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4.1.10

La ciudad de Marcelo.

Un barrio cualquiera de la Ciudad de México: una patrulla de la policía recorre diariamente el sector que le ha asignado para efectuar labores de supervisión. Meticulosamente, los uniformados se detienen en cada una de las esquinas que cruzan, hacen sonar la bocina incorporada a la torreta de su vehículo —la inconfundible señal de “aquí estoy”—, y esperan a que alguien, cuya identidad u ocupación se desconoce inicialmente, se acerque al vehículo. Los sujetos que a cada esquina se aproximan a la patrulla no son, contra lo que pudiera pensarse, policías, vigilantes o incluso comerciantes: son franeleros, y acuden con presteza al bocinazo lanzado para entregar su cuota diaria a los puntuales servidores públicos. Éstos, por su parte, una vez recibido el dinero, gastan alguna broma amable a los franeleros, tal vez comentan el estado del tiempo y la marcha del negocio y, sin más, prosiguen con su recorrido.

Otro barrio cualquiera de la misma urbe: un restaurantero, deseoso de no perder clientela ante la promulgación de la ley contra los fumadores, decide ampliar sus operaciones a la banqueta inmediata a su negociación. Tras solicitar los respectivos permisos y cooperar voluntariamente con la autoridad delegacional que le corresponde, ubica las mesas y espera a los fumadores que, sin demora, ocupan las mesas y, en amenos coloquios, arreglan la vida nacional en torno a sendos tragos de espirituosas bebidas, acompañados por las infaltables bocanadas de humo de distintas calidades. Al día siguiente, dos inspectores aparecen y multan al propietario del local. ¿La razón? Que el hecho de que la gente fume, literalmente, en la calle, contraviene la mencionada ley, a pesar de que ésta indica con claridad la prohibición de fumar en espacios cerrados y no a cielo abierto. De nada sirven las protestas del ventero: deberá pagar una multa, dar por perdido el dinero invertido en el permiso y en la espontánea dádiva y, en plena banqueta, tendrá que colocar un letrero que invite —o, mejor dicho, conmine— a los comensales a no fumar.

Una avenida, mismo espacio urbano: el tráfico a las 3 de la tarde es insoportable. La gente ve a sus autos calentarse, detenerse y convertirse en conjuntos monumentales de piezas de metal inerte. Instantáneamente, los ocupantes de los vehículos toman sus teléfonos celulares y, con más resignación que furia, comunican a sus desconocidos interlocutores: “sí, Fulano —o Zutanita—, ya sabes, no voy a llegar. Pues sí, así es esta ciudad”. Tres cuadras más adelante, cinco madres de familia han decidido cerrar una arteria principal de la ciudad porque la directora de un kínder ha dicho que los niños son idiotas, y ellas no pueden consentir semejante violación a los derechos humanos de sus querubines. Dos cuadras a la izquierda, una manifestación, compuesta por cien jóvenes, protesta contra las políticas intervencionistas de Estados Unidos en Irán, y apoya las declaraciones hechas en fechas recientes por Fidel Castro al diario Granma. En la misma avenida, un grupo de trabajadores abre un hoyo para insertar cables al subsuelo, mientras que una brigada gubernamental poda árboles y, como el asunto no es que alguno de ellos sea atropellado por los automovilistas inconscientes, han acomodado un enorme camión de modo que obstruya el carril inmediato al sitio en que laboran. Por si fuera poco, los semáforos no funcionan, o lo hacen del modo que es posible imaginar: luces verdes durante diez segundos —en plena avenida—, seguidas por luces rojas que tardan en cambiar cuarenta y cinco segundos, lo que sentencia a los conductores a detenerse en cada esquina.

Misma ciudad: vecinos airados protestan contra la construcción de una vía rápida y obstruyen una vialidad secundaria. Para reforzar su protesta, secuestran la maquinaria con que comenzarían a derribarse árboles, tirarse casas y aplanarse suelos. El gobierno local, sin más trámites, lanza a sus granaderos para reprimir a los manifestantes pero éstos, ni tardos ni perezosos, hacen sonar las campanas de la iglesia y alertan a los vecinos en su conjunto. Como cualquiera sabe lo que, en el México premoderno, implica que las campanas sean tocadas a rebato, los cuerpos de seguridad se repliegan y entra en acción el plan B: un grupo de espontáneos aparece en las calles aledañas —no suma más de diez personas— y se manifiesta a favor del orden y del progreso que implicará la construcción de la vía rápida. Días después, aparece en los diarios una encuesta en la que se indica que tres de cada cuatro encuestados están a favor del mismo proyecto, sin importar que existe ya una vía de tránsito adicional en la zona cuyos resultados, muy elogiados por la administración anterior, dejan ver que la nueva solución no será tal. Mientras, del otro lado de la ciudad, la única vía rápida que existe no es tal —dado que sus carriles disminuyen a cada momento, posee semáforos e, incluso, en un momento dado, ve ingresar en sus carriles al metrobús—, el caos es evidente y no hay proyectos para mejorar la vialidad.

Otra avenida: una cuadrilla de trabajadores comienza a tirar árboles a diestra y siniestra. De nada importan las protestas de los vecinos: la tarea debe ser hecha porque, sobre la misma avenida —sobre el arroyo, no sobre las banquetas, que es donde moran las víctimas del progreso—, correrá la nueva línea del metrobús. El proyecto, según ha dicho el gobernante supremo de la sufirda urbe, es indispensable, y ya se verá cómo se reponen los árboles. Meses atrás, un grupo de descerebrados otorgó, a este mismo sujeto, una condecoración por sus esfuerzos a favor de la preservación del medio ambiente y la conservación de las áreas verdes, al tiempo que alabó sus denominados “Programas verdes” y la lucha sin cuartel que libra —en la imaginación de los involucrados, se entiende— contra las emisiones contaminantes. Ello, por supuesto, no considera que en la ciudad existe, al menos, una marcha o un plantón cada día, lo que sin duda genera una cantidad importante de gases contaminantes.

Una oficina de la policía: una secretaria, harta de ser acosada sexualmente por su jefe —un comandante de sector—, y también de no ser escuchada por autoridad alguna, se dirige a los medios de comunicación para hacer pública su protesta y exigir justicia. Craso error. El jefe superior de la policía la manda llamar y le recrimina haber acudido a los medios. “Ahora”, amenaza, “no podré hacer nada. Allá usted si le pasa algo”. La mujer afirma que el caso es común pero que sus compañeras, al saber que nada se hará porque el involucrado tiene conexiones con el jefe del jefe de la policía y, por tanto, resulta intocable.

El hombre a cargo de todo este desastre aparece en los medios de comunicación a la menor provocación, pero no para solucionar los problemas descritos —los que parece no considerar en lo más mínimo—, sino para hacer declaraciones rimbombantes: “la ciudad tiene equidad”; “estamos bien de cara al futuro”; “las obras no se detendrán porque beneficiarán a todos”; “no hay presencia del crimen organizado en la ciudad”. Incluso, el día de ayer tuvo el tupé de decir “las obras no pararán porque no dejaré que alguien más sea el que las concluya”, aunque más tarde solicitó amablemente a los medios —se entiende cómo— que retiraran tan desafortunada frase. Es rápido para ejercer la autopromoción y para criticar al de enfrente: “nosotros no haremos un gasto monumental con los festejos del Bicentenario, como sí lo hace el Gobierno Federal”, y hábil para callar el hecho de que, si no podrá hacer nada, no es porque tenga un sentido admirable del ahorro, sino porque no le queda otra opción que mirar cómo el festejo federal ocupa estratégicamente todos y cada uno de los espacios posibles de la ciudad, lo que lo orilla a guardar bajo el tapete las locuras que poblaran su cabecita para recordar la magna fecha.

Ésta es la ciudad en la que vivo: la ciudad de los enormes negocios disfrazados, desde hace diez años, de “obras públicas indispensables” para “solucionar los problemas a largo plazo”, pero que al mes de su inauguración muestran estar completamente rebasadas por la realidad. La ciudad de las ocurrencias, donde el faraón en turno decide lo que habrá de hacerse por sobre la voluntad popular o amañando sagazmente lo que ésta parece mostrar, de modo que todo parezca perfectamente probado y aprobado. La ciudad donde el jefe de la policía es un simulador, el de finanzas es un ladrón con enormes dosis de iniciativa —exhibidas al subir el costo del agua, del predial y crear una nueva tarjeta de circulación—, el de transportes es amigo y socio del transporte pirata —caso claro de la Iglesia en manos de Satanás—, el de obras públicas se arrima al mejor postor para hacer lo que venga en gana, el de turismo es otro inútil ocurrente y el de educación es un patán sin educación. Sin embargo, apoyado en la muy popular gacetilla noticiosa, el jefe de (des)gobierno presenta una realidad alternativa a la opinión pública y prepara sus fuerzas para lanzarse por la grande en 2012. Eso, claro, si logra derrotar al mesías de los oprimidos, al salvador del pueblo, al amigo de todos.

9.11.09

La arbitrariedad galopante.

Como se mencionó en una entrada previa, el enjuague entre la gente del Sindicato Mexicano de Electricistas -SME- y las autoridades toma rumbo. De hecho, la Secretaría del Trabajo calcula que, a la fecha, ha acudido por su liquidación un 50% de quienes antes trabajaban en Luz y Fuerza del Centro -LyFC-, a quienes las consignas de Martín Esparza les vienen guangas porque no poseen los cuantiosos ahorros del abnegado líder obrero y, por ende, deben decidir entre mantenerse en una lucha estéril o cobrar un dinero que ler permitirá sobrevivir en tanto encuentran un trabajo donde, se espera, sí devengarán los sueldos recibidos.

