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4.2.11

De cifras chuecas y otras memeces por el estilo.

Como he comentado en una entrada previa de este blog, el empleo de las estadísticas se asume, en determinados círculos, como la prueba objetiva de que algo sucede, o no sucede, o debe de suceder en lo que se conoce como el mundo real. No importa si de lo que se habla es de la cantidad de pobres que viven en un país, de las posibilidades de consumo con que cuenta un sector de la población, de los índices de reprobación que aquejan a una institución educativa o del número de libros que leen quienes habitan en una provincia determinada: las cifras se cocinan bajo diferentes metodologías, se hacen acompañar por sesudas explicaciones —que por lo general hacen todo, menos explicar— y se venden como el no va más de las verdades objetivas, merced a cuya enunciación es preciso tomar una serie de medidas, sin importar su profundidad, pero que no deben relegarse al costal de lo no hecho debido a que por ahí, en algún lugar, están las cifras que muestran la verdad del acontecer.

Lo anterior es un hecho para quienes integran el colectivo estudiantil denominado Asamblea FFyL, órgano que supuestamente representa los intereses de la comunidad —estudiantes, académicos, trabajadores— de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional pero que, en realidad —ojo con el término—, sólo expresa el sentir de una parte de la misma. De una parte minoritaria, vale decirlo: una parte que supone que, en esta vida, los logros se alcanzan mediante la conocida mecánica de estirar la mano para pedir; si el otro no hace caso, entonces se procede a sacar el garrote para quitar al otro lo que buenamente no quiso dar. Una parte que, asimismo, no parece estar dispuesta a dar nada, en el entendido de que el otro está obligado a dar lo que se exige, y que de su propio lado no existe obligación alguna de realizar nada; una parte que se asume mayoritariamente como estudiantil, pero que en buena medida poco estudia; una parte radical, reaccionaria —según la segunda acepción que brinda el diccionario de la RAE—, dedicada a obstaculizar el trabajo de los demás, propensa a construir enemigos a modo, a jugar con el infundio, el rumor y la maledicencia —como si fueran cualquier vulgar pseudo periodista de espectáculos o cualquier politiquillo de quinta—, y muy convencida de su propia importancia como cuerpo representativo de una colectividad que sólo existe en su imaginación.

A partir de lo mencionado, la asamblea se asume como la —única y singular— representante de las necesidades de la comunidad, el único cuerpo facultado para dialogar —es un eufemismo— con la autoridad y también el único grupo poseedor de la verdad sobre lo que sucede al interior de la propia facultad, a partir de lo cual ha trazado una línea de acción —tendiente a la pelea de barrio, no al diálogo, aunque les guste decir lo contrario— y se ha confrontado con medio mundo, incluidos estudiantes, trabajadores y académicos que no concuerdan —es decir, que no concordamos— con sus propuestas.

A lo largo de su existencia, la asamblea se ha dedicado a plantear ante la autoridad una serie de exigencias que van de lo cómico a lo enternecedor y de lo absurdo a lo imposible, todas ellas cimentadas en la existencia de una serie de cifras que, en el mejor de los casos, parecen inverosímiles, y en el peor son un completo despropósito. Si a ello se suma la confusión conceptual en la que viven —y que les lleva a no entender, por citar sólo un caso, las implicaciones que posee el término privatización—, resulta que sus argumentos no son sino vivos ejemplos de la manera en que puede construirse una realidad conveniente —sin importar que ésta sea un disparate fenomenal— y, con base en eso que se supone que existe —pero que no es tal, o al menos no es así tal cual—, pedir que las condiciones de esa misma realidad se transformen para hacerla otra.

Sin embargo, el asunto de las cifras es cosa grave: sin importar qué tanto se conecte con lo que se percibe en un momento dado, un número puede determinar lo que pasa o no en un sitio, el modo en que sucede y los factores que intervienen para que ello acaezca de la manera en que lo hace. Así, por ejemplo, la gente de la asamblea apunta en un comunicado que 5,321 alumnos de licenciatura no pueden pagar una comida que cueste más de treinta pesos; en otro texto, afirman categóricamente que un alumno de licenciatura necesita cincuenta fotocopias por día, doscientas cincuenta fotocopias por semana, tres mil seiscientas cincuenta por semestre; en el mismo espacio, apuntan sin duda alguna que la facultad ingresa, por concepto de los cobros que se realizan en la División de Educación Continua, setecientos mil pesos cada semestre; por último, que el número de empleados en la Biblioteca Samuel Ramos es insuficiente. Por todo ello, la solución a las exigencias de su pliego petitorio —lo que, enunciado así, deja ver con claridad la añoranza que todo grupo estudiantil que se respete siente por lo realizado en 1968— es obligatoria e impostergable.

