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14.6.10

Caso clínico.

Basado en hechos reales... y actuales.

Imagine usted, amable lector, que un buen día decide participar en un congreso académico. Nada mal, ¿no es así? Ahora imagine que tal congreso se realizará fuera de su país natal. ¡Súper! Añada el hecho de que el evento tendrá lugar en la paradisiaca Cuba que, si bien mantiene a sus habitantes quietos a base de palo y palo —porque, de pan, nada—, salpimentados por una conveniente hambre que quita a la gente cualquier deseo de rebelarse, para el turista bien provisto de billetes verdes —¡ah, las alegrías del capitalismo!— puede resultar un sitio verdaderamente digno de verse.

Sigamos con el viaje de la imaginación. A través de los canales por todos conocidos —esto es, consecución de una visa impresa en cartón de la peor calidad, pago en moneda "real" de sus impuestos de entrada, compra forzada de un seguro médico para casos de emergencia— usted ingresa en Cuba y se dispone, con el ánimo en alto, a pasarla de lo lindo. El plan es sencillo: presentar la ponencia que ha escrito para el evento, charlar con los asistentes al congreso, visitar a unos cuantos sufridos amigos que, mediante el uso de técnicas dignas del mejor faquir, han sobrevivido a la dictadura, al bloqueo y a la propaganda de los hermanos Castro —los dictadores, que no los cantantes—, y recorrer las porciones más visitables de la Perla de las Antillas. ¿Sigue sonando bien?

El problema se aparece en el preciso momento de la llegada a la isla... o casi. Por azares del destino, la noche misma de su arribo al lugar usted cae y se rompe algo. Uf, vaya que duele. Como puede, se levanta, disca en el teléfono —porque los teléfonos aún son de disco allá, y antes diga que no le endilgaron un cuernófono o, como mejor opción, los tradicionales vasitos de unicel provistos de su correspondiente hilito— y espera a que acudan los servicios médicos.

Los hombres de blanco aparecen en escena y lo conducen al hospital. La fama que reviste a la medicina de la isla le hace a usted sentirse tranquilo: “etá uté en la mejore mano, chico”, dice el interno, y usted no tiene por qué dudarlo. Prontamente es trasladado a un hospital —con nombre de un famoso revolucionario ajeno totalmente al mundo de las reparaciones humanas, pero eso importa poco en este momento— y se le somete a una sesión intensiva de auscultaciones, radiografías, análisis y demás. ¿El diagnóstico? “Fractura de cadera, chico: uté tiene oteoporosi, pero ya lo arreglaremo, que para eso somo lo mejolcito de pol acá”. La sonrisa del médico le brinda confianza. Mucha confianza. “Mañana a la nueve lo operamo, chico”.

Durante algunas horas, sin que usted lo sepa —porque está anestesiado, faltaba más, que hasta las historias de terror tienen su lado humano—, los médicos cubanos le abren la parte externa de la pierna, cortan por acá, sacan por allá, quiebran por acullá, e insertan en su cuerpo un pedazo de metal debidamente moldeado que, con el paso del tiempo, se espera que se vuelva uno mismo con usted. O sea: le implantan una prótesis de cadera. Terminada la cirugía, lo envían a recuperación y, más tarde, a su habitación.

Hagamos un paréntesis para relatar lo que, en la serie de Batman —el Batman pazón, o sea, el Batman de Adam West—, anunciaba un locutor con voz engolada: “Mientras tanto, en la Baticueva”, sólo que aquí no se trata de ninguna Baticueva, sino de México. Así, mientras tanto, en México, sus familiares se han llevado un susto de los mil demonios al enterarse del percance, luego se han tranquilizado tras saber que se encuentra en manos “de lo mejolcito de pol acá”, y luego han comenzado a alarmarse de nuevo. ¿Qué es lo que motiva la alarma? Ah, una razón muy sencilla: los cubanos han llamado y exigen se liquide el costo de la operación.

—Que pague, chico.
—Pero, ¿por qué? ¿No hay acaso un seguro que lo cubre?
—Mmm… bueno, chico, pague luego, polque acá no e’ el capitalimo.
—Ni capitalismo ni socialismo de mameluco: no pago. Que pague el seguro.

Llamadas van, llamadas vienen. Los muy solidarios cubanos —ésos que le atendieron mientras usted se debatía, no entre la vida y la muerte, pero sí entre la cojera y el buen caminar— porfían en su intento de cobrar la operación a la familia de usted. “No, no, no: que pague la barbuda de su madre, o la madre del barbudo”, dicen los indignados familiares, “que para eso le endilgaron el seguro a mi pariente”. La mención del seguro termina por obrar milagros y la cuenta se desvanece mágicamente; sin embargo, el drama que se desarrolla telefónicamente entre Cuba y México dista mucho de verse concluido, al aparecer una nueva pieza en el tablero de juego: la repatriación de usted, mi estimado viajante imaginario.

La operación ha salido bien: usted descansa cómodamente —si bien la falta absoluta de movimiento comienza a resultar un tanto pesada— y sólo espera que le den el visto bueno —esto es, que lo den de alta— para tomar sus maletas, afeitarse —aunque la barba sea el no va más en la isla—, cambiar la batita de hospital por algo más decente para salir a la calle, tomar un taxi, cubrir los mismos farragosos trámites acaecidos al momento de su llegada y abordar el vuelo que lo regresará a su país. Eso es lo que usted quiere pero, desafortunadamente, no es lo que quieren los cubanos:

—Le vamo a mandal a su pariente con un cuidadol médico, chico.
—Me parece bien. ¿Ya lo saben en el seguro?
—Uté no ha entendido, chico: le vamo a mandal un cuidadol pero, como eso e’ fuera de Cuba, nosotro no tenemo pol qué pagal. El epecialita e' una lumbrera, ¡cosa ma grande, chico!
—Será el sereno, pero yo no pago. Que pague el seguro.

