4.2.11
De cifras chuecas y otras memeces por el estilo.
11.12.10
El alcalde del (c)año.
10.11.10
Las nuevas protestas: más de lo mismo.
8.9.10
Protestas alimenticias.
5.7.10
De nuevo, elecciones
14.6.10
Caso clínico.
Basado en hechos reales... y actuales.
Imagine usted, amable lector, que un buen día decide participar en un congreso académico. Nada mal, ¿no es así? Ahora imagine que tal congreso se realizará fuera de su país natal. ¡Súper! Añada el hecho de que el evento tendrá lugar en la paradisiaca Cuba que, si bien mantiene a sus habitantes quietos a base de palo y palo —porque, de pan, nada—, salpimentados por una conveniente hambre que quita a la gente cualquier deseo de rebelarse, para el turista bien provisto de billetes verdes —¡ah, las alegrías del capitalismo!— puede resultar un sitio verdaderamente digno de verse.
Sigamos con el viaje de la imaginación. A través de los canales por todos conocidos —esto es, consecución de una visa impresa en cartón de la peor calidad, pago en moneda "real" de sus impuestos de entrada, compra forzada de un seguro médico para casos de emergencia— usted ingresa en Cuba y se dispone, con el ánimo en alto, a pasarla de lo lindo. El plan es sencillo: presentar la ponencia que ha escrito para el evento, charlar con los asistentes al congreso, visitar a unos cuantos sufridos amigos que, mediante el uso de técnicas dignas del mejor faquir, han sobrevivido a la dictadura, al bloqueo y a la propaganda de los hermanos Castro —los dictadores, que no los cantantes—, y recorrer las porciones más visitables de la Perla de las Antillas. ¿Sigue sonando bien?
El problema se aparece en el preciso momento de la llegada a la isla... o casi. Por azares del destino, la noche misma de su arribo al lugar usted cae y se rompe algo. Uf, vaya que duele. Como puede, se levanta, disca en el teléfono —porque los teléfonos aún son de disco allá, y antes diga que no le endilgaron un cuernófono o, como mejor opción, los tradicionales vasitos de unicel provistos de su correspondiente hilito— y espera a que acudan los servicios médicos.
Los hombres de blanco aparecen en escena y lo conducen al hospital. La fama que reviste a la medicina de la isla le hace a usted sentirse tranquilo: “etá uté en la mejore mano, chico”, dice el interno, y usted no tiene por qué dudarlo. Prontamente es trasladado a un hospital —con nombre de un famoso revolucionario ajeno totalmente al mundo de las reparaciones humanas, pero eso importa poco en este momento— y se le somete a una sesión intensiva de auscultaciones, radiografías, análisis y demás. ¿El diagnóstico? “Fractura de cadera, chico: uté tiene oteoporosi, pero ya lo arreglaremo, que para eso somo lo mejolcito de pol acá”. La sonrisa del médico le brinda confianza. Mucha confianza. “Mañana a la nueve lo operamo, chico”.
Durante algunas horas, sin que usted lo sepa —porque está anestesiado, faltaba más, que hasta las historias de terror tienen su lado humano—, los médicos cubanos le abren la parte externa de la pierna, cortan por acá, sacan por allá, quiebran por acullá, e insertan en su cuerpo un pedazo de metal debidamente moldeado que, con el paso del tiempo, se espera que se vuelva uno mismo con usted. O sea: le implantan una prótesis de cadera. Terminada la cirugía, lo envían a recuperación y, más tarde, a su habitación.
Hagamos un paréntesis para relatar lo que, en la serie de Batman —el Batman pazón, o sea, el Batman de Adam West—, anunciaba un locutor con voz engolada: “Mientras tanto, en la Baticueva”, sólo que aquí no se trata de ninguna Baticueva, sino de México. Así, mientras tanto, en México, sus familiares se han llevado un susto de los mil demonios al enterarse del percance, luego se han tranquilizado tras saber que se encuentra en manos “de lo mejolcito de pol acá”, y luego han comenzado a alarmarse de nuevo. ¿Qué es lo que motiva la alarma? Ah, una razón muy sencilla: los cubanos han llamado y exigen se liquide el costo de la operación.
—Que pague, chico.
—Pero, ¿por qué? ¿No hay acaso un seguro que lo cubre?
—Mmm… bueno, chico, pague luego, polque acá no e’ el capitalimo.
