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5.7.10

De nuevo, elecciones

Como todos ustedes sabrán, el día de ayer tuvieron lugar elecciones en quince estados de la república. En la mayoría de ellos —en doce, para ser exactos— se eligió al sátrapa local, es decir, al gobernador, y en los otros tres se renovaron alcaldías y legislaturas estatales.
Como de costumbre, los procesos electorales dejan un sinnúmero de lecciones. La primera de ellas, obviamente, es que la democracia mexicana resulta un asunto escandalosamente caro, lo cual no sería en sí mismo malo si las personas percibieran que tal derroche de recursos —que mejor podrían emplearse en pavimentar calles, ampliar las redes de electricidad, drenaje o agua potable, o en construir más escuelas, aunque éste es un problema de mayores alcances— sirve para algo. Sin embargo, no es así: durante los meses que la ley lo permite —y aun en los que no, véase el caso de singular personaje loco y pantanoso que aprovecha cualquier resquicio para promover su imagen sin estar oficialmente en campaña—, los candidatos llenan las calles con sus caras —unas más desagradables que otras—, a las que acompañan por lemas de tanta profundidad como “Por ti” —sin pagar un peso de regalías a Óscar Chávez—, “Porque nos merecemos algo mejor”, o simplemente “Así, sí”, entre un sinfín de necedades de similar talante.
La primera pregunta que viene a la mente es ¿vale la pena gastar cantidades ingentes de dinero para decirle a la gente “si votas por mí estarás mejor que con el otro”? ¿No es acaso perogrullesco? Según los insignes candidatos, tales “lemas de campaña” no sólo son buenos, sino necesarios, aunque ninguno de ellos piensa que, si tiene cara de alcohólico —o de criminal, o de torpe—, paga para que su anuncio lo ostente un camión sucio y desvencijado, y acompaña su retrato con el muy priista “Así, sí”, todo se convertirá en un chiste de mal gusto y, seguramente, perderá más votos de los que gane.
Durante el proceso aparece también la infaltable “guerra sucia”, mediante la cual cada candidato, sin excepción, se dedica a decirle a la gente qué tan malo es el otro, pero sin proponer siquiera media idea. Ello se acompaña por la entrega masiva de camisetas, gorras y cornetas y la celebración de actos donde lo importante es prometer, prometer y prometer. ¿Qué se promete? Cualquier cosa, desde dinero para las madres solteras —como si el contribuyente fuera responsable de su condición— hasta la mejoría de la sociedad. Vaya, a algunos sólo les falta prometer el segundo advenimiento y una nueva aparición guadalupana en el municipio en que se desarrolla el magno acto. Sin embargo, lo que nadie toma en cuenta es que todo lo que un sujeto en concreto promete como acto excepcional no es sino aquello a lo que está obligado —salvo las limosnas cachavotos disfrazadas de “programas sociales”—, y que cualquier erogación que se efectúe —dinero para viejitos, madres solteras, niños holgazanes, chavos holgazanes, desempleados por mala suerte o por manifiesta estupidez— saldrá del bolsillo del contribuyente y es, en pocas palabras, la clásica caravana con sombrero ajeno.
Aún recuerdo, como mero ejemplo, la promesa hecha por el niño del copete a sus eventuales votantes en el ya lejano 2005: “pondremos una toma de agua para cada familia mexiquense”. No sé si tal disparate esté registrado en el número atroz de “promesas de campaña” consignadas ante notario público, pero mucho me alegraría que se encontrara dentro de ellas y que, llegado el momento, alguien le dijera que no la ha cumplido. ¿Por qué estoy seguro de ello? Porque es simplemente imposible: existen comunidades ubicadas en sitios tan apartados de cualquier servicio público que llevarles el agua entubada significaría un esfuerzo sobrehumano, un gasto impensable y, por supuesto, requeriría del empleo de la tecnología en dosis mayores a las que efectivamente se tienen y la aplicación de gente y materiales que se utilizan para otras cosas como, por ejemplo, crear puentes y más puentes que verán rebasada su capacidad al mes de haber sido inaugurados —como los famosos “pisos” de conocido loquito—.
Y sin embargo, parafraseando a Galileo, se promete. Y no se cumple. Y, al parecer, no pasa nada, porque la gente se ha acostumbrado ya a que le prometan, a que le vendan sueños guajiros que regocijadamente compra campaña tras campaña y que, aun sin reportarle nada, le hacen ir a las manifestaciones de apoyo a Fulano o a Zutano. No obstante, creo que aquí la única promesa que vale se cifra en el consabido “si vas, te doy una torta de jamón albanene y un frutsi caliente”.
El cinismo, o el cretinismo, o la irracionalidad de los tipejos metidos a políticos, o una explosiva mezcla de todo ello, no parece tener límites. Un breve vistazo a lo ocurrido en las campañas de este año permite ver lo anterior en toda su magnitud: candidatos gritando por las calles a altas horas de la noche en mítines desorganizados; caravanas de motociclistas circulando por el zócalo de una capital estatal en apoyo a un partido político, sin fijarse si atropellaban a algún viandante; golpeadores y pistoleros contratados por un gobernador para solicitar amablemente el voto en pueblos serranos; llamadas telefónicas a toda hora del día para exponer las mismas promesas de siempre; entrega abierta de dinero para asegurar el triunfo de tal o cual sujeto. Como telón de fondo, los infaltables anuncios pegados en camiones y camionetas, paradas de autobús, anuncios espectaculares, postes telefónicos, sufridos árboles, o pintados en bardas de tres metros de alto por diez de largo.
A pesar de lo que sea, la elección de ayer mostró que la gente vota guiada por razones muy particulares, en las que poco o nada influye la parafernalia desatada durante los meses previos a la contienda. Así, por ejemplo, en un estado, la gente votó por el hermano de un mártir —es ironía, por supuesto— sin saber si es o no el adecuado para gobernar —sospecho que será un mero títere de los jerarcas de su partido, aunque no me consta—, simplemente porque se apoyó en la figura del muerto con singular tenacidad; en otro, la gente de los pueblos acudió a votar porque el gobernador envió a sus amables “promotores del voto” con un mensaje claro: o gana mi partido, o comienzan las palizas; en otro, la gente de un partido se cambió a otro y ganó, entre otras razones, porque otro individuo compró votos a diestra y siniestra; en otros más, la gente votó por determinados candidatos simplemente porque era los únicos visibles, dado que los otros habían sido borrados de los medios, habían sido amenazados o habían sido invitados a no acudir a tales o cuales comunidades; en otros, finalmente, la gente votó, no por el mejor —cosa por demás dudosa—, sino porque estaba harta de lo que tenía hasta el momento.
A la vista de lo comentado, reitero mi pregunta: ¿para qué se montan campañas políticas? Si, al final, el despliegue realizado afecta en poco la decisión del votante —y, además, no logrará que vote el que no tiene por costumbre hacerlo, visto el elevado nivel de abstencionismo habido— y todo se concreta a decir una sarta de barbaridades, ¿para qué gastar tal cantidad de recursos? No contentos con lo anterior, los candidatos triunfadores —sobre todo tratándose de diputados— olvidarán al votante una vez que asuman sus cargos y, dando al concepto de “representación popular” el giro más torcido posible, decidirán actuar según les venga en gana o, más comúnmente, según les den línea en sus respectivos partidos, lo que puede estar de acuerdo, o no, con el sentir de quienes, en primera instancia, les hicieron llegar a los puestos de decisión.
Así entonces, ¿para qué votar? Las condiciones existentes dan a todo el procedimiento un giro absurdo, dado que todo resulta como contratar un criado —que tal es el papel que deberían desempeñar los políticos— que, al llegar a la casa, decidirá por sí mismo —sin importar lo que yo le pida— si limpia o si no limpia, si hace de comer o si me da de palos, si aspira la alfombra o si vende los muebles, si saca a pasear al perro o si me lo sirve en estofado. Si a ello se suma que, por vía de las mentadas “alianzas”, “coaliciones”, “ligas de justicia” y demás tonterías, los partidos de signo opuesto se unen para combatir contra el enemigo mafioso —pero no siempre se unen, porque en ocasiones aparecen como amigos y en otras como enemigos—, ¿cómo puedo razonar mi voto? ¿Cómo votar por alguien que es azul pero a quien apoyan también los amarillos, los rojos y los naranjas? ¿Qué programa de gobierno instrumentará?
Definitivamente, a partir de lo examinado, de cara al 2012 me asalta una duda enorme, aunque nada original: ¿votar o no votar? Lo único que tengo claro hasta este momento es que, si no aparece un candidato que cumpla con mis expectativas —lo que no es pedir demasiado, si regresamos al ejemplo del criado—, es posible que convierta a Cepillín en mi candidato particular para presidente, jefe de gobierno, jefe delegacional, diputado local, diputado federal y senador, sin importarme que la ley lo prohíba y sin importarme tampoco que no viva en mi distrito electoral. Para los tipejos que he debido aguantar, asumidos como "autoridades o representantes locales", me queda claro que El payasito de la tele puede hacer, sin duda, un mejor papel.

10.11.09

Democracia sindical

Estimados lectores:

Como se anunció en este espacio el día de ayer, mañana miércoles tendrá lugar un paro de labores en la Universidad Nacional para apoyar la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas. De forma harto patética, quienes nos oponemos a tal ridiculez no logramos unificar nuestras voces para exteriorizar nuestro rechazo a la medida... vaya, ni siquiera pudimos ponernos de acuerdo para expresar lo que queremos pero, en nuestro descargo, diré que tampoco tuvimos espacio alguno para hacernos oír. Por tanto, la votación se realizó en el lugar señalado -el auditorio Justo Sierra-, y en ella participaron quienes pueden entrar al sitio de referencia sin sentirse amenazados, y sin que su sentido del orden, la limpieza y la estética resultaran ofendidos dadas las deplorables condiciones en que se encuentra el inmueble.