Los cubanos, de nuevo, insisten. Primero aducen la necesidad de enviar un médico para cuidarle a usted —argumento razonable si se piensa en que la excesiva turbulencia podría terminar por estropearle nuevamente la cadera fracturada—; más tarde, el enviado no será un médico, sino un enfermero —como no sea para cargarle a usted, no se ve de qué serviría un enfermero—; por último, tampoco será el enfermero, sino un anestesista —o sea, en el colmo de la previsión, mejor llevar bien sedado al paciente, no sea que se escandalice al verse fuera del centro hospitalario y quiera arremeter con furia contra todo y contra todos—. El asunto del acompañante comienza a convertirse en un perfecto incordio porque en Cuba, donde “no e’ el capitalimo”, pretenden que usted pague: a) el traslado del sujeto en cuestión —médico, enfermero, anestesista, chamán o brujo, no importa—; b) una estancia de tres días en la Ciudad de México —supónese que para cerciorarse de que el paciente llegue bien y se mantenga bien—; c) el pasaje de regreso. Sólo falta que incluyan alimentos sanos, ropa de recambio y habitación con vista al Paseo de la Reforma.

Sus parientes, en el colmo del fastidio, entran en contacto con la embajada de México en Cuba… e inicia el zipizape:

—Oiga, esos cubanos querían cobrar la hospitalización. ¿Para qué está el seguro?
—No, señor: a nosotros nos dijeron que lo iban a cobrar porque nadie se hizo cargo del paciente.
—Hemos llamado a diario.
—Ellos dicen que el paciente está solo.
—Sus amigos han ido a verlo.
—Dicen que está tan solo que ha comenzado a leer Robinson Crusoe, por una especie de identificación con el personaje.
—Será que ya ha visto caníbales… pero no, no está solo. Y quieren cobrarnos el traslado de un “acompañante”.
—¿Cómo dice?
—¡Sí! ¡Un acompañante! ¡Y quieren que yo pague!
—Ah, caray… de eso no sabemos nada. Deje que investiguemos.

En investigar pasa otra semana, en aclarar el entuerto —desde los niveles más altos de la diplomacia— transcurren otros días y, por último, todo se arregla: vendrá el acompañante, pero pagado por Fidel, Raúl y mafiosos que les acompañan. Mientras tanto, usted no sabe a ciencia cierta qué pasa, pero nota un cambio sustancial en el trato que se le dispensa en el hospital: sus salvadores parecen custodios de reclusorio, la comida se ha reducido a pan y agua —“e’ la dieta, chico” — y, cuando llegan a cambiarlo de posición, tiene la extraña sensación de que el gorila – enfermero juega con el cuerpo de usted a los volados.

Al regresar a México, semienterado de lo que ha sucedido, no puede menos que besar el suelo patrio. Llega a su casa, donde le dan un recibimiento como si acabara de salir de la cárcel —en lo que no andan tan errados—… y notan cómo su cuerpo comienza a hincharse. ¿Cómo dice? Así: a hincharse. Los médicos del ramplón capitalismo nacional llegan por usted, lo suben a una capitalista ambulancia y lo internan en un capitalista hospital, mientras una compañía de seguros incubada en el capitalismo imperialista se hace cargo de todas las cuentas. ¿El diagnóstico? “Amigo, ¿por qué se atiende usted con matarifes sin escrúpulos? ¡Le han puesto un mofle viejo disfrazado de prótesis, lo han fijado con cemento Tolteca —o su equivalente, ‘Cemento Barba’— y lo han reforzado con alambrón de ⅛ no quirúrgico! ¡Hay que abrir y componerlo todo!” Lo abren, lo reparan —a medias, porque después habrá que sustituir el pedazo de metal llamado pomposamente “prótesis” por los cubanos— y lo mandan a recuperación.

Como colofón, un dato: junto con usted llegó una cuenta de hospital con cifras expresadas en muy capitalistas billetes verdes. Los números —tan elevados como si el percance hubiera tenido lugar en Houston, no en La Habana— revelan una realidad digna de la dimensión desconocida, al incluir traslado, operación, materiales empleados —cual si fueran de primer mundo—, recuperación, días de hospitalización y sesiones de terapia —aunque usted nunca se levantó de la cama—.

Las agencias de viajes son muy dadas a decir: “si viaja usted a X lleve ropa ligera, repelente de moscos, bloqueador solar y gafas de sol”; asimismo, en algunas partes recomiendan cosas como “no salga a la calle de noche”, “evite beber agua de los grifos”, “no camine en solitario por tales y cuales avenidas o zonas de la ciudad”, o “evite hacer amistad con los guerrilleros de la localidad”. En el caso de Cuba, el anuncio debería redactarse como sigue:

“¿Viaja usted a Cuba? No olvide contratar un seguro de gastos médicos en su país de origen. Asimismo, desconfíe de médicos, enfermeros, anestesistas, brujos y chamanes de facha amistosa. No olvide llevar en su maleta dos prótesis de cadera—izquierda y derecha, porque nunca se sabe de qué lado cae uno— y tenerlas a mano en caso de accidente. Ante cualquier eventualidad, golpee al primero que se anuncie como 'el mejolcito de pol acá' y pida auxilio a su embajada”.

27.10.09

El apagón.