Sin embargo, como también se mencionó, los muy oportunos defensores de las causas sociales han salido al quite del SME y, como pueden, le brindan su apoyo. Así, tras convocarse a un paro nacional el próximo día 11 de noviembre -es decir, pasado mañana-, el Sindicato de Telefonistas ha anunciado que se sumará al mismo, y que le vale un rábano serenado si el patrón descuenta el salario correspondiente. En tanto, la izquierdiza en pleno -es ironía-, entre la que destaca gente tan comprometida con la lucha obrera como Gerardo Fernández Noroña, Marcelo Ebrard, Alejandro Encinas, o el Peje, han hecho todo el ruido posible para alertar sobre este nuevo golpe que el capital brinda al trabajo y, de paso, para colgarse de los cinco minutos de fama que brinda el movimiento de los electricistas. No en balde el Peje ya convocó a una nueva asamblea popular donde, de nueva cuenta, dirá cómo es que debe guiarse la economía nacional; de paso, medirá fuerzas con Marcela la Brava, quien hizo honor al mote recibido en este espacio cibernético y, sin decir "agua va", adelantó que la consulta para elegir al candidato de los perredés para la lucha del 2012 deberá hacerse como si fuera una medición de rating, y no a ravés de las consabidas votaciones internas que, según se ha visto, a nadie dejan satisfecho.

La insensatez de los espontáneos apoyadores del SME llega a sus peores extremos posibles al recordar, una vez más, que el partido que cobija al Peje y a Noroña no es otro que el PT, engendro de los hermanitos Salinas, y que el primero, junto con Encinas y Ebrard, recibieron de muy buena gana los dineros que dio el humilde empresario Carlos Slim para reconstruir una fracción del Centro Histórico y tornarla un lugar a modo para recibir inversiones y acomodar a clasemedieros nice que se precian de vivir en el corazón de la ciudad. Cosas de la incongruencia, sí señor, amenizadas por el impulso que el millonario dio a las apiraciones presidenciales del loquito de Macuspana, y que éste preferiría que todos olvidáramos. ¿Usted, querido lector, lo entiende? Yo tampoco, pero la lucha de clases, reinterpretada a modo por los tíos más torpes del pueblo, cabalga de nuevo.

Para retornar al punto central de esta entrada, hace unos días se anunció que, de buenas a primeras, la Universidad Nacional se uniría al mentado paro nacional, para beneplácito de la fauna haragana que puebla a la institución y que ha confundido las obligaciones del estudiante universitario -asistir a clases, pasar sus materias, sustentar uno, dos, o tres exámenes para obtener los correspondientes cueros de puerco que le permitan ejercer una profesión- con sumarse a cualquier pleito que se trame en las calles. A la muy sabida respuesta de "es que el estudiante tiene consciencia, es el elemento pensante de la sociedad, y debe de estar con..." bla, bla, bla, les recordaré lo que mencioné en una entrada ya añeja: la mayoría de quienes se suman a tan singulares muestras de apoyo no son estudiantes, sino vagos profesionales, incapaces de escribir un párrafo -o un renglón siquiera- sin faltas de ortografía, para quienes el presupuesto federal que se gasta en su educación es una obligación del Estado que no se traduce en la asunción de algún compromiso básico como sería, por ejemplo, aprender a escribir, conducirse con urbanidad y, sobre todo, entender que el respeto a los demás es una norma de vida, no una consigna furibunda que lanzan orates vestidos con trajes Hugo Boss en tarimas montadas ex profeso a lo largo y ancho del país.

Éste es el princinpal problema que se avecina con las protestas: el cierre arbitrario de la universidad durante 24 horas. ¿Por qué cerrarla? Para crear la ilusión de que toda, TODA la comunidad universitaria apoya a los tarados del SME y su lucha ridícula. Tal es el punto y no otro: hacer creer que los universitarios, como somos seres conscientes, repudiamos el decreto de extinción de LyFC y queremos que se restituya, ipso facto, a los haraganes en sus puestos de trabajo. Tiene, asimismo, la finalidad de montar un aparato supuestamente enorme de apoyo a quienes no se han cansado de decir "se va la luz y hay apagones porque ya no estamos nosotros a cargo", sin ponerse a pensar que, si el servicio eléctrico es pésimo, se debe sólo a la pésima forma en que estos tipos dizque trabajaron durante un buen número de años. Señores: los apagones han ocurrido siempre y, si ahora se magnifican, es sólo como estrategia discursiva, no porque en realidad el servicio sea peor que antes.

Lógicamente, hay una cantdad considerable de universitarios que nos oponemos al mentado paro, desde trabajadores hasta estudiantes, pasando por académicos y administrativos. Empero, nuestra opinión no cuenta y, una vez más, seremos tachados de reaccionarios, esclavos del capital y, lo más chistoso, idiotizados por López - Dóriga o Alatorre. Un día de paro es lo que nos espera porque, sin consultarnos, a "alguien" se le ocurrió que era buena idea suspender labores para así apoyar a la parvada de idiotas, sin tomarnos opinión, en una actitud semejante a la de aquellas personas que cierran un eje vial porque la maestra Fulanita del kínder Zutanito le pegó a un niño. Bien, vale su queja, pero ¿por qué afectar a miles de automovilistas, o de personas que viajan en transporte público? ¿Qué solucionan fastidiando a los demás? ¿Dónde está el respeto? Peor aún, ¿cómo piden respeto a su causa -que ni siquiera es suya- pisoteando a los otros?

En mi sitio de Facebook, todavía hubo quien, a propósito de mi petición en torno a la realización de una consulta sobre el cierre de la universidad, dijo "menos mal que está muy solo en su reclamo". A ver si nos entendemos: ¿desde cuándo está mal, es inapropiado, o no se debe, pedir que se consulte a la gente sobre una decisión a tomar en un sitio público como es la propia universidad? ¿En qué momento es ilógico pedir que se vote para ver si se cierra ésta y así se muestra un pretendido apoyo generalizado a los holgazanes del SME? ¿Por qué una persona se alegra de que mi petición no tenga eco? ¿No acaso quienes apoyan a los sufridos electricistas claman por la democracia, la igualdad, las oportunidades, el diálogo y demás? ¿O es una igualdad parecida a la que se enunciaba en el comunismo, un diálogo como el que permiten Fidel y su carnal, o una apertura de espacios tal y como se verifica en Venezuela? ¿Entonces?

La consulta sobre el paro, a pesar de todo, está por realizarse. Claro que NO como debiera ser, esto es, en un sitio más o menos neutral al que pudiéramos ingresar quienes así lo deseáramos, sino en el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, tomado hace ya nueve largos años por sujetos ajenos a la institución y cuya filiación política -por llamar de algún modo a la carencia total de ideas y la defensa de una malentendida "autogestión"- nos es bien conocida. Asimismo, se ha convocado a la consulta en enormes carteles que mencionan "¡Todos somos el SME!", lo cual es un insulto para quienes sí nos dedicamos a trabajar y no vivimos de prebendas, ni cobramos por dar un servicio patético a nuestros clientes. No obstante, más allá de la consigna, la pregunta que queda por realizar es: si la consulta se realizará en territorio "amigo" de los holgazanes, impulsada por un lema que favorece a los mismos holgazanes, en un sitio al que sólo ingresan personas afines a los holgazanes, ¿cuál será el resultado? Todo se asemeja sospechosamente a las "asambleas" del Peje, en las que el aludido expone sus muy sesudas arengas ante su público fiel y termina preguntando si la gente quiere que se haga lo que él ya ha dicho que debe hacerse. Lógicamente, como los asistentes son paleros incondicionales, aprueban, y el tipo, ante la barahúnda de balidos escuchada -en su muy particular versión del "aplausómetro"-, dice estar armado con la supuesta "voluntad popular", e inicia la planeación de los mitotes a los que nos tiene ya acostumbrados.

Veremos qué nos depara la supuesta "consulta". Por lo pronto, todo parece indicar que el miércoles tendremos un asueto forzado, amenizado por marchas, gritos, porras, sombrerazos, y apariciones públicas de cadáveres políticos sedientos de fama instantánea. Más noticias, en la siguiente entrada.

27.10.09

El apagón.

Conforme pasan los días, es posible revisar con un poco más de cordura lo acaecido en torno a la Compañía de Luz y Fuerza del Centro -LyFC-, extinguida por decreto presidencial el 11 de octubre de este 2009. Así, si bien las protestas no han hecho sino comenzar -y en las mismas recién se ha "montado" definitivamente el siempre oportunista López Obrador-, el proceso comienza a tomar un rumbo definitivo al aparecer, no sólo la inmensa maraña de componendas, prácticas de corrupción, actos ilícitos y manejos poco claros del sindicato, sino dividirse éste en un sector que busca el diálogo con las autoridades, a fin de encontrar un puesto de trabajo en la Comisión Federal de Electricidad -CFE-, y quienes se aferran a revertir la medida.

¿Qué fue lo acaecido? A los ojos de quien estas líneas escribe, el problema se reduce a una serie de elementos en extremo simples: los gobiernos que transitaron por el poder a lo largo de los últimos, cuando menos, treinta años, habían visto que LyFC era una empresa a todas luces ineficiente, incapaz de brindar un servicio de calidad a sus clientes, burocratizada hasta límites inconcebibles, operada por un conjunto de sujetos ineptos, corruptos y déspotas. ¿Qué hicieron ante tal calamidad? Lo lógico y lo deseable hubiera sido eliminar de un plumazo al ente nefasto en cualquier momento, máxime si se considera que, cuando menos, entre 1970 y 1994 existía un abanico enorme de posibilidades para que cualquier presidente tronara a una empresa, hiciera cera y pabilo del sindicato, y recibiera la aprobación unánime de la clase política, dado que los sectores importantes de ésta militaban en el mismo partido que el mandatario en turno. Sin embargo, por desidia, por falta de... de... de redaños, o por consideraciones políticas, los ocupantes de la Silla del Águila difirieron tomar la crucial decisión, e hizo falta que llegara alguien dispuesto a vérselas con el sindicato -y con sus muy oportunos apoyadores- para que la tan pospuesta medida tuviera efecto.

