a la casa, decidirá por sí mismo —sin importar lo que yo le pida— si limpia o si no limpia, si hace de comer o si me da de palos, si aspira la alfombra o si vende los muebles, si saca a pasear al perro o si me lo sirve en estofado. Si a ello se suma que, por vía de las mentadas “alianzas”, “coaliciones”, “ligas de justicia” y demás tonterías, los partidos de signo opuesto se unen para combatir contra el enemigo mafioso —pero no siempre se unen, porque en ocasiones aparecen como amigos y en otras como enemigos—, ¿cómo puedo razonar mi voto? ¿Cómo votar por alguien que es azul pero a quien apoyan también los amarillos, los rojos y los naranjas? ¿Qué programa de gobierno instrumentará?
Definitivamente, a partir de lo examinado, de cara al 2012 me asalta una duda enorme, aunque nada original: ¿votar o no votar? Lo único que tengo claro hasta este momento es que, si no aparece un candidato que cumpla con mis expectativas —lo que no es pedir demasiado, si regresamos al ejemplo del criado—, es posible que convierta a Cepillín en mi candidato particular para presidente, jefe de gobierno, jefe delegacional, diputado local, diputado federal y senador, sin importarme que la ley lo prohíba y sin importarme tampoco que no viva en mi distrito electoral. Para los tipejos que he debido aguantar, asumidos como "autoridades o representantes locales", me queda claro que El payasito de la tele puede hacer, sin duda, un mejor papel.

22.7.09

Los resultados.

Ahora que el polvo comienza a asentarse, parece pertinente esbozar una pequeña reflexión en torno al proceso electoral del 5 de julio que, por principio de cuentas, presentó los niveles de abstencionismo habituales para los procesos intermedios y determinó que cada voto nos saliera carísimo a los contribuyentes. Para colmo, las calles quedaron llenas de caras desconocidas -unas peores que otras-, pertenecientes a ciudadanos decididos a ganarse el voto y los dineros que el mismo conlleva. Señores míos, si ya pasó todo el argüende, ¿por qué diablos no quitan su propaganda, que es contaminación visual de la peor especie?

¿Por dónde empezar? Lo indicado parecen ser los números que resultaron del proceso: el PRI, ese PRI que se vendió como "nuevo y mejorado" -cual si fuera comida para gatos o lubricante para motores-, amparado en la poca memoria de la gente, ganó la mayoría del Congreso. Valiente futuro nos espera porque, además, de seis gubernaturas en disputa, ganó cinco. Lógicamente, las fuerzas vivas del Tricolor se lanzaron a festejar sin medida su victoria, y a enunciar que "el pueblo ha reconocido su trabajo, y ha rechazado el del gobierno federal." Sería algo para reflexionarse si no existiera, detrás del resultado, lo peor de la política priísta: la compra de votos y la cooptación de votantes. Por todas partes aparecen testimonios de la forma descarada en que el PRI entregó diversas cantidades de efectivo -las que conozco varían entre los $150.00 y los $2,000.00- a cambio de un voto, acompañadas de vales de despensa, despensas, tarjetas de tiendas departamentales, y la colaboración de las televisoras que, sin pudor, transmiten gacetillas de connotados tricolores como Peña Nieto. Ése es el punto flaco de la victoria priísta pero, al mismo tiempo, el más preocupante: con recursos obtenidos misteriosamente -sospéchase que del erario público-, los votos se magnificaron y, si la receta ha funcionado, no quiero ni pensar la que nos espera en tres años, máxime si se considera que el PAN no tiene candidato, y que la gente de la dupla - tercia amarilla/roja/naranja tiene sus bonos por el suelo.

En la cultura de las elecciones, aunque no en los números, el gran derrotado fue el PAN. ¿Por qué? Principalmente, por las inteligentes campañas montadas por la oposición, empecinada en demostrar que el país está al borde del abismo para lucrar con ello y sacar ventaja. Si a esto le sumamos que no faltó el mentecato que le dio la espalda al partido en el último momento -como el senador por San Luis Potosí, por ejemplo-, que la campaña monotemática fue atroz, y que muchos de los candidatos no hicieron campaña -tal vez se embolsaron la lana impúdicamente-, todo el escenario pintaba para el desastre... y éste sobrevino. Me queda la duda, honestamente, de si el voto a favor del PRI fue necesariamente en contra del PAN, dado que los primeros no tenían en su publicidad ningún tipo de alternativa para "hacer las cosas mejor", y todo se reducía a meras propuestas huecas. Como sea, al juntarse los diputaRAdos del PRI y del Verde, poseerán mayoría absoluta en la Cámara -254 legisladores, si no me falla la memoria- y tendrán mano libre para hacer y deshacer. Veremos qué es lo que, al final, hacen o deshacen.

En los números, el PRD protagonizó la caída más estrepitosa tenida por partido alguno en la historia contemporánea del país: entre 20 y 22 puntos porcentuales, ni más ni menos. Por obvias razones, los señores amarillos han propalado hasta la náusea la "derrota" del PAN, pero los números no mienten. ¿Por qué perdieron? Se sabe bien: entre el fuego "amigo" -vaya amistades las suyas- que les endilgó el Peje, y sus propias torpezas -poner de candidatos a un inútil como Bernardo Bátiz , o a una impresentable como Ana Guevara no es de lo más sagaz-, el partido se cayó. Si a eso se suma que nadie sabe, literalmente, para quién trabaja, que están que corren y no a quienes contendieron por otros partidos, y que el propio instituto político carece de una línea de acción precisa, se adivina el por qué del azotón. ¡Ah! Y el anulismo, faltaba más. De todas las personas que conozco y anularon sus votos, todas, salvo dos o tres, habían antes votado por ese ente amorfo llamado "izquierda", en cualquiera de sus presentaciones; asimismo, está el hecho incuestionable de que algunos votantes perredés decidieron que el nene no era alguien adecuado y dieron su voto al papá, o sea, al PRI. Sin duda, un caso muy interesante para realizar un estudio formal de cultura política.

Viene luego la llamada, con todo tino, "chiquillada", compuesta por partidos de membrete salidos del PRI o reciclados de propuestas ya rebasadas y descalificadas en su momento: el PT, Convergencia, el Partido Verde, y el PSD. Los dos primeros son, sin duda, una verdadera lástima: entre ambos juntaron el 5% de los votos -los anulistas alcanzaron el 6%-, a pesar del apoyo que les brindó el mesías que vino del pantano. Esto, aunque permite ver que son un par de opciones lamentables y sin propuestas, les ha facultado para vivir del presupuesto tres añitos más, con una agravante: gracias a nuestro absurdo sistema político, Convergencia, que no ganó un solo distrito -es decir, todos los candidatos que presentó en solitario fueron barridos-, tendrá seis diputados "plurinominales", por obra y gracia del Cofipe: seis inútiles, seis sanguijuelas, seis lacayos del Peje, o de quien les pase una corta. El PT, aunque está en el mismo costal de la desgracia, al menos ganó por acá y por allá, aunque su carta más notable fue el tal Juanito, un vándalo profesional, un analfabeta funcional, o un pelele, como gusten llamarle, que ganó la delegación Iztapalapa por razones ligadas a despensas, dinero para viejitos, vales para útiles o becas para inútiles; un tipo sin cerebro y sin carácter que, según pintan las cosas, entregará una porción de la ciudad a la ínclita Clara Brugada, destacada integrante del gang de Bejarano y Cía. Lo que les espera a los iztapalapenses bien merecido lo tienen, no cabe duda. Por cierto, hay buenas noticias en todo esto: dada la escasa votación alcanzada por el PT, la terrorista mustia que responde al nombre de Lucía Morett no alcanzó su anhelada diputación plurinominal, y ya la espera un avión para ir a rendir cuentas a Santa Fe de Bogotá.

¿Qué resta? El Verde y el PSD. El primero se metió una cantidad inusitada de votos porque, se diga lo que se diga, montó una campaña clara y precisa a partir de tres promesas fáciles de aprender: pena de muerte a secuestradores y asesinos -faltó incluir a narcos y a violadores-, vales para medicinas, y becas para estudiar computación e inglés -en el mejor estilo de Francisco Labastida-. ¿Cómo cumplirá lo prometido? Misterio, aunque sospecho que no cumplirá, con el consabido lema de "los tiempos no están maduros", o alguna idiotez por el estilo. En tanto, el PSD, para fortuna del país y del presupuesto, dejó de existir; su campaña fue espantosa y mezclaron temas de tal disimilitud que no podía esperarse otra cosa. Así, apoyar -como es mi caso- la despenalización total del aborto, no resulta compatible con legalizar las drogas -a lo que me opongo férreamente-, y plantear que "las cosas no se solucionan a balazos." ¿Cómo entonces? Los narcos existen, también los adictos, ¿vas a hablar con unos y otros para que no hagan las cosas mal, y se formen en fila? Vaya sandez. ¿Que el Estado controle la distribución de droga? Ajá, y los narcos se van a retirar del mercado porque la ley se los prohibirá, ¿no? ¿Y los gringos dejarán que el gobierno maneje el narcotráfico abiertamente? Seguro, seguro: con Bartlett, Beltrones y Bours tenemos suficiente, y eso que operan "a la sombra".