Conforme pasan los días, es posible revisar con un poco más de cordura lo acaecido en torno a la Compañía de Luz y Fuerza del Centro -LyFC-, extinguida por decreto presidencial el 11 de octubre de este 2009. Así, si bien las protestas no han hecho sino comenzar -y en las mismas recién se ha "montado" definitivamente el siempre oportunista López Obrador-, el proceso comienza a tomar un rumbo definitivo al aparecer, no sólo la inmensa maraña de componendas, prácticas de corrupción, actos ilícitos y manejos poco claros del sindicato, sino dividirse éste en un sector que busca el diálogo con las autoridades, a fin de encontrar un puesto de trabajo en la Comisión Federal de Electricidad -CFE-, y quienes se aferran a revertir la medida.

¿Qué fue lo acaecido? A los ojos de quien estas líneas escribe, el problema se reduce a una serie de elementos en extremo simples: los gobiernos que transitaron por el poder a lo largo de los últimos, cuando menos, treinta años, habían visto que LyFC era una empresa a todas luces ineficiente, incapaz de brindar un servicio de calidad a sus clientes, burocratizada hasta límites inconcebibles, operada por un conjunto de sujetos ineptos, corruptos y déspotas. ¿Qué hicieron ante tal calamidad? Lo lógico y lo deseable hubiera sido eliminar de un plumazo al ente nefasto en cualquier momento, máxime si se considera que, cuando menos, entre 1970 y 1994 existía un abanico enorme de posibilidades para que cualquier presidente tronara a una empresa, hiciera cera y pabilo del sindicato, y recibiera la aprobación unánime de la clase política, dado que los sectores importantes de ésta militaban en el mismo partido que el mandatario en turno. Sin embargo, por desidia, por falta de... de... de redaños, o por consideraciones políticas, los ocupantes de la Silla del Águila difirieron tomar la crucial decisión, e hizo falta que llegara alguien dispuesto a vérselas con el sindicato -y con sus muy oportunos apoyadores- para que la tan pospuesta medida tuviera efecto.

En este proceso, no todo se relacionó con la probada ineficiencia de LyFC: la gota que derramó el vaso la constituyó el raudal de amenazas, insultos, y verborrea desbocada de que echó mano Martín Esparza tras reelegirse como secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas -SME-. El tío en cuestión pensó que, como en este país no hay quien se meta con los sindicatos -especialmente con los autodenominados "democráticos", cuyos líderes llevan en sus respectivos cargos varios decenios-, podría tranquilamente hacer topillo en los comicios internos y, bajo el sobado procedimiento de embarazar urnas e inflar padrones, vencer a su contrincante. Como el gobierno federal no se tragó la maniobra -principalmente debido a que el perdedor protestó, lo cual muestra que el SME no es el bloque monolítico que sus defensores quieren pintar-, Esparza trató de ejercer presión bajo distintos medios, apelando a la también muy conocida tónica de nombrar al gobierno "represor", "amigo del capital", "antidemocrático", "antisindicalista", y estupideces por el estilo. En medio de las arengas en uno y otro sentido, el Ejecutivo recordó que LyFC era una empresa que, desde cualquier punto de vista, no debía existir, y simplemente la eliminó por la vía legal.

El decreto presidencial tiene, como siempre, un lado bueno y uno malo: el bueno consiste en que se ahorrarán cada año los 40,000 millones de pesos que se empleaban en subsidiar a la porquería que nos brindaba luz a los capitalinos. ¿40,000 millones? Sí, señor: 40,000 millones entraban a las arcas de la compañía, además de los dineros que provenían del pago de nuestros recibos. ¿En qué se empleaban? Misterio: no resulta creíble que en sueldos, porque ello determinaría que cada empleado cobraba un millón de pesos cada doce meses; tampoco es creíble que en mantenimiento, porque el servicio es una auténtica calamidad, y tanto las variaciones del voltaje como los apagones son constantes; menos aún es creíble que se utilizarían para incrementar la capacidad instalada de la empresa, dado que la misma está, incluso, subutilizada; finalmente, tampoco se concibe que se destinarían a ampliar la red de servicio, dado que existen innumerables zonas de la ciudad donde la gente, por distintos motivos, no paga sus consumos, y no por falta de ganas, sino porque la compañía prefería sugerir a las personas "ponga un diablito y cuélguese de la red" antes que realizar los trámites necesarios, instalar el medidor, e ir a verificar el consumo cada bimestre. No, amigo, ¡cuánta fatiga causa todo eso!

El lado poco amable del decreto reside en que, instantáneamente, han sido puestos en situación de paro 40,000 sujetos. Sin embargo, hay aquí una consideración a realizar: ¿por qué son 40,000? ¿Por qué laboran 40,000 personas en una empresa que con 8,000 hubiera funcionado a la perfección y que, incluso, habría tenido mejores posibilidades de salvarse? Tampoco se sabe, aunque todo ello parece girar en torno a las mal llamadas "conquistas sindicales", las cuales permitían al sindicato contratar personal cada año, se necesitara o no, bajo el socorrido sistema de "puntos", en el que cualquier persona que asista a juntas sindicales, marchas, plantones, o actos de apoyo a X o Z junta "puntos" y, al finalizar el año, tiene la posibilidad de integrar a un familiar, amigo o conocido a la nómina de la empresa. Lógicamente, ello redunda en que la plantilla laboral albergue a más gente de la requerida, por no decir que permite a los "puntistas" hacerse de recursos extraordinarios al vender la plaza que han conseguido con el sudor de sus frentes y las nacientes callosidades en sus extremidades inferiores.