Ante lo observado, vale preguntar ¿de dónde es que salen las cifras que sustentan la verdad construida por la asamblea? La respuesta es todo un misterio. Para comenzar, resalta el hecho de que, a menos que uno se dedique a preguntar a todos y cada uno de quienes asisten a la facultad, no es posible saber que exactamente 5,321 alumnos —no 5,300 ni 5,400: 5,321, ni uno más, ni uno menos— no disponen de treinta pesos al día para comprar la comida que se ofrece en la cafetería de la facultad. ¿Se inventaron el número? Posiblemente, dado que no he visto, ni me han contado, que se realice un trabajo de encuestas amplio entre la comunidad. Entonces, ¿lo extrapolaron a partir de lo obtenido en una consulta realizada entre menos gente? Tal vez. De todos modos, aunque se dote de tal halo de irrebatibilidad al número 5,321, la verdad es que la cifra no dice nada por sí misma: quien no dispone de treinta pesos tal vez dispone de veintinueve, o de veintiocho, o de dos, y ello deriva en la posibilidad de alimentarse de distintas formas —como también ya he comentado en otra parte—, en distintas cantidades y en lugares asimismo distintos. Pero, ¿qué sucede si quien no tiene esos treinta pesos lleva comida de su casa? La cifra magistral no lo contempla. ¿Y si no quiere alimentarse en la facultad, o no lo necesita? Tampoco lo dice. ¿Por qué no entra al comedor montado en el auditorio para comer, si ahí la comida es más barata? No: tampoco es posible saber por qué no actúa así. ¿Adónde conduce la cifra absoluta de los 5,321 alumnos? A ningún lado, salvo a cimentar una exigencia con una cifra pretendidamente objetiva, aunque hueca.

¿Y qué hay con el asunto de las fotocopias? Lo mismo: se parte de un supuesto que puede o no ser cierto, dado que decir "generalmente sacan X número de copias" equivale, en el caso que ahora compete a estas líneas, a "es lo que yo —el que escribió el disparate de marras— he vivido, o lo que yo supongo, o lo que me han contado", lo que de ninguna forma tiene ese carácter "general" de que se le ha pretendido dotar. Así, quien redactó —mal, por cierto— el textito de protesta no considera a los alumnos que tienen el dinero suficiente para comprar los libros, a los que no tienen para sacar fotocopias ni a los que deben, por fuerza, sacar más de las cincuenta copias que se asumen como lo que sucede “en general”, pero que de general no tienen nada sino que son, para fines de cualquier análisis, tan arbitrarias como decir “supongamos que los miembros de la asamblea gastan, al mes, doscientos pesos en marihuana y trescientos en cervezas; es decir, gastan al año dos mil cuatrocientos pesos en drogarse y tres mil seiscientos en emborracharse”. ¿Sería aceptable tal enunciación? Por supuesto que no; de hecho, si yo quisiera montar un estudio que diera a conocer la conducta de los asambleístas, tendría que encontrar la manera de informarme —informarme bien, se entiende— sobre cuánto gastan en tales diversiones, e incluso ver si es que lo gastan o no y si son partidarios de tales entretenimientos o tampoco, para a partir de ello presentar una argumentación que fuera creíble, no una que se basara en suposiciones, creencias o quimeras de distinta especie. Lo más interesante de todo esto es que quien hizo su muy cerebral cálculo asume, al final, que su cifra no vale ni siquiera los bytes que ocupa en el ciberespacio, razón por la cual concluye con algo como "más allá de los cálculos que puedan hacerse para demostrar que sí es posible bajar el costo de las fotocopias, lo importante es que, si la autoridad no hace lo que pedimos, queda en evidencia su ansia de lucro". En otras palabras: te lo puse en números, me inventé los números; no me importan los números, lo que quiero es que hagas lo que yo digo. Más claro, ni el champurrado.