¿Qué nos queda a los ciudadanos? Poca cosa; por principio de cuentas, deberíamos ahora sí presionar a los inútiles que fueron elegidos para que trabajen, para que le pregunten a la gente qué demonios le hace falta, y para que rindan cuentas de lo hecho. La cantidad de iniciativas de ley que quedaron en el tintero es tal que da pie a pensar que los legisladores no trabajan sino cuando los tiempos están por vencerse... aunque ello parece ser parte de la idiosincrasia nacional. Empero, es tiempo de que los ciudadanos hagamos algo más allá de anular votos -que el tiempo dirá si la medida funcionó o no- y nos convirtamos en lo que somos: los verdaderos patrones de ésos que se denominan "servidores públicos", que están a nuestro servicio y deben, por ende, acatar lo que les solicitemos, siempre que ello no sea una barbaridad.

5.7.09

Las primeras del día.

Si bien dedicaré un espacio de mayor amplitud a reseñar lo que haya acontecido a lo largo del día, y a comentar los resultados de la votación aún en curso, de momento creo conveniente apuntar, a vuelapluma, las noticias que han ido apareciendo en torno a los comicios, para tener una pequeña idea del acontecer "minuto a minuto", como dirían algunos:
- En Playa del Carmen, los medios de comunicación descubrieron una casa en la que el PRI entregaba despensas a cambio de votos. Al percatarse de la presencia de los medios, los sujetos en cuestión salieron de la casa y, sin mediar palabra, arremetieron contra un par de reporteros, a quienes dejaron lesionados y sin sus equipos de trabajo para eliminar las evidencias. Minutos más tarde, los mismos individuos comenzaron a patrullar las calles machete y palo en mano, con el fin de evitar que los periodistas les caigan en más movidas.
- En Zacatecas, el PRD ha denunciado que el PT compra votos con dinero en efectivo; como muestra, incautó $200,000 a tan singulares "promotores del voto".
- En Tabasco, el PRD ha denunciado... al PRD por acarrear votantes.
- En un municipio de Guanajuato -Salvatierra, me parece-, el narco ha amenazado a los candidatos del PAN y del PRI; es decir, gane quien gane, la tiene sentenciada.
- En Veracruz, una camioneta embistió -y mató- al candidato del PAN a la presidencia municipal de Pánuco. Curiosamente, la camioneta es propiedad del marido de la candidata priísta.
- En la delegación Miguel Hidalgo del Distrito Federal, Ana Guevara repitió que "ya ganó", aun cuando la votación apenas se desarrolla y los números no le son favorables.
- En Hermosillo, la policía estatal allanó las instalaciones del PAN local y se robó una computadora. ¿Para qué? Aún se ignora.
- En San Luis Potosí, creo recordar que en Ciudad Valles, el candidato priísta a la gubernatura denunció que su camioneta había sido baleada.
- En el municipio poblano de Santa Rita Atlahuapan, el presidente municipal impidió que los ciudadanos votaran, y mandó a su mujer para que promoviera el abstencionismo.
- Como noticia positiva, los delegados de los tianguis capitalinos no han hecho acto de presencia, hasta este momento, para exigir a los puesteros su voto por el PRD. Lo más probable es que no tengan la menor idea de si deberán solicitar amablemente el voto para los amarillos, los rojos, o los naranjas.
- En los municipios de Chimalhuacán, Chalco y Nezahualcóyotl, el PRI entregó tarjetas de una tienda departamental para asegurarse votantes.
- En Iztapalapa, sujetos desconocidos, o tal vez no, y que podrían presumirse amarillos o rojos, asaltaron una casilla y golpearon a quien se les puso enfrente.
- En la Alameda Central de la Ciudad de México, los anulistas hicieron un mitin para promover su postura. Creo que, si se ha cortado el proselitismo político desde el 1o. de julio, este tipo de manifestaciones también deberían limitarse en este momento.
- El dato curioso lo constituye el hecho de que la tinta "indeleble"utilizada en las casillas locales del Distrito Federal... no es indeleble. Yo voté hacia la 1 de la tarde y, al momento de escribir estas líneas -las 3 de la tarde-, mi dedo sólo muestra el rastro de la tinta empleada en las casillas federales.
Así están las cosas. Al parecer, la amenidad proseguirá hasta que, a las seis de la tarde, cierren las casillas, y el show comenzará cuando se den a conocer los resultados.

18.6.09

Servilismo multitudinario.

Lo hemos visto en las noticias: al calor de las contiendas electorales, todo se vale, todo se puede, ya nada nos extraña y, lo peor, no hay autoridad alguna que haga algo para remediar las evidentes violaciones a la ley electoral.

El número que ahore referiré a ustedes tiene que ver con el pleito desatado entre perredistas de distinto signo por el control de la valiosísima -en cuestión de votos, de clientelas, y de posibilidades futuras, que no de otra cosa- delegación Iztapalapa. En la votación interna de los perredés triunfó -por motivos que se desconocen- una ciudadana desconocida que responde al nombre de Silvia Oliva. No obstante, la alquimia de Bejarano y sus amigos hizo de las suyas para montar en la candidatura para la jefatura delegacional de Iztapalapa a la infausta Clara Brugada quien, no contenta con haber chupado del presupuesto -sin mostrar resultado alguno- en el régimen pejista, ahora se recicla y se lanza para contender por el estupendo negocio que representa ser jefa delegacional. Los perredés del bando A -porque aquí no hay buenos ni malos, todos son malísimos- protestaron, fueron al Tribunal Electoral del Distrito Federal y, más tarde que temprano, lograron revocar la nominación de Brugada, si bien su nombre se encuentra ya impreso en las boletas.

El Tribunal lo dijo con claridad: "se ordena que el PRD reponga a Oliva la candidatura." El partido, como es su costumbre, se lo pensó, se hizo el remolón, y no dijo nada porque, entre otras cosas, la dirigencia nacional, la que fue a quejarse, es del bando A, es decir, del bando que pide la restitución de Oliva; empero, la dirigencia local, a la que toca acatar el fallo, es del bando B, o sea, es dependiente directa del afamado "señor de las ligas" y, por tanto, está contentísima con que la inútil de Clara Brugada sea su candidata. Colofón: nadie ha movido un dedo para que la desconocida Silvia Oliva se lance a la campaña, con todo y que a ésta le quedan, a lo sumo, dos semanas: el Tribunal no aplica la ley, el IFE dice "no hay falta alguna que perseguir", y el IEDF, lacayo irredento del PRD, nada "de muertito" para que nadie note que es la autoridad que debe poner orden en el desastre perredista, que podríamos llamar "El Cochinero Contraataca."

Por si las cosas no fueran ya suficientemente malas, hace dos días, el martes 16, el Peje hizo acto de presencia en un mitin del PT y dejó a más de uno con la boca abierta. Por si desean ver textualmente lo expresado por tan singular personaje, el enlace se encuentra aquí, y la crónica les será relatada a continuación:

Parece un mitin cualquiera, de ésos que el PT arma escudándose en la figura de su mesías particular porque, de otro modo, nadie iría: no hay propuestas, los candidatos son un cúmulo de impresentables, y el partido realmente no ofrece nada, salvo atacar a la derecha sin pensar que el propio PT es una agrupación a la que, sólo tras sufrir un politraumatismo craneoencefálico severo, se podría calificar como "izquierda". Sin embargo, a raíz de la espantosa campaña publicitaria centrada en el "estaríamos mejor con", que prolijamente he destazado en una entrada previa, los bonos del partido en cuestión han subido; no en la medida en que lo querrían, pero al menos pintan.

Para regresar al mitin, se observan en él tres personas: el candidato por el PT a la jefatura delegacional, el Peje, y Clara Brugada. Quien lleva la voz cantante es, obviamente, el loco que vino del sur que, con su voz estentórea, enuncia: "el candidato que está aquí conmigo"... y hace una pausa para preguntarle cómo demonios es que se llama, porque ni idea tiene. El tipo, sin amoscarse, le dice su nombre, y el Peje prosigue: "Rafael Acosta, haga el compromiso de que, al ganar, porque, no se la va a creer, él no va a ganar. Por civismo, va a ganar por el movimiento, y va a ganar con Clara, que se entienda bien."

Vale hacer una pausa aquí y preguntar "¿es verdad lo que estoy escuchando?" Si se realiza un análisis tajante de lo dicho por un enloquecido López Obrador, es claro que él dice, en un inicio, que el candidato primeramente anónimo no va a ganar, a lo cual el pobre diablo, el candidato ninguneado, responde con una carcajada que queda a la libre interpretación de cada quien. No obstante, después le dice algo como "bueno, ganas pero no ganas, ganarás con Clara." Con Clara, evidentemente; con claridad, en absoluto; a las claras, está por verse. El remate es lo último dicho por el mesías del pantano que, en resumen, es una orden tajante a Marcelo: gana este baboso que no sé cómo se llama, ni me importa; como es baboso, renuncia; después, te mando decir -aunque se escuda en aquello de "el movimiento propondrá"- que nombres a Clara; me obedeces y le envías mi mandato a la Asamblea; ésta sigue mis órdenes y determina que la Brugada será la jefa delegacional sustituta. Fin de la alucinación.