Tengo en mis manos una circular emitida por el sindicato universitario, donde quedan de manifiesto los muy democráticos ideales que practica el moderno corporativismo mexicano, muestra palpable de la forma en que se toman las decisiones al interior de tales organismos y del modo en que los mismos se basan en políticas de hechos consumados. La hojita, fechada el día 9 de noviembre, se titula "Huelga parcial del STUNAM de 12 horas en apoyo al SME y por la solución a las demandas internas". ¿Cómo dijo? ¿"Huelga parcial"? ¿Qué demonios es una huelga parcial? ¿Paran unos y los otros siguen trabajando? Pues no, señor, en este caso paran unos y todos nos vamos al demonio, queramos o no trabajar, amén de que el estallido de una huelga requiere seguir una serie concreta de pasos para tener efectos legales y evitar que el patrón eche a la calle a los trabajadores por abandono de puestos o faltas injustificadas. ¿Qué es entonces una "huelga parcial"? Nada, un eufemismo para decir "no vamos a trabajar, ¿y qué, y qué?" El otro error es menor, pero nos demuestra el nivel intelectual de nuestros ínclitos sindicalistas: "por la solución a las demandas internas". En todo caso, sería la solución de -no a- las exigencias -no demandas, que es una espantosa traducción del inglés-, pero háganlo ustedes entender a estos mentecatos.

En su primer párrafo, a la letra, el texto reza: "Por acuerdo unánime de nuestro Consejo General de Representantes, el STUNAM realizará el próximo 11 de noviembre una huelga general -¿no era parcial?- de 12 horas en la UNAM, en solidaridad con la lucha de los trabajadores agrupados en el hermano -¡oh, qué fraterno suena esto!- Sindicato Mexicano de Electricistas, así como en contra de los recortes presupuestales a la educación, la ciencia y la cultura, de la imposición de pagos excesivos de impuestos y por el respeto a la materia de trabajo de los empleados de base de la UNAM que viene siendo usurpada por gente de confianza -¿la UNAM o la materia de trabajo?-".

Hasta aquí el galimatías. Lo que se deja ver es que, para dar un mayor peso al simple acto solidario -que en sí es una tontería, un acto vacío al que se pretende dotar de elementos nacionalistas, patrióticos, solidarios y obreristas-, se integran al discurso aquellos elementos de protesta que serían naturales para un sindicato universitario, como son la usurpación de plazas y el recorte presupuestal. Sin embargo, ambos puntos son un camelo dado que, por un lado, la gente de confianza no le usurpa plazas a los sindicalistas, sino que las mismas son ocupadas por gente externa en el momento en que nadie del STUNAM tiene las calificaciones necesarias para hacerse con un trabajo determinado. Así, por citar un caso que conozco de primera mano, una plaza de secretaria bilingüe inglés - español estuvo vacía durante dos años porque las secres sindicalizadas con trabajos escriben en castellano, y eso, con mala ortografía. ¿Cómo querían una plaza donde se requiere parlar en inglés? Lógicamente, el trabajo debió anunciarse al exterior, y ahí fue ocupado por alguien que, tras realizar una serie larga de exámenes, demostró que tenía los conocimientos y la capacidad para integrarse a la planta laboral de la institución. En el segundo caso, lo dicho: el problema de la universidad no es que sobre o falte dinero, sino que el mismo se emplee de forma inteligente.

El resto de la hoja prosigue, en un tono por demás desapasionado, con la enunciación de lo que se hará y lo que se espera obtener, o sea, la solución de las exigencias sindicales. El cierre del texto, dado su interés, será reproducido a continuación: "¡Solidaridad amplia con los electricistas afiliados al SME! ¡No a los recortes presupuestales a la educación! ¡Solución a nuestra problemática laboral interna! ¡Solución a las demandas de los trabajadores del Colegio de Bachilleres! [...] A partir del martes 10 de noviembre los trabajadores de base en urnas refrendaremos la propuesta de huelga parcial de 12 horas".

¿Los trabajadores del Colegio de Bachilleres? ¿A qué vienen aquí a cuento? ¿Por qué se integran elementos extraños al discurso? ¿Sólo por agrandarlo? Así parece. Me recuerda cuando, en medio de la anterior lucha para elegir dirigente en el STUNAM, algunos alucinados terminaban sus consabidas listas de promesas -mejoras salariales, ampliación de puestos de base, homologación de tabuladores- con la ridiculez aquélla de "no al desafuero" del Peje. Así, en su intento por ganar adeptos a una causa determinada, los sujetos en cuestión perdían de vista su objetivo principal y metían en el costal todo aquello que sonara a lucha social, de modo que se viera el color de su playera y se supiera, de una vez por todas, a qué atenerse.

Sin embargo, tal no es lo peor del párrafo. Primero, al haber sido redactado sin comas, la lectura de las últimas propuestas se presta a realizar una chunga mayúscula, porque ¿quiénes son "los trabajadores de base en urnas"? ¿Son acaso los nuevos exponentes de aquel infame experimento denominado "gato bonsai", sólo que ahora se hace con sindicalistas? Eso sí sería motivo de protesta; sin embargo, creo que, para dar más peso a la votación, se hará sufragar a alguno que otro muerto, cuyas cenizas apoyarán a la noble causa del SME desde las urnas en que se encuentran. Después de ello viene lo que es, desde mi punto de vista, el colmo de las abominaciones: como se ha mencionado, la hoja está fechada el día 9 de noviembre, y anuncia la realización de un paro el día 11. ¿Cómo es que, entonces, las votaciones para dar peso a la propuesta se realizarán el día 10? ¿No deberían haber tenido lugar antes de que circulara la hoja? ¿No es todo esto una simulación imperdonable, un engaño mayúsculo, y una forma de poner presión a quienes, por sus muy particulares razones, hubieran querido votar en contra del paro?

No obstante lo mencionado, los líderes sindicales no son tontos; de otro modo, no podría uno explicarse cómo han permanecido en sus puestos a lo largo de los últimos veinte años sin dar golpe y, peor acaso, sin trabajar. Así, en medio de las juntas donde "democráticamente" se decidiría si la gente del STUNAM se sumaba al paro, el discurso siguió, más o menos, el siguiente rumbo: "Compañeros: hay que estar con el SME. Si no los apoyamos en el paro, el día de mañana nosotros también perderemos nuestros trabajos. La privatización del sector eléctrico está en marcha, y la de nuestra fuente de trabajo -la UNAM- es cosa de poco tiempo. Por tanto, hay que parar al espurio, al neoliberalismo, a los intentos privatizadores del gabinete panista, y luchar con el SME".

Lo anterior no es una exageracion mía: es una reproducción textual de los puntos más importantes abordados en las asambleas sindicales. En un principio, algunos trabajadores se opusieron al paro, alegando que lo peor era mostrarse como un sindicato rijoso que, más aún, se sumaba a una lucha perdida y, ante todo, ajena. Empero, los delegados sindicales se las arreglaron para repetir hasta el cansancio la consigna de que "o vamos al paro, o nos quedamos sin trabajo", y lograron su cometido, que no era otro que meter miedo a las masas de imbéciles para quienes el acto de pensar es un ejercicio agotador en extremo. Por tanto, como todo se redujo a "paramos o nos despiden", los resultados de la votación no podían sino favorecer a la primera opción, aun cuando, como es notorio, no hay visos de que se busque privatizar a la universidad, tampoco se está en vías de privatizar el suministro eléctrico, y menos se piensa poner en la calle a la gente del STUNAM, si bien algunos deberían estar fuera de sus plazas de descanso, perdón, de "trabajo", hace largo tiempo.

Por lo pronto, a los sindicalizados universitarios se les avisó que, como muestra de solidaridad con el SME, se les descontarían cien pesos de su sueldo, mismos que permitirían a los electricistas sobrevivir a los embates del gobierno. Sospecho que, al ver finalizada la mina de oro que representa ser líder sindical, el bueno de Martín Esparza se halló sin fondos para terminar las remodelaciones de su rancho, y el dinerito del STUNAM le vendrá de perlas para, cuando menos, concluir con el remozado de las caballerizas, y pagar los sueldos de los democráticos empleados que en el sitio se afanan. Mientras tanto, los trabajadores universitarios, apoyen o no al SME, han visto disminuir arbitrariamente su ingreso. Claro que pueden quejarse de ello y pedir que les sean regresados los cien pesos, ¡faltaba más! Sin embargo, para lograr la restitución del dinero usurpado, deberán dirigir una carta al sindicato y exponer el hecho, lo cual desamina al más pintado dado que, en el acto, le señalará como reaccionario, antisindicalista, poco amigo, y le expondrá a ser objeto de cualquier tipo de represalias.

En medio de todo ello, ahí viene el paro -que tampoco es tal, porque no puede parar labores quien, de hecho, se encuentra en situación de paro, esto es, sin chamba- y, ¡ah, qué nobles son las luchas sindicales!

9.11.09

La arbitrariedad galopante.

Como se mencionó en una entrada previa, el enjuague entre la gente del Sindicato Mexicano de Electricistas -SME- y las autoridades toma rumbo. De hecho, la Secretaría del Trabajo calcula que, a la fecha, ha acudido por su liquidación un 50% de quienes antes trabajaban en Luz y Fuerza del Centro -LyFC-, a quienes las consignas de Martín Esparza les vienen guangas porque no poseen los cuantiosos ahorros del abnegado líder obrero y, por ende, deben decidir entre mantenerse en una lucha estéril o cobrar un dinero que ler permitirá sobrevivir en tanto encuentran un trabajo donde, se espera, sí devengarán los sueldos recibidos.

Sin embargo, como también se mencionó, los muy oportunos defensores de las causas sociales han salido al quite del SME y, como pueden, le brindan su apoyo. Así, tras convocarse a un paro nacional el próximo día 11 de noviembre -es decir, pasado mañana-, el Sindicato de Telefonistas ha anunciado que se sumará al mismo, y que le vale un rábano serenado si el patrón descuenta el salario correspondiente. En tanto, la izquierdiza en pleno -es ironía-, entre la que destaca gente tan comprometida con la lucha obrera como Gerardo Fernández Noroña, Marcelo Ebrard, Alejandro Encinas, o el Peje, han hecho todo el ruido posible para alertar sobre este nuevo golpe que el capital brinda al trabajo y, de paso, para colgarse de los cinco minutos de fama que brinda el movimiento de los electricistas. No en balde el Peje ya convocó a una nueva asamblea popular donde, de nueva cuenta, dirá cómo es que debe guiarse la economía nacional; de paso, medirá fuerzas con Marcela la Brava, quien hizo honor al mote recibido en este espacio cibernético y, sin decir "agua va", adelantó que la consulta para elegir al candidato de los perredés para la lucha del 2012 deberá hacerse como si fuera una medición de rating, y no a ravés de las consabidas votaciones internas que, según se ha visto, a nadie dejan satisfecho.