—Ni capitalismo ni socialismo de mameluco: no pago. Que pague el seguro.
Llamadas van, llamadas vienen. Los muy solidarios cubanos —ésos que le atendieron mientras usted se debatía, no entre la vida y la muerte, pero sí entre la cojera y el buen caminar— porfían en su intento de cobrar la operación a la familia de usted. “No, no, no: que pague la barbuda de su madre, o la madre del barbudo”, dicen los indignados familiares, “que para eso le endilgaron el seguro a mi pariente”. La mención del seguro termina por obrar milagros y la cuenta se desvanece mágicamente; sin embargo, el drama que se desarrolla telefónicamente entre Cuba y México dista mucho de verse concluido, al aparecer una nueva pieza en el tablero de juego: la repatriación de usted, mi estimado viajante imaginario.
La operación ha salido bien: usted descansa cómodamente —si bien la falta absoluta de movimiento comienza a resultar un tanto pesada— y sólo espera que le den el visto bueno —esto es, que lo den de alta— para tomar sus maletas, afeitarse —aunque la barba sea el no va más en la isla—, cambiar la batita de hospital por algo más decente para salir a la calle, tomar un taxi, cubrir los mismos farragosos trámites acaecidos al momento de su llegada y abordar el vuelo que lo regresará a su país. Eso es lo que usted quiere pero, desafortunadamente, no es lo que quieren los cubanos:
—Le vamo a mandal a su pariente con un cuidadol médico, chico.
—Me parece bien. ¿Ya lo saben en el seguro?
—Uté no ha entendido, chico: le vamo a mandal un cuidadol pero, como eso e’ fuera de Cuba, nosotro no tenemo pol qué pagal. El epecialita e' una lumbrera, ¡cosa ma grande, chico!
—Será el sereno, pero yo no pago. Que pague el seguro.
Los cubanos, de nuevo, insisten. Primero aducen la necesidad de enviar un médico para cuidarle a usted —argumento razonable si se piensa en que la excesiva turbulencia podría terminar por estropearle nuevamente la cadera fracturada—; más tarde, el enviado no será un médico, sino un enfermero —como no sea para cargarle a usted, no se ve de qué serviría un enfermero—; por último, tampoco será el enfermero, sino un anestesista —o sea, en el colmo de la previsión, mejor llevar bien sedado al paciente, no sea que se escandalice al verse fuera del centro hospitalario y quiera arremeter con furia contra todo y contra todos—. El asunto del acompañante comienza a convertirse en un perfecto incordio porque en Cuba, donde “no e’ el capitalimo”, pretenden que usted pague: a) el traslado del sujeto en cuestión —médico, enfermero, anestesista, chamán o brujo, no importa—; b) una estancia de tres días en la Ciudad de México —supónese que para cerciorarse de que el paciente llegue bien y se mantenga bien—; c) el pasaje de regreso. Sólo falta que incluyan alimentos sanos, ropa de recambio y habitación con vista al Paseo de la Reforma.
Sus parientes, en el colmo del fastidio, entran en contacto con la embajada de México en Cuba… e inicia el zipizape:
—Oiga, esos cubanos querían cobrar la hospitalización. ¿Para qué está el seguro?
—No, señor: a nosotros nos dijeron que lo iban a cobrar porque nadie se hizo cargo del paciente.
—Hemos llamado a diario.
—Ellos dicen que el paciente está solo.
—Sus amigos han ido a verlo.
—Dicen que está tan solo que ha comenzado a leer Robinson Crusoe, por una especie de identificación con el personaje.
—Será que ya ha visto caníbales… pero no, no está solo. Y quieren cobrarnos el traslado de un “acompañante”.
—¿Cómo dice?
—¡Sí! ¡Un acompañante! ¡Y quieren que yo pague!
—Ah, caray… de eso no sabemos nada. Deje que investiguemos.
En investigar pasa otra semana, en aclarar el entuerto —desde los niveles más altos de la diplomacia— transcurren otros días y, por último, todo se arregla: vendrá el acompañante, pero pagado por Fidel, Raúl y mafiosos que les acompañan. Mientras tanto, usted no sabe a ciencia cierta qué pasa, pero nota un cambio sustancial en el trato que se le dispensa en el hospital: sus salvadores parecen custodios de reclusorio, la comida se ha reducido a pan y agua —“e’ la dieta, chico” — y, cuando llegan a cambiarlo de posición, tiene la extraña sensación de que el gorila – enfermero juega con el cuerpo de usted a los volados.