Ante lo mencionado, parece natural que la CFE recontratará sólo a 8,000 personas, las necesarias para brindar energía eléctrica a la Ciudad de México y zonas aledañas, y que serán las primeras 8,000 que acudan por su liquidación, lo cual demostrará que son enemigos de los rijosos, que buscan tener un empleo, y que están dispuestos a adaptarse a las nuevas condiciones. En tanto, el personal haragán, inútil, amigo de la riña y de Martín Esparza, quedará desempleado, supeditado a la buena voluntad de un muy populista GDF y, por supuesto, a nuestros impuestos. Y eso, como se vea, sí que resulta una contrariedad.

La eliminación de LyFC ha encontrado oposición entre quienes se esperaba que pelearían contra la medida: en primer lugar, los ya citados "sindicatos democráticos", aunque su apoyo ha sido tibio porque, en una de tantas, nadie sabe dónde saltará la liebre. En segundo lugar, los grupillos dedicados a la protesta profesional -Panchos Villas, CGH, estudiantado rijoso pero "consciente"- a quienes eso de pintar mantas se les da mejor que buscar una ocupación seria en la vida. Finalmente, los partidos políticos de la pseudo - izquierda, agrupados bajo el marbete del FAP, para quienes la medida no es sino el ataque del capital al trabajo. No sobra mencionar que, entre los políticos, destacan dos figuras: Porfirio Muñoz Ledo, secretario del Trabajo durante el sexenio de Luis Echeverría -y que, por ello, bien debe saber por qué el SME creció en la medida en que lo hizo-, y el infaltable Peje, que ha encontrado una nueva oportunidad de salir en las pantallas después de las enemil tonterías protagonizadas en Iztapalapa por el tal Juanito, Clara Brugada, y él mismo.

El Peje ha decidido apoyar al SME porque no le queda de otra: es una forma más de oponerse al gobierno, de enunciar sus lemas gastados donde la "lucha de clases" se parece más a doña Lucha que a una consigna seria, de refrendar su apoyo a los pobres -rubro en el que, por cierto, no encajan, ni él, ni Martín Esparza-, de invocar nuevamente al fantasma de la "privatización" que anida en su loca cabeza, y de llamar a las consabidas movilizaciones en pro de la resistencia civil pacífica. Para sus seguidores incondicionales, el asunto cobra nuevas dimensiones al hablar de "la defensa patriótica del sindicalismo", "el rescate de los bienes nacionales", e incluso equiparar la defensa de un ente corrupto como es el SME con la defensa de la patria. Vaya, no ha faltado el exaltado que ha querido ver, por enésima vez, una magna conspiración en el gobierno que, al mismo tiempo, recorta el presupuesto de la UNAM -mismo que, insisto, si se empleara mejor alcanzaría para cubrir las necesidades de mi casa de trabajo- y elimina a un sindicato. El problema aquí es que, ni el recorte a los dineros de la universidad es cosa cierta -y, aun si lo fuera, ello debería forzar a racionalizar el gasto-, ni se ha eliminado al sindicato, sino a su fuente de empleo. Por tanto, todo es un desbarre monumental.

A propósito, y ya como colofón: ¿desde cuándo es un delito cerrar una empresa que no funciona? ¿En qué momento puede calificarse como "ilegal" el despido masivo de trabajadores que, en su mayoría, no trabajan, o trabajan mal? Las prácticas del SME, lo mismo que las del STUNAM, el STPRM, la FSTSE, o las de cualquier sindicato enclavado en el gobierno, de realizarse en la iniciativa privada, habrían conducido, años ha, a la rescisión del contrato colectivo de trabajo, el despido de los inútiles, y el mantenimiento sólo de los trabajadores necesarios y eficientes. ¿Por qué en este país, donde tanta falta hace crear una cultura efectiva del trabajo, se protesta para defender la ilegalidad, la ineptitud, el tortuguismo, o la estupidez? ¿Por qué pelean quienes defienden al SME? ¿Es tan malo que se vayan a la calle miles de inútiles? Cuando Marcela la Brava abre la boca para decir que "los niveles de vida en la ciudad se deteriorarán al incrementarse el número de desempleados", ¿no piensa en el hecho de que esa gente, bajo cualquier otra circunstancia, no podría haber ocupado en ningún momento un puesto de trabajo?

Trabajo hay, señores, pero existen dos requisitos indispensables para ocupar una plaza: querer trabajar -lo que en el SME parecía no importar- y tener la aptitud necesaria para desempeñar un trabajo -lo que en el SME parecía importar menos-. Tener un puesto de trabajo para simplemente "echarla" -lo que en el SME parecía ser la constante- es, no sólo un absurdo, sino un insulto para quienes, día con día, nos ganamos el pan con el propio esfuerzo, sin dádivas ni compensaciones exageradas. Defender al inepto, al holgazán, al corrupto o al tramposo es, visto así, inmoral, y da pie para pensar en la forma en que se han de conducir los "espontáneos" defensores de Esparza y los suyos, sin duda también pendientes de prebendas, no muy amigos del trabajo, proclives más a la realización de marchas o al empleo de subterfugios que a la realización de labores productivas.

18.6.09

Servilismo multitudinario.

Lo hemos visto en las noticias: al calor de las contiendas electorales, todo se vale, todo se puede, ya nada nos extraña y, lo peor, no hay autoridad alguna que haga algo para remediar las evidentes violaciones a la ley electoral.

El número que ahore referiré a ustedes tiene que ver con el pleito desatado entre perredistas de distinto signo por el control de la valiosísima -en cuestión de votos, de clientelas, y de posibilidades futuras, que no de otra cosa- delegación Iztapalapa. En la votación interna de los perredés triunfó -por motivos que se desconocen- una ciudadana desconocida que responde al nombre de Silvia Oliva. No obstante, la alquimia de Bejarano y sus amigos hizo de las suyas para montar en la candidatura para la jefatura delegacional de Iztapalapa a la infausta Clara Brugada quien, no contenta con haber chupado del presupuesto -sin mostrar resultado alguno- en el régimen pejista, ahora se recicla y se lanza para contender por el estupendo negocio que representa ser jefa delegacional. Los perredés del bando A -porque aquí no hay buenos ni malos, todos son malísimos- protestaron, fueron al Tribunal Electoral del Distrito Federal y, más tarde que temprano, lograron revocar la nominación de Brugada, si bien su nombre se encuentra ya impreso en las boletas.