La insensatez de los espontáneos apoyadores del SME llega a sus peores extremos posibles al recordar, una vez más, que el partido que cobija al Peje y a Noroña no es otro que el PT, engendro de los hermanitos Salinas, y que el primero, junto con Encinas y Ebrard, recibieron de muy buena gana los dineros que dio el humilde empresario Carlos Slim para reconstruir una fracción del Centro Histórico y tornarla un lugar a modo para recibir inversiones y acomodar a clasemedieros nice que se precian de vivir en el corazón de la ciudad. Cosas de la incongruencia, sí señor, amenizadas por el impulso que el millonario dio a las apiraciones presidenciales del loquito de Macuspana, y que éste preferiría que todos olvidáramos. ¿Usted, querido lector, lo entiende? Yo tampoco, pero la lucha de clases, reinterpretada a modo por los tíos más torpes del pueblo, cabalga de nuevo.

Para retornar al punto central de esta entrada, hace unos días se anunció que, de buenas a primeras, la Universidad Nacional se uniría al mentado paro nacional, para beneplácito de la fauna haragana que puebla a la institución y que ha confundido las obligaciones del estudiante universitario -asistir a clases, pasar sus materias, sustentar uno, dos, o tres exámenes para obtener los correspondientes cueros de puerco que le permitan ejercer una profesión- con sumarse a cualquier pleito que se trame en las calles. A la muy sabida respuesta de "es que el estudiante tiene consciencia, es el elemento pensante de la sociedad, y debe de estar con..." bla, bla, bla, les recordaré lo que mencioné en una entrada ya añeja: la mayoría de quienes se suman a tan singulares muestras de apoyo no son estudiantes, sino vagos profesionales, incapaces de escribir un párrafo -o un renglón siquiera- sin faltas de ortografía, para quienes el presupuesto federal que se gasta en su educación es una obligación del Estado que no se traduce en la asunción de algún compromiso básico como sería, por ejemplo, aprender a escribir, conducirse con urbanidad y, sobre todo, entender que el respeto a los demás es una norma de vida, no una consigna furibunda que lanzan orates vestidos con trajes Hugo Boss en tarimas montadas ex profeso a lo largo y ancho del país.

Éste es el princinpal problema que se avecina con las protestas: el cierre arbitrario de la universidad durante 24 horas. ¿Por qué cerrarla? Para crear la ilusión de que toda, TODA la comunidad universitaria apoya a los tarados del SME y su lucha ridícula. Tal es el punto y no otro: hacer creer que los universitarios, como somos seres conscientes, repudiamos el decreto de extinción de LyFC y queremos que se restituya, ipso facto, a los haraganes en sus puestos de trabajo. Tiene, asimismo, la finalidad de montar un aparato supuestamente enorme de apoyo a quienes no se han cansado de decir "se va la luz y hay apagones porque ya no estamos nosotros a cargo", sin ponerse a pensar que, si el servicio eléctrico es pésimo, se debe sólo a la pésima forma en que estos tipos dizque trabajaron durante un buen número de años. Señores: los apagones han ocurrido siempre y, si ahora se magnifican, es sólo como estrategia discursiva, no porque en realidad el servicio sea peor que antes.

Lógicamente, hay una cantdad considerable de universitarios que nos oponemos al mentado paro, desde trabajadores hasta estudiantes, pasando por académicos y administrativos. Empero, nuestra opinión no cuenta y, una vez más, seremos tachados de reaccionarios, esclavos del capital y, lo más chistoso, idiotizados por López - Dóriga o Alatorre. Un día de paro es lo que nos espera porque, sin consultarnos, a "alguien" se le ocurrió que era buena idea suspender labores para así apoyar a la parvada de idiotas, sin tomarnos opinión, en una actitud semejante a la de aquellas personas que cierran un eje vial porque la maestra Fulanita del kínder Zutanito le pegó a un niño. Bien, vale su queja, pero ¿por qué afectar a miles de automovilistas, o de personas que viajan en transporte público? ¿Qué solucionan fastidiando a los demás? ¿Dónde está el respeto? Peor aún, ¿cómo piden respeto a su causa -que ni siquiera es suya- pisoteando a los otros?

En mi sitio de Facebook, todavía hubo quien, a propósito de mi petición en torno a la realización de una consulta sobre el cierre de la universidad, dijo "menos mal que está muy solo en su reclamo". A ver si nos entendemos: ¿desde cuándo está mal, es inapropiado, o no se debe, pedir que se consulte a la gente sobre una decisión a tomar en un sitio público como es la propia universidad? ¿En qué momento es ilógico pedir que se vote para ver si se cierra ésta y así se muestra un pretendido apoyo generalizado a los holgazanes del SME? ¿Por qué una persona se alegra de que mi petición no tenga eco? ¿No acaso quienes apoyan a los sufridos electricistas claman por la democracia, la igualdad, las oportunidades, el diálogo y demás? ¿O es una igualdad parecida a la que se enunciaba en el comunismo, un diálogo como el que permiten Fidel y su carnal, o una apertura de espacios tal y como se verifica en Venezuela? ¿Entonces?

La consulta sobre el paro, a pesar de todo, está por realizarse. Claro que NO como debiera ser, esto es, en un sitio más o menos neutral al que pudiéramos ingresar quienes así lo deseáramos, sino en el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, tomado hace ya nueve largos años por sujetos ajenos a la institución y cuya filiación política -por llamar de algún modo a la carencia total de ideas y la defensa de una malentendida "autogestión"- nos es bien conocida. Asimismo, se ha convocado a la consulta en enormes carteles que mencionan "¡Todos somos el SME!", lo cual es un insulto para quienes sí nos dedicamos a trabajar y no vivimos de prebendas, ni cobramos por dar un servicio patético a nuestros clientes. No obstante, más allá de la consigna, la pregunta que queda por realizar es: si la consulta se realizará en territorio "amigo" de los holgazanes, impulsada por un lema que favorece a los mismos holgazanes, en un sitio al que sólo ingresan personas afines a los holgazanes, ¿cuál será el resultado? Todo se asemeja sospechosamente a las "asambleas" del Peje, en las que el aludido expone sus muy sesudas arengas ante su público fiel y termina preguntando si la gente quiere que se haga lo que él ya ha dicho que debe hacerse. Lógicamente, como los asistentes son paleros incondicionales, aprueban, y el tipo, ante la barahúnda de balidos escuchada -en su muy particular versión del "aplausómetro"-, dice estar armado con la supuesta "voluntad popular", e inicia la planeación de los mitotes a los que nos tiene ya acostumbrados.

Veremos qué nos depara la supuesta "consulta". Por lo pronto, todo parece indicar que el miércoles tendremos un asueto forzado, amenizado por marchas, gritos, porras, sombrerazos, y apariciones públicas de cadáveres políticos sedientos de fama instantánea. Más noticias, en la siguiente entrada.

22.7.09

Los resultados.

Ahora que el polvo comienza a asentarse, parece pertinente esbozar una pequeña reflexión en torno al proceso electoral del 5 de julio que, por principio de cuentas, presentó los niveles de abstencionismo habituales para los procesos intermedios y determinó que cada voto nos saliera carísimo a los contribuyentes. Para colmo, las calles quedaron llenas de caras desconocidas -unas peores que otras-, pertenecientes a ciudadanos decididos a ganarse el voto y los dineros que el mismo conlleva. Señores míos, si ya pasó todo el argüende, ¿por qué diablos no quitan su propaganda, que es contaminación visual de la peor especie?

¿Por dónde empezar? Lo indicado parecen ser los números que resultaron del proceso: el PRI, ese PRI que se vendió como "nuevo y mejorado" -cual si fuera comida para gatos o lubricante para motores-, amparado en la poca memoria de la gente, ganó la mayoría del Congreso. Valiente futuro nos espera porque, además, de seis gubernaturas en disputa, ganó cinco. Lógicamente, las fuerzas vivas del Tricolor se lanzaron a festejar sin medida su victoria, y a enunciar que "el pueblo ha reconocido su trabajo, y ha rechazado el del gobierno federal." Sería algo para reflexionarse si no existiera, detrás del resultado, lo peor de la política priísta: la compra de votos y la cooptación de votantes. Por todas partes aparecen testimonios de la forma descarada en que el PRI entregó diversas cantidades de efectivo -las que conozco varían entre los $150.00 y los $2,000.00- a cambio de un voto, acompañadas de vales de despensa, despensas, tarjetas de tiendas departamentales, y la colaboración de las televisoras que, sin pudor, transmiten gacetillas de connotados tricolores como Peña Nieto. Ése es el punto flaco de la victoria priísta pero, al mismo tiempo, el más preocupante: con recursos obtenidos misteriosamente -sospéchase que del erario público-, los votos se magnificaron y, si la receta ha funcionado, no quiero ni pensar la que nos espera en tres años, máxime si se considera que el PAN no tiene candidato, y que la gente de la dupla - tercia amarilla/roja/naranja tiene sus bonos por el suelo.

En la cultura de las elecciones, aunque no en los números, el gran derrotado fue el PAN. ¿Por qué? Principalmente, por las inteligentes campañas montadas por la oposición, empecinada en demostrar que el país está al borde del abismo para lucrar con ello y sacar ventaja. Si a esto le sumamos que no faltó el mentecato que le dio la espalda al partido en el último momento -como el senador por San Luis Potosí, por ejemplo-, que la campaña monotemática fue atroz, y que muchos de los candidatos no hicieron campaña -tal vez se embolsaron la lana impúdicamente-, todo el escenario pintaba para el desastre... y éste sobrevino. Me queda la duda, honestamente, de si el voto a favor del PRI fue necesariamente en contra del PAN, dado que los primeros no tenían en su publicidad ningún tipo de alternativa para "hacer las cosas mejor", y todo se reducía a meras propuestas huecas. Como sea, al juntarse los diputaRAdos del PRI y del Verde, poseerán mayoría absoluta en la Cámara -254 legisladores, si no me falla la memoria- y tendrán mano libre para hacer y deshacer. Veremos qué es lo que, al final, hacen o deshacen.