En este proceso, no todo se relacionó con la probada ineficiencia de LyFC: la gota que derramó el vaso la constituyó el raudal de amenazas, insultos, y verborrea desbocada de que echó mano Martín Esparza tras reelegirse como secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas -SME-. El tío en cuestión pensó que, como en este país no hay quien se meta con los sindicatos -especialmente con los autodenominados "democráticos", cuyos líderes llevan en sus respectivos cargos varios decenios-, podría tranquilamente hacer topillo en los comicios internos y, bajo el sobado procedimiento de embarazar urnas e inflar padrones, vencer a su contrincante. Como el gobierno federal no se tragó la maniobra -principalmente debido a que el perdedor protestó, lo cual muestra que el SME no es el bloque monolítico que sus defensores quieren pintar-, Esparza trató de ejercer presión bajo distintos medios, apelando a la también muy conocida tónica de nombrar al gobierno "represor", "amigo del capital", "antidemocrático", "antisindicalista", y estupideces por el estilo. En medio de las arengas en uno y otro sentido, el Ejecutivo recordó que LyFC era una empresa que, desde cualquier punto de vista, no debía existir, y simplemente la eliminó por la vía legal.

El decreto presidencial tiene, como siempre, un lado bueno y uno malo: el bueno consiste en que se ahorrarán cada año los 40,000 millones de pesos que se empleaban en subsidiar a la porquería que nos brindaba luz a los capitalinos. ¿40,000 millones? Sí, señor: 40,000 millones entraban a las arcas de la compañía, además de los dineros que provenían del pago de nuestros recibos. ¿En qué se empleaban? Misterio: no resulta creíble que en sueldos, porque ello determinaría que cada empleado cobraba un millón de pesos cada doce meses; tampoco es creíble que en mantenimiento, porque el servicio es una auténtica calamidad, y tanto las variaciones del voltaje como los apagones son constantes; menos aún es creíble que se utilizarían para incrementar la capacidad instalada de la empresa, dado que la misma está, incluso, subutilizada; finalmente, tampoco se concibe que se destinarían a ampliar la red de servicio, dado que existen innumerables zonas de la ciudad donde la gente, por distintos motivos, no paga sus consumos, y no por falta de ganas, sino porque la compañía prefería sugerir a las personas "ponga un diablito y cuélguese de la red" antes que realizar los trámites necesarios, instalar el medidor, e ir a verificar el consumo cada bimestre. No, amigo, ¡cuánta fatiga causa todo eso!

El lado poco amable del decreto reside en que, instantáneamente, han sido puestos en situación de paro 40,000 sujetos. Sin embargo, hay aquí una consideración a realizar: ¿por qué son 40,000? ¿Por qué laboran 40,000 personas en una empresa que con 8,000 hubiera funcionado a la perfección y que, incluso, habría tenido mejores posibilidades de salvarse? Tampoco se sabe, aunque todo ello parece girar en torno a las mal llamadas "conquistas sindicales", las cuales permitían al sindicato contratar personal cada año, se necesitara o no, bajo el socorrido sistema de "puntos", en el que cualquier persona que asista a juntas sindicales, marchas, plantones, o actos de apoyo a X o Z junta "puntos" y, al finalizar el año, tiene la posibilidad de integrar a un familiar, amigo o conocido a la nómina de la empresa. Lógicamente, ello redunda en que la plantilla laboral albergue a más gente de la requerida, por no decir que permite a los "puntistas" hacerse de recursos extraordinarios al vender la plaza que han conseguido con el sudor de sus frentes y las nacientes callosidades en sus extremidades inferiores.

Ante lo mencionado, parece natural que la CFE recontratará sólo a 8,000 personas, las necesarias para brindar energía eléctrica a la Ciudad de México y zonas aledañas, y que serán las primeras 8,000 que acudan por su liquidación, lo cual demostrará que son enemigos de los rijosos, que buscan tener un empleo, y que están dispuestos a adaptarse a las nuevas condiciones. En tanto, el personal haragán, inútil, amigo de la riña y de Martín Esparza, quedará desempleado, supeditado a la buena voluntad de un muy populista GDF y, por supuesto, a nuestros impuestos. Y eso, como se vea, sí que resulta una contrariedad.

La eliminación de LyFC ha encontrado oposición entre quienes se esperaba que pelearían contra la medida: en primer lugar, los ya citados "sindicatos democráticos", aunque su apoyo ha sido tibio porque, en una de tantas, nadie sabe dónde saltará la liebre. En segundo lugar, los grupillos dedicados a la protesta profesional -Panchos Villas, CGH, estudiantado rijoso pero "consciente"- a quienes eso de pintar mantas se les da mejor que buscar una ocupación seria en la vida. Finalmente, los partidos políticos de la pseudo - izquierda, agrupados bajo el marbete del FAP, para quienes la medida no es sino el ataque del capital al trabajo. No sobra mencionar que, entre los políticos, destacan dos figuras: Porfirio Muñoz Ledo, secretario del Trabajo durante el sexenio de Luis Echeverría -y que, por ello, bien debe saber por qué el SME creció en la medida en que lo hizo-, y el infaltable Peje, que ha encontrado una nueva oportunidad de salir en las pantallas después de las enemil tonterías protagonizadas en Iztapalapa por el tal Juanito, Clara Brugada, y él mismo.

El Peje ha decidido apoyar al SME porque no le queda de otra: es una forma más de oponerse al gobierno, de enunciar sus lemas gastados donde la "lucha de clases" se parece más a doña Lucha que a una consigna seria, de refrendar su apoyo a los pobres -rubro en el que, por cierto, no encajan, ni él, ni Martín Esparza-, de invocar nuevamente al fantasma de la "privatización" que anida en su loca cabeza, y de llamar a las consabidas movilizaciones en pro de la resistencia civil pacífica. Para sus seguidores incondicionales, el asunto cobra nuevas dimensiones al hablar de "la defensa patriótica del sindicalismo", "el rescate de los bienes nacionales", e incluso equiparar la defensa de un ente corrupto como es el SME con la defensa de la patria. Vaya, no ha faltado el exaltado que ha querido ver, por enésima vez, una magna conspiración en el gobierno que, al mismo tiempo, recorta el presupuesto de la UNAM -mismo que, insisto, si se empleara mejor alcanzaría para cubrir las necesidades de mi casa de trabajo- y elimina a un sindicato. El problema aquí es que, ni el recorte a los dineros de la universidad es cosa cierta -y, aun si lo fuera, ello debería forzar a racionalizar el gasto-, ni se ha eliminado al sindicato, sino a su fuente de empleo. Por tanto, todo es un desbarre monumental.

A propósito, y ya como colofón: ¿desde cuándo es un delito cerrar una empresa que no funciona? ¿En qué momento puede calificarse como "ilegal" el despido masivo de trabajadores que, en su mayoría, no trabajan, o trabajan mal? Las prácticas del SME, lo mismo que las del STUNAM, el STPRM, la FSTSE, o las de cualquier sindicato enclavado en el gobierno, de realizarse en la iniciativa privada, habrían conducido, años ha, a la rescisión del contrato colectivo de trabajo, el despido de los inútiles, y el mantenimiento sólo de los trabajadores necesarios y eficientes. ¿Por qué en este país, donde tanta falta hace crear una cultura efectiva del trabajo, se protesta para defender la ilegalidad, la ineptitud, el tortuguismo, o la estupidez? ¿Por qué pelean quienes defienden al SME? ¿Es tan malo que se vayan a la calle miles de inútiles? Cuando Marcela la Brava abre la boca para decir que "los niveles de vida en la ciudad se deteriorarán al incrementarse el número de desempleados", ¿no piensa en el hecho de que esa gente, bajo cualquier otra circunstancia, no podría haber ocupado en ningún momento un puesto de trabajo?

Trabajo hay, señores, pero existen dos requisitos indispensables para ocupar una plaza: querer trabajar -lo que en el SME parecía no importar- y tener la aptitud necesaria para desempeñar un trabajo -lo que en el SME parecía importar menos-. Tener un puesto de trabajo para simplemente "echarla" -lo que en el SME parecía ser la constante- es, no sólo un absurdo, sino un insulto para quienes, día con día, nos ganamos el pan con el propio esfuerzo, sin dádivas ni compensaciones exageradas. Defender al inepto, al holgazán, al corrupto o al tramposo es, visto así, inmoral, y da pie para pensar en la forma en que se han de conducir los "espontáneos" defensores de Esparza y los suyos, sin duda también pendientes de prebendas, no muy amigos del trabajo, proclives más a la realización de marchas o al empleo de subterfugios que a la realización de labores productivas.

4.6.09

El primer paso.

Después de la muerte del narcomenudista, acaecida en la puerta de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM hace dos días, el Consejo Técnico de la institución dio a conocer ayer un comunicado que, a renglón cerrado, hacía uso del conocido lugar común "haremos", "vigilaremos", "tendremos que hacer", y cosas que sonaban a nada. Hoy, para fortuna de todos, resultó que sí, que sí se ha hecho algo, y que ese "algo" es el primer paso al que aludía yo en la entrada que a ésta precede.

Hoy, al arribar a mi trabajo, no vi puesteros, no vi vendedores de nada -libros, películas, monitos, ropa...-, no vi siquiera a los infaltables ambulantes que, montados en bicicletas, reparten tacos de canasta por todo el campus universitario. En cambio, vi muchos cochecitos de Auxilio UNAM, muy monos todos, acomodados en el lugar en que deberían estar los vendedores. Obviamente, mi júbilo fue mayúsculo, si bien se vio empañado por el hecho de que, desde el auditorio, y al interior mismo de la facultad, comenzaban las protestas por el hecho.

Antes de reseñar las protestas, vale la pena insertar aquí un apunte: tanto aparato para retirar a unos vendedores, ¿era necesario? Al parecer, sí; el problema que aparece en el horizonte estriba en que el dispositivo -como se da hoy en llamar- que resguarda los espacios no puede durar para siempre y, por tanto, imagino que los vendedores harán acopio de paciencia hasta que la autoridad se vaya y ellos, lentamente, en operación cucaracha, regresarán. Ojalá me equivoque, aunque la experiencia me dicta que lo mencionado es posible.