El Tribunal lo dijo con claridad: "se ordena que el PRD reponga a Oliva la candidatura." El partido, como es su costumbre, se lo pensó, se hizo el remolón, y no dijo nada porque, entre otras cosas, la dirigencia nacional, la que fue a quejarse, es del bando A, es decir, del bando que pide la restitución de Oliva; empero, la dirigencia local, a la que toca acatar el fallo, es del bando B, o sea, es dependiente directa del afamado "señor de las ligas" y, por tanto, está contentísima con que la inútil de Clara Brugada sea su candidata. Colofón: nadie ha movido un dedo para que la desconocida Silvia Oliva se lance a la campaña, con todo y que a ésta le quedan, a lo sumo, dos semanas: el Tribunal no aplica la ley, el IFE dice "no hay falta alguna que perseguir", y el IEDF, lacayo irredento del PRD, nada "de muertito" para que nadie note que es la autoridad que debe poner orden en el desastre perredista, que podríamos llamar "El Cochinero Contraataca."

Por si las cosas no fueran ya suficientemente malas, hace dos días, el martes 16, el Peje hizo acto de presencia en un mitin del PT y dejó a más de uno con la boca abierta. Por si desean ver textualmente lo expresado por tan singular personaje, el enlace se encuentra aquí, y la crónica les será relatada a continuación:

Parece un mitin cualquiera, de ésos que el PT arma escudándose en la figura de su mesías particular porque, de otro modo, nadie iría: no hay propuestas, los candidatos son un cúmulo de impresentables, y el partido realmente no ofrece nada, salvo atacar a la derecha sin pensar que el propio PT es una agrupación a la que, sólo tras sufrir un politraumatismo craneoencefálico severo, se podría calificar como "izquierda". Sin embargo, a raíz de la espantosa campaña publicitaria centrada en el "estaríamos mejor con", que prolijamente he destazado en una entrada previa, los bonos del partido en cuestión han subido; no en la medida en que lo querrían, pero al menos pintan.

Para regresar al mitin, se observan en él tres personas: el candidato por el PT a la jefatura delegacional, el Peje, y Clara Brugada. Quien lleva la voz cantante es, obviamente, el loco que vino del sur que, con su voz estentórea, enuncia: "el candidato que está aquí conmigo"... y hace una pausa para preguntarle cómo demonios es que se llama, porque ni idea tiene. El tipo, sin amoscarse, le dice su nombre, y el Peje prosigue: "Rafael Acosta, haga el compromiso de que, al ganar, porque, no se la va a creer, él no va a ganar. Por civismo, va a ganar por el movimiento, y va a ganar con Clara, que se entienda bien."

Vale hacer una pausa aquí y preguntar "¿es verdad lo que estoy escuchando?" Si se realiza un análisis tajante de lo dicho por un enloquecido López Obrador, es claro que él dice, en un inicio, que el candidato primeramente anónimo no va a ganar, a lo cual el pobre diablo, el candidato ninguneado, responde con una carcajada que queda a la libre interpretación de cada quien. No obstante, después le dice algo como "bueno, ganas pero no ganas, ganarás con Clara." Con Clara, evidentemente; con claridad, en absoluto; a las claras, está por verse. El remate es lo último dicho por el mesías del pantano que, en resumen, es una orden tajante a Marcelo: gana este baboso que no sé cómo se llama, ni me importa; como es baboso, renuncia; después, te mando decir -aunque se escuda en aquello de "el movimiento propondrá"- que nombres a Clara; me obedeces y le envías mi mandato a la Asamblea; ésta sigue mis órdenes y determina que la Brugada será la jefa delegacional sustituta. Fin de la alucinación.

No sé qué sea peor de todo lo visto. Por una parte, siguiendo su método tradicional, el Peje obliga al impresentable candidato a que, frente al mitin, se comprometa a renunciar después de que gane, como si tuviera alguna opción. En este caso, me pregunto: ¿para qué hacer una campaña con un tipo, si a final de cuentas no va a ganar? Es más, si el manejo en la ciudad es tan turbio, y todo lo decide el Peje, ¿para qué hacer elecciones en las delegaciones donde es posible que ganen los perredés, o los petés, o los convergentes? Mejor adoptamos el modelo cubano y elegimos listas de candidatos, todos del mismo color, y ya, nos quitamos de líos. Por si fuera poco, está el hecho de que el PT consume presupuesto para nombrar a sus candidatos, recibe dineros públicos para promoverlos y, al final, resulta que "siempre no", que el tipo, si gana, deberá entregarle el puesto obtenido a alguien por quien, evidentemente, la gente no votó. Cosas de la democracia amarilla, roja, o naranja.