Lo mismo sucede con los otros tópicos que pueblan el blog de la asamblea donde, para abundar en los ejemplos, se supone que la biblioteca es un desastre porque el número de sujetos que trabaja en ella es insuficiente, lo que debe conducir a que, por fuerza, se contrate más personal sindicalizado. ¿Así de simple? ¿Por qué forzosamente deben ser sindicalizados? Un momento: los sindicalizados que ya están ahí, ¿de verdad trabajan? Algunos, los menos, me consta que sí, pero otros me consta doble que no: entre la plática, la vuelta para acá y para allá, el comadreo, los festejos de cumpleaños, el chisme sabroso y el descanso de treinta minutos que se incluye en el contrato colectivo —pero que, por usos y costumbres, se convierte en una pausa de cuarenta, cincuenta o sesenta minutos, o incluso más—, la verdad es que en la biblioteca se trabaja poco. Si a eso se suma que, en no pocas ocasiones, los libros se encuentran mal acomodados —porque no falta el día en que llega uno a la clasificación P y se percata de que a P1 sigue, no P2, P3 y así, ad infinitum, como debiera de ser, sino P11, P110, P1100…—, que nadie se hace cargo del área de procesos técnicos, y que el sitio donde está el fondo reservado está por lo general abandonado, y que todo ello es debido las pocas ganas de trabajar que tiene el personal, no a la falta del mismo, la pregunta se torna más insidiosa: ¿por qué contratar más personal? ¿Por qué lo único que acude a las cerradas mentecitas de los asambleístas es pedir, pedir y pedir —en este caso, más personal—, sin considerar que el problema se encuentra en que quienes están no hacen nada? ¿No sería más sensato decir "hay que hacer que la autoridad se comprometa a facilitar cursos de actualización o de capacitación al personal de la biblioteca —lo cual sí está en el contrato colectivo— para que éste haga mejor su trabajo"? No: lo fácil es pedir, exigir, patalear para que se cumpla lo que uno asume como recto y bueno. Lo difícil es proponer con sensatez, con una dosis adecuada de compromiso, de igualdad, en el plano de "si me das, te doy" o incluso, aunque suene utópico, "te doy, y espero que a cambio me des". Por eso este pobre país no avanza: porque puñados de sujetos asumen que se les debe de dar todo —comida o fotocopias, vales de despensa, uniformes o ayudas porque son madres solteras, para el caso no importa— y, en vía de mientras, no hacen nada, no aportan un cinco para que este país salga adelante. Y así, ni cómo hacerle.

Además de lo mencionado, hay una serie notable de problemas conceptuales en los comunicados de la asamblea, donde lo mismo se mienta al neoliberalismo que al fantasma —muy útil a quienes, por ejemplo, se alinean con las posturas ridículas del mesías que vino del pantano— de la privatización, o se confunde lo que son las funciones básicas de una institución educativa con las que le son accesorias, todo ello a propósito de lo que sucede en la División de Educación Continua de la facultad. De esto, sin embargo, me ocuparé en una entrada posterior. De momento, queda aquí esta reflexión, a la espera de lo que suceda en los próximos días, visto que la asamblea ha decidido que el reposo en que se sumía la revolución —muy laica ella— con motivo de la navidad y las fiestas conexas ha terminado, y es hora, cual si fueran los nuevos Pinky y Cerebro, de reanudar el cambio del mundo.

11.12.10

El alcalde del (c)año.

El pasado 7 de diciembre el jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard Casaubon, fue distinguido por la Fundación City Mayor como "alcalde del año", tras verificarse una votación en la que sufragaron 840 sujetos, "expertos en asuntos urbanos". Según la fundación, que para otorgar el premio consideró las cualidades mínimas que todo alcalde debe tener para desempeñar una gestión exitosa —honestidad, liderazgo y visión, entre otras—, "[Ebrard] es un reformista laboral pragmático, que nunca se ha amedrentado al desafiar a la ortodoxia mexicana. Ha peleado por los derechos de las mujeres y de las minorías y se ha convertido en un vocero internacional[mente] respetado en temas ambientales". Ebrard, como correspondería, al ser enterado de la noticia, mencionó que "la Ciudad de México ganó el primer lugar", y sagazmente añadió: "No es un reconocimiento a una persona, sino a lo que está haciendo nuestra ciudad y el futuro".

Según se esperaba, el perredismo en pleno —salvo los incondicionales del Peje, a quienes la noticia les sentó como un tiro por muy sabidas razones— se lanzó a vitorear a su nuevo adalid, y los amarillos no desaprovecharon la oportunidad para indicar que un premio de tal magnitud implicaba  el reconocimiento formal a la "excelente gestión" que desarrolla Marcelo al frente del GDF, lo que equivale a que cualquier ataque, descalificación o cuestionamiento lanzado contra el "alcalde del año" sea producto de la envidia o, como se acostumbraba decir hasta hace poco, un intento para descarrilar su carrera política. El premiado, por su parte, acatarró a los medios con declaraciones perogrullescas durante todo el resto de la jornada —y de la semana— al afirmar que "la ciudad de vanguardia" —como ridículamente ha calificado a la pobre urbe que desgobierna— seguiría con su rumbo, con sus mismas políticas sociales y con la mente puesta en el futuro. O sea, más de lo mismo, pero intensificado.

Fuera de los ditirambos de rigor, para cualquier habitante de la Ciudad de México resulta obvio que existe un desfase evidente entre las razones que la Fundación City Mayor expuso para otorgar el premio y lo que constituye la realidad cotidiana del lugar que intenta gobernar Marcelo. Así, para comenzar, la tríada clave para definir al "buen alcalde" —honestidad, liderazgo y visión— es algo de lo que el GDF carece desde hace varias décadas —tal vez desde las épocas en que Hank González ocupaba el despacho del entonces llamado regente del Departamento del Distrito Federal—, carencia que no ha hecho sino acrecentarse desde que los perredés sentaron sus reales en el edificio situado en el costado suroeste de la Plaza de la Constitución. Ejemplos de ello hay una infinidad, pero de momento me concentraré en el más visible de todos ellos: las interminables obras públicas que padece la Ciudad de México.