En los números, el PRD protagonizó la caída más estrepitosa tenida por partido alguno en la historia contemporánea del país: entre 20 y 22 puntos porcentuales, ni más ni menos. Por obvias razones, los señores amarillos han propalado hasta la náusea la "derrota" del PAN, pero los números no mienten. ¿Por qué perdieron? Se sabe bien: entre el fuego "amigo" -vaya amistades las suyas- que les endilgó el Peje, y sus propias torpezas -poner de candidatos a un inútil como Bernardo Bátiz , o a una impresentable como Ana Guevara no es de lo más sagaz-, el partido se cayó. Si a eso se suma que nadie sabe, literalmente, para quién trabaja, que están que corren y no a quienes contendieron por otros partidos, y que el propio instituto político carece de una línea de acción precisa, se adivina el por qué del azotón. ¡Ah! Y el anulismo, faltaba más. De todas las personas que conozco y anularon sus votos, todas, salvo dos o tres, habían antes votado por ese ente amorfo llamado "izquierda", en cualquiera de sus presentaciones; asimismo, está el hecho incuestionable de que algunos votantes perredés decidieron que el nene no era alguien adecuado y dieron su voto al papá, o sea, al PRI. Sin duda, un caso muy interesante para realizar un estudio formal de cultura política.

Viene luego la llamada, con todo tino, "chiquillada", compuesta por partidos de membrete salidos del PRI o reciclados de propuestas ya rebasadas y descalificadas en su momento: el PT, Convergencia, el Partido Verde, y el PSD. Los dos primeros son, sin duda, una verdadera lástima: entre ambos juntaron el 5% de los votos -los anulistas alcanzaron el 6%-, a pesar del apoyo que les brindó el mesías que vino del pantano. Esto, aunque permite ver que son un par de opciones lamentables y sin propuestas, les ha facultado para vivir del presupuesto tres añitos más, con una agravante: gracias a nuestro absurdo sistema político, Convergencia, que no ganó un solo distrito -es decir, todos los candidatos que presentó en solitario fueron barridos-, tendrá seis diputados "plurinominales", por obra y gracia del Cofipe: seis inútiles, seis sanguijuelas, seis lacayos del Peje, o de quien les pase una corta. El PT, aunque está en el mismo costal de la desgracia, al menos ganó por acá y por allá, aunque su carta más notable fue el tal Juanito, un vándalo profesional, un analfabeta funcional, o un pelele, como gusten llamarle, que ganó la delegación Iztapalapa por razones ligadas a despensas, dinero para viejitos, vales para útiles o becas para inútiles; un tipo sin cerebro y sin carácter que, según pintan las cosas, entregará una porción de la ciudad a la ínclita Clara Brugada, destacada integrante del gang de Bejarano y Cía. Lo que les espera a los iztapalapenses bien merecido lo tienen, no cabe duda. Por cierto, hay buenas noticias en todo esto: dada la escasa votación alcanzada por el PT, la terrorista mustia que responde al nombre de Lucía Morett no alcanzó su anhelada diputación plurinominal, y ya la espera un avión para ir a rendir cuentas a Santa Fe de Bogotá.

¿Qué resta? El Verde y el PSD. El primero se metió una cantidad inusitada de votos porque, se diga lo que se diga, montó una campaña clara y precisa a partir de tres promesas fáciles de aprender: pena de muerte a secuestradores y asesinos -faltó incluir a narcos y a violadores-, vales para medicinas, y becas para estudiar computación e inglés -en el mejor estilo de Francisco Labastida-. ¿Cómo cumplirá lo prometido? Misterio, aunque sospecho que no cumplirá, con el consabido lema de "los tiempos no están maduros", o alguna idiotez por el estilo. En tanto, el PSD, para fortuna del país y del presupuesto, dejó de existir; su campaña fue espantosa y mezclaron temas de tal disimilitud que no podía esperarse otra cosa. Así, apoyar -como es mi caso- la despenalización total del aborto, no resulta compatible con legalizar las drogas -a lo que me opongo férreamente-, y plantear que "las cosas no se solucionan a balazos." ¿Cómo entonces? Los narcos existen, también los adictos, ¿vas a hablar con unos y otros para que no hagan las cosas mal, y se formen en fila? Vaya sandez. ¿Que el Estado controle la distribución de droga? Ajá, y los narcos se van a retirar del mercado porque la ley se los prohibirá, ¿no? ¿Y los gringos dejarán que el gobierno maneje el narcotráfico abiertamente? Seguro, seguro: con Bartlett, Beltrones y Bours tenemos suficiente, y eso que operan "a la sombra".

¿Qué nos queda a los ciudadanos? Poca cosa; por principio de cuentas, deberíamos ahora sí presionar a los inútiles que fueron elegidos para que trabajen, para que le pregunten a la gente qué demonios le hace falta, y para que rindan cuentas de lo hecho. La cantidad de iniciativas de ley que quedaron en el tintero es tal que da pie a pensar que los legisladores no trabajan sino cuando los tiempos están por vencerse... aunque ello parece ser parte de la idiosincrasia nacional. Empero, es tiempo de que los ciudadanos hagamos algo más allá de anular votos -que el tiempo dirá si la medida funcionó o no- y nos convirtamos en lo que somos: los verdaderos patrones de ésos que se denominan "servidores públicos", que están a nuestro servicio y deben, por ende, acatar lo que les solicitemos, siempre que ello no sea una barbaridad.

5.7.09

Las primeras del día.

Si bien dedicaré un espacio de mayor amplitud a reseñar lo que haya acontecido a lo largo del día, y a comentar los resultados de la votación aún en curso, de momento creo conveniente apuntar, a vuelapluma, las noticias que han ido apareciendo en torno a los comicios, para tener una pequeña idea del acontecer "minuto a minuto", como dirían algunos:
- En Playa del Carmen, los medios de comunicación descubrieron una casa en la que el PRI entregaba despensas a cambio de votos. Al percatarse de la presencia de los medios, los sujetos en cuestión salieron de la casa y, sin mediar palabra, arremetieron contra un par de reporteros, a quienes dejaron lesionados y sin sus equipos de trabajo para eliminar las evidencias. Minutos más tarde, los mismos individuos comenzaron a patrullar las calles machete y palo en mano, con el fin de evitar que los periodistas les caigan en más movidas.
- En Zacatecas, el PRD ha denunciado que el PT compra votos con dinero en efectivo; como muestra, incautó $200,000 a tan singulares "promotores del voto".
- En Tabasco, el PRD ha denunciado... al PRD por acarrear votantes.
- En un municipio de Guanajuato -Salvatierra, me parece-, el narco ha amenazado a los candidatos del PAN y del PRI; es decir, gane quien gane, la tiene sentenciada.
- En Veracruz, una camioneta embistió -y mató- al candidato del PAN a la presidencia municipal de Pánuco. Curiosamente, la camioneta es propiedad del marido de la candidata priísta.
- En la delegación Miguel Hidalgo del Distrito Federal, Ana Guevara repitió que "ya ganó", aun cuando la votación apenas se desarrolla y los números no le son favorables.
- En Hermosillo, la policía estatal allanó las instalaciones del PAN local y se robó una computadora. ¿Para qué? Aún se ignora.
- En San Luis Potosí, creo recordar que en Ciudad Valles, el candidato priísta a la gubernatura denunció que su camioneta había sido baleada.
- En el municipio poblano de Santa Rita Atlahuapan, el presidente municipal impidió que los ciudadanos votaran, y mandó a su mujer para que promoviera el abstencionismo.
- Como noticia positiva, los delegados de los tianguis capitalinos no han hecho acto de presencia, hasta este momento, para exigir a los puesteros su voto por el PRD. Lo más probable es que no tengan la menor idea de si deberán solicitar amablemente el voto para los amarillos, los rojos, o los naranjas.
- En los municipios de Chimalhuacán, Chalco y Nezahualcóyotl, el PRI entregó tarjetas de una tienda departamental para asegurarse votantes.
- En Iztapalapa, sujetos desconocidos, o tal vez no, y que podrían presumirse amarillos o rojos, asaltaron una casilla y golpearon a quien se les puso enfrente.
- En la Alameda Central de la Ciudad de México, los anulistas hicieron un mitin para promover su postura. Creo que, si se ha cortado el proselitismo político desde el 1o. de julio, este tipo de manifestaciones también deberían limitarse en este momento.
- El dato curioso lo constituye el hecho de que la tinta "indeleble"utilizada en las casillas locales del Distrito Federal... no es indeleble. Yo voté hacia la 1 de la tarde y, al momento de escribir estas líneas -las 3 de la tarde-, mi dedo sólo muestra el rastro de la tinta empleada en las casillas federales.
Así están las cosas. Al parecer, la amenidad proseguirá hasta que, a las seis de la tarde, cierren las casillas, y el show comenzará cuando se den a conocer los resultados.

18.6.09

Servilismo multitudinario.

Lo hemos visto en las noticias: al calor de las contiendas electorales, todo se vale, todo se puede, ya nada nos extraña y, lo peor, no hay autoridad alguna que haga algo para remediar las evidentes violaciones a la ley electoral.

El número que ahore referiré a ustedes tiene que ver con el pleito desatado entre perredistas de distinto signo por el control de la valiosísima -en cuestión de votos, de clientelas, y de posibilidades futuras, que no de otra cosa- delegación Iztapalapa. En la votación interna de los perredés triunfó -por motivos que se desconocen- una ciudadana desconocida que responde al nombre de Silvia Oliva. No obstante, la alquimia de Bejarano y sus amigos hizo de las suyas para montar en la candidatura para la jefatura delegacional de Iztapalapa a la infausta Clara Brugada quien, no contenta con haber chupado del presupuesto -sin mostrar resultado alguno- en el régimen pejista, ahora se recicla y se lanza para contender por el estupendo negocio que representa ser jefa delegacional. Los perredés del bando A -porque aquí no hay buenos ni malos, todos son malísimos- protestaron, fueron al Tribunal Electoral del Distrito Federal y, más tarde que temprano, lograron revocar la nominación de Brugada, si bien su nombre se encuentra ya impreso en las boletas.

El Tribunal lo dijo con claridad: "se ordena que el PRD reponga a Oliva la candidatura." El partido, como es su costumbre, se lo pensó, se hizo el remolón, y no dijo nada porque, entre otras cosas, la dirigencia nacional, la que fue a quejarse, es del bando A, es decir, del bando que pide la restitución de Oliva; empero, la dirigencia local, a la que toca acatar el fallo, es del bando B, o sea, es dependiente directa del afamado "señor de las ligas" y, por tanto, está contentísima con que la inútil de Clara Brugada sea su candidata. Colofón: nadie ha movido un dedo para que la desconocida Silvia Oliva se lance a la campaña, con todo y que a ésta le quedan, a lo sumo, dos semanas: el Tribunal no aplica la ley, el IFE dice "no hay falta alguna que perseguir", y el IEDF, lacayo irredento del PRD, nada "de muertito" para que nadie note que es la autoridad que debe poner orden en el desastre perredista, que podríamos llamar "El Cochinero Contraataca."