Ahora, las protestas. Al ingresar a la facultad observé, como es habitual cuando "algo" se mueve, el consabido grupo de gente apeñuscada en la zona conocida como "aeropuerto", y que no es sino el descanso de las escaleras. Al avanzar un poco más, comencé a oír una voz que, con un tono también muy conocido, propio de exaltado orador de barrio, reseñaba "la injusticia" de que eran víctimas los vendedores, "el atropello que se cometía contra la gente pobre" y, por último, "la ilegalidad" con la que actuaba la autoridad al quitarlos. La oradora, de quien me ocuparé en unos instantes, terminó diciendo que, si se quitaban esas fuentes de trabajo, el gobierno debía entonces mantener a los desplazados, darles todo gratuitamente y compensar su injusta existencia. Al mismo tiempo, exigía a las autoridades -a la Junta de Gobierno y a la Dirección de Patrimonio Universitario, ni más ni menos- que le explicaran por qué habían quitado a los vendedores, por qué los atropellaban, por qué nadie daba la cara, aun reconociendo que la directora había hecho acto de presencia en la operación. Total, un galimatías populista, pseudo rojo, de ésos que bien conocemos; a su lado, un vendedor de libros piratas, para más señas uruguayo o argentino, asentía con gravedad y ponía cara de circunstancias.

¿Qué clase de protesta es ésta? ¿Ilegalidad dices? Vaya, hombre, pues entonces ha de ser muy legal vender piratería en todas sus formas, productos de contrabando, y lo que se guste y mande, por supuesto, sin pagar un centavo de impuestos. Valiente legalidad. Oh, claro: también, en el río revuelto, vale defender a los vendedores de droga que se han quedado sin trabajo. Pobrecitos. Definitivamente, el Peje tiene la razón: la inseguridad se combate con empleo, así sea vendiendo pastito vacilador; de otro modo, ya se ha visto, la inseguridad crece y, en una de tantas, los narcomenudistas se asesinan unos a otros.

Ahora, daré paso a describirles a quien, en el tono referido, decía lo ya comentado. Hace un par de semestres, al hacerme cargo de una materia de siglo XX, ingresó a mi grupo la que, por mucho, es la peor -valdría ponerlo en mayúsculas, aunque lo omito por quedar un poco mal- alumna que he tenido en todos mis años como docente. La sujeta asistía cuando quería y, en tales ocasiones, su expresión era de total apatía, hartazgo, desinterés, aburrimiento; éste, en ocasiones, terminaba por vencerla, y la alumna se dormía con la boca descomunalmente abierta, sin pena alguna. En las contadas ocasiones en que se animaba a opinar, su verborrea era un amasijo de incongruencias, anacronismos, lugares comunes, y estupideces de similar talante. Si de entregar trabajos escritos se trataba, mejor ni comentarlo: de tres palabras escritas, había una falta de ortografía en al menos una, cuando no en las tres. El colmo fue que la sujeta terminó sintiendo una especial aversión por mí el día en que, al pedirme que la dejara entregar sus trabajos fuera de tiempo -alrededor de tres meses después de la fecha acordada- le dije que con gusto, pero que la calificaría sobre seis, no sobre diez, en atención a su tardanza. La tipa me miró con odio reconcentrado y preguntó "¿sobre seis?" Al repetirle que sí, que la justicia para con el resto de sus compañeros dictaba que no había de otra, chasqueó la boca y se marchó furibunda.

Ahora bien, la pregunta del millón: ¿quién imaginan ustedes, amables lectores, que era la oradora de la protesta mencionada párrafos atrás? Ni más, ni menos: una sujeta que no sabe hablar, que no sabe escribir, y que no estudia, se asume ahora como portavoz de los desposeídos e inocentes vendedores. Mucho me gustaría ver su tira de materias y su avance de créditos, para tener armas en la mano con las cuales preguntarle "oye, ¿y tú a qué diablos vienes aquí?" A estudiar no va, eso es seguro; ¿ésa es la gente que "toma consciencia", que se cree "universitaria", que lucha por la "legalidad"? Pues ya vamos listos. Lo primero a cuestionar sería su permanencia en la universidad, y luego su defensa de los fósiles, parásitos e invasores que han ocupado nuestros espacios. Gente de tal calaña es la que, hoy mismo, tuvo el descaro de colgar dos inmensos papeles afuera del auditorio, en protesta por el desalojo de vendedores, y también como queja porque el Consejo Universitario ha solicitado a la Procuraduría que ingrese al auditorio y atrape a los que estén en posesión de droga. Ellos, que sí tienen droga -en macetas-, protestan porque se violaría la "autonomía universitaria" que, como ya he señalado, no se refiere a zarandajas extraterritoriales ni mucho menos, pero que en tal caso habrían destruido ellos primero al permitir que numerosas organizaciones no universitarias se hicieran con el control del auditorio; ellos, que nos han despojado de un espacio común, exigen -ajá, tal cual- que no se meta nadie en los espacios "liberados" y "autogestivos". ¿Reímos, o lloramos?

Por lo pronto, el primer paso está dado. Veremos hasta dónde llega y, sobre todo, qué se le ocurre a los vagos, parásitos, invasores y, sobre todo, violentos, para oponerse a lo que se viene. Ya comenzaron a lanzar consignas contra la "represión", contra "los ataques de la autoridad"; sin embargo, si la comunidad de la facultad se asume como tal y actúa en conjunto, creo que podremos recuperar nuestros espacios y tornarlos, como decía el comunicado del Consejo, en sitios dignos para la vida académica.

2.6.09

¿Hasta cuándo?

Según distintas notas periodísticas, un sujeto desconocido -ni tanto, tiene nombre y apellidos- fue baleado en el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Tras recibir los impactos, el sujeto corrió hacia la propia facultad para pedir ayuda, pero las heridas eran de consideración y cayó en la entrada. Los servicios de Auxilio UNAM acudieron al lugar de los hechos pero nada pudieron hacer por salvarlo. Al momento, se realizan las investigaciones pertinentes para dar con los culpables.

Esto es, en su más escueta versión, lo acontecido hoy en la misma puerta de mi casa de trabajo, entre las 13:30 y las 14:00 horas. Al salir de mi clase, una amable conocida mía que se desempeña en las difíciles tareas de la escoba y el trapeador me impidió el paso hacia la entrada: "Está cerrado, maestro." Al inquirirle el por qué, llanamente me dijo "Es que hay un muerto. Mataron a un muchacho en la puerta, aquí, junto al teléfono." Chanfles. Salí, con el resto de quienes éramos desviados de la entrada principal, por el patio de la biblioteca, sin saber a ciencia cierta qué pensar en torno a lo acontecido.

Lo primero que viene a la cabeza en tales circunstancias es, naturalmente, un alud de preguntas, un tropel de interrogantes desordenadas, un sinnúmero de cuestionamientos que van, desde lo obvio, hasta lo ilógico: ¿quién era? ¿Por qué lo mataron? ¿Agarraron a los asesinos? ¿Sería un estudiante? ¿Será el único? ¿Por, qué, por qué, por qué? A estas interrogantes se impone, en última instancia, una sobrecogedora duda: ¿estaremos seguros quienes acudimos a nuestra universidad? Si hoy mataron a un tipo, ¿quiere eso decir que las escenas cotidianas de violencia que se viven en la ciudad y en el país, se reproducirán ya normalmente en un lugar donde, de forma natural, no deberían acontecer? Con esto en mente, retorné a casa.

La información, como es natural, fluyó lentamente pero, al final, permitió armar el cuadro que he presentado al inicio de este texto, el cual debe ser amenizado por un dato más, simple pero contundente: el muerto estuvo en prisión entre los años 2000 y 2007, acusado de posesión de droga. Para quienes hemos asistido a la Universidad Nacional durante algunos años, el cuadro comienza a formarse con nitidez: el tipo era un vendedor de droga, de ésos que pululan en el espacio conocido como "Las Islas", en las justas narices de la rectoría, y contra quien nadie ha hecho nada en ningún momento. Recuerdo que, tras el ilegal y arbitrario paro de labores del año 2000, se hizo la finta de retirarlos, dado que ya operaban con descaro -sólo les faltaba vocear su mercancía para ser más evidentes- y, además, el horno no estaba para bollos después de que a los paladines del CGH les encontraron macetas sembradas de cierta hierba color verde -cuestión que, por cierto, no tardó en ser echada al cesto del olvido-. Así, los narcomenudistas debieron camuflarse pero, si se observa con cuidado, hoy en día se les distinguirá fácilmente entre quienes venden discos piratas, películas piratas, libros piratas, artesanías, ropa, muñecos y demás artículos en el tianguis que, durante la gestión de Ambrosio Velasco, prosperó a las afueras de mi facultad.

Saber que era un vendedor de droga, que discutió con quienes eventualmente le asesinarían antes de ser baleado, y que no es un universitario, da cierta tranquilidad, aunque ésta no tarda en desvanecerse. La tranquilidad surge porque, después de todo, no se trató de la ejecución, por los motivos que se gusten, de un alumno, un académico, o un administrativo: el acontecimiento es, al parecer, un ajuste de cuentas, aunque la Procuraduría de la ciudad haya abierto otras líneas de investigación. Lo anterior permite ver que no hay un comando dispuesto a ejecutar universitarios, no es una acción organizada, no tiene que ver con cuestiones represivas. Es, repito, el asesinato de un bueno para nada hijo de tal a manos de otros buenos para nada hijos de tales; en este sentido, y aunque suene horrible, no se ha perdido mucho.

La intranquilidad reaparece cuando se echa para atrás la mirada y se recuerdan episodios que, sin ser en sí similares a lo ocurrido hoy, sí tienen una conexión ineludible. El 12 de septiembre del año pasado, por ejemplo, una turba irrumpió en el campus universitario, asaltó a cuantos encontró a su paso, lanzó petardos contra distintas instalaciones universitarias, agredió a algunos estudiantes y, finalmente, fue puesto en fuga por estudiantes de mi facultad, algunos de ellos alumnos míos. ¿El motivo? La celebración, al día siguiente, del clásico Politécnico - Universidad. ¿Las consecuencias? Unos cuantos vidrios rotos, unos cuantos muchachos robados, y una movilización policiaca digna de peor película de los hermanos Almada, o ni siquiera eso porque, al menos en una de éstas, los maleantes pagan al final sus fechorías pero, en el caso de los vándalos, no se atrapó a ninguno, no pasó nada, y el flamante secretario de Seguridad Pública de la ciudad, Manuel Mondragón, demostró su total ineptitud para el cargo.