¿Por qué se hace obra pública en un lugar determinado? La respuesta, obvia para cualquiera, es "porque con ella se busca subsanar una necesidad social a largo plazo, se intenta mejorar la calidad de vida de los habitantes, se pretende incentivar la economía tanto del sitio como de aquéllos que le son aledaños y se busca señalar un rumbo determinado en distintos ámbitos mediante el establecimiento de los planes y los proyectos adecuados". Ahora bien, ¿de verdad se cumple con tales premisas en la obra pública que lleva a cabo el GDF? La respuesta, simple y contundente, es: no. Cierto es que, en la Ciudad de México, sí existe la idea de subsanar una serie determinada de necesidades sociales —sobre todo en el ámbito del transporte— mediante la construcción de infraestructura, por citar un ejemplo; sin embargo, no escapa a la vista que tales obras brindan enormes ganancias —no morales ni políticas, sino monetarias— a la autoridad que las promueve, permiten a los amigos de los amigos realizar enormes negocios y solidifican las posiciones del gobernante entre los círculos del dinero y de la industria. Con esto en mente, cabría preguntarse si "el alcalde del año" cumple a cabalidad con la premisa de la "honestidad", indispensable para acceder al galardón que le ha sido otorgado, y si no se parecerá en mucho a la "honestidad valiente" que tanto predicaba su antecesor en el cargo y que, vistos los ejemplos de corrupción existentes entre sus allegados, se transformó en "valiente honestidad". Además, si al negocio involucrado en la obra pública se añaden las enemil corruptelas que existen en materia de comercio informal, violaciones diversas a reglamentos de distinto signo, transporte público, operación de mafias también disímiles, contratación y compra de bienes y servicios, otorgamiento de becas y subsidios varios y concesiones para operar tales o cuales establecimientos, resulta que premiar a Marcelo y sus secuaces por ser honestos resulta una burla para todo capitalino que se respete. Sólo nos faltaría que, el próximo año, cualquiera de los cárteles de la droga recibiera el Premio Nobel de la Paz.

La tríada mencionada continúa con un elemento clave para determinar, no sólo en el mundo de la política, qué sujeto sirve para llevar a cabo las grandes empresas y qué otro no es sino un testaferro de terceras voluntades: el liderazgo. ¿Marcelo es un líder? Me temo que tampoco: la ciudad, como de sobra se sabe, vive en medio del continuo enfrentamiento entre distintas clases de líderes, algunos dotados de amplios espacios para hacer oír sus voces —los medios, los políticos de distintos signo, los empresarios— y otros con la marcha y el mitin como su mejor herramienta de presión —los comerciantes ambulantes, los taxistas piratas, los invasores de predios, los grupos pro defensa de cualquier cosa—. No obstante, es claro que unos y otros determinan, a su modo y según sus posibilidades, el rumbo que sigue la urbe, las políticas que se aprueban y las que se pasan por alto, la implantación o no de las políticas públicas y, en general, los espacios con que cuenta el gobierno para operar. A este respecto, se ha visto en numerosas ocasiones cómo el GDF recula en sus decisiones y toma un rumbo diametralmente opuesto a aquél que había pensado en un principio debido a la presión ejercida por algún grupillo existente por ahí o por alguno de los llamados líderes de opinión. Sin embargo, cuando no es posible retirarse —esto es, cuando la magnitud de los compromisos creados en torno a una determinada acción de gobierno son de tal calibre que resulta imposible salir por la tangente—, Marcelo se quita su máscara de demócrata tolerante y se convierte en un autócrata, un sujeto intransigente que hace valer su voluntad —a garrotazos— por sobre cualquier razón que se le presente —el que dude de esto, consulte a los miles de vecinos inconformes con la construcción de la famosa supervía poniente—. ¿Es, entonces, el liderazgo un sinónimo del autoritarismo conveniente? Vista la resolución de la Fundación City Mayor, pudiera serlo. ¿No se consideró que el liderazgo de Marcelo y compañía está perfectamente acotado por lo que le dictan, entre otros, sus bases de apoyo, heredadas del priísmo rancio simbolizado por su padrino, el impresentable Manuel Camacho? Según se ve, no.