Lo segundo peor es la actitud del tipejo: "sí, me comprometo porque me lo pide el presidente legítimo." De la buena nos salvamos cuando este pelmazo perdió la presidencia en 2006 porque, de otro modo, volveríamos a los viejos tiempos del PRI intransigente donde, por cualquier motivo, el presidente removía gobernadores y los reemplazaba por tipos que la gente no conocía, pero que eran fieles al dedo divino. Señor candidato sin nombre, de verdad, qué poco vale usted. Desde el momento en que dice "sí, me voy", pierde toda credibilidad, deja de contar como alguien serio y, de hecho, debería perder la posibilidad de realizar cualquier tipo de propaganda a su favor. ¿Para qué, si de cualquier manera no va a hacer nada, sino entregarle en bandeja la delegación a una distinguida militante del gang bejaranista? ¿Qué compromiso asume un tipo como éste? De servicio, evidentemente no, porque debería haberle dicho al Peje: "oye, para esas movidas ve a buscar al de Convergencia, a ver si él quiere, que yo no: yo compito para ganar yo, y servir yo a la gente que vote por ." No obstante, como la gente vale un comino, y lo que importa es quedar bien con el enviado de los dioses, qué importa que la votación se convierta en una simulación absurda.

Me parece que, a pesar de lo mencionado, lo peor es lo que no dice el Peje, pero deja translucir, y que consiste en que Marcelo va a obedecerle, la Asamblea va a obedecerle, y se saldrá con la suya. Obviamente, deberá lidiar con el hecho de que la gente vota por colores, no por candidatos, y es muy posible que termine ganando el PRD, con lo que la jefa delegacional será Silvia Oliva y al Peje, a Clarita y al baboso se les hará nudo el hígado; incluso, de creer una fuente poco fiable, es posible que gane el candidato del PRI. Sea como sea, en ambos casos ya podremos esperar una nueva oleada de movilizaciones porque hubo fraude, la mafia les quitó la delegación, el compló del innombrable ha hecho de las suyas, y la derecha operó todo para ganar a la mala. Me pregunto si el loco de Macuspana tendrá en su cabeza algo sencillo, pero fundamental: el hecho de decirle a un sujeto "ganas, pero ganará la que yo quiero" constituye un acto fraudulento, es manipular la voluntad popular a favor de un proyecto unipersonal revestido de "proyecto de nación", es apostarle a la megalomanía y no a la libertad. De verdad me pregunto si el Peje verá que, con esta última jugada, termina de matar su ya moribunda imagen de "paladín de la democracia", y se convierte definitivamente en un dictador enfermo.

A todo esto, hay más servilismo, de ahí que sea éste multitudinario. Así, no sólo es servil el candidato impresentable; no sólo lo es la gente que sigue al Peje porque "estaría mejor con él", aun sin saber cómo; no sólo lo es Clara Brugada por pensar en llegar a un puesto que no le corresponde. Horas después de la "puntada" péjica, Marcelo comentó: "está en todo su derecho; creo que es plausible y nadie se lo prohíbe." Acabáramos. Entonces, para el jefe de gobierno, es derecho del Peje mover piezas, imponer jefes delegacionales, y dejar en claro que él, Marcelo, es su criado. Asimismo, no hay falta en que una persona de la sociedad civil -porque el buen López no es sino eso- se meta a hacer política, lo cual está vedado para el resto de los mexicanos sin partido; tampoco está mal que se sugiera que la Asamblea carece de autonomía, y se halla sometida a los designios de un loco y de su fiel lacayo. Bonito gobierno es entonces el de la ciudad. ¿Adónde pretende llegar Marcelo con todo esto? Se ignora porque, al paso que vamos, la candidatura de la mancuerna PT - Convergencia, si es que logran salvar el registro, será para el de Macuspana, ni duda cabe, mientras que la del PRD puede ser para Chucho, para Juan Ramón, para Amalia, o para alguien que no sea tan claramente servil. ¿Y Marcelo? Pues deberá irse, con todo y su chinito de Supermán, a donde todos adivinamos.

¿Hay más? ¡Claro! ¿Quién es el mayor afectado en este caso? Podría pensarse que el pobre diablo que cederá su lugar a Clara Brugada; sin embargo, como marcha al sacrificio sin oponerse, es notorio que nada le afecta e, incluso, es posible que el mesías le reserve algun tipo de premio por su "entrega", el cual pudiera tener varios ceros a la derecha. Pero no, no es él el afectado: el afectado es el PRD, víctima de los manejos escasamente aseados de quien, en su momento, fue su principal arma. Ahora bien, ¿qué es lo que ha dicho el partido a todo esto? Mucho, y nada. En una conferencia de prensa, Jesús Ortega dijo que lo hecho era traición, que estaba mal, que no se podía hacer eso. Por supuesto, ni quién lo dude; sin embargo, en ningún momento dice "ah, López Peje, nos la vas a pagar"; por el contrario, todo queda en el sobreentendido, en la más absoluta cobardía, en no llamar al traidor por su nombre y exhibirlo de una vez ante la militancia. Los estatutos del PRD son claros: si algún miembro hace propaganda por otro partido, ¡para afuera! No es el caso del Peje quien, por si fuera poco, ha dicho hoy mismo que no se va, cuando la cuestión debería cifrarse en a qué hora lo "van", no en si decide irse o permanecer.

Así es esto de la democracia amarilla. A propósito de la conferencia de prensa de Chuchito, todavía hay quienes defienden al Peje y le dicen de todo al líder del PRD, ante lo cual me pregunto ¿cómo defienden la actitud del primero? Evidentemente no lo hacen, porque es indefendible, y se limitan a llamar "rastrero", cuando menos, a Ortega, sólo porque él intenta mover al partido por los rumbos de la negociación, no de la intransigencia péjica. El ataque es a Chucho por "traidor", "entreguista", "pelele", y cositas por el estilo, ideas todas que, en ningún momento, aluden a la actitud inconcebible del mesías. La retórica chafa, como se sabe, tiene mil argucias bajo la manga. Baratas, claro está, y que no soportan la mínima contraargumentación, pero mil, a fin de cuentas.