En aquel momento, como dan cuenta los escritos que me vinieron a la cabeza, y que están en este y en este enlace, se me ocurrió preguntar algo que, a la fecha, no he podido responder: ¿qué hubiera pasado si los vándalos, en lugar de sólo lanzar petardos a la facultad, hubieran decidido ingresar en ella? ¿Quién los hubiera detenido? ¿Qué hubiera pasado si, tras lanzar algunos proyectiles contra la Biblioteca Central, se les hubiera antojado destrozar los coches que estaban en el estacionamiento, incluido el mío? ¿Quién lo hubiera impedido? La respuesta a las preguntas nones es, lógicamente, hubieran hecho lo que hubieran querido, y a las pares es nadie, no sólo porque el personal de "seguridad" o "vigilancia" no está capacitado para ello -son, en su mayoría, gente de intendencia que ha obtenido un ascenso- sino porque, con mis propios ojos, observé en una ocasión cómo estos tipos -que recién han estrenado automóviles y se ven la mar de lindos- se "arreglaban" con un vendedor de droga y, en otra, permitían cobardemente que un ladrón escapara.

En esas manos está nuestra seguridad. Hoy mataron a un tipo a la puerta de mi facultad. ¿Hasta cuándo deberemos soportar cosas como ésta? Hace un par de meses, mi buen amigo Alberto Constante publicó en su blog una entrada donde daba cuenta de las tareas que esperaban a la nueva dirección, entre ellas, la inaplazable limpieza de nuestros espacios. Tal limpieza no se refería sólo al plano físico -aunque buena falta hace-, sino al otro, al humano, al espacio que, en lo simbólico, nos cobija a quienes acudimos a compartir lo poco que sabemos, y a quienes se interesan en escucharnos, en debatirnos, en ampliar nuestras dudas y nuestros saberes. Resulta desolador que, a las afueras de la misma Facultad de Filosofía y Letras, con todo lo que el nombre implica, se venda de todo, sin importar si es legal o ilegal, desde películas hasta droga; también es deprimente que un espacio que debiera ser de todos, como es nuestro auditorio Justo Sierra, se encuentre ocupado por sujetos que, en su mayoría, nada tienen que ver con una universidad de cuyos recursos disponen libremente -agua, electricidad, espacio-; igual de malo es ver cómo, por motivos que van de lo trascendente para algunos, a lo completamente baladí, se reparten cubículos en distintos lugares de la facultad a grupúsculos sin oficio ni beneficio, cuyos integrantes -a quienes he observado como "alumnos" desde que yo mismo lo era- haraganean sin mayor pena, venden dulces y cafecitos de a $5.00, $6.00 ó $7.00 y, cuando se tercia, pintan mantas y papeles en protesta por "algo" que ha pasado, con el afán de demostrar que tienen "consciencia social" y se comprometen con las "causas populares", sin pensar que el mejor modo de dar salida a sus propósitos sería, justamente, no defraudando a la nación, estudiando a conciencia, y egresando algún día. Lo último triste, en este mar de lágrimas, es salir los viernes por la noche y encontrar que el campus de la universidad más importante de Iberoamérica es asimismo la cantina más grande de México, y el fumadero de marihuana más concurrido de esta, de por sí, concurridísima ciudad.

Lo anterior son los problemas que nos aquejan a los miembros de la comunidad -dudo que lo sea, pero de algún modo hay que llamarla- de Filosofía y Letras. ¿Qué tienen que ver con lo que refiere este texto? Simple: a más gente extraña en las inmediaciones de la institución, más posibilidades de que se cuelen conflictos ajenos y, por ejemplo, los narquitos se maten en el estacionamiento. Asimismo, a mayor cantidad de ajenos, mayor inseguridad, mayores posibilidades de sufrir un robo o una agresión, mayores distracciones a nuestras labores cotidianas. Por eso me pregunto ¿hasta cuándo habremos de sufrir esto? ¿En qué momento las autoridades se fajarán los pantalones y aplicarán los reglamentos universitarios? Me imagino que, al expulsar definitivamente a los primeros cien borrachines o marihuanos que se encuentren en el campus -afuera es otro problema-, los demás se la pensarán y la práctica disminuirá; igualmente, al correr a los vendedores y recuperar el auditorio, las cosas comenzarán a verse mejor en todo sentido; por último, al permitir que entren las autoridades y detengan a los narcos, mucho ganaremos. En este sentido, vale recordar -por si hiciera falta aunque, visto lo dicho por los periódicos, vaya que la hace- que la "autonomía" universitaria no es sinónimo de extraterritorialidad, no tiene que ver con una tierra sin ley donde la policía no debe entrar; ante todo, la autonomía es financiera y educativa, no de orden legal o judicial. Por tanto, la policía debería buscar el medio para ingresar en las instalaciones universitarias y echar el guante a vendedores y consumidores de porquerías, y a vendedores de piratería. Por su parte, la autoridad universitaria, comenzando con la directora de la facultad, tendría que asumirse como tal en el papel y, primero, echar a los sujetos del auditorio, o llegar a un acuerdo con ellos para que el espacio nos fuera reintegrado; segundo, quitar el tianguis que su antecesor permitió se instalara libremente; tercero, aplicar los reglamentos ipso facto y expulsar a los transgresores.

Esto es un sueño guajiro pero, total, no cuesta nada enunciarlo. Sobre todo, no cuesta nada preguntar ¿hasta cuándo? Tal vez no me refiero a la limpieza de fondo que se requiere: simplemente, la que competa a lo más evidente. Incluso, me conformaría con ver sólo la intención, los primeros pasos; empero, no cejo en preguntar ¿cuándo? ¿Hasta cuándo mi casa de trabajo será un tianguis, una narcotiendita, un sitio ocupado por extraños? ¿Hasta cuándo?

2.5.09

Más protesta social.

Para despejar un poco la atmósfera cargada de chistes sobre la influenza -cada vez peores-, caricaturas sobre la influenza -cada vez más miopes-, y temores de contraer la influenza, dedicaré esta entrada a un acontecimiento del que recién me entero y que, me parece, vale la pena ser comentado.

Las imágenes son claras: por un lado, mujeres y hombres de todas las edades, desde niños hasta ancianos, marchan por una calle en forma pacífica. Frente a ellos aparece la policía, equipada como si debiera contener el último estallido de una banda de hooligans furiosos, o como si la guerrilla hubiera aparecido en su radio de acción. Pronto surge el gas lacrimógeno y la gente debe buscar refugio donde sea; una vez dispersado el gas, y dispersada la antes compacta marcha, la policía carga. Aparecen entonces imágenes de gente que corre con el pavor pintado en sus rostros; policías formados como si frente a ellos existiera algún tipo de peligro, parapetados tras botes de basura o de sus camiones antimotines; por último, gente intoxicada por los gases y policías que, en vilo, llevan detenida a una mujer que, para más señas, requiere del auxilio de un bastón para caminar.

Lo anterior no es, repito, ningún episodio de alguna serie gringa de heroicos policías que siempre, sin excepción, localizan al culpable y abren paso a la justicia. Tampoco es el final de un partido de la Champions League entre el Liverpool y el Napoli. Es, simplemente, el modo en que la policía venezolana decidió reprimir la manifestación opositora convocada para el día de ayer, 1 de mayo. Los gorilas de Chávez, decididos -al igual que su jefe, también primate- a ocultar cualquier indicio de rebeldía y disenso en aquella sufrida nación, arremetieron contra personas cuya única falta consiste en ubicarse en el lado equivocado del espectro político, esto es, en la oposición a ese mesías pseudo socialista que se llama Hugo Chávez, a quien ya han debido de aguantar poco más de diez años... y los que faltan.

Como era de esperarse, las autoridades dijeron que la marcha se había extralimitado y, por ende, se había lanzado el gas lacrimógeno "en forma preventiva." Yo no sé cuál sea el significado que da al término "preventiva" el mico encargado de decir lo anterior, pero lo cierto es que resultaron intoxicados numerosos ancianos, mientras el resto de los manifestantes recibía su consabido chorro de agua -¿también preventivo?-, balas de goma al por mayor -de no ser preventiva la medida, tal vez los hubieran acribillado con plomo-, e incluso se les rociaba a corta distancia un "gas anaranjado tóxico" -¿también ello es preventivo?-, disparado desde escopetas equipadas a propósito.

Mientras la policía se ejercitaba contra la manifestación opositora, a pocas calles circulaba la "gran manifestación" de trabajadores chavistas, quienes pudieron tranquilamente desplazarse por el centro de Caracas y saludar a su mesías. En un alarde de retórica barata, el ministro de Obras Públicas exclamó que el nuevo sindicalismo, al igual que el pueblo, estaban casados con Chávez, porque su movimiento es obrerista, al tiempo que tachó de nido de víboras a la CTV que, casualmente, se había encontrado en la marcha reprimida. Huelga decir que, como son víboras, hay que exterminarlas a cualquier costo, y el mensaje dado en el mismo sentido por la policía parece ser claro.

Mientras leía las notas periodísticas y observaba las imágenes, no pude dejar de pensar en la situación en que se encuentra México actualmente, donde un mal clon de Chávez intenta, por todos los medios, llegar al poder, armado de las mismas consignas gastadas donde "el pueblo" -ente amorfo que se amolda a cualquier iluminado que desee apropiárselo- decide, y donde todo lo hace "por el bien de los pobres". Ese mal clon -lo cual es lamentable, porque Chávez es basura; imagínese ahora un mal clon de eso- ha movido a sus huestes para que, justo ahora, en medio de la emergencia nacional, la cuestionen, critiquen las medidas adoptadas, se salgan por la tangente con malos chistes, ridiculicen al gobierno federal, y armen enemil teorías de la conspiración para distraer la atención pero, por sobre todas las cosas, para mantener en la mente de sus seguidores que, a pesar de que no ha hecho nada, y debe estar escondido en cualquier agujero, el mesías es el mesías, y su lugar debe permanecer intocado.