Cierra la tríada con un punto que vale mucho la pena tomar en cuenta: la visión. ¿Tiene esta ciudad un plan a futuro? ¿Está dotado su gobernante de la visión suficiente como para prevenir lo que habrá de ocurrir en un número determinado de años, y poner en marcha las obras que aminoren los efectos de tales eventualidades? La respuesta es: tampoco. Las políticas públicas en la Ciudad de México han estado regidas, desde mediados del siglo pasado, por una visión de corto plazo, por las evidentes tomas de oportunidades que aparecen en el horizonte, por la necesidad inmediata de enriquecer a una camarilla de sujetos, por la especulación y el desorden. Para seguir con el ejemplo de las obras públicas, a estas alturas es claro que el metro resulta insuficiente debido a que en su construcción se ha ignorado —o modificado arbitrariamente— el plan maestro publicado en la década de 1970, en el que el mismo debía crecer acompasadamente durante cinco décadas hasta completar veinte líneas en 2020 y se debía acompañar por cuantiosas rutas de trolebús y tren ligero; de igual forma, las obras viales —es decir, el negocio de las obras viales— responden a problemas temporales —como se ha visto con la inmediata saturación del primer piso del periférico— y tienden a favorecer a ciertos sectores de la ciudad —dos magnas obras, una hecha y otra por hacer, al sur y al poniente de la ciudad, ninguna al norte ni al oriente—; los desarrollos urbanos aparecen al arbitrio de constructores y autoridades voraces, sin importar si existen los servicios indispensables para tornarlas funcionales; los proyectos de repavimentación tienen como máxima el hecho de que el concreto hidráulico no requiere de mantenimiento mayor durante largos periodos —una buena idea, siempre y cuando se instale correctamente—, pero olvidan que tal material no es reciclable, cosa que no ocurre con el humilde asfalto —una pésima idea, si se habla de alternativas verdes—. Si se habla del ámbito social, el GDF —ferviente seguidor del populismo exacerbado— cree que el otorgamiento de becas, estímulos, subvenciones, limosnas, apoyos o como quiera que se les llame constituyen una política acertada —que lo son, desde el punto de vista de la creación de clientelas—, sin reparar en el modo en que inciden en el crecimiento del déficit y en la formación de segmentos de la población dependientes de las asignaciones públicas. ¿A esto le llama visión el panel de "expertos en temas urbanos"? Pues vaya una visión tan más torcida... y vaya expertos miopes.

Para cerrar este texto, conviene desmenuzar el comunicado con el que la fundación acompañó el anuncio del premio entregado a Ebrard: primero, el jefe de gobierno es un "reformista laboral pragmático". ¿Qué implicará esto? No tengo mucha idea, aunque sí me queda claro que el pragmatismo político es el tónico contra la llamada contaminación ideológica, lo que echaría por tierra los innumerables discursos en los que Marcelo se presenta como un "político de izquierda" —lo que tampoco es—. Además, ¿qué es lo que avala a los "expertos" para decir que es un "reformista laboral"? ¿Cuántas reformas laborales se han puesto en marcha en la ciudad? ¿Otorgar limosnas a los desempleados —bajo el eufemismo del "seguro de desempleo"— puede considerarse una reforma? Una duda aparece en mi cabeza en este momento: ¿no sería acaso "liberal", en vez de "laboral"? Si tal fuera el caso, ¿desde qué momento los liberales son de izquierda? ¿O acaso los liberales son en extremo distintos a los motejados como neoliberales? Marcelo, que ha privatizado una buena cantidad de servicios, ¿es de izquierda? Él mismo, al otorgar dinero a manos llenas a tirios y troyanos, ¿es liberal? Vaya embrollo terminológico.

En segundo lugar, se cita al jefe de gobierno como alguien que "ha peleado por los derechos de las mujeres y de las minorías", lo que se complementa con el hecho de que "nunca se ha amedrentado al desafiar a la ortodoxia mexicana". A menos que estemos en una ciudad donde los poderes Legislativo y Ejecutivo los ejerza la misma persona —como ocurría en la época de los dinosaurios—, que yo recuerde, los derechos de las mujeres y de las minorías han sido puestos en la mesa de debates por la Asamblea Legislativa, no por el jefe de gobierno —quien se ha limitado a convalidar lo que la mayoría absoluta del perredismo en el órgano legislativo hace—, e incluso su pelea se ha reducido a tres temitas muy concretos: la despenalización del aborto —que no es tal, sino una redefinición del término aborto—, el otorgamiento de las ya mencionadas subvenciones a distintas clases de personas y la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Con respecto al punto inicial, ¿los derechos de la mujer se reducen a ese solo espacio, al aborto? Si bien el mismo es un tema de suma importancia —en el que, no sobra decirlo, los varones deberíamos tener vedada nuestra participación, dado que nuestras posibilidades para abortar son nulas—, me parece que los derechos de la mujer cubren un rango amplísimo, en el que ni el jefe de gobierno ni sus asambleístas se han internado dado que no corresponden a cuestiones de orden legal, sino cultural; incluso, en el caso de aquellos temas que ingresan en el marco de la ley —la violencia doméstica, por ejemplo—, de nada sirven las leyes si no hay quién las haga valer... cosa que en esta ciudad asumimos como mera ficción. Con respecto a los otros dos puntos, parece claro que la pelea por los derechos de las minorías no se debería limitar al hecho de permitir a los homosexuales contraer matrimonio, a la extendida práctica de entregar dinero a madres solteras, alumnos de los diferentes niveles escolares —muy debatibles en tanto "minoría"—, viejitos y desempleados, o al hecho de proclamar —sin que tal cosa sea cierta— que ésta es una ciudad accesible para los discapacitados. Si ésa es la pelea que ha dado Marcelo, pues vaya pelea tan ramplona, tan pueril, tan limitada.