Me queda en la mente una afirmación tajante: para aquéllos que niegan la existencia de la posmodernidad, los hechos están a la vista. Si el Peje y sus seguidores incondicionales se llaman "de izquierda", atacan al partido político que ha permitido a su adalid posicionarse donde está, y defienden las arbitrariedades de un autodenominado "demócrata", ¡claro que la posmodernidad existe! ¡El autor ha muerto, los metarrelatos con él, viva el lector!

2.6.09

¿Hasta cuándo?

Según distintas notas periodísticas, un sujeto desconocido -ni tanto, tiene nombre y apellidos- fue baleado en el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Tras recibir los impactos, el sujeto corrió hacia la propia facultad para pedir ayuda, pero las heridas eran de consideración y cayó en la entrada. Los servicios de Auxilio UNAM acudieron al lugar de los hechos pero nada pudieron hacer por salvarlo. Al momento, se realizan las investigaciones pertinentes para dar con los culpables.

Esto es, en su más escueta versión, lo acontecido hoy en la misma puerta de mi casa de trabajo, entre las 13:30 y las 14:00 horas. Al salir de mi clase, una amable conocida mía que se desempeña en las difíciles tareas de la escoba y el trapeador me impidió el paso hacia la entrada: "Está cerrado, maestro." Al inquirirle el por qué, llanamente me dijo "Es que hay un muerto. Mataron a un muchacho en la puerta, aquí, junto al teléfono." Chanfles. Salí, con el resto de quienes éramos desviados de la entrada principal, por el patio de la biblioteca, sin saber a ciencia cierta qué pensar en torno a lo acontecido.

Lo primero que viene a la cabeza en tales circunstancias es, naturalmente, un alud de preguntas, un tropel de interrogantes desordenadas, un sinnúmero de cuestionamientos que van, desde lo obvio, hasta lo ilógico: ¿quién era? ¿Por qué lo mataron? ¿Agarraron a los asesinos? ¿Sería un estudiante? ¿Será el único? ¿Por, qué, por qué, por qué? A estas interrogantes se impone, en última instancia, una sobrecogedora duda: ¿estaremos seguros quienes acudimos a nuestra universidad? Si hoy mataron a un tipo, ¿quiere eso decir que las escenas cotidianas de violencia que se viven en la ciudad y en el país, se reproducirán ya normalmente en un lugar donde, de forma natural, no deberían acontecer? Con esto en mente, retorné a casa.

La información, como es natural, fluyó lentamente pero, al final, permitió armar el cuadro que he presentado al inicio de este texto, el cual debe ser amenizado por un dato más, simple pero contundente: el muerto estuvo en prisión entre los años 2000 y 2007, acusado de posesión de droga. Para quienes hemos asistido a la Universidad Nacional durante algunos años, el cuadro comienza a formarse con nitidez: el tipo era un vendedor de droga, de ésos que pululan en el espacio conocido como "Las Islas", en las justas narices de la rectoría, y contra quien nadie ha hecho nada en ningún momento. Recuerdo que, tras el ilegal y arbitrario paro de labores del año 2000, se hizo la finta de retirarlos, dado que ya operaban con descaro -sólo les faltaba vocear su mercancía para ser más evidentes- y, además, el horno no estaba para bollos después de que a los paladines del CGH les encontraron macetas sembradas de cierta hierba color verde -cuestión que, por cierto, no tardó en ser echada al cesto del olvido-. Así, los narcomenudistas debieron camuflarse pero, si se observa con cuidado, hoy en día se les distinguirá fácilmente entre quienes venden discos piratas, películas piratas, libros piratas, artesanías, ropa, muñecos y demás artículos en el tianguis que, durante la gestión de Ambrosio Velasco, prosperó a las afueras de mi facultad.

Saber que era un vendedor de droga, que discutió con quienes eventualmente le asesinarían antes de ser baleado, y que no es un universitario, da cierta tranquilidad, aunque ésta no tarda en desvanecerse. La tranquilidad surge porque, después de todo, no se trató de la ejecución, por los motivos que se gusten, de un alumno, un académico, o un administrativo: el acontecimiento es, al parecer, un ajuste de cuentas, aunque la Procuraduría de la ciudad haya abierto otras líneas de investigación. Lo anterior permite ver que no hay un comando dispuesto a ejecutar universitarios, no es una acción organizada, no tiene que ver con cuestiones represivas. Es, repito, el asesinato de un bueno para nada hijo de tal a manos de otros buenos para nada hijos de tales; en este sentido, y aunque suene horrible, no se ha perdido mucho.

La intranquilidad reaparece cuando se echa para atrás la mirada y se recuerdan episodios que, sin ser en sí similares a lo ocurrido hoy, sí tienen una conexión ineludible. El 12 de septiembre del año pasado, por ejemplo, una turba irrumpió en el campus universitario, asaltó a cuantos encontró a su paso, lanzó petardos contra distintas instalaciones universitarias, agredió a algunos estudiantes y, finalmente, fue puesto en fuga por estudiantes de mi facultad, algunos de ellos alumnos míos. ¿El motivo? La celebración, al día siguiente, del clásico Politécnico - Universidad. ¿Las consecuencias? Unos cuantos vidrios rotos, unos cuantos muchachos robados, y una movilización policiaca digna de peor película de los hermanos Almada, o ni siquiera eso porque, al menos en una de éstas, los maleantes pagan al final sus fechorías pero, en el caso de los vándalos, no se atrapó a ninguno, no pasó nada, y el flamante secretario de Seguridad Pública de la ciudad, Manuel Mondragón, demostró su total ineptitud para el cargo.