Al regresar a México, semienterado de lo que ha sucedido, no puede menos que besar el suelo patrio. Llega a su casa, donde le dan un recibimiento como si acabara de salir de la cárcel —en lo que no andan tan errados—… y notan cómo su cuerpo comienza a hincharse. ¿Cómo dice? Así: a hincharse. Los médicos del ramplón capitalismo nacional llegan por usted, lo suben a una capitalista ambulancia y lo internan en un capitalista hospital, mientras una compañía de seguros incubada en el capitalismo imperialista se hace cargo de todas las cuentas. ¿El diagnóstico? “Amigo, ¿por qué se atiende usted con matarifes sin escrúpulos? ¡Le han puesto un mofle viejo disfrazado de prótesis, lo han fijado con cemento Tolteca —o su equivalente, ‘Cemento Barba’— y lo han reforzado con alambrón de ⅛ no quirúrgico! ¡Hay que abrir y componerlo todo!” Lo abren, lo reparan —a medias, porque después habrá que sustituir el pedazo de metal llamado pomposamente “prótesis” por los cubanos— y lo mandan a recuperación.
Como colofón, un dato: junto con usted llegó una cuenta de hospital con cifras expresadas en muy capitalistas billetes verdes. Los números —tan elevados como si el percance hubiera tenido lugar en Houston, no en La Habana— revelan una realidad digna de la dimensión desconocida, al incluir traslado, operación, materiales empleados —cual si fueran de primer mundo—, recuperación, días de hospitalización y sesiones de terapia —aunque usted nunca se levantó de la cama—.
Las agencias de viajes son muy dadas a decir: “si viaja usted a X lleve ropa ligera, repelente de moscos, bloqueador solar y gafas de sol”; asimismo, en algunas partes recomiendan cosas como “no salga a la calle de noche”, “evite beber agua de los grifos”, “no camine en solitario por tales y cuales avenidas o zonas de la ciudad”, o “evite hacer amistad con los guerrilleros de la localidad”. En el caso de Cuba, el anuncio debería redactarse como sigue:
“¿Viaja usted a Cuba? No olvide contratar un seguro de gastos médicos en su país de origen. Asimismo, desconfíe de médicos, enfermeros, anestesistas, brujos y chamanes de facha amistosa. No olvide llevar en su maleta dos prótesis de cadera—izquierda y derecha, porque nunca se sabe de qué lado cae uno— y tenerlas a mano en caso de accidente. Ante cualquier eventualidad, golpee al primero que se anuncie como 'el mejolcito de pol acá' y pida auxilio a su embajada”.
4.1.10
La ciudad de Marcelo.
Un barrio cualquiera de la Ciudad de México: una patrulla de la policía recorre diariamente el sector que le ha asignado para efectuar labores de supervisión. Meticulosamente, los uniformados se detienen en cada una de las esquinas que cruzan, hacen sonar la bocina incorporada a la torreta de su vehículo —la inconfundible señal de “aquí estoy”—, y esperan a que alguien, cuya identidad u ocupación se desconoce inicialmente, se acerque al vehículo. Los sujetos que a cada esquina se aproximan a la patrulla no son, contra lo que pudiera pensarse, policías, vigilantes o incluso comerciantes: son franeleros, y acuden con presteza al bocinazo lanzado para entregar su cuota diaria a los puntuales servidores públicos. Éstos, por su parte, una vez recibido el dinero, gastan alguna broma amable a los franeleros, tal vez comentan el estado del tiempo y la marcha del negocio y, sin más, prosiguen con su recorrido.
Otro barrio cualquiera de la misma urbe: un restaurantero, deseoso de no perder clientela ante la promulgación de la ley contra los fumadores, decide ampliar sus operaciones a la banqueta inmediata a su negociación. Tras solicitar los respectivos permisos y cooperar voluntariamente con la autoridad delegacional que le corresponde, ubica las mesas y espera a los fumadores que, sin demora, ocupan las mesas y, en amenos coloquios, arreglan la vida nacional en torno a sendos tragos de espirituosas bebidas, acompañados por las infaltables bocanadas de humo de distintas calidades. Al día siguiente, dos inspectores aparecen y multan al propietario del local. ¿La razón? Que el hecho de que la gente fume, literalmente, en la calle, contraviene la mencionada ley, a pesar de que ésta indica con claridad la prohibición de fumar en espacios cerrados y no a cielo abierto. De nada sirven las protestas del ventero: deberá pagar una multa, dar por perdido el dinero invertido en el permiso y en la espontánea dádiva y, en plena banqueta, tendrá que colocar un letrero que invite —o, mejor dicho, conmine— a los comensales a no fumar.