No sé qué sea peor de todo lo visto. Por una parte, siguiendo su método tradicional, el Peje obliga al impresentable candidato a que, frente al mitin, se comprometa a renunciar después de que gane, como si tuviera alguna opción. En este caso, me pregunto: ¿para qué hacer una campaña con un tipo, si a final de cuentas no va a ganar? Es más, si el manejo en la ciudad es tan turbio, y todo lo decide el Peje, ¿para qué hacer elecciones en las delegaciones donde es posible que ganen los perredés, o los petés, o los convergentes? Mejor adoptamos el modelo cubano y elegimos listas de candidatos, todos del mismo color, y ya, nos quitamos de líos. Por si fuera poco, está el hecho de que el PT consume presupuesto para nombrar a sus candidatos, recibe dineros públicos para promoverlos y, al final, resulta que "siempre no", que el tipo, si gana, deberá entregarle el puesto obtenido a alguien por quien, evidentemente, la gente no votó. Cosas de la democracia amarilla, roja, o naranja.

Lo segundo peor es la actitud del tipejo: "sí, me comprometo porque me lo pide el presidente legítimo." De la buena nos salvamos cuando este pelmazo perdió la presidencia en 2006 porque, de otro modo, volveríamos a los viejos tiempos del PRI intransigente donde, por cualquier motivo, el presidente removía gobernadores y los reemplazaba por tipos que la gente no conocía, pero que eran fieles al dedo divino. Señor candidato sin nombre, de verdad, qué poco vale usted. Desde el momento en que dice "sí, me voy", pierde toda credibilidad, deja de contar como alguien serio y, de hecho, debería perder la posibilidad de realizar cualquier tipo de propaganda a su favor. ¿Para qué, si de cualquier manera no va a hacer nada, sino entregarle en bandeja la delegación a una distinguida militante del gang bejaranista? ¿Qué compromiso asume un tipo como éste? De servicio, evidentemente no, porque debería haberle dicho al Peje: "oye, para esas movidas ve a buscar al de Convergencia, a ver si él quiere, que yo no: yo compito para ganar yo, y servir yo a la gente que vote por ." No obstante, como la gente vale un comino, y lo que importa es quedar bien con el enviado de los dioses, qué importa que la votación se convierta en una simulación absurda.

Me parece que, a pesar de lo mencionado, lo peor es lo que no dice el Peje, pero deja translucir, y que consiste en que Marcelo va a obedecerle, la Asamblea va a obedecerle, y se saldrá con la suya. Obviamente, deberá lidiar con el hecho de que la gente vota por colores, no por candidatos, y es muy posible que termine ganando el PRD, con lo que la jefa delegacional será Silvia Oliva y al Peje, a Clarita y al baboso se les hará nudo el hígado; incluso, de creer una fuente poco fiable, es posible que gane el candidato del PRI. Sea como sea, en ambos casos ya podremos esperar una nueva oleada de movilizaciones porque hubo fraude, la mafia les quitó la delegación, el compló del innombrable ha hecho de las suyas, y la derecha operó todo para ganar a la mala. Me pregunto si el loco de Macuspana tendrá en su cabeza algo sencillo, pero fundamental: el hecho de decirle a un sujeto "ganas, pero ganará la que yo quiero" constituye un acto fraudulento, es manipular la voluntad popular a favor de un proyecto unipersonal revestido de "proyecto de nación", es apostarle a la megalomanía y no a la libertad. De verdad me pregunto si el Peje verá que, con esta última jugada, termina de matar su ya moribunda imagen de "paladín de la democracia", y se convierte definitivamente en un dictador enfermo.

A todo esto, hay más servilismo, de ahí que sea éste multitudinario. Así, no sólo es servil el candidato impresentable; no sólo lo es la gente que sigue al Peje porque "estaría mejor con él", aun sin saber cómo; no sólo lo es Clara Brugada por pensar en llegar a un puesto que no le corresponde. Horas después de la "puntada" péjica, Marcelo comentó: "está en todo su derecho; creo que es plausible y nadie se lo prohíbe." Acabáramos. Entonces, para el jefe de gobierno, es derecho del Peje mover piezas, imponer jefes delegacionales, y dejar en claro que él, Marcelo, es su criado. Asimismo, no hay falta en que una persona de la sociedad civil -porque el buen López no es sino eso- se meta a hacer política, lo cual está vedado para el resto de los mexicanos sin partido; tampoco está mal que se sugiera que la Asamblea carece de autonomía, y se halla sometida a los designios de un loco y de su fiel lacayo. Bonito gobierno es entonces el de la ciudad. ¿Adónde pretende llegar Marcelo con todo esto? Se ignora porque, al paso que vamos, la candidatura de la mancuerna PT - Convergencia, si es que logran salvar el registro, será para el de Macuspana, ni duda cabe, mientras que la del PRD puede ser para Chucho, para Juan Ramón, para Amalia, o para alguien que no sea tan claramente servil. ¿Y Marcelo? Pues deberá irse, con todo y su chinito de Supermán, a donde todos adivinamos.

¿Hay más? ¡Claro! ¿Quién es el mayor afectado en este caso? Podría pensarse que el pobre diablo que cederá su lugar a Clara Brugada; sin embargo, como marcha al sacrificio sin oponerse, es notorio que nada le afecta e, incluso, es posible que el mesías le reserve algun tipo de premio por su "entrega", el cual pudiera tener varios ceros a la derecha. Pero no, no es él el afectado: el afectado es el PRD, víctima de los manejos escasamente aseados de quien, en su momento, fue su principal arma. Ahora bien, ¿qué es lo que ha dicho el partido a todo esto? Mucho, y nada. En una conferencia de prensa, Jesús Ortega dijo que lo hecho era traición, que estaba mal, que no se podía hacer eso. Por supuesto, ni quién lo dude; sin embargo, en ningún momento dice "ah, López Peje, nos la vas a pagar"; por el contrario, todo queda en el sobreentendido, en la más absoluta cobardía, en no llamar al traidor por su nombre y exhibirlo de una vez ante la militancia. Los estatutos del PRD son claros: si algún miembro hace propaganda por otro partido, ¡para afuera! No es el caso del Peje quien, por si fuera poco, ha dicho hoy mismo que no se va, cuando la cuestión debería cifrarse en a qué hora lo "van", no en si decide irse o permanecer.

Así es esto de la democracia amarilla. A propósito de la conferencia de prensa de Chuchito, todavía hay quienes defienden al Peje y le dicen de todo al líder del PRD, ante lo cual me pregunto ¿cómo defienden la actitud del primero? Evidentemente no lo hacen, porque es indefendible, y se limitan a llamar "rastrero", cuando menos, a Ortega, sólo porque él intenta mover al partido por los rumbos de la negociación, no de la intransigencia péjica. El ataque es a Chucho por "traidor", "entreguista", "pelele", y cositas por el estilo, ideas todas que, en ningún momento, aluden a la actitud inconcebible del mesías. La retórica chafa, como se sabe, tiene mil argucias bajo la manga. Baratas, claro está, y que no soportan la mínima contraargumentación, pero mil, a fin de cuentas.

Me queda en la mente una afirmación tajante: para aquéllos que niegan la existencia de la posmodernidad, los hechos están a la vista. Si el Peje y sus seguidores incondicionales se llaman "de izquierda", atacan al partido político que ha permitido a su adalid posicionarse donde está, y defienden las arbitrariedades de un autodenominado "demócrata", ¡claro que la posmodernidad existe! ¡El autor ha muerto, los metarrelatos con él, viva el lector!

30.5.09

Tiempos gramaticales.

Para algunos partidos políticos, dos en concreto, el tiempo electoral se reduce, en la medida en que lo muestran sus "propuestas", a un tiempo gramatical: el tiempo pospretérito. Desde hace dos o tres meses, tal vez más, esos engendros del PRI agrupados en la pseudo izquierda, denominados Partido del Trabajo y Convergencia, han cifrado sus intentos -que rayan en la desesperación- por conservar sus respectivos registros en una frase por demás absurda pero que, al parecer, les brinda ciertos dividendos: "estaríamos mejor con López Obrador." 

Cada vez que escucho los comerciales referidos -en la radio, la televisión, e incluso en Internet-, no puedo evitar sentir una profunda molestia, no sólo por el hecho de que detesto -así, sin cortapisas- al autonombrado adalid de los pobres, sino porque menos aún tolero al tiempo pospretérito cuando éste intenta conectarse de forma directa con la realidad instrumental. Es el caso clásico del "yo podría", "yo desearía", "yo tendría", el cual siempre va acompañado por un "si no fuera porque." En este caso, la idea que emana de las huecas cabezas del Peje y sus lacayos es simple: el Peje podría hacerlo mejor que las autoridades que ahora gobiernan. Claro está que no se dice cómo lo haría, y que tampoco los ejemplos que se tienen a la mano -su desastrosa gestión en el GDF- permiten validar al enunciado; no obstante, eso es lo de menos: la idea es decir "yo podría", sin pruebas que lo sustenten. De inmediato me viene a la mente una escena de la película A toda máquina, en la que se muestra perfectamente adónde conduce el mentado podría. Para quien guste ver en concreto de lo que ahora hablo, el enlace se encuentra aquí, y el segmento específico a que debe prestarse atención se ubica entre los 8:00 y los 8:30. Además, si ustedes ubican en la escena al Peje y  a cualquier funcionario del gobierno actual, en lugar de a Luis Aguilar y a Pedro Infante, seguro disfrutarán mucho el disparate.