En aquel momento, como dan cuenta los escritos que me vinieron a la cabeza, y que están en este y en este enlace, se me ocurrió preguntar algo que, a la fecha, no he podido responder: ¿qué hubiera pasado si los vándalos, en lugar de sólo lanzar petardos a la facultad, hubieran decidido ingresar en ella? ¿Quién los hubiera detenido? ¿Qué hubiera pasado si, tras lanzar algunos proyectiles contra la Biblioteca Central, se les hubiera antojado destrozar los coches que estaban en el estacionamiento, incluido el mío? ¿Quién lo hubiera impedido? La respuesta a las preguntas nones es, lógicamente, hubieran hecho lo que hubieran querido, y a las pares es nadie, no sólo porque el personal de "seguridad" o "vigilancia" no está capacitado para ello -son, en su mayoría, gente de intendencia que ha obtenido un ascenso- sino porque, con mis propios ojos, observé en una ocasión cómo estos tipos -que recién han estrenado automóviles y se ven la mar de lindos- se "arreglaban" con un vendedor de droga y, en otra, permitían cobardemente que un ladrón escapara.

En esas manos está nuestra seguridad. Hoy mataron a un tipo a la puerta de mi facultad. ¿Hasta cuándo deberemos soportar cosas como ésta? Hace un par de meses, mi buen amigo Alberto Constante publicó en su blog una entrada donde daba cuenta de las tareas que esperaban a la nueva dirección, entre ellas, la inaplazable limpieza de nuestros espacios. Tal limpieza no se refería sólo al plano físico -aunque buena falta hace-, sino al otro, al humano, al espacio que, en lo simbólico, nos cobija a quienes acudimos a compartir lo poco que sabemos, y a quienes se interesan en escucharnos, en debatirnos, en ampliar nuestras dudas y nuestros saberes. Resulta desolador que, a las afueras de la misma Facultad de Filosofía y Letras, con todo lo que el nombre implica, se venda de todo, sin importar si es legal o ilegal, desde películas hasta droga; también es deprimente que un espacio que debiera ser de todos, como es nuestro auditorio Justo Sierra, se encuentre ocupado por sujetos que, en su mayoría, nada tienen que ver con una universidad de cuyos recursos disponen libremente -agua, electricidad, espacio-; igual de malo es ver cómo, por motivos que van de lo trascendente para algunos, a lo completamente baladí, se reparten cubículos en distintos lugares de la facultad a grupúsculos sin oficio ni beneficio, cuyos integrantes -a quienes he observado como "alumnos" desde que yo mismo lo era- haraganean sin mayor pena, venden dulces y cafecitos de a $5.00, $6.00 ó $7.00 y, cuando se tercia, pintan mantas y papeles en protesta por "algo" que ha pasado, con el afán de demostrar que tienen "consciencia social" y se comprometen con las "causas populares", sin pensar que el mejor modo de dar salida a sus propósitos sería, justamente, no defraudando a la nación, estudiando a conciencia, y egresando algún día. Lo último triste, en este mar de lágrimas, es salir los viernes por la noche y encontrar que el campus de la universidad más importante de Iberoamérica es asimismo la cantina más grande de México, y el fumadero de marihuana más concurrido de esta, de por sí, concurridísima ciudad.

Lo anterior son los problemas que nos aquejan a los miembros de la comunidad -dudo que lo sea, pero de algún modo hay que llamarla- de Filosofía y Letras. ¿Qué tienen que ver con lo que refiere este texto? Simple: a más gente extraña en las inmediaciones de la institución, más posibilidades de que se cuelen conflictos ajenos y, por ejemplo, los narquitos se maten en el estacionamiento. Asimismo, a mayor cantidad de ajenos, mayor inseguridad, mayores posibilidades de sufrir un robo o una agresión, mayores distracciones a nuestras labores cotidianas. Por eso me pregunto ¿hasta cuándo habremos de sufrir esto? ¿En qué momento las autoridades se fajarán los pantalones y aplicarán los reglamentos universitarios? Me imagino que, al expulsar definitivamente a los primeros cien borrachines o marihuanos que se encuentren en el campus -afuera es otro problema-, los demás se la pensarán y la práctica disminuirá; igualmente, al correr a los vendedores y recuperar el auditorio, las cosas comenzarán a verse mejor en todo sentido; por último, al permitir que entren las autoridades y detengan a los narcos, mucho ganaremos. En este sentido, vale recordar -por si hiciera falta aunque, visto lo dicho por los periódicos, vaya que la hace- que la "autonomía" universitaria no es sinónimo de extraterritorialidad, no tiene que ver con una tierra sin ley donde la policía no debe entrar; ante todo, la autonomía es financiera y educativa, no de orden legal o judicial. Por tanto, la policía debería buscar el medio para ingresar en las instalaciones universitarias y echar el guante a vendedores y consumidores de porquerías, y a vendedores de piratería. Por su parte, la autoridad universitaria, comenzando con la directora de la facultad, tendría que asumirse como tal en el papel y, primero, echar a los sujetos del auditorio, o llegar a un acuerdo con ellos para que el espacio nos fuera reintegrado; segundo, quitar el tianguis que su antecesor permitió se instalara libremente; tercero, aplicar los reglamentos ipso facto y expulsar a los transgresores.

Esto es un sueño guajiro pero, total, no cuesta nada enunciarlo. Sobre todo, no cuesta nada preguntar ¿hasta cuándo? Tal vez no me refiero a la limpieza de fondo que se requiere: simplemente, la que competa a lo más evidente. Incluso, me conformaría con ver sólo la intención, los primeros pasos; empero, no cejo en preguntar ¿cuándo? ¿Hasta cuándo mi casa de trabajo será un tianguis, una narcotiendita, un sitio ocupado por extraños? ¿Hasta cuándo?