Por si las cosas no fueran ya suficientemente malas, hace dos días, el martes 16, el Peje hizo acto de presencia en un mitin del PT y dejó a más de uno con la boca abierta. Por si desean ver textualmente lo expresado por tan singular personaje, el enlace se encuentra aquí, y la crónica les será relatada a continuación:

Parece un mitin cualquiera, de ésos que el PT arma escudándose en la figura de su mesías particular porque, de otro modo, nadie iría: no hay propuestas, los candidatos son un cúmulo de impresentables, y el partido realmente no ofrece nada, salvo atacar a la derecha sin pensar que el propio PT es una agrupación a la que, sólo tras sufrir un politraumatismo craneoencefálico severo, se podría calificar como "izquierda". Sin embargo, a raíz de la espantosa campaña publicitaria centrada en el "estaríamos mejor con", que prolijamente he destazado en una entrada previa, los bonos del partido en cuestión han subido; no en la medida en que lo querrían, pero al menos pintan.

Para regresar al mitin, se observan en él tres personas: el candidato por el PT a la jefatura delegacional, el Peje, y Clara Brugada. Quien lleva la voz cantante es, obviamente, el loco que vino del sur que, con su voz estentórea, enuncia: "el candidato que está aquí conmigo"... y hace una pausa para preguntarle cómo demonios es que se llama, porque ni idea tiene. El tipo, sin amoscarse, le dice su nombre, y el Peje prosigue: "Rafael Acosta, haga el compromiso de que, al ganar, porque, no se la va a creer, él no va a ganar. Por civismo, va a ganar por el movimiento, y va a ganar con Clara, que se entienda bien."

Vale hacer una pausa aquí y preguntar "¿es verdad lo que estoy escuchando?" Si se realiza un análisis tajante de lo dicho por un enloquecido López Obrador, es claro que él dice, en un inicio, que el candidato primeramente anónimo no va a ganar, a lo cual el pobre diablo, el candidato ninguneado, responde con una carcajada que queda a la libre interpretación de cada quien. No obstante, después le dice algo como "bueno, ganas pero no ganas, ganarás con Clara." Con Clara, evidentemente; con claridad, en absoluto; a las claras, está por verse. El remate es lo último dicho por el mesías del pantano que, en resumen, es una orden tajante a Marcelo: gana este baboso que no sé cómo se llama, ni me importa; como es baboso, renuncia; después, te mando decir -aunque se escuda en aquello de "el movimiento propondrá"- que nombres a Clara; me obedeces y le envías mi mandato a la Asamblea; ésta sigue mis órdenes y determina que la Brugada será la jefa delegacional sustituta. Fin de la alucinación.

No sé qué sea peor de todo lo visto. Por una parte, siguiendo su método tradicional, el Peje obliga al impresentable candidato a que, frente al mitin, se comprometa a renunciar después de que gane, como si tuviera alguna opción. En este caso, me pregunto: ¿para qué hacer una campaña con un tipo, si a final de cuentas no va a ganar? Es más, si el manejo en la ciudad es tan turbio, y todo lo decide el Peje, ¿para qué hacer elecciones en las delegaciones donde es posible que ganen los perredés, o los petés, o los convergentes? Mejor adoptamos el modelo cubano y elegimos listas de candidatos, todos del mismo color, y ya, nos quitamos de líos. Por si fuera poco, está el hecho de que el PT consume presupuesto para nombrar a sus candidatos, recibe dineros públicos para promoverlos y, al final, resulta que "siempre no", que el tipo, si gana, deberá entregarle el puesto obtenido a alguien por quien, evidentemente, la gente no votó. Cosas de la democracia amarilla, roja, o naranja.

Lo segundo peor es la actitud del tipejo: "sí, me comprometo porque me lo pide el presidente legítimo." De la buena nos salvamos cuando este pelmazo perdió la presidencia en 2006 porque, de otro modo, volveríamos a los viejos tiempos del PRI intransigente donde, por cualquier motivo, el presidente removía gobernadores y los reemplazaba por tipos que la gente no conocía, pero que eran fieles al dedo divino. Señor candidato sin nombre, de verdad, qué poco vale usted. Desde el momento en que dice "sí, me voy", pierde toda credibilidad, deja de contar como alguien serio y, de hecho, debería perder la posibilidad de realizar cualquier tipo de propaganda a su favor. ¿Para qué, si de cualquier manera no va a hacer nada, sino entregarle en bandeja la delegación a una distinguida militante del gang bejaranista? ¿Qué compromiso asume un tipo como éste? De servicio, evidentemente no, porque debería haberle dicho al Peje: "oye, para esas movidas ve a buscar al de Convergencia, a ver si él quiere, que yo no: yo compito para ganar yo, y servir yo a la gente que vote por ." No obstante, como la gente vale un comino, y lo que importa es quedar bien con el enviado de los dioses, qué importa que la votación se convierta en una simulación absurda.

Me parece que, a pesar de lo mencionado, lo peor es lo que no dice el Peje, pero deja translucir, y que consiste en que Marcelo va a obedecerle, la Asamblea va a obedecerle, y se saldrá con la suya. Obviamente, deberá lidiar con el hecho de que la gente vota por colores, no por candidatos, y es muy posible que termine ganando el PRD, con lo que la jefa delegacional será Silvia Oliva y al Peje, a Clarita y al baboso se les hará nudo el hígado; incluso, de creer una fuente poco fiable, es posible que gane el candidato del PRI. Sea como sea, en ambos casos ya podremos esperar una nueva oleada de movilizaciones porque hubo fraude, la mafia les quitó la delegación, el compló del innombrable ha hecho de las suyas, y la derecha operó todo para ganar a la mala. Me pregunto si el loco de Macuspana tendrá en su cabeza algo sencillo, pero fundamental: el hecho de decirle a un sujeto "ganas, pero ganará la que yo quiero" constituye un acto fraudulento, es manipular la voluntad popular a favor de un proyecto unipersonal revestido de "proyecto de nación", es apostarle a la megalomanía y no a la libertad. De verdad me pregunto si el Peje verá que, con esta última jugada, termina de matar su ya moribunda imagen de "paladín de la democracia", y se convierte definitivamente en un dictador enfermo.

A todo esto, hay más servilismo, de ahí que sea éste multitudinario. Así, no sólo es servil el candidato impresentable; no sólo lo es la gente que sigue al Peje porque "estaría mejor con él", aun sin saber cómo; no sólo lo es Clara Brugada por pensar en llegar a un puesto que no le corresponde. Horas después de la "puntada" péjica, Marcelo comentó: "está en todo su derecho; creo que es plausible y nadie se lo prohíbe." Acabáramos. Entonces, para el jefe de gobierno, es derecho del Peje mover piezas, imponer jefes delegacionales, y dejar en claro que él, Marcelo, es su criado. Asimismo, no hay falta en que una persona de la sociedad civil -porque el buen López no es sino eso- se meta a hacer política, lo cual está vedado para el resto de los mexicanos sin partido; tampoco está mal que se sugiera que la Asamblea carece de autonomía, y se halla sometida a los designios de un loco y de su fiel lacayo. Bonito gobierno es entonces el de la ciudad. ¿Adónde pretende llegar Marcelo con todo esto? Se ignora porque, al paso que vamos, la candidatura de la mancuerna PT - Convergencia, si es que logran salvar el registro, será para el de Macuspana, ni duda cabe, mientras que la del PRD puede ser para Chucho, para Juan Ramón, para Amalia, o para alguien que no sea tan claramente servil. ¿Y Marcelo? Pues deberá irse, con todo y su chinito de Supermán, a donde todos adivinamos.

¿Hay más? ¡Claro! ¿Quién es el mayor afectado en este caso? Podría pensarse que el pobre diablo que cederá su lugar a Clara Brugada; sin embargo, como marcha al sacrificio sin oponerse, es notorio que nada le afecta e, incluso, es posible que el mesías le reserve algun tipo de premio por su "entrega", el cual pudiera tener varios ceros a la derecha. Pero no, no es él el afectado: el afectado es el PRD, víctima de los manejos escasamente aseados de quien, en su momento, fue su principal arma. Ahora bien, ¿qué es lo que ha dicho el partido a todo esto? Mucho, y nada. En una conferencia de prensa, Jesús Ortega dijo que lo hecho era traición, que estaba mal, que no se podía hacer eso. Por supuesto, ni quién lo dude; sin embargo, en ningún momento dice "ah, López Peje, nos la vas a pagar"; por el contrario, todo queda en el sobreentendido, en la más absoluta cobardía, en no llamar al traidor por su nombre y exhibirlo de una vez ante la militancia. Los estatutos del PRD son claros: si algún miembro hace propaganda por otro partido, ¡para afuera! No es el caso del Peje quien, por si fuera poco, ha dicho hoy mismo que no se va, cuando la cuestión debería cifrarse en a qué hora lo "van", no en si decide irse o permanecer.

Así es esto de la democracia amarilla. A propósito de la conferencia de prensa de Chuchito, todavía hay quienes defienden al Peje y le dicen de todo al líder del PRD, ante lo cual me pregunto ¿cómo defienden la actitud del primero? Evidentemente no lo hacen, porque es indefendible, y se limitan a llamar "rastrero", cuando menos, a Ortega, sólo porque él intenta mover al partido por los rumbos de la negociación, no de la intransigencia péjica. El ataque es a Chucho por "traidor", "entreguista", "pelele", y cositas por el estilo, ideas todas que, en ningún momento, aluden a la actitud inconcebible del mesías. La retórica chafa, como se sabe, tiene mil argucias bajo la manga. Baratas, claro está, y que no soportan la mínima contraargumentación, pero mil, a fin de cuentas.

Me queda en la mente una afirmación tajante: para aquéllos que niegan la existencia de la posmodernidad, los hechos están a la vista. Si el Peje y sus seguidores incondicionales se llaman "de izquierda", atacan al partido político que ha permitido a su adalid posicionarse donde está, y defienden las arbitrariedades de un autodenominado "demócrata", ¡claro que la posmodernidad existe! ¡El autor ha muerto, los metarrelatos con él, viva el lector!

22.5.09

Saramaguianos.