Para retomar el argumento central de este escrito, vale examinar, así sea superficialmente, las situaciones que las mentes maestras del PT y de Convergencia pretenden ubicar como típicos botones de muestra, después de cuya enunciación se afirma el categórico "estaríamos mejor", para dar paso finalmente a la apertura de la gloria celestial y dejar que entre en escena el iluminado, quien dirá cómo es que con él se estaría mejor. 

El primer ejemplo es una belleza de comercial por la candidez que lo acompaña: dos jóvenes, no mal vestidos, departen amargamente en un café con vista a la calle. En un momento dado, aparece en escena una flamante Hummer naranja -o roja- lo cual da pie a que uno de los tertulianos exprese: "¿Viste? El político estrenando Hummer y nosotros cada vez más amolados", a lo que su compañero responde el consabido "estaríamos mejor." La pregunta inicial que surge es ¿cómo saben que el que conduce es un político? ¿Porque la camioneta es naranja -o roja-, y sólo los ridículos de Convergencia o del PT se subirían a un trasto de tan poco amistoso color? ¿O porque trae un letrero -la camioneta o su ocupante- que dice "político a bordo"? En ambos casos, se ignora la respuesta, y ello derriba cualquier argumento esgrimido por el partido, por el Peje, y por los tipos del comercial que, si están peor que antes, pero aún pueden darse el lujo de tomar cómodamente un café, seguramente eran de los que vivían del presupuesto en tiempos de su majestad El Peje, cuya derrota les impidió seguir chupando del erario. En este caso, ellos sí estarían mejor, a bordo de flamantes Hummers naranjas - o rojas-.

Segundo caso: una mujer desayuna con su marido y, tras ser inquirida en torno a lo que piensa, dice el sobado "estaríamos mejor." El marido, supuestamente sorprendido -habría que fusilar al director del comercial, que falló de forma terrible en la presentación de las emociones-, le replica "¡Pero si tú no votaste por él!", a lo que su consorte responde "Es de sabios cambiar de opinión", y remata con un "¡Me horroriza la violencia!", para proseguir con una diatriba santurrona en un tono tal que, imagino, habrá conducido a su asesinato, por parte del marido, una vez que salieron de cuadro. Concluido el diálogo aparece el mesías, cual si fuera Michael Landon en Camino al Cielo, y afirma "Ahora la sociedad nos comprende mejor. El problema de la inseguridad y de la violencia se resuelve con trabajo, educación y bienestar."

Vaya que hay tela de dónde cortar en este breve comercial. Para comenzar, la mujer apela a un dicho popular para validar su aserción: "es de sabios cambiar de opinión." Es posible, pero también es de indecisos y de estúpidos moverse de un lado a otro; además, por la forma en que prosigue con su discurso, resulta evidente que la tía podrá ser muchas cosas, pero sabia, definitivamente no. Su horror por la violencia, y la forma en que conecta ello con el "estaríamos mejor", pretende decir que la violencia es un fenómeno de hoy, y que con el Peje ésta no existiría. Tal vez tenga razón: durante seis años, en la Ciudad de México nos acostumbramos a que las cosas no pasaban, o pasaban por motivos absurdos. ¿Cómo es ello? Supóngase que el Peje gobierna el país -sí, sé que es algo macabro, pero haga usted el esfuerzo, por favor-: ¿quién encabezaría la Procuraduría General de la República? Ni más ni menos que Bernardo Bátiz Vázquez. ¿Qué es lo que acontecería en el país? Como en todo, hay dos opciones: la primera, que hubiera ya claudicado en la lucha contra el crimen y, por debajo de la mesa, negociara con las mafias para evitarse mutuamente molestias -como ocurrió en esta sufrida ciudad-, con lo que, efectivamente, no pasaría nada, aunque huelga decir que no "estaríamos mejor". Opción número dos: la violencia no sería producto de acciones llevadas a cabo por el crimen organizado, sino que el inepto procurador repetiría las frases que lo hicieron famoso durante su gestión en la capital: ¿secuestraron al niño Martí? "Eeeeeh, fue un crimen pasional." ¿Ejecutaron a veinte personas en Yucatán y les cortaron la cabeza? "Eeeeeh, fua una confusión." ¿Hay narcos metidos en la procuraduría? "Eeeeeh, estamos investigando. No tenemos pruebas de nada, pero les puedo adelantar que ya sabremos algo." Cosas por el estilo; tampoco estaríamos mejor pero, al menos, ignoraríamos que el crimen organizado ha crecido alarmantemente. 

La última parte del comercial es, asimismo, magistral: el Peje, aparecido cual si fuera alguien venido "del más allá", recita su perorata: "ahora la sociedad nos comprende mejor." ¡Un momento! ¿"Ahora"? O sea, ¿antes no? Y si antes no, ¿cómo dice que ganó? O, vale preguntar, ¿sus votantes no lo comprendían? ¿O la sociedad lo repudiaba? ¿Cómo es que, entonces, afirmaba ser "tan" popular? Vayan ustedes a saber; lo cierto es que la frase carece de sentido por más de un motivo, dado que también implicaría que él ya había dicho que el camino no era presentar combate al hampa sino hacer otra cosa, de lo cual no tengo memoria pero que, vistos los numerosos arreglos entre su gobierno y los grupos criminales de la ciudad, podría ser cierto. Después aparece la inocencia en su máxima expresión: "el problema de la inseguridad se resuelve con trabajo, educación, y bienestar." ¿Con trabajo? ¿Cuánto gana un narco, señor López? ¿Qué trabajo le va a dar usted para que opte por la vida legal y no por el crimen? ¿Con educación? ¿De qué forma la educación, en el sentido en que existe, sin quimeras, aleja a la gente del crimen o de la ilegalidad? Es más, ¿cómo decir que la educación inhibe la corrupción, si en distintos centros educativos conocemos la corrupción de primera mano, comenzando por el monstruoso sistema de preparatorias y educación superior del Distrito Federal? ¿Con esa educación nos salvamos? Por último, ¿con bienestar? ¿Quiere usted decir, señor Peje, con limosnas, de ésas que usted acostumbra dar a viejitos, madres solteras, chavos de preparatoria y desempleados? ¿Ignora que sus limosnas tampoco hacen menos deseable asumir el crimen como forma de vida, dado que son cuestiones mutuamente incompatibles? Como remate, ¿tiene usted, señor mesías del pantano, la varita mágica para brindar educación, trabajo y bienestar a todos los mexicanos en un instante, cambiar sus mentes, eliminar las fabulosas ganancias que produce el crimen, y desterrar para siempre la idea de que es un medio de vida redituable? Por supuesto que no, ¿verdad? Entonces, ¿por qué no deja de decir sandeces? 

Obvio es que hay más comerciales, pero este par es el que mejor se presta para el análisis. Yo me pregunto, visto lo que recién he expuesto: con las "ideas" que alberga en su cabeza, ¿cree el Peje que va a salvar a México? Vaya, pues valiente salvación. Oh, y a propósito, ¿dónde queda eso del "nuestro proyecto sigue vivo"? ¿Ya se prepara para el 2012? ¿Y Marcelo? No cabe duda de que esto se va a poner bueno: los priístas del salinato, agrupados en torno a Marcelo y Camacho Solís, contra los priístas de Echeverría y López Portillo, arropados por el Peje. Todos se visten de "izquierdas", todos tienen "los mejores planes", todos son "salvadores de la patria", todos se destazan sin piedad. Y eso, amigos míos, no me lo pierdo: pido mano para tomar un asiento de primera fila y ver cómo vuelan los despojos, de aquí a la próxima elección presidencial.

22.5.09

Saramaguianos.

Conforme el tiempo de las elecciones se acerca, resulta evidente que los ciudadanos deberemos recetarnos, por enésima ocasión, la retahíla de promesas gastadas y buenas intenciones con que, cada tres años, los partidos políticos nos aturden. En este sentido, el sujeto común se encuentra expuesto varias horas al día a una serie interminable de anuncios publicitarios -me niego terminantemente a emplear la palabreja spot, perfectamente traducible-, algunos peores que otros, llenos hasta la saciedad de futuros promisorios adornados con el color de algún partido en específico, prebendas, beneficios materiales concretos, bienestar abstracto, participación ciudadana, cambios profundos, anhelos alcanzados e, incluso, la salvación de la patria.

Sin embargo, las campañas de promoción del voto no se limitan a la simple y llana exposición de lo enunciado en el párrafo precedente, cuya repetición ad nauseam tendería a quitar el poco interés que, de por sí, despierta ya el proselitismo político, máxime en el caso de una elección intermedia como la que se avecina. De esta manera, como medio para salpimentar lo que, de otro modo, no sería sino una vulgar competencia para ver quién promete más cosas irrealizables en el menor tiempo posible, desde hace nueve años se ha incrementado el empleo de campañas negras -o guerra sucia- entre los distintos partidos políticos, en las cuales cada uno trata de mostrar cuán malo es el oponente, cuán podridos son sus candidatos, cuán corrupto es el sistema en que se desarrolla, cuántas ligas tiene con el narcotráfico, y un sinnúmero de linduras que, lo menos, quitan las ganas de votar al más pintado porque, entre que lo dicho son rumores sin fundamento, o verdades que el acusado intenta cubrir con un movimiento de su dedito mágico, lo que resalta es que la clase política de este país, en conjunto, no vale gran cosa. Bajo estas circunstancias, el electorado pierde de vista la importancia que, en el papel, poseen las elecciones, y emite una sentencia lapidaria: si nadie vale la pena, ¿para qué votar?