Como tercer punto estaría la frase referida al hecho de que Marcelo "se ha convertido en un vocero internacional[mente] respetado en temas ambientales". Sobre esto sólo cabría apuntar que el jefe de gobierno, por sobre cualquier consideración, es un cínico de siete suelas y un truhán redomado. ¿Experto en temas ambientales? ¿Él? ¿Marcelo? ¿El que ha llenado la ciudad con obras que obstaculizan el tránsito, que tapan las vías alternas —y las alternas de las alternas— y que generan cantidades monstruosas de contaminantes? ¿El que permite marchas, plantones y bloqueos que también generan enormes cantidades de monóxido de carbono? ¿El que cierra calles, avenidas y vías rápidas para hacer absurdas carreras o paseos? ¿El que permite el crecimiento desmedido del comercio informal, generador de toneladas y toneladas de basura, reciclable o no? Sí, ese mismo. Lo más seguro es que su activísimo departamento de prensa haya enviado a la gente del jurado una foto de Marcelo en bicicleta —portando su ridículo casquito, por favor, no se diga que no le interesa la seguridad de los ciclistas—, una estadística de los préstamos realizados por su programa de Ecobicis —pero en el que se ocultaría la cantidad de bicis que ya forman óxido debido a que nadie las solicita— o una lista de las medidas anticontaminantes emitidas por el GDF —donde tampoco se vería si se cumplen o no—. Así, señores míos, si todo se limita al muy socorrido declaracionismo —neologismo cogido al vuelo de primera mano, cortesía de Javier Martínez Staines—, cualquiera es verde: incluso sería posible fotografiar al Ecoloco plantando un arbolito —aunque no se muestre que después lo arrancará a mordidas—, decir que vive plantando arbolitos y ya, asunto verde arreglado.

Lo último a reseñar es "el desafío a la ortodoxia mexicana" que, según los expertos, es un punto importante para premiar a nuestro buen jefe de gobierno. Más allá de si, como asunto a ser tenido en cuenta, lo mencionado es una estupidez o no —personalmente creo que sí—, como integrante de la izquierda —según él—, Marcelo ve en tanto aceptable subirse al ring cada que los curas dicen A o B en contra de sus luchas por los derechos de las minorías. Empero, en esta ciudad donde el entusiasmo gubernamental por cualquier cosa —desde el cuidado de los llamados cruceros de cortesía hasta la revisión de quienes ingresan al metro para evitar que porten armas, entre otros mil asuntos como el combate a la piratería, a los franeleros o a los giros negros— dura sólo tres semanas —medidas calendario en mano—, los desafíos del jefe de gobierno terminan por ser nada más que una fantochada para aparecer en los medios, para decir que "la izquierda no claudica ante la ultraderecha", para asumirse como un líder popular y para subir sus bonos entre quienes habrán de auparle, o no, a la tan ansiada candidatura presidencial, pero que finalmente —cumplido el plazo fatídico de las tres semanas— terminan por olvidarse, por ser la clásica llamarada de petate. Justamente hace dos días, en medio del revuelo que ha causado la injerencia del clero en temas de corte político —lo que a mí me parece en extremo natural si se apela a la libertad de que deben gozar todos los sujetos—, Marcelo apareció ante las cámaras muy sonriente y abrazado con el cardenal Rivera Carrera, cobijados ambos por la amplia sonrisa de Carlos Slim. ¿Así combate Marcelo? ¿Así desafía? ¿Sus desafíos pasan por el sutil tamiz de la desmemoria conveniente? ¿O sólo aparecen cuando no hay millones de personas pendientes de una actitud en concreto y, en este caso, resulta políticamente correcto dar la mano al cardenal momentos antes de que inicie el arribo masivo de peregrinos a la Basílica de Guadalupe?