Conforme el tiempo de las elecciones se acerca, resulta evidente que los ciudadanos deberemos recetarnos, por enésima ocasión, la retahíla de promesas gastadas y buenas intenciones con que, cada tres años, los partidos políticos nos aturden. En este sentido, el sujeto común se encuentra expuesto varias horas al día a una serie interminable de anuncios publicitarios -me niego terminantemente a emplear la palabreja spot, perfectamente traducible-, algunos peores que otros, llenos hasta la saciedad de futuros promisorios adornados con el color de algún partido en específico, prebendas, beneficios materiales concretos, bienestar abstracto, participación ciudadana, cambios profundos, anhelos alcanzados e, incluso, la salvación de la patria.

Sin embargo, las campañas de promoción del voto no se limitan a la simple y llana exposición de lo enunciado en el párrafo precedente, cuya repetición ad nauseam tendería a quitar el poco interés que, de por sí, despierta ya el proselitismo político, máxime en el caso de una elección intermedia como la que se avecina. De esta manera, como medio para salpimentar lo que, de otro modo, no sería sino una vulgar competencia para ver quién promete más cosas irrealizables en el menor tiempo posible, desde hace nueve años se ha incrementado el empleo de campañas negras -o guerra sucia- entre los distintos partidos políticos, en las cuales cada uno trata de mostrar cuán malo es el oponente, cuán podridos son sus candidatos, cuán corrupto es el sistema en que se desarrolla, cuántas ligas tiene con el narcotráfico, y un sinnúmero de linduras que, lo menos, quitan las ganas de votar al más pintado porque, entre que lo dicho son rumores sin fundamento, o verdades que el acusado intenta cubrir con un movimiento de su dedito mágico, lo que resalta es que la clase política de este país, en conjunto, no vale gran cosa. Bajo estas circunstancias, el electorado pierde de vista la importancia que, en el papel, poseen las elecciones, y emite una sentencia lapidaria: si nadie vale la pena, ¿para qué votar?

Justo en este momento aparece en escena la imagen que da título a este breve texto: el "voto en blanco", consagrado por José Saramago en su novela Ensayo sobre la lucidez como señal máxima de la protesta ciudadana en contra de los mecanismos imperantes en la toma de decisiones, punto de inflexión en lo relativo al pensamiento que, de sí mismos, tendrían quienes ocupan cargos de elección popular, signo real y evidente del poder asumido, en la democracia pretendidamente representativa, por los votantes. En consecuencia, el voto en blanco, es decir, la manifestación clara de repudio a todos los que contienden en la arena política, es asumido como una opción real para el votante desencantado, para quien pretende mostrar a los políticos que bien pueden quedarse en su casa descansando en lugar de trabajar por el pueblo.

La idea de la anulación del voto, o su emisión en blanco, inicialmente esgrimida por apenas un puñado de inconformes, tomó fuerza conforme los meses pasaron y, de todas partes, comenzó a volar la porquería, sembrando la duda y el enojo entre los potenciales votantes. El frenesí anulatorio ha hecho que, en este momento, a escasos cuarenta y cuatro días de la elección, hayan adoptado la propuesta académicos, estudiantes, pensadores, escritores e, inusitadamente, comunicadores; incluso existe un blog donde se promueve la anulación del voto y se invita a que la gente imprima volantes, estampe playeras, o pinte mantas alusivas al hecho. La idea de quien esto último difunde es que, o se transforma la democracia nacional y adquiere tintes plausibles para la gente del común, o ésta verá como mejor opción no votar... por nadie... nunca jamás.

Si bien las condiciones que esgrime el blog aludido para recuperar la confianza en los políticos me parecen, hasta cierto punto, aceptables, lo cierto es que algunas son francamente ingenuas, como el hecho de exigir que los candidatos sean poseedores de una ética intachable, ante lo cual vale preguntarse "¿y quién los calificará? ¿Dónde encontramos un eticómetro aceptable para todos?" Más allá de esto, el principal problema de lo exigido reside en que, como toca de forma directa las prerrogativas y canonjías de la clase política en su conjunto, resulta vana su enunciación y, de hecho, otorga un estatuto de perpetuidad a la anulación del voto.

No obstante lo mencionado, vale apuntar que la anulación del voto, como se ha dicho, tiende a cobrar fuerza entre los sectores "pensantes" de la sociedad, mientras que los "no pensantes" prosiguen atados a redes clientelares y, por ende, encuentran beneficios tangibles en el otorgamiento de sus sufragios a determinados partidos. Éste es, y no otro, el problema real que comporta el voto en blanco: si la gente "pensante" decide abstenerse o, lo que es lo mismo, votar por nadie, el auténtico ganador será aquél que posea más votantes - borregos, mayores clientelas políticas, conglomerados más numerosos de gente amafiada. Así, la propuesta de Saramago, donde el voto en blanco es leído como un castigo, como símbolo del desprestigio de la política institucional según es practicada, se desvanece, y en su lugar aparece el corporativismo como el gran triunfador en esta emisión de protestas disfrazadas de sufragios - no sufragios. 

Como es perceptible, votar en blanco se transforma, de remedio, en enfermedad y, vistos los alcances que la práctica podría alcanzar, resultaría entonces lógico que los partidos cuyos votantes se encuentran ubicados en clientelas se esforzarían por promover, de forma velada, la anulación del voto. El axioma final es tan simple como que, si sólo votan las clientelas, se pulveriza automáticamente la representación poseída por los partidos que no cuentan con ellas, mientras que sus usufructuarios resultan triunfadores del proceso electoral por márgenes de amplitud insospechada. Después de todo, el voto duro es tal porque, a pesar de la decepción, del mal resultado, de la promesa incumplida, o de la falla evidente, al sujeto no le es posible dejar de cruzar en la boleta el logotipo de un partido determinado, por razones que van desde el convencimiento hasta el eventual castigo. 

Mientras en México existan los comerciantes ambulantes amenazados por líderes corruptos, dependientes de autoridades asimismo corruptas; mientras no desaparezcan los permisionarios piratas del transporte público; mientras la ley se quebrante con la bendición de alguna autoridad; mientras se haga depender el dinero que recibe la gente del mantenimiento de un partido en el poder; en suma, mientras el voto no pueda ser libre por las razones que sean, convertirse en seguidor de las doctrinas de Saramago resulta un mal mayor que apoyar a un candidato regular, chafa, o de características dudosas. Votar en blanco equivale, en el preciso momento en que el país se encuentra, a entregar en bandeja de plata al corporativismo el control de las cámaras federal y locales, así como el gobierno de municipios y delegaciones: es apostar porque lo que ahora no se ve bien, con seguridad se vea peor en el muy corto plazo.

Por eso, yo no anularé mi voto. Si de algo tengo capacidad es de decidir y, cuando menos, de intentar que aquél a quien yo apoye llegue a un puesto de elección popular, y exigirle en consecuencia que cumpla con su deber. De otro modo, si me abstengo o anulo mi voto, me retiro a mí mismo el derecho inalienable de protestar porque, a fin de cuentas, no tomé parte en aquello que se decidía. Así, el que decida no votar, o votar en blanco, que no se queje si las cosas resultan peores de como ahora las experimenta.

2.5.09

Más protesta social.

Para despejar un poco la atmósfera cargada de chistes sobre la influenza -cada vez peores-, caricaturas sobre la influenza -cada vez más miopes-, y temores de contraer la influenza, dedicaré esta entrada a un acontecimiento del que recién me entero y que, me parece, vale la pena ser comentado.

Las imágenes son claras: por un lado, mujeres y hombres de todas las edades, desde niños hasta ancianos, marchan por una calle en forma pacífica. Frente a ellos aparece la policía, equipada como si debiera contener el último estallido de una banda de hooligans furiosos, o como si la guerrilla hubiera aparecido en su radio de acción. Pronto surge el gas lacrimógeno y la gente debe buscar refugio donde sea; una vez dispersado el gas, y dispersada la antes compacta marcha, la policía carga. Aparecen entonces imágenes de gente que corre con el pavor pintado en sus rostros; policías formados como si frente a ellos existiera algún tipo de peligro, parapetados tras botes de basura o de sus camiones antimotines; por último, gente intoxicada por los gases y policías que, en vilo, llevan detenida a una mujer que, para más señas, requiere del auxilio de un bastón para caminar.

Lo anterior no es, repito, ningún episodio de alguna serie gringa de heroicos policías que siempre, sin excepción, localizan al culpable y abren paso a la justicia. Tampoco es el final de un partido de la Champions League entre el Liverpool y el Napoli. Es, simplemente, el modo en que la policía venezolana decidió reprimir la manifestación opositora convocada para el día de ayer, 1 de mayo. Los gorilas de Chávez, decididos -al igual que su jefe, también primate- a ocultar cualquier indicio de rebeldía y disenso en aquella sufrida nación, arremetieron contra personas cuya única falta consiste en ubicarse en el lado equivocado del espectro político, esto es, en la oposición a ese mesías pseudo socialista que se llama Hugo Chávez, a quien ya han debido de aguantar poco más de diez años... y los que faltan.

Como era de esperarse, las autoridades dijeron que la marcha se había extralimitado y, por ende, se había lanzado el gas lacrimógeno "en forma preventiva." Yo no sé cuál sea el significado que da al término "preventiva" el mico encargado de decir lo anterior, pero lo cierto es que resultaron intoxicados numerosos ancianos, mientras el resto de los manifestantes recibía su consabido chorro de agua -¿también preventivo?-, balas de goma al por mayor -de no ser preventiva la medida, tal vez los hubieran acribillado con plomo-, e incluso se les rociaba a corta distancia un "gas anaranjado tóxico" -¿también ello es preventivo?-, disparado desde escopetas equipadas a propósito.

Mientras la policía se ejercitaba contra la manifestación opositora, a pocas calles circulaba la "gran manifestación" de trabajadores chavistas, quienes pudieron tranquilamente desplazarse por el centro de Caracas y saludar a su mesías. En un alarde de retórica barata, el ministro de Obras Públicas exclamó que el nuevo sindicalismo, al igual que el pueblo, estaban casados con Chávez, porque su movimiento es obrerista, al tiempo que tachó de nido de víboras a la CTV que, casualmente, se había encontrado en la marcha reprimida. Huelga decir que, como son víboras, hay que exterminarlas a cualquier costo, y el mensaje dado en el mismo sentido por la policía parece ser claro.