Justo en este momento aparece en escena la imagen que da título a este breve texto: el "voto en blanco", consagrado por José Saramago en su novela Ensayo sobre la lucidez como señal máxima de la protesta ciudadana en contra de los mecanismos imperantes en la toma de decisiones, punto de inflexión en lo relativo al pensamiento que, de sí mismos, tendrían quienes ocupan cargos de elección popular, signo real y evidente del poder asumido, en la democracia pretendidamente representativa, por los votantes. En consecuencia, el voto en blanco, es decir, la manifestación clara de repudio a todos los que contienden en la arena política, es asumido como una opción real para el votante desencantado, para quien pretende mostrar a los políticos que bien pueden quedarse en su casa descansando en lugar de trabajar por el pueblo.

La idea de la anulación del voto, o su emisión en blanco, inicialmente esgrimida por apenas un puñado de inconformes, tomó fuerza conforme los meses pasaron y, de todas partes, comenzó a volar la porquería, sembrando la duda y el enojo entre los potenciales votantes. El frenesí anulatorio ha hecho que, en este momento, a escasos cuarenta y cuatro días de la elección, hayan adoptado la propuesta académicos, estudiantes, pensadores, escritores e, inusitadamente, comunicadores; incluso existe un blog donde se promueve la anulación del voto y se invita a que la gente imprima volantes, estampe playeras, o pinte mantas alusivas al hecho. La idea de quien esto último difunde es que, o se transforma la democracia nacional y adquiere tintes plausibles para la gente del común, o ésta verá como mejor opción no votar... por nadie... nunca jamás.

Si bien las condiciones que esgrime el blog aludido para recuperar la confianza en los políticos me parecen, hasta cierto punto, aceptables, lo cierto es que algunas son francamente ingenuas, como el hecho de exigir que los candidatos sean poseedores de una ética intachable, ante lo cual vale preguntarse "¿y quién los calificará? ¿Dónde encontramos un eticómetro aceptable para todos?" Más allá de esto, el principal problema de lo exigido reside en que, como toca de forma directa las prerrogativas y canonjías de la clase política en su conjunto, resulta vana su enunciación y, de hecho, otorga un estatuto de perpetuidad a la anulación del voto.

No obstante lo mencionado, vale apuntar que la anulación del voto, como se ha dicho, tiende a cobrar fuerza entre los sectores "pensantes" de la sociedad, mientras que los "no pensantes" prosiguen atados a redes clientelares y, por ende, encuentran beneficios tangibles en el otorgamiento de sus sufragios a determinados partidos. Éste es, y no otro, el problema real que comporta el voto en blanco: si la gente "pensante" decide abstenerse o, lo que es lo mismo, votar por nadie, el auténtico ganador será aquél que posea más votantes - borregos, mayores clientelas políticas, conglomerados más numerosos de gente amafiada. Así, la propuesta de Saramago, donde el voto en blanco es leído como un castigo, como símbolo del desprestigio de la política institucional según es practicada, se desvanece, y en su lugar aparece el corporativismo como el gran triunfador en esta emisión de protestas disfrazadas de sufragios - no sufragios. 

Como es perceptible, votar en blanco se transforma, de remedio, en enfermedad y, vistos los alcances que la práctica podría alcanzar, resultaría entonces lógico que los partidos cuyos votantes se encuentran ubicados en clientelas se esforzarían por promover, de forma velada, la anulación del voto. El axioma final es tan simple como que, si sólo votan las clientelas, se pulveriza automáticamente la representación poseída por los partidos que no cuentan con ellas, mientras que sus usufructuarios resultan triunfadores del proceso electoral por márgenes de amplitud insospechada. Después de todo, el voto duro es tal porque, a pesar de la decepción, del mal resultado, de la promesa incumplida, o de la falla evidente, al sujeto no le es posible dejar de cruzar en la boleta el logotipo de un partido determinado, por razones que van desde el convencimiento hasta el eventual castigo. 

Mientras en México existan los comerciantes ambulantes amenazados por líderes corruptos, dependientes de autoridades asimismo corruptas; mientras no desaparezcan los permisionarios piratas del transporte público; mientras la ley se quebrante con la bendición de alguna autoridad; mientras se haga depender el dinero que recibe la gente del mantenimiento de un partido en el poder; en suma, mientras el voto no pueda ser libre por las razones que sean, convertirse en seguidor de las doctrinas de Saramago resulta un mal mayor que apoyar a un candidato regular, chafa, o de características dudosas. Votar en blanco equivale, en el preciso momento en que el país se encuentra, a entregar en bandeja de plata al corporativismo el control de las cámaras federal y locales, así como el gobierno de municipios y delegaciones: es apostar porque lo que ahora no se ve bien, con seguridad se vea peor en el muy corto plazo.

Por eso, yo no anularé mi voto. Si de algo tengo capacidad es de decidir y, cuando menos, de intentar que aquél a quien yo apoye llegue a un puesto de elección popular, y exigirle en consecuencia que cumpla con su deber. De otro modo, si me abstengo o anulo mi voto, me retiro a mí mismo el derecho inalienable de protestar porque, a fin de cuentas, no tomé parte en aquello que se decidía. Así, el que decida no votar, o votar en blanco, que no se queje si las cosas resultan peores de como ahora las experimenta.

7.5.09

La tierra de los mil rumores.

Esto parece el cuento de nunca acabar. Como sabiamente dijera el entonces secretario de Gobernación, Santiago Creel, habría que dejar de lado el "sospechosismo" y dedicarnos a cosas realmente útiles. Lo anterior viene a cuento porque, en el blog de un muy estimado cofrade, recien he leído el último -o penúltimo, o subsiguiente, no importa- rumor, la última conspiración del PAN para acabar con la educación pública en México. Con la venia del respetable, procederé a realizar el análisis de rigor, y ya me dirán ustedes si consideran que me he perdido o, por el contrario, las piezas se ajustan al rompecabezas.

El bodrio de referencia está dirigido a los egresados, alumnos y trabajadores de todas las universidades públicas del país, así como a los "ciudadanos democráticos". ¿A qué viene a cuento aquí la democracia ciudadana? De momento es un misterio aunque, si se piensa en quiénes han traído y llevado el "ser democrático", e incluso meten el terminajo en el nombre de su partido, puede uno comenzar a darse una idea, por no decir que una de las expresiones más empleadas por los mismos personajes amarillos y negros es, precisamente, la de "ciudadanos democráticos", aunque el partido no se caracterice por la democracia en lo que a su toma de decisiones se refiere. Como segundo "detalle", simplemente por ser puntilloso, queda de más hablar de "universidades" si el texto incluye a los politécnicos -que no son universitarios-, y a cualquier sujeto que estudie en un instituto de nivel superior.

El mensaje inicia con un argumento retórico que pretende despistar al lector: "el gobierno de la República, encabezado por el Presidente Felipe Calderón..." ¿Que dice esto? Algo tan sencillo como "no crea usted que, como suele suceder, este mensaje se emite desde los sótanos del PRD; por supuesto que no. Somos ciudadanos conscientes, sin filiación política clara, quienes decimos lo que ahora usted lee. Para muestra, un botón: le llamamos a Felipe Calderón 'Presidente', no cualquier epíteto dictado por el mesías." En el análisis, resulta claro que éste es un argumento de autoridad dado que, en principio, leer algo producido por los perredés pudiera generar la instantánea animadversión de más de uno, lo cual llevaría a la eliminación inmediata del mensaje y, por ende, éste no cumpliría con su objetivo. Por el contrario, al realizar la enunciación en la forma en que se presenta, se hace ver que el texto no procede de quienes se supone que procedería, y adquiere mejores posibilidades para circular.

Ahora, ¿cuál es el miedo, la alarma, el peligro sobre el que se nos quiere advertir? Muy sencillo, copio a la letra: [el gobierno] "ha iniciado una serie de medidas con el propósito de separar a las vocacionales del Instituto Politécnico Nacional, y a las preparatorias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta acción tiene, por supuesto, como objetivo debilitar a las universidades públicas y favorecer a las universidades privadas, persistiendo en el modelo neoliberal que ha causado la quiebra de aquellos países que han seguido irrestrictamente los lineamientos del Fondo Monetario Internacional, como el nuestro."