Una avenida, mismo espacio urbano: el tráfico a las 3 de la tarde es insoportable. La gente ve a sus autos calentarse, detenerse y convertirse en conjuntos monumentales de piezas de metal inerte. Instantáneamente, los ocupantes de los vehículos toman sus teléfonos celulares y, con más resignación que furia, comunican a sus desconocidos interlocutores: “sí, Fulano —o Zutanita—, ya sabes, no voy a llegar. Pues sí, así es esta ciudad”. Tres cuadras más adelante, cinco madres de familia han decidido cerrar una arteria principal de la ciudad porque la directora de un kínder ha dicho que los niños son idiotas, y ellas no pueden consentir semejante violación a los derechos humanos de sus querubines. Dos cuadras a la izquierda, una manifestación, compuesta por cien jóvenes, protesta contra las políticas intervencionistas de Estados Unidos en Irán, y apoya las declaraciones hechas en fechas recientes por Fidel Castro al diario Granma. En la misma avenida, un grupo de trabajadores abre un hoyo para insertar cables al subsuelo, mientras que una brigada gubernamental poda árboles y, como el asunto no es que alguno de ellos sea atropellado por los automovilistas inconscientes, han acomodado un enorme camión de modo que obstruya el carril inmediato al sitio en que laboran. Por si fuera poco, los semáforos no funcionan, o lo hacen del modo que es posible imaginar: luces verdes durante diez segundos —en plena avenida—, seguidas por luces rojas que tardan en cambiar cuarenta y cinco segundos, lo que sentencia a los conductores a detenerse en cada esquina.
Misma ciudad: vecinos airados protestan contra la construcción de una vía rápida y obstruyen una vialidad secundaria. Para reforzar su protesta, secuestran la maquinaria con que comenzarían a derribarse árboles, tirarse casas y aplanarse suelos. El gobierno local, sin más trámites, lanza a sus granaderos para reprimir a los manifestantes pero éstos, ni tardos ni perezosos, hacen sonar las campanas de la iglesia y alertan a los vecinos en su conjunto. Como cualquiera sabe lo que, en el México premoderno, implica que las campanas sean tocadas a rebato, los cuerpos de seguridad se repliegan y entra en acción el plan B: un grupo de espontáneos aparece en las calles aledañas —no suma más de diez personas— y se manifiesta a favor del orden y del progreso que implicará la construcción de la vía rápida. Días después, aparece en los diarios una encuesta en la que se indica que tres de cada cuatro encuestados están a favor del mismo proyecto, sin importar que existe ya una vía de tránsito adicional en la zona cuyos resultados, muy elogiados por la administración anterior, dejan ver que la nueva solución no será tal. Mientras, del otro lado de la ciudad, la única vía rápida que existe no es tal —dado que sus carriles disminuyen a cada momento, posee semáforos e, incluso, en un momento dado, ve ingresar en sus carriles al metrobús—, el caos es evidente y no hay proyectos para mejorar la vialidad.
Otra avenida: una cuadrilla de trabajadores comienza a tirar árboles a diestra y siniestra. De nada importan las protestas de los vecinos: la tarea debe ser hecha porque, sobre la misma avenida —sobre el arroyo, no sobre las banquetas, que es donde moran las víctimas del progreso—, correrá la nueva línea del metrobús. El proyecto, según ha dicho el gobernante supremo de la sufirda urbe, es indispensable, y ya se verá cómo se reponen los árboles. Meses atrás, un grupo de descerebrados otorgó, a este mismo sujeto, una condecoración por sus esfuerzos a favor de la preservación del medio ambiente y la conservación de las áreas verdes, al tiempo que alabó sus denominados “Programas verdes” y la lucha sin cuartel que libra —en la imaginación de los involucrados, se entiende— contra las emisiones contaminantes. Ello, por supuesto, no considera que en la ciudad existe, al menos, una marcha o un plantón cada día, lo que sin duda genera una cantidad importante de gases contaminantes.