Queda claro, al menos para mí, que el nombramiento de "alcalde del año" es un camelo de principio a fin. Si, de un modo u otro, Marcelo logró impresionar a los tipos a los que invitó a la cumbre de alcaldes, celebrada en esta misma ciudad la semana pasada, bien por él; si a ellos les vendió la idea de que ésta es una ciudad verde, bien por él —y mal por ellos, que sólo observaron lo que Potemkin puso delante de sus ojos—; si todos se comieron el cuento de la "ciudad de vanguardia", perfecto, ya lo imitarán en sus lugares de origen —y ya los correrán a patadas, seguro—. Pero que eso ocurra con un supuesto panel de "expertos en temas urbanos" es imperdonable, a menos que los mentados expertos sean todos un clan de rufianes vividores e ineptos, como sería de esperarse. Y a menos, también, que todo sea parte de un magno complot orquestado por el departamento de prensa de Marcelo, y que la citación original como "alcalde del caño" —título que bien merecería su espantosa gestión— haya sido víctima de un "fortuito" error de imprenta, mediante el cual la última letra "c" habría desaparecido, transformando a un sujeto digno de escurrirse por el cárcamo más cercano en lo mejor de lo mejor. Sólo así me lo explico.

10.11.10

Las nuevas protestas: más de lo mismo.

Como oportunamente reseñé en una entrada previa de este blog, a últimas fechas han proliferado en la Universidad Nacional diversos grupos de estudiantes que, por razones no del todo claras —o tal vez sí, todo depende de cómo se observen—, han decidido montar protestas más ruidosas que efectivas —y, ante todo, poco concurridas— para exigir que la Máxima Casa de Estudios les otorgue un sinfín de concesiones por el simple hecho de ser estudiantes. Los sujetos en cuestión han retado a la autoridad —que, vale decirlo, no ha sabido estar a la altura de las circunstancias—, han motejado de todo a quienes nos oponemos a sus insensateces, no han dudado en aliarse con grupos y personas ajenos al ámbito universitario —por ejemplo, los individuos que mantienen secuestrado el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, en el remoto caso de que unos y otros no sean los mismos—, han empleado algunos espacios universitarios para fines distintos a los que les son propios —¿les dice algo el término actividades académicas?— e incluso han tenido el tupé de amenazar —típico— con cerrar las instalaciones de la facultad si no se presta atento oído a sus exigencias —que no peticiones—. Si bien es claro que las protestas no progresan, sus manifestaciones permiten a los abanderados de las nobles causas que a continuación se anotarán mantenerse ahí, a la vista, como un ente molesto que, diciéndose portavoz de los alumnos, en realidad sirve intereses que poco tienen que ver con éstos.

Para entrar en materia, basta recordar que, en la última entrega de la tragicomedia que sirve de fondo a este texto, los alumnos —porque cierto es que algunos lo son; otros dicen serlo, aunque no tienen ni una neurona funcionando en el plano que debería de hacerlo, y otros son las clásicas rémoras que subsisten por ahí en calidad de fósiles— exigían que se subsidiaran los comedores universitarios y los servicios de fotocopiado, se eliminaran los cobros de la División de Educación Continua y que además se renovaran los acervos de las bibliotecas. Pues bien, desde ese momento hasta la fecha han transcurrido ya dos meses y, como era de esperarse, las amables peticiones de la comunidad gritante han crecido. Transcribo a continuación —a la letra— el nuevo pliego auspiciado por el segmento inconforme de la comunidad:

1. Cafeterías subsidiadas administradas por los trabajadores de la Universidad para reducir los costos de los alimentos.
2. Subsidio en fotocopias por representar un gasto importante para los estudiantes.
3. Mejora del acervo del sistema de bibliotecas de la Universidad
4. Eliminación de cobros injustificados.
5. Aumento a los estímulos y becas para los alumnos de escasos recursos.
6. Facilitar el acceso a la cultura y el deporte: reducción de los costos de estas actividades.
7. Revisar e impulsar reformas a los planes y programas de estudio: por una educación científica, crítica y humanista.
8. Aumento al presupuesto a la educación pública del 8% del PIB, para que la educación sea realmente un derecho y no un privilegio en tiempos de crisis; por la intervención democrática de los estudiantes en el manejo de los recursos.

Como puede verse, las exigencias constituyen el clásico licuado de granola donde todo cabe y donde, al final de cuentas, no se tiene una idea clara de qué es lo que pide quién, por qué lo pide ni por qué lo pide a quien se lo pide. Dejaré de lado los primeros tres puntos —salvo en lo que toca a la nueva variable incluida en ellos— por haber sido ya tratados en la entrada a que he hecho referencia al comenzar este texto y me concentraré en lo demás, justo en el orden en que aparece.