Ya está: aparecen, nuevamente, los lugares comunes a que he hecho referencia en la entrada que precede a ésta, y que no son otros que la dicotomía público / privado, y el neoliberalismo que, como caballo de batalla, comienza a mostrar síntomas de envejecimiento y mal desempeño, pero continúa en uso. De igual suerte, como sucede en el correo que propala las rudas declaraciones de "X. Döring", el argumento es sumamente endeble, incapaz de sostenerse ante el mínimo cuestionamiento, el mínimo razonamiento. Así, ¿cómo es que la separación de vocacionales y preparatorias se convertiría, por sí mismo, en un factor que debilitaría a la UNAM y al IPN, sirviendo al mismo tiempo para el fortalecimiento de las universidades privadas? Honestamente, como comentaba con el cofrade a que he hecho referencia, y que amablemente me circuló este correo, lo ignoro. Separar a uno y otro sistema de bachillerato de su respectivo nivel superior no tendría, hasta donde me parece ver, ninguna complicación, salvo en el caso de que se desmantelaran tales bachilleratos o se vendieran al capital privado, cosa que no se menciona y que, aun si se indicara, no sería posible en modo alguno. Más allá de lo anterior, si se creara un par de entes independientes, denominados "Escuela Nacional Preparatoria - Colegio de Ciencias y Humanidades", y "Sistema Nacional de Educación Vocacional", ¿qué de malo habría en ello? El problema aparecería si se transformaran radicalmente los planes de estudio para hacerlos realmente deficientes pero, como tampoco sería posible, y con esto estoy llevando la suposición hasta niveles descabellados, sigo sin ver dónde estaría el debilitamiento de la UNAM y del IPN, y el consiguiente fortalecimiento de las universidades particulares, que ninguna vela tendrían en el entierro.

En cuanto al neoliberalismo, como ya mencioné, es un simple lugar común. Apostaría lo que fuera a que siete, al menos, de cada diez enemigos de tal sistema económico no tienen la menor idea de lo que el mismo involucra, ni de sus alcances o consecuencias. Es más, si se les dijera que su aplicación permitió el despegue económico de la Gran Bretaña y su posicionamiento como la cuarta economía a nivel mundial, no lo creerían, ni sabrían qué relación tiene lo uno con lo otro. Para rematar, un dato: el neoliberalismo no ha llevado "a la quiebra" a los países que lo han aplicado, y el ejemplo son los países que integran el G7, de los cuales ninguno ha evitado poner en funcionamiento las propuestas de la Escuela Monetarista de Chicago, pero que tampoco las han aplicado a rajatabla. Es decir, el neoliberalismo, como mot, es un demonio recurrente en las argumentaciones de la pseudo izquierda para atacar a los gobiernos "de la derecha"; no obstante, como práctica tajante no se ha visto hasta el momento en este mundo, dado que ello implicaría que los gobiernos se retiraran totalmente de la actividad económica, del control de cambios, de la atención a los desvalidos, de la generación de empleos y la prestación de distintas clases de servicios, lo cual aún no ha acontecido y, visto el rumbo de las cosas, no acontecerá. Ah, y con un detalle adicional: aunque así conviniera a los negros planes de quienes esperan la ruina del país para sacar raja política de ello, México no está "en quiebra", como asegura el mensaje, ni en quiebra están los países que, de algún modo, han puesto en marcha políticas neoliberales; por el contrario, ya veremos de qué color se pinta el balance nacional en cuanto Chávez y los populistas deban pagar las facturas que deben.

El bodrio prosigue con dos lugares comunes de llamar la atención: primero, que las preparatorias y las vocacionales "se han caracterizado por la calidad de sus egresados y están en los primeros lugares de aprovechamiento nacionales"; segundo, que el magno plan del PAN es convertir a tan egregias instituciones en "una especie de CONALEPs". Habrá que ir por partes para desenmarañar la madeja.

Ante todo, una aclaración: soy universitario; cursé la licenciatura y la maestría en mi queridísima UNAM, estoy por realizar un segundo doctorado ahí mismo, y formo parte del cuerpo académico de la Facultad de Filosofía y Letras. Sin embargo, el que la UNAM me haya dado lo que hoy tengo no implica que el proceso haya sido mágico, es decir, no quita que yo me haya esforzado y, por ende, hoy tenga un lugarcito por ahí. Lo que del texto se extrae es que las preparatorias y vocacionales "hacen" al alumno, lo cual es inaceptable, y equivaldría a equiparar a todos los alumnos que cursan el bachillerato o una licenciatura, sin tomar en cuenta que hay buenos, del montón, adoquines, y vagos profesionales. Así, la mentada "calidad de los egresados" es sólo un refuerzo para la argumentación, no un hecho comprobable: todos conocemos gente de amplia valía en nuestra universidad -como también la hay en el Politécnico-, y gente que no merece el lugar que ocupa, auténticos fósiles a los que debe realizarse ya la prueba del carbono 14 para saber qué son, de dónde vienen, y a qué se dedican, tras lo cual se sabrá que, para ellos, estudiar es lo de menos, comparado con la inapreciable posibilidad de mentarse "universitarios" mientras se dedican a la grilla, a la bebida, o a cualquier cosa no relacionada con el trinomio aula - calificación - título profesional. Por supuesto, vale recordar que también en las instituciones particulares hay gente de valor y gente indeseable; por tanto, ¿qué se intenta decir con eso de la "calidad de los egresados"? ¿Acaso no es todo producto del esfuerzo individual, sumado al trabajo de los profesores? ¿O vamos a creer en la teoría del caldero de brujas institucional?

El otro elemento es, asimismo, digno de analizarse porque, en su afán por denostar al gobierno "de la derecha" que a toda costa busca destruir la educación pública, se comete un atropello contra la gente que estudia en un Conalep, institución asimismo pública. La educación técnica es, desde esta perspectiva, un "engendro del neoliberalismo", el sitio del que saldrán los empleados de las maquiladoras que, a su vez, pagan sueldos miserables con el solo afán de saquear al país de sus riquezas. No digo que esto no sea cierto, pero ¿qué pasa si a la gente le da la gana ir a un Conalep? ¿Qué de malo tiene ser un estudiante técnico? Hay aquí, además, un problema grave de ignorancia: las personas que redactaron el mensaje olvidaron que, desde hace ya muchos años, estudiar en un Conalep es igual a estudiar en cualquier bachillerato y que, de desearlo el egresado, al concluir su formación técnica puede incorporarse a cualquier universidad, con el beneficio añadido de que posee un papel que lo acredita como técnico en "algo", y que por lo mismo podrá ganarse la vida por sí mismo si tal es, también, su deseo. Repito entonces la pregunta recurrente en este análisis: ¿cuál es entonces el problema? ¿Es malo formar bachilleres que, al mismo tiempo, posean una especialidad técnica? Si se hace caso a las estadísticas, se verá que los bachilleratos han dejado de ser, en un alto porcentaje, opciones propedéuticas para los estudiantes -esto es, que los preparan para el siguiente paso-, y se han convertido en opciones terminales al estilo gringo. Consecuentemente, si quien egresa de un bachillerato y no va a ingresar a la universidad -porque no puede, porque no quiere, porque el cerebro no le da, porque gana más haciendo otra cosa-, sabe ya hacer algo, está capacitado para ello, ¿no resulta hasta una opción conveniente? ¿Por qué denostar entonces al estudiante técnico? ¿Por qué crear una barrera entre el que dice, con total petulancia, "yo sí iré a la universidad", y aquél que entró a una escuela técnica? El mensaje dice claramente que no tiene caso crear instituciones tipo Conalep para que formen "profesionistas de segunda o tercera clase"; pensaré seriamente en difundir este mensaje a la gente del Conalep, a ver cómo le sienta ver que se le montan tales calificativos.

La parte restante del mensaje es un gran lugar común, donde se intenta probar algo que, bajo ninguna circunstancia, aparece con claridad, y que debería residir en la enunciación concreta de las medidas que el gobierno impulsa para llevar a cabo su malvado plan. Eso no aparece; en cambio, aparece la eliminación de la filosofía de los planes de estudio en el bachillerato... y nada más. A este respecto, valdría decir que las airadas protestas contra la sustracción de la filosofía carecen, desde mi punto de vista, de cualquier sustento, y demuestran que hay gente a la que le gusta pelear porque tiene espíritu de Mike Tyson, no por otra cosa. La propuesta de la SEP es clara: se ha establecido un programa que apela a las competencias del estudiante, mismas que se desarrollan transversalmente en la totalidad de las asignaturas. Más allá de si tal propuesta es viable o no, el punto medular aquí es que la filosofía, aunque no se enuncia de forma explícita, sí se involucra en la enseñanza. ¿De qué? De todo, desde matemáticas hasta historia, pasando por español y ciencias. La protesta, emitida incluso por la Facultad de Filosofía y Letras -faltaba más- deja ver que no se ha leído el modelo y, en caso de haberse echado un ojo al mismo, no se ha entendido en qué consiste, lo cual deja muy mal parado al Colegio de Pedagogía de la misma facultad, que debiera haber sido el encargado de traducir la jerga que impregna el programa a un idioma por todos comprensible. En resumen: hay una eliminación de la filosofía del cuadro de competencias básicas, pero no como área de estudio. Por decirlo de algún modo, se le ha incluido en todas las disciplinas denominadas "ciencias sociales", de forma similar a lo que ha pasado con la historia, la lógica, el civismo, la geografía, la literatura y la ética, hecho que también se observa del lado de las "ciencias exactas." No obstante, para la mente que en todo ve conspiraciones, la eliminación de la filosofía responde a la necesidad que tiene el gobierno de que la gente no piense, o a que los políticos desconocen la ética y la lógica. Buen argumento, pero tampoco se sostiene porque, de entrada, el modelo educativo de las preparatorias y las vocacionales es autónomo, es decir, les viene guango si la SEP quita la filosofía e incluye la astrología como materia obligatoria; segundo, porque lo mismo pasará en los bachilleratos estatales, que tampoco están sujetos cabalmente a los dictados de la SEP; tercero, porque las que sí se verán afectadas serán las instituciones privadas, ésas a las que, hipotéticamente, se pretende favorecer; y cuarto, porque en las vocacionales no se enseña filosofía, con o sin reforma al plan de estudios del bachillerato.