Una oficina de la policía: una secretaria, harta de ser acosada sexualmente por su jefe —un comandante de sector—, y también de no ser escuchada por autoridad alguna, se dirige a los medios de comunicación para hacer pública su protesta y exigir justicia. Craso error. El jefe superior de la policía la manda llamar y le recrimina haber acudido a los medios. “Ahora”, amenaza, “no podré hacer nada. Allá usted si le pasa algo”. La mujer afirma que el caso es común pero que sus compañeras, al saber que nada se hará porque el involucrado tiene conexiones con el jefe del jefe de la policía y, por tanto, resulta intocable.
El hombre a cargo de todo este desastre aparece en los medios de comunicación a la menor provocación, pero no para solucionar los problemas descritos —los que parece no considerar en lo más mínimo—, sino para hacer declaraciones rimbombantes: “la ciudad tiene equidad”; “estamos bien de cara al futuro”; “las obras no se detendrán porque beneficiarán a todos”; “no hay presencia del crimen organizado en la ciudad”. Incluso, el día de ayer tuvo el tupé de decir “las obras no pararán porque no dejaré que alguien más sea el que las concluya”, aunque más tarde solicitó amablemente a los medios —se entiende cómo— que retiraran tan desafortunada frase. Es rápido para ejercer la autopromoción y para criticar al de enfrente: “nosotros no haremos un gasto monumental con los festejos del Bicentenario, como sí lo hace el Gobierno Federal”, y hábil para callar el hecho de que, si no podrá hacer nada, no es porque tenga un sentido admirable del ahorro, sino porque no le queda otra opción que mirar cómo el festejo federal ocupa estratégicamente todos y cada uno de los espacios posibles de la ciudad, lo que lo orilla a guardar bajo el tapete las locuras que poblaran su cabecita para recordar la magna fecha.
Ésta es la ciudad en la que vivo: la ciudad de los enormes negocios disfrazados, desde hace diez años, de “obras públicas indispensables” para “solucionar los problemas a largo plazo”, pero que al mes de su inauguración muestran estar completamente rebasadas por la realidad. La ciudad de las ocurrencias, donde el faraón en turno decide lo que habrá de hacerse por sobre la voluntad popular o amañando sagazmente lo que ésta parece mostrar, de modo que todo parezca perfectamente probado y aprobado. La ciudad donde el jefe de la policía es un simulador, el de finanzas es un ladrón con enormes dosis de iniciativa —exhibidas al subir el costo del agua, del predial y crear una nueva tarjeta de circulación—, el de transportes es amigo y socio del transporte pirata —caso claro de la Iglesia en manos de Satanás—, el de obras públicas se arrima al mejor postor para hacer lo que venga en gana, el de turismo es otro inútil ocurrente y el de educación es un patán sin educación. Sin embargo, apoyado en la muy popular gacetilla noticiosa, el jefe de (des)gobierno presenta una realidad alternativa a la opinión pública y prepara sus fuerzas para lanzarse por la grande en 2012. Eso, claro, si logra derrotar al mesías de los oprimidos, al salvador del pueblo, al amigo de todos.
10.11.09
Democracia sindical
Estimados lectores:
Como se anunció en este espacio el día de ayer, mañana miércoles tendrá lugar un paro de labores en la Universidad Nacional para apoyar la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas. De forma harto patética, quienes nos oponemos a tal ridiculez no logramos unificar nuestras voces para exteriorizar nuestro rechazo a la medida... vaya, ni siquiera pudimos ponernos de acuerdo para expresar lo que queremos pero, en nuestro descargo, diré que tampoco tuvimos espacio alguno para hacernos oír. Por tanto, la votación se realizó en el lugar señalado -el auditorio Justo Sierra-, y en ella participaron quienes pueden entrar al sitio de referencia sin sentirse amenazados, y sin que su sentido del orden, la limpieza y la estética resultaran ofendidos dadas las deplorables condiciones en que se encuentra el inmueble.