Cualquiera que lea esto pensará que tengo alguna malsana fijación con ese tipejo al que he aludido, porque, ¿cómo es que me viene a la mente así nomás, sólo por ver lo que acontece en Venezuela? Muy sencillo y, con le venia del respetable, explicaré ahora los vericuetos que ha seguido mi libre asociación para que, por degracia, me viniera a mente el loco del pantano al leer una nota sobre el simio del Caribe.

Hace unos cuantos años, mientras esta Ciudad de México sufría la mala administración del pantanoso personaje, tuvo lugar una manifestación de quienes trabajaban en la industria de los anuncios espectaculares. Para refrescar la memoria, diré que las personas en cuestión pretendían dirigirse a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal para protestar porque, de buenas a primeras, se prohibían los anuncios que les daban el sustento, debido a que algunos se habían caído a consecuencia de los fuertes aires que soplaron en la urbe aquellos días. La marcha se realizó pacíficamente pero, poco antes de llegar a la Asamblea -o en su misma puerta, no recuerdo con claridad-, la policía la detuvo y, acto seguido, la dispersó, haciendo uso de toda la educación y las buenas maneras que la caracterizan; el saldo fue de muchos golpeados, algunos intoxicados, y varios detenidos. ¿Todo para qué? Para nada porque, como suele acontecer en esta pobre ciudad desgobernada por una camarilla de ineptos y corruptos, a los pocos días se dio marcha atrás en la decisión y la ley se modificó.

Dos son aquí las cuestiones de fondo: la primera, el hecho de que los gobiernos del Distrito Federal han solapado, tolerado, y hasta patrocinado, infinidad de marchas, algunas con motivos válidos, otras no; algunas que no pueden sino tener lugar en las calles de la ciudad, y otras que deberían desarrollarse frente a los palacios de gobierno estatales a que corresponde la reclamación. Como sea, y siguiendo su norma de "lo que le pegue al gobierno federal, me beneficia a mí", la administración local ha convertido a esta ciudad en el paraíso de los manifestantes, mientras los habitantes debemos buscar vías alternas para circular -que no debiéramos- o, si no las hay, esperar a que los contingentes pasen y dejen las calles sucias, las paredes pintadas y, ocasionalmente, destrozos en tiendas, restaurantes, y hasta casas.

Tal es el segundo punto de fondo: no faltará quien lea esto y piense "¿y la represión que ha desatado el gobierno federal? ¿Atenco, por ejemplo?" Aquí vale la pena hacer un alto y decir: he hablado de marchas pacíficas reprimidas; lo de Ateco se cuece aparte. Como no es éste el sitio para hablar largamente sobre ello -remítase el lector a este textito-, sólo comentaré que en Atenco, mañosamente, se ha pretendido ocultar que el causante de la acción policiaca fue la gente asociada al FPDT quienes, por si fuera poco, fueron los primeros en atacar. Sin embargo, eso se ha eliminado del discurso y, de victimarios, se han convertido en víctimas. Por tanto, de ellos no se habla en esta entrada del blog. La protesta social, según se entiende ahora, involucra daños en propiedad privada, lesiones, ultrajes diversos y actos similares, escudado todo en que se pelea "por una buena causa", la cual no es perceptible la mayoría de las veces, o pretende convertir en mártires del sistema a infinidad de delincuentes, vagos, o improductivos. No obstante lo anterior, las autoridades que simpatizan con tales movimientos, o que los dejan florecer con fines poco claros, permiten el desarrollo de tales marchas sin apenas mover un dedo o, lo que presulta ya el colmo, les brindan protección oficial para que destrocen todo en un radio limitado.

Así están las cosas. Por lo pronto, la emergencia sanitaria ha inhibido las manifestaciones en México, hecho que ha purgado sobremanera al llamado "sindicalismo democrático", el cual cobija a ilustres personajes que, cuando menos llevan treinta años en sus cargos. ¡Ésa sí es democracia, y no pedazos! Sin embargo, se espera que, cuando todo retorne a la normalidad, ésta se traduzca en la reaparición de marchas, marchitas y marchotas, caos vial, aglomeraciones sinfín, pintas en las bardas, y apariciones salvíficas del paladín del pantano. Mientras, habremos de conformarnos con las notas que vienen del exterior, donde los líderes populares hacen de las suyas muy quitados de la pena.

29.4.09

Democracia representativa.

Gracias a una oportuna entrada publicada por una cofrade a quien recién leo, me he enterado de que, mientras la gente huye despavorida a causa de la epidemia, o se dedica a elaborar cada vez más complicadas teorías de la conspiración a propósito de lo mismo, nuestros eficientísimos legisladores -una vez más, es ironía- han aprobado un par de leyes que estaban en la congeladora y que, de momento, les ha parecido oportuno discutir y, en su caso, aprobar. La primera se relaciona con la creación de lo que será la nueva Policía Federal, en tanto la segunda tiene que ver con el narcomenudeo y el consumo de drogas.

Antes de comenzar con este breve examen, creo pertinente indicar algo que se escapa a muchos de quienes han analizado las acciones del legislativo: el que las leyes pasen ahora, justo en medio de la epidemia, tiene poco que ver con un manejo sucio, dada la escasa atención que reciben -lo cual es el nuevo argumento conspiracionista-, y mucho con la tradicional apatía de nuestros diputados y senadores, quienes holgazanean lindamente la mayor parte del tiempo que dura un periodo ordinario de sesiones -escasos tres meses-, y terminan por sacar la ley en los últimos días, sólo para que la población no diga que cobran sueldos estratosféricos por no hacer nada. De esta manera, incluso antes de que se declarara la contingencia sanitaria, era posible ver cómo los quinientos zoquetes de San Lázaro y los ciento veintiocho torpes de Xicoténcatl -en caso de que todos asistieran, claro está- se apresuraban a dictaminar, pasar y votar leyes a un ritmo increíble que, si fuera constante, haría que este país tuviera una legislación aún más gorda que la que actualmente posee.

Salvado el primer obstáculo para determinar que las leyes trabajadas no forman parte de una gran conspiración, y que no se desenvuelven en un ambiente oscuro, al amparo de la distracción creada por el virus porcino, vale la pena echar una mirada a las disposiciones emitidas para ver que tampoco son cosa del otro mundo, ni siquiera son propuestas nuevas que se saquen de alguna mágica manga para fastidiar a los espantados mexicanos. Por el contrario, la ley de la Policía Federal se cocina desde que se pensó elminar a la AFI -o sea, desde hace dos años, cuando menos-, mientras que la ley del narcomenudeo ha estado moviéndose en la arena política más o menos desde hace también un par de años; sin embargo, ambas han cobrado importancia en los últimos meses, de nueva cuenta, no por ninguna conspiración tramada por los legisladores sino, simplemente, porque se acaba el periodo ordinario y, por supuesto, se acercan las elecciones, y todo mundo quiere presumirle algo a sus potenciales electores.

El contenido de ambas leyes, aunque polémico, era de esperarse: por una parte, se faculta a la nueva policía para actuar alla maniera gringa y meter agentes encubiertos, compradores falsos, intervenir teléfonos, y demás ingeniosas ocurrencias que en las series policiacas dan excelentes resultados -¿o no, Jack Bauer?-, pero que en la vida real han probado ser tan inútiles como si las operaran Torrente o Philip Marlowe. El caso es que las tareas de inteligencia, dejadas a policías sin la misma, parecerían un cuento absurdo, una simple mascarada para decir "estamos haciendo algo", y dan una excelente oportunidad a los apólogos del crimen disfrazados de defensores de los derechos humanos para decir "fuera el ejército", aun cuando es el único que algo ha podido hacer contra el narco. Lógico, existe el miedo de que los polis encubiertos se dediquen a extorsionar, a cometer crímenes ellos mismos, o simplemente a tirar la flojera por ahí; no obstante, lo mismo pasa ahora que están uniformados, ¿no es cierto? Entonces, ¿a qué viene la alarma?

La segunda ley invoucra, con mucho, mayores problemas. Hace aproximadamente dos semanas, al aparecer el primer borrador de la ley contra el narcomenudeo, los senadores y diputados perredés -junto con esa horda de zopencos agrupada en el PSD- brincaron todos a una voz para exigir que se cambiara, y amenazaron con no votar cualquier ley que criminalizara el consumo. Entre paréntesis diré que, en mi opinión, tal sería el mejor medio para darle en la chapa al narco porque, si le caen veinte años al primer hijo de Jah o chaval de la pseudo izquierda que se sorprenda fumando inocentemente un toque, seguro que la práctica disminuye. Sin embargo, los perredés dijeron "no" -seguramente porque bien saben de lo que hablan, e incluso Pablito Gómez pareció revelar hoy que no le hace ascos al pastito vacilador, dado el convencimiento con que apuntó el modo en que la marihuana se encuentra en los paquetitos que sirven para venderla- y la ley se regresó a comisiones. Total, el cambio redundó en que se aprobaran las dosis máximas para el consumidor, se establecieran los mecanismos no punitivos, sino de orientación y rehabilitación, y todos contentos. El problema aparece cuando se piensa que tal ley pudiera ser contraproducente en la lucha sin cuartel que se entable contra el narco, pero eso parece no importar a los señores del  Senado. 