El último segmento del mensaje está encaminado, nuevamente, a demostrar ya no las ansias que tiene el gobierno de debilitar a la educación pública, sino su manifiesto interés por privatizar lo que tenga que ver con ésta. Para ello, introducen a quien, en fechas recientes, se ha convertido en un demonio típico: Fernando Sariñana, flamante director del Canal 11, cineasta y director, casualmente, de Todo el poder, cinta en la que golpea con saña al gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas y que, por ende, reparte palos contra quienes, hasta la fecha, gobiernan a la ciudad. Por si éste no fuera pecado suficiente, Sariñana se encuentra en el grupo de gente pública que apoya al gobierno federal, distanciándose al mismo tiempo de quienes le hacen el juego al legítimo, razón para que éstos no pierdan oportunidad de decir que, lo menos, es un mal cineasta, y lo más, que es un total incompetente. Más allá de lo anterior, el correo dice muy poco, e intenta probar que el canal será privatizado o, al menos, tendrá un enfoque más comercial, lo cual tampoco parece muy malo. El argumento básico reside en decir que "se eliminó el valiosísimo programa de Cristina Pacheco" como parte de tal complot. Honestamente, para la forma en que la Pacheco realiza las entrevistas, el modo en que induce las respuestas de todos sus entrevistados, y la forma absurda en que se entromete con el discurso del otro, no se ha perdido nada.

El cierre magistral... sí, lo han adivinado ya: "ni un voto al PAN este 5 de julio"; ¿por qué? Bueno, por las razones ya expuestas: vendepatrias, enemigo de la educación popular y, sobre todo, de los jóvenes, quienes tienen derecho a una educación digna y de calidad. ¿Quién firma? Mucha gente, cuyas identidades no son comprobables pero entre las que, para variar, debe haber "alguien real" al lado de Fuenteovejuna y sus secuaces.

Lo lógico sería decir, nuevamente, "anda, que esto es un camelo"; no obstante, el correo circula y circula, mientras yo siento pena por esos pobres que todo se lo creen, de todo tienen miedo, no saben leer y mucho menos razonar. ¿Se quejan de que se quita la filosofía porque se busca que la gente no piense? Vaya, pues valiente protesta entonces.

29.4.09

Democracia representativa.

Gracias a una oportuna entrada publicada por una cofrade a quien recién leo, me he enterado de que, mientras la gente huye despavorida a causa de la epidemia, o se dedica a elaborar cada vez más complicadas teorías de la conspiración a propósito de lo mismo, nuestros eficientísimos legisladores -una vez más, es ironía- han aprobado un par de leyes que estaban en la congeladora y que, de momento, les ha parecido oportuno discutir y, en su caso, aprobar. La primera se relaciona con la creación de lo que será la nueva Policía Federal, en tanto la segunda tiene que ver con el narcomenudeo y el consumo de drogas.

Antes de comenzar con este breve examen, creo pertinente indicar algo que se escapa a muchos de quienes han analizado las acciones del legislativo: el que las leyes pasen ahora, justo en medio de la epidemia, tiene poco que ver con un manejo sucio, dada la escasa atención que reciben -lo cual es el nuevo argumento conspiracionista-, y mucho con la tradicional apatía de nuestros diputados y senadores, quienes holgazanean lindamente la mayor parte del tiempo que dura un periodo ordinario de sesiones -escasos tres meses-, y terminan por sacar la ley en los últimos días, sólo para que la población no diga que cobran sueldos estratosféricos por no hacer nada. De esta manera, incluso antes de que se declarara la contingencia sanitaria, era posible ver cómo los quinientos zoquetes de San Lázaro y los ciento veintiocho torpes de Xicoténcatl -en caso de que todos asistieran, claro está- se apresuraban a dictaminar, pasar y votar leyes a un ritmo increíble que, si fuera constante, haría que este país tuviera una legislación aún más gorda que la que actualmente posee.

Salvado el primer obstáculo para determinar que las leyes trabajadas no forman parte de una gran conspiración, y que no se desenvuelven en un ambiente oscuro, al amparo de la distracción creada por el virus porcino, vale la pena echar una mirada a las disposiciones emitidas para ver que tampoco son cosa del otro mundo, ni siquiera son propuestas nuevas que se saquen de alguna mágica manga para fastidiar a los espantados mexicanos. Por el contrario, la ley de la Policía Federal se cocina desde que se pensó elminar a la AFI -o sea, desde hace dos años, cuando menos-, mientras que la ley del narcomenudeo ha estado moviéndose en la arena política más o menos desde hace también un par de años; sin embargo, ambas han cobrado importancia en los últimos meses, de nueva cuenta, no por ninguna conspiración tramada por los legisladores sino, simplemente, porque se acaba el periodo ordinario y, por supuesto, se acercan las elecciones, y todo mundo quiere presumirle algo a sus potenciales electores.

El contenido de ambas leyes, aunque polémico, era de esperarse: por una parte, se faculta a la nueva policía para actuar alla maniera gringa y meter agentes encubiertos, compradores falsos, intervenir teléfonos, y demás ingeniosas ocurrencias que en las series policiacas dan excelentes resultados -¿o no, Jack Bauer?-, pero que en la vida real han probado ser tan inútiles como si las operaran Torrente o Philip Marlowe. El caso es que las tareas de inteligencia, dejadas a policías sin la misma, parecerían un cuento absurdo, una simple mascarada para decir "estamos haciendo algo", y dan una excelente oportunidad a los apólogos del crimen disfrazados de defensores de los derechos humanos para decir "fuera el ejército", aun cuando es el único que algo ha podido hacer contra el narco. Lógico, existe el miedo de que los polis encubiertos se dediquen a extorsionar, a cometer crímenes ellos mismos, o simplemente a tirar la flojera por ahí; no obstante, lo mismo pasa ahora que están uniformados, ¿no es cierto? Entonces, ¿a qué viene la alarma?

La segunda ley invoucra, con mucho, mayores problemas. Hace aproximadamente dos semanas, al aparecer el primer borrador de la ley contra el narcomenudeo, los senadores y diputados perredés -junto con esa horda de zopencos agrupada en el PSD- brincaron todos a una voz para exigir que se cambiara, y amenazaron con no votar cualquier ley que criminalizara el consumo. Entre paréntesis diré que, en mi opinión, tal sería el mejor medio para darle en la chapa al narco porque, si le caen veinte años al primer hijo de Jah o chaval de la pseudo izquierda que se sorprenda fumando inocentemente un toque, seguro que la práctica disminuye. Sin embargo, los perredés dijeron "no" -seguramente porque bien saben de lo que hablan, e incluso Pablito Gómez pareció revelar hoy que no le hace ascos al pastito vacilador, dado el convencimiento con que apuntó el modo en que la marihuana se encuentra en los paquetitos que sirven para venderla- y la ley se regresó a comisiones. Total, el cambio redundó en que se aprobaran las dosis máximas para el consumidor, se establecieran los mecanismos no punitivos, sino de orientación y rehabilitación, y todos contentos. El problema aparece cuando se piensa que tal ley pudiera ser contraproducente en la lucha sin cuartel que se entable contra el narco, pero eso parece no importar a los señores del  Senado. 

Lo anterior me lleva a preguntar: si estamos en una democracia representativa, ¿por qué demonios siento que esos diputados y esos senadores no me representan a mí? Yo no hubiera votado por esa ley absurda de la policía federal, ni tampoco por la del narcomenudeo; es más, por mí, que el ejército se líe limpiamente a plomazos con los narcos y que metan al tambo a los consumidores de porquerías. Y, en esto, creo que no soy el único que piensa así, por lo que me vuelvo a preguntar, ¿a quién representan estos sujetos? De cuando en cuando, cada vez con mayor asiduidad, aparece un personaje de un partido en la tele para decir "por ti, hacemos...", y recita una sarta de sandeces digna de mejor estulto. Sin embargo, no creo que por mí lo hagan; para abreviar, no creo que legalizar la posesión de drogas sea la solución, ni que acabe con el narco, ni que funcione de algo. ¿En qué momento los diputados consultarán a sus votantes las decisiones que toman? Lo ignoro. Es más, no sé quién sea mi diputado federal -el local sí, y es un imbécil a quien tarde se le hizo para dejar botado el changarro e ir por otro-, ni me consta que haya venido a preguntar qué queríamos, qué nos hacía falta, qué nos gustaría que hiciera. Sospecho que el tío ha de ser mentalista porque, desde su curul, o desde la línea que le tiran el Peje y los archimandritas del perredismo, adivinó qué queríamos. Claro que le falló, y todo lo que se necesitaba no fue ni siquiera considerado pero, bueno, fallitas técnicas las tiene cualquiera.