Tengo en mis manos una circular emitida por el sindicato universitario, donde quedan de manifiesto los muy democráticos ideales que practica el moderno corporativismo mexicano, muestra palpable de la forma en que se toman las decisiones al interior de tales organismos y del modo en que los mismos se basan en políticas de hechos consumados. La hojita, fechada el día 9 de noviembre, se titula "Huelga parcial del STUNAM de 12 horas en apoyo al SME y por la solución a las demandas internas". ¿Cómo dijo? ¿"Huelga parcial"? ¿Qué demonios es una huelga parcial? ¿Paran unos y los otros siguen trabajando? Pues no, señor, en este caso paran unos y todos nos vamos al demonio, queramos o no trabajar, amén de que el estallido de una huelga requiere seguir una serie concreta de pasos para tener efectos legales y evitar que el patrón eche a la calle a los trabajadores por abandono de puestos o faltas injustificadas. ¿Qué es entonces una "huelga parcial"? Nada, un eufemismo para decir "no vamos a trabajar, ¿y qué, y qué?" El otro error es menor, pero nos demuestra el nivel intelectual de nuestros ínclitos sindicalistas: "por la solución a las demandas internas". En todo caso, sería la solución de -no a- las exigencias -no demandas, que es una espantosa traducción del inglés-, pero háganlo ustedes entender a estos mentecatos.
En su primer párrafo, a la letra, el texto reza: "Por acuerdo unánime de nuestro Consejo General de Representantes, el STUNAM realizará el próximo 11 de noviembre una huelga general -¿no era parcial?- de 12 horas en la UNAM, en solidaridad con la lucha de los trabajadores agrupados en el hermano -¡oh, qué fraterno suena esto!- Sindicato Mexicano de Electricistas, así como en contra de los recortes presupuestales a la educación, la ciencia y la cultura, de la imposición de pagos excesivos de impuestos y por el respeto a la materia de trabajo de los empleados de base de la UNAM que viene siendo usurpada por gente de confianza -¿la UNAM o la materia de trabajo?-".
Hasta aquí el galimatías. Lo que se deja ver es que, para dar un mayor peso al simple acto solidario -que en sí es una tontería, un acto vacío al que se pretende dotar de elementos nacionalistas, patrióticos, solidarios y obreristas-, se integran al discurso aquellos elementos de protesta que serían naturales para un sindicato universitario, como son la usurpación de plazas y el recorte presupuestal. Sin embargo, ambos puntos son un camelo dado que, por un lado, la gente de confianza no le usurpa plazas a los sindicalistas, sino que las mismas son ocupadas por gente externa en el momento en que nadie del STUNAM tiene las calificaciones necesarias para hacerse con un trabajo determinado. Así, por citar un caso que conozco de primera mano, una plaza de secretaria bilingüe inglés - español estuvo vacía durante dos años porque las secres sindicalizadas con trabajos escriben en castellano, y eso, con mala ortografía. ¿Cómo querían una plaza donde se requiere parlar en inglés? Lógicamente, el trabajo debió anunciarse al exterior, y ahí fue ocupado por alguien que, tras realizar una serie larga de exámenes, demostró que tenía los conocimientos y la capacidad para integrarse a la planta laboral de la institución. En el segundo caso, lo dicho: el problema de la universidad no es que sobre o falte dinero, sino que el mismo se emplee de forma inteligente.
El resto de la hoja prosigue, en un tono por demás desapasionado, con la enunciación de lo que se hará y lo que se espera obtener, o sea, la solución de las exigencias sindicales. El cierre del texto, dado su interés, será reproducido a continuación: "¡Solidaridad amplia con los electricistas afiliados al SME! ¡No a los recortes presupuestales a la educación! ¡Solución a nuestra problemática laboral interna! ¡Solución a las demandas de los trabajadores del Colegio de Bachilleres! [...] A partir del martes 10 de noviembre los trabajadores de base en urnas refrendaremos la propuesta de huelga parcial de 12 horas".
¿Los trabajadores del Colegio de Bachilleres? ¿A qué vienen aquí a cuento? ¿Por qué se integran elementos extraños al discurso? ¿Sólo por agrandarlo? Así parece. Me recuerda cuando, en medio de la anterior lucha para elegir dirigente en el STUNAM, algunos alucinados terminaban sus consabidas listas de promesas -mejoras salariales, ampliación de puestos de base, homologación de tabuladores- con la ridiculez aquélla de "no al desafuero" del Peje. Así, en su intento por ganar adeptos a una causa determinada, los sujetos en cuestión perdían de vista su objetivo principal y metían en el costal todo aquello que sonara a lucha social, de modo que se viera el color de su playera y se supiera, de una vez por todas, a qué atenerse.