Lo anterior me lleva a preguntar: si estamos en una democracia representativa, ¿por qué demonios siento que esos diputados y esos senadores no me representan a mí? Yo no hubiera votado por esa ley absurda de la policía federal, ni tampoco por la del narcomenudeo; es más, por mí, que el ejército se líe limpiamente a plomazos con los narcos y que metan al tambo a los consumidores de porquerías. Y, en esto, creo que no soy el único que piensa así, por lo que me vuelvo a preguntar, ¿a quién representan estos sujetos? De cuando en cuando, cada vez con mayor asiduidad, aparece un personaje de un partido en la tele para decir "por ti, hacemos...", y recita una sarta de sandeces digna de mejor estulto. Sin embargo, no creo que por mí lo hagan; para abreviar, no creo que legalizar la posesión de drogas sea la solución, ni que acabe con el narco, ni que funcione de algo. ¿En qué momento los diputados consultarán a sus votantes las decisiones que toman? Lo ignoro. Es más, no sé quién sea mi diputado federal -el local sí, y es un imbécil a quien tarde se le hizo para dejar botado el changarro e ir por otro-, ni me consta que haya venido a preguntar qué queríamos, qué nos hacía falta, qué nos gustaría que hiciera. Sospecho que el tío ha de ser mentalista porque, desde su curul, o desde la línea que le tiran el Peje y los archimandritas del perredismo, adivinó qué queríamos. Claro que le falló, y todo lo que se necesitaba no fue ni siquiera considerado pero, bueno, fallitas técnicas las tiene cualquiera.

Lo último por decir es que, según indica lo recién anotado, los cuerpos legislativos en este país sobran. No sólo les sobra gente -quinientos diputados holgazanes es un mar de holgazanes-, sino que el cuerpo mismo, mientras no se acerque a la gente, sobra. ¿Cuál es su problema? La omnipotencia que les reviste, la cual les hace creer que saben cuáles son los problemas del país -más allá de lo que opinen los ciudadanos- y proceden a resolverlos por sí solos. Sin embargo, mis nada estimados legisladores, sépanselo bien: la ley, por sí misma, no crea cultura, y menos si no se tienen los mecanismos de aplicación necesarios. Ahí está esa ley -sexista y discriminadora- que prohíbe la violencia contra las mujeres. Un momento: ¿qué, acaso, no está prohibida la violencia contra cualquier ser humano? Entonces, ¿para qué redundar? Termina todo por sonar como "se prohíbe pegarle a los seres humanos, a las mujeres y a los indígenas." Lindo, sin duda. Más allá de esta tontería, ¿quién hace cumplir esta ley? ¿La cultura es modificable por ley? La violencia seguirá existiendo mientras los patrones educativos -que inician en la casa, no en la escuela- no se transformen, mientras las mismas mujeres no dejen de criar machines en sus casas, y los padres no asuman un rol de mayor responsabilidad en el mismo tenor. Sólo así, no con leyecitas ridículas.

Como conclusión: los diputaRAdos no sirven; entonces, ¿para qué votar este 5 de julio? Honestamente, la respuesta escapa a mis alcances. Me queda sólo pensar que, si los ciudadanos conscientes y pensantes nos abstenemos de votar por X o Z, que tal vez no sean tan malos, las masas de acarreados, el voto duro sin cerebro, ése sí irá a las urnas, y le dará mayor poder a quien, tal vez, nos fastidiará aún más. Salvo este argumento, no se me ocurre ningún otro. Juzguen ustedes y, si algo se les ocurre, no tarden en comentármelo, por favor.

28.4.09

La sospecha.

Como había comentado en la entrada precedente de este blog, al calor de la epidemia de gripe porcina han aparecido innumerables teorías, que van desde lo evidente hasta lo risible, pasando por lo obviamente político. A continuación anotaré dos de las más descabelladas que he oído y leído en las últimas horas, teniendo en mente el hecho de que es tan absurdo crear las mil teorías de la conspiración, el shock, y demás tonterías, como difundirlas, cual si los cerebros de los propagadores ya se hubieran contagiado de influenza y, navegando en mocos, estuvieran a punto de morir.

La primera que leí es de corte perredista: el gobierno está magnificando una epidemia inexistente con fines desconocidos pero, por pura casualidad, las entidades de la república en las que lanzó primero la alarma fueron, coincidentemente, aquéllas en las que gobiernan los principales candidatos a la presidencia en el 2012: Peña Nieto y el tal Marcelo. Cierto, la emergencia se declaró en esas entidades que, también casualmente, son las más pobladas del país, donde una epidemia tendría efectos en verdad devastadores, y donde ya han muerto personas. Así, quienes apoyan la conspiración política deberían considerar, antes de desbarrar, que el móvil de todo no es político, sino sanitario, con un asegún añadido: las medidas más drásticas que se han emitido en la Ciudad de México -y que podrían ser impopulares, dado que implican el cierre de negocios y la pérdida de dinero- no han surgido del gobierno federal, sino del local. Sobre este punto retornaré más adelante.

La segunda "hipótesis" -por no decir locura- circula en un correo electrónico donde, sin más, se dice que el gobierno de los Estados Unidos, coludido con las grandes empresas farmacéuticas, podría haber -ojo, siempre cabe la posibilidad de un o un no, pero lo que cuenta es correr la voz- diseminado un virus para aniquilar a la población de los países en desarrollo y, de paso, impulsar las ventas de las firmas mencionadas. A continuación, anotan una serie de "coincidencias" en las que apoyan sus sospechas, como serían la visita de Obama a México y la casi instantánea aparición de la epidemia, el anuncio de Aventis en torno a la construcción de una planta para producir vacunas anti - influenza en territorio mexicano, la lentitud con que circularon los primeros reportes sobre la enfermedad, la situación estratégica de México como centro turístico, que ayudaría a una dispersión mundial del virus en poco tiempo, el que no se nombre al antiviral que sí funciona, y la falta de "evidencias" reales en torno a la epidemia, o sea, nadie ha visto un cadáver ni a una familia llorosa.

Dada la amplitud de los anteriores "argumentos", los pondré aparte y trataré de razonarlos socráticamente, es decir, mediante preguntas que demuestren su nivel de ridiculez: si la población es aniquilada, ¿cómo potenciar la venta de medicamentos? ¿No se supone, acaso, que deberían crear clientes cautivos, y no matar a los potenciales compradores? Luego, si Obama trajo el virus, ¿por qué no hay muertos en los Estados Unidos? ¿No es extremadamente obvio y, si fuera cierta la conspiración gringa, una movida por demás arriesgada? Si no fue Obama, ¿cómo llegó el virus? ¿Cómo explican que existieron casos en Veracruz desde febrero, mucho antes de que el sujeto en cuestión apareciera en este país? Una más: si Aventis construirá una planta para producir vacunas, ¿no se tiene en cuenta que hay otras influenzas, además de la porcina? ¿Son acaso mentalistas los de Aventis, o son quienes están detrás de la conspiración y, como ya sabían, decidieron construir la planta? Ah, pero, ¿no que había que aniquilar a la población? ¿Entonces? La siguiente: México es un centro importante de turismo, pero en ninguna medida es el centro del turismo mundial; si ésta fuera la premisa -infectar turistas para crear una pandemia incontrolable-, ¿no hubiera sido mejor diseminar el virus en Nueva York, o en París, incluso en Cancún, y no en esta pobre ciudad insegura? Otra: ¿no se ha nombrado al antiviral? ¿No hay dos nombres circulando por ahí, impronunciables para quienes no estamos en la onda médica? ¿No ha dicho Roche que prepara algunos millones de dosis del mentado antiviral? La última: si no hay evidencia, es decir, muertos en la tele ni deudos también en la tele, en los periódicos o en la radio, ¿no será porque, por una vez, los medios se han mostrado decentes? ¿Acaso esta gente pretende ser omnisciente, y actúa bajo el típico "si no lo veo YO, no lo creo YO"? Muchos sabemos de muertos, de infectados, de hospitalizados, no necesariamente a través de los medios, sino de primera mano. ¿Será que esperan a que se les muera a ellos el primero para entonces sí creer? Resulta incluso plausible que, en caso de salir un muerto por influenza en la televisión, los mismos sujetos dirían "ah, no: ése es un muerto que se inventaron, no tiene influenza." Vaya, hasta ojos de laboratorio clínico poseen.

Lo que brinda credibilidad a lo mencionado es el hecho de que, inteligentemente, los animadores del miedo, la sospecha y la conspración apelan a la construcción de un universal afirmativo que, según la lógica proposicional, surge cuando, en medio de un montón de afirmaciones no comprobables, se integra una que sí lo es. En este caso, al lado de los infundios se inserta algo que sí ha pasado, y es la lenta reacción inicial tenida por las autoridades, motivada tal vez por la sola incompetencia, por el muy natural hábito de "nah, no pasa nada", o porque no querían crear una alarma sin tener a la mano los datos. Sea como sea, el que esto sí haya existido crea un halo de verdad alrededor del contenido restante del correo, y permite su circulación convencida.

¿De qué se trata todo esto? Obviamente, si el sesgo de los comentarios es político, entonces lo que se busca es golpear; ¿a quién? Al gobierno federal y, naturalmente, al presidente de la república quien, de vencer a la epidemia -como se espera que acontezca-, verá incrementada su popularidad a niveles no vistos en los pasados tres años. Como dato, vale decir que la popularidad de Felipe Calderón, según la última encuesta, alcanzaba ya el 76%, y eclipsaba a cualquier posible rival; consecuentemente, golpearlo por donde sea es la consigna. ¿Quién la emite? Ya se sabe, no es necesario repetir su nombre aquí, pero conviene decir que la mayoría de los infundios se generan o difunden en páginas que apoyan la "resistencia civil", que impulsan la figura del legítimo, o que atacan al monstruo de siete cabezas, el neoliberalismo. Mientras eso acontece, los canales institucionales del perredismo se suman a las políticas federales y hacen caso de las normas sanitarias emitidas, por lo que son también golpeados por ya se sabe quién, al ver que su influencia en el mencionado partido tiende a eclipsarse, la candidatura en el 2012 para su persona no es cosa segura, y prefiere que todo se vaya al diablo -ajá, como enunció a propósito de las instituciones- antes que retirarse a disfrutar de sus millones.