Lo último por decir es que, según indica lo recién anotado, los cuerpos legislativos en este país sobran. No sólo les sobra gente -quinientos diputados holgazanes es un mar de holgazanes-, sino que el cuerpo mismo, mientras no se acerque a la gente, sobra. ¿Cuál es su problema? La omnipotencia que les reviste, la cual les hace creer que saben cuáles son los problemas del país -más allá de lo que opinen los ciudadanos- y proceden a resolverlos por sí solos. Sin embargo, mis nada estimados legisladores, sépanselo bien: la ley, por sí misma, no crea cultura, y menos si no se tienen los mecanismos de aplicación necesarios. Ahí está esa ley -sexista y discriminadora- que prohíbe la violencia contra las mujeres. Un momento: ¿qué, acaso, no está prohibida la violencia contra cualquier ser humano? Entonces, ¿para qué redundar? Termina todo por sonar como "se prohíbe pegarle a los seres humanos, a las mujeres y a los indígenas." Lindo, sin duda. Más allá de esta tontería, ¿quién hace cumplir esta ley? ¿La cultura es modificable por ley? La violencia seguirá existiendo mientras los patrones educativos -que inician en la casa, no en la escuela- no se transformen, mientras las mismas mujeres no dejen de criar machines en sus casas, y los padres no asuman un rol de mayor responsabilidad en el mismo tenor. Sólo así, no con leyecitas ridículas.

Como conclusión: los diputaRAdos no sirven; entonces, ¿para qué votar este 5 de julio? Honestamente, la respuesta escapa a mis alcances. Me queda sólo pensar que, si los ciudadanos conscientes y pensantes nos abstenemos de votar por X o Z, que tal vez no sean tan malos, las masas de acarreados, el voto duro sin cerebro, ése sí irá a las urnas, y le dará mayor poder a quien, tal vez, nos fastidiará aún más. Salvo este argumento, no se me ocurre ningún otro. Juzguen ustedes y, si algo se les ocurre, no tarden en comentármelo, por favor.

19.2.09

Las vicisitudes del ser democrático.

De un tiempo para acá, los medios de comunicación, los actores políticos, las instituciones, y aun los despistados, se hacen eco de aquella idea que propugna a la democracia -abstracta y posiblemente infusa- como la panacea a todos nuestros males. No importa si el tema de conversación recae en los derechos de las minorías, la calidad de la educación, el conjunto de valores sociales, o el acceso del pueblo al poder: la democracia nos habrá de presentar siempre la mejor opción de acción. ¿Su familia está desintegrada, vive presa de un macho embrutecido por el alcohol, o presencia cómo los hijos venden y / o consumen drogas? No importa, con democracia se convertirá en la feliz familia mexicana. ¿Los asaltantes proliferan en su barrio, los vecinos viven a la greña, o el entorno es aquejado por un inusitado aumento del comercio informal? No se preocupe, con democracia vivirá usted en la armonía comunitaria. ¿Nadie respeta a ancianos, niños, minusválidos o indígenas? Qué le apura, la democracia nos llevará a la sociedad equitativa que todos merecemos.

La idea, como puede percibirse, es un depropósito total. La democracia, simple y llanamente, alude a la posibilidad de dotar al pueblo -o a segmentos concretos de éste- de capacidad para incidir en la toma de decisiones que afectan su desarrollo; en otras palabras, la posibilidad de intervenir en la política, entendida en sentido amplio. Lo demás se relaciona con cuestiones como la educación, la reproducción de determinado tipo de valores, la racionalización del entorno, o la consideración del otro en tanto sujeto de determinados derechos. En suma, es un asunto de cultura, no de democracia, a pesar de lo cual se insiste en el error y se presentan argumentos que, en el mejor de los casos, abaratan a la democracia, al introducirla en todos los moles posibles, y en el peor de ellos la trivializan, al apuntalar su indefinición como concepto.

Por desgracia, en el terreno en que la tal democracia debe operar, tampoco es posible encontrar prácticas adecuadas a lo que se requeriría. Un ejemplo de ello se encuentra, precisamente, en el trabajo de los cuerpos legislativos y ejecutivos de distinto nivel. Con la proximidad de las elecciones, todos los partidos políticos echan a andar la rueda de los cuentos -cuanto más imaginativos, mejor- y prometen el acceso a la sociedad ideal e igualitaria siempre y cuando se vote por ellos. Sin embargo, la pregunta insidiosa no se hace esperar: ¿cuándo, a cualquiera de nosotros, nos han consultado acerca de si estamos a favor de X o Y medida? No me refiero a las vaciladas instrumentadas por López O, en absoluto: me refiero a una consulta seria, honesta, bien medida y, sobre todo, con posibilidades de reflejar lo que quiere el que vota, no necesariamente lo que cualquier sujeto quiere que se quiera. Repito entonces, ¿cuándo se ha visto tal consulta? Jamás en la vida. Cuando un legislador determinado emite su voto en la Cámara, ¿por qué lo hace? ¿Porque así se lo exigen sus electores, o porque es la línea que le ha trazado su partido? Entonces, ¿en dónde queda la democracia?

Cerraré esta breve disertación con un par de ejemplos lamentables, que dan buena cuenta de que, para democráticas cuestiones, nos hallamos muy lejos de saber siquiera hacia dónde inclinarnos. El primero de ellos tiene que ver con el voto corporativo. De unos días a la fecha, un sector de la intelectualidad se ha dado a propalar la especie de que, si los partidos no se comprometen a tales o cuales medidas -impracticables de momento, como bien ha apuntado Pablo Hiriart-, mejor no votemos. Como muestra de cultura política, la opción es atrayente, ni duda cabe. Si se piensa que la cultura política no es la ridiculez que impulsa el IFE -emitir un voto-, sino que es analizable a partir de la idea que se hace la gente del poder y el bien común, traducible en el acto de votar tanto como en el de no votar, el abstencionismo resultaría entonces la muestra palpable de que las opciones no convencen y, por tanto, el repudio generalizado a los partidos les llevaría a replantear sus estrategias e, incluso, a realizar sanos ejercicios ontológicos. No obstante, en tal escenario resultaría previsible que el abstencionismo sólo lo ejercieran las capas pensantes de la sociedad, las menos, mientras que los esclavos de vales, despensas, uniformes, útiles escolares y programas asistencialistas tendrían, a fortiori, que emitir el llamado voto duro, con lo que la expresión del repudio se cancelaría y los nuevos amos de la ley podrían ocupar sus curules sin pena ni remordimiento alguno, legitimados por un ejercicio democrático que, de eso, tendría muy poco.

El segundo ejemplo tiene que ver con la democracia en pequeño, ésa que no afecta los destinos nacionales pero sí una parte del todo y que, en la misma medida, nos demuestra que estamos mal hasta donde no cabe imaginarse. Hace poco tiempo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, a cuyo cuerpo académico pertenezco, se realizó una auscultación para conocer a quién, de entre una serie variopinta de candidatos, la comunidad preferiría que se nombrara nuevo director. El obvio contrasentido del proceso -votar para conocer algo que no está en manos de uno mismo designar- no le quita méritos y, de hecho, permitió saber dónde se ubicaban los aspirantes, qué traían entre manos -si es que algo traían, que algunos no traían nada-, y que harían al frente de la institución. Al finalizar la presentación de los proyectos se emitió una votación, y la comisión encargada de la auscultación envió los resultados a la rectoría universitaria, instancia que decidirá, a final de cuentas, quién rige los destinos de la facultad durante los siguientes cuatro años. Al conocerse hoy en día la terna, resultó que, de entre los seis aspirantes -cinco que habían participado en el proceso reseñado más un saboteador-, la rectoría había formado la terna con quienes habían obtenido los dos primeros lugares en la votación, seguidos de quien había ocupado el cuarto puesto. ¿Por qué saltaron al tercer lugar? Es un misterio. No obstante, el problema no es tal, sino otro, que bien muestra lo que ya enunciaba líneas atrás: ¿por qué ciertas personas dedicaron tiempo y esfuerzo a integrar una comisión de auscultación si, al final, buscaron que su candidata -cuarto lugar- se metiera en la terna a como diera lugar? ¿Somos o no somos demócratas? ¿Avalamos los resultados siempre, o sólo cuando nos son favorables? ¿Exigimos respeto a nuestro triunfo, pero nos dedicamos a dar patadas por debajo de la mesa para salirnos con la nuestra cuando las cosas no marchan bien?

He aquí el problema: democracia, sí, por supuesto. ¿Qué es? Misterio. ¿En qué consiste? Se ignora. Por tanto, ante la indefinición del concepto, es posible buscar el triunfo en las urnas y, a la par, lanzar macheteros, golpeadores, y hordas violentas a las calles para ganar lo que no se ganó; proclamarse respetuosos de la voluntad popular y, en cualquier instante, protagonizar un asalto a las instituciones que vigilan el desarrollo de los procesos; buscar el apoyo de la mayoría, sin pensar en qué tipo de apoyo brinda una mayoría comprada o apaleada; finalmente, lo que es lo mismo, formar parte de una comisión de auscultación mientras, por debajo de la mesa, se cabildea para evadir un resultado eventualmente adverso. ¿No es acaso terrible?