Sin embargo, tal no es lo peor del párrafo. Primero, al haber sido redactado sin comas, la lectura de las últimas propuestas se presta a realizar una chunga mayúscula, porque ¿quiénes son "los trabajadores de base en urnas"? ¿Son acaso los nuevos exponentes de aquel infame experimento denominado "gato bonsai", sólo que ahora se hace con sindicalistas? Eso sí sería motivo de protesta; sin embargo, creo que, para dar más peso a la votación, se hará sufragar a alguno que otro muerto, cuyas cenizas apoyarán a la noble causa del SME desde las urnas en que se encuentran. Después de ello viene lo que es, desde mi punto de vista, el colmo de las abominaciones: como se ha mencionado, la hoja está fechada el día 9 de noviembre, y anuncia la realización de un paro el día 11. ¿Cómo es que, entonces, las votaciones para dar peso a la propuesta se realizarán el día 10? ¿No deberían haber tenido lugar antes de que circulara la hoja? ¿No es todo esto una simulación imperdonable, un engaño mayúsculo, y una forma de poner presión a quienes, por sus muy particulares razones, hubieran querido votar en contra del paro?
No obstante lo mencionado, los líderes sindicales no son tontos; de otro modo, no podría uno explicarse cómo han permanecido en sus puestos a lo largo de los últimos veinte años sin dar golpe y, peor acaso, sin trabajar. Así, en medio de las juntas donde "democráticamente" se decidiría si la gente del STUNAM se sumaba al paro, el discurso siguió, más o menos, el siguiente rumbo: "Compañeros: hay que estar con el SME. Si no los apoyamos en el paro, el día de mañana nosotros también perderemos nuestros trabajos. La privatización del sector eléctrico está en marcha, y la de nuestra fuente de trabajo -la UNAM- es cosa de poco tiempo. Por tanto, hay que parar al espurio, al neoliberalismo, a los intentos privatizadores del gabinete panista, y luchar con el SME".
Lo anterior no es una exageracion mía: es una reproducción textual de los puntos más importantes abordados en las asambleas sindicales. En un principio, algunos trabajadores se opusieron al paro, alegando que lo peor era mostrarse como un sindicato rijoso que, más aún, se sumaba a una lucha perdida y, ante todo, ajena. Empero, los delegados sindicales se las arreglaron para repetir hasta el cansancio la consigna de que "o vamos al paro, o nos quedamos sin trabajo", y lograron su cometido, que no era otro que meter miedo a las masas de imbéciles para quienes el acto de pensar es un ejercicio agotador en extremo. Por tanto, como todo se redujo a "paramos o nos despiden", los resultados de la votación no podían sino favorecer a la primera opción, aun cuando, como es notorio, no hay visos de que se busque privatizar a la universidad, tampoco se está en vías de privatizar el suministro eléctrico, y menos se piensa poner en la calle a la gente del STUNAM, si bien algunos deberían estar fuera de sus plazas de descanso, perdón, de "trabajo", hace largo tiempo.
Por lo pronto, a los sindicalizados universitarios se les avisó que, como muestra de solidaridad con el SME, se les descontarían cien pesos de su sueldo, mismos que permitirían a los electricistas sobrevivir a los embates del gobierno. Sospecho que, al ver finalizada la mina de oro que representa ser líder sindical, el bueno de Martín Esparza se halló sin fondos para terminar las remodelaciones de su rancho, y el dinerito del STUNAM le vendrá de perlas para, cuando menos, concluir con el remozado de las caballerizas, y pagar los sueldos de los democráticos empleados que en el sitio se afanan. Mientras tanto, los trabajadores universitarios, apoyen o no al SME, han visto disminuir arbitrariamente su ingreso. Claro que pueden quejarse de ello y pedir que les sean regresados los cien pesos, ¡faltaba más! Sin embargo, para lograr la restitución del dinero usurpado, deberán dirigir una carta al sindicato y exponer el hecho, lo cual desamina al más pintado dado que, en el acto, le señalará como reaccionario, antisindicalista, poco amigo, y le expondrá a ser objeto de cualquier tipo de represalias.
En medio de todo ello, ahí viene el paro -que tampoco es tal, porque no puede parar labores quien, de hecho, se encuentra en situación de paro, esto es, sin chamba- y, ¡ah, qué nobles son las luchas sindicales!