Mientras leía las notas periodísticas y observaba las imágenes, no pude dejar de pensar en la situación en que se encuentra México actualmente, donde un mal clon de Chávez intenta, por todos los medios, llegar al poder, armado de las mismas consignas gastadas donde "el pueblo" -ente amorfo que se amolda a cualquier iluminado que desee apropiárselo- decide, y donde todo lo hace "por el bien de los pobres". Ese mal clon -lo cual es lamentable, porque Chávez es basura; imagínese ahora un mal clon de eso- ha movido a sus huestes para que, justo ahora, en medio de la emergencia nacional, la cuestionen, critiquen las medidas adoptadas, se salgan por la tangente con malos chistes, ridiculicen al gobierno federal, y armen enemil teorías de la conspiración para distraer la atención pero, por sobre todas las cosas, para mantener en la mente de sus seguidores que, a pesar de que no ha hecho nada, y debe estar escondido en cualquier agujero, el mesías es el mesías, y su lugar debe permanecer intocado.

Cualquiera que lea esto pensará que tengo alguna malsana fijación con ese tipejo al que he aludido, porque, ¿cómo es que me viene a la mente así nomás, sólo por ver lo que acontece en Venezuela? Muy sencillo y, con le venia del respetable, explicaré ahora los vericuetos que ha seguido mi libre asociación para que, por degracia, me viniera a mente el loco del pantano al leer una nota sobre el simio del Caribe.

Hace unos cuantos años, mientras esta Ciudad de México sufría la mala administración del pantanoso personaje, tuvo lugar una manifestación de quienes trabajaban en la industria de los anuncios espectaculares. Para refrescar la memoria, diré que las personas en cuestión pretendían dirigirse a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal para protestar porque, de buenas a primeras, se prohibían los anuncios que les daban el sustento, debido a que algunos se habían caído a consecuencia de los fuertes aires que soplaron en la urbe aquellos días. La marcha se realizó pacíficamente pero, poco antes de llegar a la Asamblea -o en su misma puerta, no recuerdo con claridad-, la policía la detuvo y, acto seguido, la dispersó, haciendo uso de toda la educación y las buenas maneras que la caracterizan; el saldo fue de muchos golpeados, algunos intoxicados, y varios detenidos. ¿Todo para qué? Para nada porque, como suele acontecer en esta pobre ciudad desgobernada por una camarilla de ineptos y corruptos, a los pocos días se dio marcha atrás en la decisión y la ley se modificó.

Dos son aquí las cuestiones de fondo: la primera, el hecho de que los gobiernos del Distrito Federal han solapado, tolerado, y hasta patrocinado, infinidad de marchas, algunas con motivos válidos, otras no; algunas que no pueden sino tener lugar en las calles de la ciudad, y otras que deberían desarrollarse frente a los palacios de gobierno estatales a que corresponde la reclamación. Como sea, y siguiendo su norma de "lo que le pegue al gobierno federal, me beneficia a mí", la administración local ha convertido a esta ciudad en el paraíso de los manifestantes, mientras los habitantes debemos buscar vías alternas para circular -que no debiéramos- o, si no las hay, esperar a que los contingentes pasen y dejen las calles sucias, las paredes pintadas y, ocasionalmente, destrozos en tiendas, restaurantes, y hasta casas.

Tal es el segundo punto de fondo: no faltará quien lea esto y piense "¿y la represión que ha desatado el gobierno federal? ¿Atenco, por ejemplo?" Aquí vale la pena hacer un alto y decir: he hablado de marchas pacíficas reprimidas; lo de Ateco se cuece aparte. Como no es éste el sitio para hablar largamente sobre ello -remítase el lector a este textito-, sólo comentaré que en Atenco, mañosamente, se ha pretendido ocultar que el causante de la acción policiaca fue la gente asociada al FPDT quienes, por si fuera poco, fueron los primeros en atacar. Sin embargo, eso se ha eliminado del discurso y, de victimarios, se han convertido en víctimas. Por tanto, de ellos no se habla en esta entrada del blog. La protesta social, según se entiende ahora, involucra daños en propiedad privada, lesiones, ultrajes diversos y actos similares, escudado todo en que se pelea "por una buena causa", la cual no es perceptible la mayoría de las veces, o pretende convertir en mártires del sistema a infinidad de delincuentes, vagos, o improductivos. No obstante lo anterior, las autoridades que simpatizan con tales movimientos, o que los dejan florecer con fines poco claros, permiten el desarrollo de tales marchas sin apenas mover un dedo o, lo que presulta ya el colmo, les brindan protección oficial para que destrocen todo en un radio limitado.

Así están las cosas. Por lo pronto, la emergencia sanitaria ha inhibido las manifestaciones en México, hecho que ha purgado sobremanera al llamado "sindicalismo democrático", el cual cobija a ilustres personajes que, cuando menos llevan treinta años en sus cargos. ¡Ésa sí es democracia, y no pedazos! Sin embargo, se espera que, cuando todo retorne a la normalidad, ésta se traduzca en la reaparición de marchas, marchitas y marchotas, caos vial, aglomeraciones sinfín, pintas en las bardas, y apariciones salvíficas del paladín del pantano. Mientras, habremos de conformarnos con las notas que vienen del exterior, donde los líderes populares hacen de las suyas muy quitados de la pena.

29.4.09

Democracia representativa.

Gracias a una oportuna entrada publicada por una cofrade a quien recién leo, me he enterado de que, mientras la gente huye despavorida a causa de la epidemia, o se dedica a elaborar cada vez más complicadas teorías de la conspiración a propósito de lo mismo, nuestros eficientísimos legisladores -una vez más, es ironía- han aprobado un par de leyes que estaban en la congeladora y que, de momento, les ha parecido oportuno discutir y, en su caso, aprobar. La primera se relaciona con la creación de lo que será la nueva Policía Federal, en tanto la segunda tiene que ver con el narcomenudeo y el consumo de drogas.

Antes de comenzar con este breve examen, creo pertinente indicar algo que se escapa a muchos de quienes han analizado las acciones del legislativo: el que las leyes pasen ahora, justo en medio de la epidemia, tiene poco que ver con un manejo sucio, dada la escasa atención que reciben -lo cual es el nuevo argumento conspiracionista-, y mucho con la tradicional apatía de nuestros diputados y senadores, quienes holgazanean lindamente la mayor parte del tiempo que dura un periodo ordinario de sesiones -escasos tres meses-, y terminan por sacar la ley en los últimos días, sólo para que la población no diga que cobran sueldos estratosféricos por no hacer nada. De esta manera, incluso antes de que se declarara la contingencia sanitaria, era posible ver cómo los quinientos zoquetes de San Lázaro y los ciento veintiocho torpes de Xicoténcatl -en caso de que todos asistieran, claro está- se apresuraban a dictaminar, pasar y votar leyes a un ritmo increíble que, si fuera constante, haría que este país tuviera una legislación aún más gorda que la que actualmente posee.

Salvado el primer obstáculo para determinar que las leyes trabajadas no forman parte de una gran conspiración, y que no se desenvuelven en un ambiente oscuro, al amparo de la distracción creada por el virus porcino, vale la pena echar una mirada a las disposiciones emitidas para ver que tampoco son cosa del otro mundo, ni siquiera son propuestas nuevas que se saquen de alguna mágica manga para fastidiar a los espantados mexicanos. Por el contrario, la ley de la Policía Federal se cocina desde que se pensó elminar a la AFI -o sea, desde hace dos años, cuando menos-, mientras que la ley del narcomenudeo ha estado moviéndose en la arena política más o menos desde hace también un par de años; sin embargo, ambas han cobrado importancia en los últimos meses, de nueva cuenta, no por ninguna conspiración tramada por los legisladores sino, simplemente, porque se acaba el periodo ordinario y, por supuesto, se acercan las elecciones, y todo mundo quiere presumirle algo a sus potenciales electores.

El contenido de ambas leyes, aunque polémico, era de esperarse: por una parte, se faculta a la nueva policía para actuar alla maniera gringa y meter agentes encubiertos, compradores falsos, intervenir teléfonos, y demás ingeniosas ocurrencias que en las series policiacas dan excelentes resultados -¿o no, Jack Bauer?-, pero que en la vida real han probado ser tan inútiles como si las operaran Torrente o Philip Marlowe. El caso es que las tareas de inteligencia, dejadas a policías sin la misma, parecerían un cuento absurdo, una simple mascarada para decir "estamos haciendo algo", y dan una excelente oportunidad a los apólogos del crimen disfrazados de defensores de los derechos humanos para decir "fuera el ejército", aun cuando es el único que algo ha podido hacer contra el narco. Lógico, existe el miedo de que los polis encubiertos se dediquen a extorsionar, a cometer crímenes ellos mismos, o simplemente a tirar la flojera por ahí; no obstante, lo mismo pasa ahora que están uniformados, ¿no es cierto? Entonces, ¿a qué viene la alarma?

La segunda ley invoucra, con mucho, mayores problemas. Hace aproximadamente dos semanas, al aparecer el primer borrador de la ley contra el narcomenudeo, los senadores y diputados perredés -junto con esa horda de zopencos agrupada en el PSD- brincaron todos a una voz para exigir que se cambiara, y amenazaron con no votar cualquier ley que criminalizara el consumo. Entre paréntesis diré que, en mi opinión, tal sería el mejor medio para darle en la chapa al narco porque, si le caen veinte años al primer hijo de Jah o chaval de la pseudo izquierda que se sorprenda fumando inocentemente un toque, seguro que la práctica disminuye. Sin embargo, los perredés dijeron "no" -seguramente porque bien saben de lo que hablan, e incluso Pablito Gómez pareció revelar hoy que no le hace ascos al pastito vacilador, dado el convencimiento con que apuntó el modo en que la marihuana se encuentra en los paquetitos que sirven para venderla- y la ley se regresó a comisiones. Total, el cambio redundó en que se aprobaran las dosis máximas para el consumidor, se establecieran los mecanismos no punitivos, sino de orientación y rehabilitación, y todos contentos. El problema aparece cuando se piensa que tal ley pudiera ser contraproducente en la lucha sin cuartel que se entable contra el narco, pero eso parece no importar a los señores del  Senado. 