A todo esto, en medio de las noticias de buena fuente, de mala, las sospechas sin fundamento, la mala prensa y la mala fe, ¿qué sigue? ¿Culpar a los científicos que trabajan en el área 51 del hangar 18 de haber diseminado la epidemia al manipular mal los cadáveres de los extraterrestres que ahí se almacenan? ¿Decir que andan sueltos los alienígenas, y de sus procesos respiratorios expelen virus H1N1? ¿O apuntar el dedo acusador al neoliberalismo, que ahora se ceba en la gente y les manda epidemias, terremotos y, dentro de unos meses, huracanes e inundaciones? Francamente, sólo eso falta. Vaya irresponsabilidad.

26.4.09

Enfermos y enfermedades.

Desde el día de ayer, y hasta nuevo aviso, se han suspendido las clases en el Distrito Federal y el Estado de México para así evitar la magnificación de un brote de influenza que, por lo pronto, ha matado ya a veinte sujetos. Las autoridades de salud -ocupadas como siempre en ver cómo nos dan en la cabeza a los fumadores, en lugar de atender lo de verdad urgente-, tras anunciar un par de meses atrás que nada podía hacerse, y posteriormente restar importancia al brote, no tuvieron otra opción que desdecirse y admitir que, en efecto, algo anda en el ambiente, y ese algo mata a las personas con singular rapidez, ante lo cual no quedaba sino pedir a las personas que se abstuvieran de acudir a sitios concurridos, evitaran saludar de beso, e incluso de mano, compraran sus respectivos cubrebocas -para no contagiar ni contagiarse-, y se lavaran las manos con tanta frecuencia como les fuera posible. Todo esto, claro, amenizado por la suspensión de clases.

Como siempre, no podían faltar las reacciones frente a la noticia: las hubo piadosas, caracterizadas por la súbita movilización de las personas hacia los templos para implorar el auxilio divino frente a la contingencia vivida. Asimismo, las hubo sarcásticas, donde los sujetos prefirieron hacer chistes acerca de los mocos vengadores, o cosas por el estilo, y aun hubo algún zopenco que festejó la suspensión de clases, lo cual siempre hará que me pregunte: "si no quieres ir a clases, ¿por qué simplemente no dejas de ir, con o sin emergencia? Total, con esa actitud, poco será lo que se pierda si abandonas los estudios." Existieron, también, a quienes la alarma llevó a buscar información respecto a la enfermedad, tal vez intentando encontrar algún remedio eficaz para evitar el contagio, lo cual determinó que la página de la Secretaría de Salud -de por sí poco amable para con el usuario- se bloqueara durante largos periodos, o dejara fluir la información a cuentagotas.

Sin embargo, las reacciones que, en lo particular, me interesaron mayormente, fueron aquéllas donde los sujetos se dedicaron a armar la nueva teoría del complot en torno a la enfermedad. Así, no faltó quien dijera que el brote de influenza no existe, que todo es una movida sucia del gobierno en medio del proceso electoral con quién sabe qué aviesos fines. A éstos les contestaría diciendo que, si la emergencia es una maniobra del gobierno, entonces los muertos y enfermos cuya existencia sé de primera mano seguramente son inventados, sólo les han cambiado las identidades y ahora se broncean muy quitados de la pena en Cancún o en Los Cabos. 

Otros más -perredistas, para no variar- hablaron de que la emergencia era un medio para golpearlos políticamente desde el gobierno federal. Aquí sí escapan sus razones a mi escaso entendimiento; como me dijo un muy estimado cofrade hace unos momentos, tal vez piensan que las autoridades están planeando enviar un alud de periodistas moquientos a entrevistar al legítimo, para que éste se enferme y deje de decir estupideces a cada instante. En medio de la sinrazón, todo puede ser, y ésta parecería ser la única explicación a mano para comprender el sentido del discurso. 

Por último, en distintos foros de Internet -filoperredistas también, para no perder la costumbre- se han dejado en el aire sesudas preguntas y elucubraciones -es ironía- en cuanto al origen del mal, sus alcances, y las medidas a tomar por el gobierno federal: que si todo es un movimiento mediático; que si es para desviar la atención de la crisis; que si hay que recordar al Chupacabras; que si se desea ocultar que la Bolsa de Valores se quedó sin sistema en días pasados, y ello condujo a que los extranjeros -¿cuáles? pues ésos, los extranjeros abstractos- se quedaran con el dinero de los mexicanos; que si la CIA, Obama, Hillary, el Banco Mundial y el FMI están detrás de los anuncios; finalmente, que si todo era raro, muy raro, y nada se entendía, salvo que detrás estaba el gobierno.

De lo visto aquí, lo único claro es que nada sabemos a ciencia cierta sino que hay un brote de influenza -y no importa si es una cepa H1N1, H2O, H2SO4, o cualquier otra nomenclatura que se le guste asignar-, que ha matado a veinte -al menos-, y que le puede dar a cualquiera, preferentemente a quienes nos ubicamos entre los 20 y los 40 años de edad. Es así de simple. Elaborar complicadas teorías respecto a la enfermedad no nos conduce, hasta donde puedo ver, a nada, dado que carecemos de datos y lo único posible sería que todos desvariáramos lindamente inventando explicaciones. Sólo nos queda aguardar, seguir las recomendaciones de seguridad emitidas por las autoridades competentes -o incompetentes, pero autoridades al fin y al cabo-, y confiar en que todo se normalizará la próxima semana. En caso contrario, seguiremos esperando, que de eso no quepa la menor duda.

14.2.09

Zona de guerra.

Hace aproximadamente treinta años es escalofriante la facilidad con que esto se enuncia, la Ciudad de México vivió los embates de un regente modernizador, reformador, transformador del paisaje: Carlos Hank González, mejor conocido en los bajos fondos como Genghis Hank. Sabedor de los insospechados alcances financieros que, para quien lo promueve, deja el acto de emprender obras públicas de forma masiva, Genghis se embarcó en un programa cuya principal meta consistía en dotar a la urbe de vías de comunicación eficientes y modernas, que desahogaran con facilidad el creciente flujo vehicular y mostraran la imagen que, de la capital nacional, quería darse: la de urbe cosmopolita, pendiente de los últimos avances de la técnica.

El resultado fue, como bien se sabe, y se recuerda, desastroso: la ciudad asemejaba un enorme campo de batalla, con socavones por doquier, vialidades cortadas al por mayor, ríos de concreto partido que se trasladaban en desvencijados camiones entre las zonas de obras y los respectivos tiraderos, cadáveres de árboles que viajaban también con destino a ignotos paraísos vegetales, gente inmovilizada en entornos reducidos por obras públicas interminables, usos comunitarios fracturados por la apertura de vías rápidas, caos, confusión, enojo. Lo peor de todo: el sentimiento de habersido estafado por una autoridad que emprendió obras disparatadas, costosas e inútiles, que en poco mejoraron la calidad de vida de los individuos.

Treinta años después aparece, al frente de los destinos de la urbe más grande del planeta, mi hogar y el de varios millones de seres humanos más, un nuevo sujeto a quien animan los mismo planes que a Genghis Hank, esto es, hacerse rico mediante la concesión desenfrenada de obra pública y, de paso, sumar su nombre a la memoria de la ciudad: Marcelo Ebrard. Desde el inicio de su gestión, heredera a su vez del calamitoso paso de López Obrador por el gobierno capitalino, los habitantes de la urbe hemos sido testigos del inicio de obras sin orden ni concierto; de la construción y destrucción de "cosas" que, en el mejor de los casos, ni nos van, ni nos vienen; del avasallamiento del ciudadano común para mostrarle los hipotéticos beneficios que traerán las edificaciones que aparecen en cada manzana; en suma, hemos visto cómo las compañías constructoras se han apoderado de calles, avenidas, plazas, plazuelas, parques, y aun terrenos ejidales, para transformar nuestro entorno.

La obra pública es, como su nombre lo indica, un bien público. En su confección debe privar, antes que nada, la existencia de un plan maestro que guíe su confección, que otorgue sentido al conjunto, y que nos permita percibir, ya desde sus fases embrionarias, los beneficios que nos proporcionará. Éste no es el caso de la Ciudad de México que, desde la época porfiriana, crece al amparo de la coyuntura, la especulación, la inventiva particular y la mera ocurrencia. La actual administración no podía salirse de la norma y, en sus continuos arranques de inteligencia, ordena construir puentes que no llevarán a ninguna parte, tapizar de concreto hidráulico cero ecológico un buen número de vialidades, construir una línea de autobuses rápidos que generan más accidentes que dinamismo movilizador y, en el colmo, trazar la nueva línea del metro justo donde recién se ha terminado un distribuidor vial.

Al observar cualquier película bélica, lo primero que salta a los ojos del espectador es, además de las escenas de llanto y desesperación, el estado de destrucción que guardan los escenarios. Si mira uno con cuidado, notará además que la destrucción no sólo implica el fin de algo y su consiguiente inoperancia como elemento urbano funcional, sino también la transformación drástica en las formas de vida de los pobladores: "no pases por tal calle porque hay francotiradores"; "no vayas a trabajar porque se espera un bombardeo." Cuestiones por el estilo. Ahora bien, yo me pregunto, ¿cuál es la diferencia entre ello y lo que acontece en la Ciudad de México? Si se eliminan los francotiradores y los bombardeos, ninguna: hay que establecer un nuevo patrón de movimiento cotidiano para llegar a tiempo al trabajo, a la escuela, al sitio de esparcimiento. Sin duda alguna, en una ciudad de la magnitud de ésta, las alternativas viales sobran... claro, siempre y cuando no se le haya ocurrido a la autoridad efectuar nuevas obras en las alternativas, o sólo en el caso de que la alternativa sea tal, y no se pretenda revestir del carácter de vía alterna de una avenida de siete carriles a una calle de dos.

El urbanismo está en manos de incompetentes, ni duda cabe. Y no lo digo yo: para no incurrir en el plagio, diré que tal expresión, en términos mucho más soeces, fue pronunciada por Luis Barragán hace más de cincuenta años. Si le era posible decirlo en una ciudad donde no habitaban más de veinte millones de seres humanos, la cual no poseía un parque vehicular cercano a los cinco millones, ¿cómo se expresaría el día de hoy sobre las mentes maestras que construyen o, mejor dicho, destruyen el sitio en que vivimos?