Lo anterior me lleva a preguntar: si estamos en una democracia representativa, ¿por qué demonios siento que esos diputados y esos senadores no me representan a mí? Yo no hubiera votado por esa ley absurda de la policía federal, ni tampoco por la del narcomenudeo; es más, por mí, que el ejército se líe limpiamente a plomazos con los narcos y que metan al tambo a los consumidores de porquerías. Y, en esto, creo que no soy el único que piensa así, por lo que me vuelvo a preguntar, ¿a quién representan estos sujetos? De cuando en cuando, cada vez con mayor asiduidad, aparece un personaje de un partido en la tele para decir "por ti, hacemos...", y recita una sarta de sandeces digna de mejor estulto. Sin embargo, no creo que por mí lo hagan; para abreviar, no creo que legalizar la posesión de drogas sea la solución, ni que acabe con el narco, ni que funcione de algo. ¿En qué momento los diputados consultarán a sus votantes las decisiones que toman? Lo ignoro. Es más, no sé quién sea mi diputado federal -el local sí, y es un imbécil a quien tarde se le hizo para dejar botado el changarro e ir por otro-, ni me consta que haya venido a preguntar qué queríamos, qué nos hacía falta, qué nos gustaría que hiciera. Sospecho que el tío ha de ser mentalista porque, desde su curul, o desde la línea que le tiran el Peje y los archimandritas del perredismo, adivinó qué queríamos. Claro que le falló, y todo lo que se necesitaba no fue ni siquiera considerado pero, bueno, fallitas técnicas las tiene cualquiera.

Lo último por decir es que, según indica lo recién anotado, los cuerpos legislativos en este país sobran. No sólo les sobra gente -quinientos diputados holgazanes es un mar de holgazanes-, sino que el cuerpo mismo, mientras no se acerque a la gente, sobra. ¿Cuál es su problema? La omnipotencia que les reviste, la cual les hace creer que saben cuáles son los problemas del país -más allá de lo que opinen los ciudadanos- y proceden a resolverlos por sí solos. Sin embargo, mis nada estimados legisladores, sépanselo bien: la ley, por sí misma, no crea cultura, y menos si no se tienen los mecanismos de aplicación necesarios. Ahí está esa ley -sexista y discriminadora- que prohíbe la violencia contra las mujeres. Un momento: ¿qué, acaso, no está prohibida la violencia contra cualquier ser humano? Entonces, ¿para qué redundar? Termina todo por sonar como "se prohíbe pegarle a los seres humanos, a las mujeres y a los indígenas." Lindo, sin duda. Más allá de esta tontería, ¿quién hace cumplir esta ley? ¿La cultura es modificable por ley? La violencia seguirá existiendo mientras los patrones educativos -que inician en la casa, no en la escuela- no se transformen, mientras las mismas mujeres no dejen de criar machines en sus casas, y los padres no asuman un rol de mayor responsabilidad en el mismo tenor. Sólo así, no con leyecitas ridículas.

Como conclusión: los diputaRAdos no sirven; entonces, ¿para qué votar este 5 de julio? Honestamente, la respuesta escapa a mis alcances. Me queda sólo pensar que, si los ciudadanos conscientes y pensantes nos abstenemos de votar por X o Z, que tal vez no sean tan malos, las masas de acarreados, el voto duro sin cerebro, ése sí irá a las urnas, y le dará mayor poder a quien, tal vez, nos fastidiará aún más. Salvo este argumento, no se me ocurre ningún otro. Juzguen ustedes y, si algo se les ocurre, no tarden en comentármelo, por favor.

19.2.09

Las vicisitudes del ser democrático.

De un tiempo para acá, los medios de comunicación, los actores políticos, las instituciones, y aun los despistados, se hacen eco de aquella idea que propugna a la democracia -abstracta y posiblemente infusa- como la panacea a todos nuestros males. No importa si el tema de conversación recae en los derechos de las minorías, la calidad de la educación, el conjunto de valores sociales, o el acceso del pueblo al poder: la democracia nos habrá de presentar siempre la mejor opción de acción. ¿Su familia está desintegrada, vive presa de un macho embrutecido por el alcohol, o presencia cómo los hijos venden y / o consumen drogas? No importa, con democracia se convertirá en la feliz familia mexicana. ¿Los asaltantes proliferan en su barrio, los vecinos viven a la greña, o el entorno es aquejado por un inusitado aumento del comercio informal? No se preocupe, con democracia vivirá usted en la armonía comunitaria. ¿Nadie respeta a ancianos, niños, minusválidos o indígenas? Qué le apura, la democracia nos llevará a la sociedad equitativa que todos merecemos.

La idea, como puede percibirse, es un depropósito total. La democracia, simple y llanamente, alude a la posibilidad de dotar al pueblo -o a segmentos concretos de éste- de capacidad para incidir en la toma de decisiones que afectan su desarrollo; en otras palabras, la posibilidad de intervenir en la política, entendida en sentido amplio. Lo demás se relaciona con cuestiones como la educación, la reproducción de determinado tipo de valores, la racionalización del entorno, o la consideración del otro en tanto sujeto de determinados derechos. En suma, es un asunto de cultura, no de democracia, a pesar de lo cual se insiste en el error y se presentan argumentos que, en el mejor de los casos, abaratan a la democracia, al introducirla en todos los moles posibles, y en el peor de ellos la trivializan, al apuntalar su indefinición como concepto.

Por desgracia, en el terreno en que la tal democracia debe operar, tampoco es posible encontrar prácticas adecuadas a lo que se requeriría. Un ejemplo de ello se encuentra, precisamente, en el trabajo de los cuerpos legislativos y ejecutivos de distinto nivel. Con la proximidad de las elecciones, todos los partidos políticos echan a andar la rueda de los cuentos -cuanto más imaginativos, mejor- y prometen el acceso a la sociedad ideal e igualitaria siempre y cuando se vote por ellos. Sin embargo, la pregunta insidiosa no se hace esperar: ¿cuándo, a cualquiera de nosotros, nos han consultado acerca de si estamos a favor de X o Y medida? No me refiero a las vaciladas instrumentadas por López O, en absoluto: me refiero a una consulta seria, honesta, bien medida y, sobre todo, con posibilidades de reflejar lo que quiere el que vota, no necesariamente lo que cualquier sujeto quiere que se quiera. Repito entonces, ¿cuándo se ha visto tal consulta? Jamás en la vida. Cuando un legislador determinado emite su voto en la Cámara, ¿por qué lo hace? ¿Porque así se lo exigen sus electores, o porque es la línea que le ha trazado su partido? Entonces, ¿en dónde queda la democracia?

Cerraré esta breve disertación con un par de ejemplos lamentables, que dan buena cuenta de que, para democráticas cuestiones, nos hallamos muy lejos de saber siquiera hacia dónde inclinarnos. El primero de ellos tiene que ver con el voto corporativo. De unos días a la fecha, un sector de la intelectualidad se ha dado a propalar la especie de que, si los partidos no se comprometen a tales o cuales medidas -impracticables de momento, como bien ha apuntado Pablo Hiriart-, mejor no votemos. Como muestra de cultura política, la opción es atrayente, ni duda cabe. Si se piensa que la cultura política no es la ridiculez que impulsa el IFE -emitir un voto-, sino que es analizable a partir de la idea que se hace la gente del poder y el bien común, traducible en el acto de votar tanto como en el de no votar, el abstencionismo resultaría entonces la muestra palpable de que las opciones no convencen y, por tanto, el repudio generalizado a los partidos les llevaría a replantear sus estrategias e, incluso, a realizar sanos ejercicios ontológicos. No obstante, en tal escenario resultaría previsible que el abstencionismo sólo lo ejercieran las capas pensantes de la sociedad, las menos, mientras que los esclavos de vales, despensas, uniformes, útiles escolares y programas asistencialistas tendrían, a fortiori, que emitir el llamado voto duro, con lo que la expresión del repudio se cancelaría y los nuevos amos de la ley podrían ocupar sus curules sin pena ni remordimiento alguno, legitimados por un ejercicio democrático que, de eso, tendría muy poco.

El segundo ejemplo tiene que ver con la democracia en pequeño, ésa que no afecta los destinos nacionales pero sí una parte del todo y que, en la misma medida, nos demuestra que estamos mal hasta donde no cabe imaginarse. Hace poco tiempo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, a cuyo cuerpo académico pertenezco, se realizó una auscultación para conocer a quién, de entre una serie variopinta de candidatos, la comunidad preferiría que se nombrara nuevo director. El obvio contrasentido del proceso -votar para conocer algo que no está en manos de uno mismo designar- no le quita méritos y, de hecho, permitió saber dónde se ubicaban los aspirantes, qué traían entre manos -si es que algo traían, que algunos no traían nada-, y que harían al frente de la institución. Al finalizar la presentación de los proyectos se emitió una votación, y la comisión encargada de la auscultación envió los resultados a la rectoría universitaria, instancia que decidirá, a final de cuentas, quién rige los destinos de la facultad durante los siguientes cuatro años. Al conocerse hoy en día la terna, resultó que, de entre los seis aspirantes -cinco que habían participado en el proceso reseñado más un saboteador-, la rectoría había formado la terna con quienes habían obtenido los dos primeros lugares en la votación, seguidos de quien había ocupado el cuarto puesto. ¿Por qué saltaron al tercer lugar? Es un misterio. No obstante, el problema no es tal, sino otro, que bien muestra lo que ya enunciaba líneas atrás: ¿por qué ciertas personas dedicaron tiempo y esfuerzo a integrar una comisión de auscultación si, al final, buscaron que su candidata -cuarto lugar- se metiera en la terna a como diera lugar? ¿Somos o no somos demócratas? ¿Avalamos los resultados siempre, o sólo cuando nos son favorables? ¿Exigimos respeto a nuestro triunfo, pero nos dedicamos a dar patadas por debajo de la mesa para salirnos con la nuestra cuando las cosas no marchan bien?

He aquí el problema: democracia, sí, por supuesto. ¿Qué es? Misterio. ¿En qué consiste? Se ignora. Por tanto, ante la indefinición del concepto, es posible buscar el triunfo en las urnas y, a la par, lanzar macheteros, golpeadores, y hordas violentas a las calles para ganar lo que no se ganó; proclamarse respetuosos de la voluntad popular y, en cualquier instante, protagonizar un asalto a las instituciones que vigilan el desarrollo de los procesos; buscar el apoyo de la mayoría, sin pensar en qué tipo de apoyo brinda una mayoría comprada o apaleada; finalmente, lo que es lo mismo, formar parte de una comisión de auscultación mientras, por debajo de la mesa, se cabildea para evadir un resultado eventualmente adverso. ¿No es acaso terrible?