Lo primero que salta a la vista es la inclusión de la base trabajadora en un conjunto de peticiones formuladas por la comunidad estudiantil. ¿De verdad la inserción de los sindicalistas constituiría el factor determinante para que bajaran los precios de los alimentos? En lo personal, lo dudo mucho y, de hecho, no se ve cómo podría ello operar, a menos que se decida entrarle al clásico juego de "yo estiro la mano y tú, instancia oficial, me das", con lo que la comida podría valer incluso un centavo, mientras que su costo real es absorbido por el presupuesto universitario. Como idea para salvar de la inanición al estudiante famélico —siempre y cuando fuera sólo éste el que hiciera uso de los comedores, lo que no resulta probable— no suena mal, pero ¿por qué justamente deben ser los sindicalistas quienes tomen el control de los establecimientos de comida y no cualquier otra persona? Huele mal, muy mal, y no me refiero a los platillos que se sirven en tales sitios. Sabido es que, desde el ilegal paro —que no huelga— de 1999-2000, el STUNAM ha apoyado a los grupos radicales que tienen distintas madrigueras en la universidad por... vaya, quién sabe por qué lo haga, pero lo cierto es que lo hace. ¿Qué traman ahora unos y otros? ¿No es en extremo raro que, justo después de la protesta lanzada por los sindicalistas para que les fuera ampliado el número de plazas en las bibliotecas, aparezca esto en escena? Además, si se piensa que, de hecho, en algún momento la protesta estudiantil pidió que se mejorara el servicio de préstamo de libros mediante la contratación de más personal de base, y que los servicios de fotocopiado —que sí son espantosos— fueran ocupados por este mismo como primer paso para proceder a su subsidio, el contubernio es claro. Tan claro como extraño, porque no se entiende cómo un grupo de sujetos que dicen estar comprometidos con los estudiantes, con la justicia y con la equidad, se aviene a hacerle el juego a un tipo de la calaña de Agustín Rodríguez y mafias péjicas que lo acompañan. A menos, claro, que todo sea parte del golpeteo contra la autoridad o, como bien dijo un secuestrador del auditorio en un mensaje dejado por ahí, "porque hay que molestar". Valiente significado dan estos tíos a la protesta, sí señor.

El siguiente punto del pliego es verdaderamente risible: "eliminación de los cobros injustificados". ¿Y qué pasa si todos los cobros se justifican? Aún más, ¿qué sucedería si se instrumentaran nuevos cobros y limpiamente se justificaran? Seré curioso: ¿a qué llaman estos sujetos un cobro injustificado? Sé que la respuesta se anclará en el artículo 3° de la Constitución, en la famosa gratuidad de la educación pública y en el nefando deseo —que muestra la inconfesable colusión entre el Estado, el gran capital y la universidad— de excluir a las clases populares de la educación superior mediante la aplicación de cobros excesivos. Sin embargo, como se demostró hace diez años, tal gratuidad se limita a la educación básica; además, el pago de impuestos —que muchos esgrimen como el argumento, aunque no paguen ni un céntimo de impuestos que no sean al consumo por la sencilla razón de que no trabajan— tampoco es óbice para eliminar cualquier tipo de cuota, en el entendido de que los servicios a que se destina la recaudación fiscal son innumerables y, si se apelara al axioma de los que protestan, bien podría preguntárseles entonces de qué servicios quieren disponer y de cuáles no, porque sus raquíticos impuestos no pueden, por obvias razones, alcanzar para todo. Así, reitero la pregunta: ¿qué cobro es justificado y qué otro no? Mejor aún, ¿por qué se justifica el pago de veinte centavos de cuota —lo cual es ridículo— cada semestre y no el pago de lo que cuesta un título profesional? Como muchos de estos tíos no habrán de llegar a tal instancia, poco les importa; como otros son el clásico niño bien disfrazado de revolucionario —el típico revolucionario de Levi's—, tampoco les resulta un incoveniente mayor. El otro, el que no tiene y quiere estudiar —y luego trabajar—, ve qué es lo que hace y paga su título —y aquí podría citar un sinnúmero de ejemplos de primera mano— porque le interesa ejercer aquello para lo que estudió, no andar con protestas que sólo le quitarán tiempo para dedicarse a algo productivo.

Relacionado con el punto anterior —a decir verdad, con todo este merengue— se encuentra el siguiente: aumento de estímulos y becas para alumnos de bajos ingresos. Aquí, mi única pregunta —que puede aplicarse al conjunto de lo que contiene el mentado pliego, y a la que regresaré al final de este escrito— es: ¿a cambio de qué? Cierto es que las becas universitarias se entregan a muchos sujetos que no las necesitan —he conocido casos de niños bien, con coche y chofer a la puerta, que sin el menor pudor han solicitado becas y, lo que es peor, las han obtenido—; cierto es que hay otras mal dirigidas —las becas a los indígenas, que permiten a un holgazán conocido mantener sus múltiples vicios sin exigirle que, por lo menos, entre a clases y apruebe sus materias—; pero también es cierto que un privilegio, como lo es toda beca, debe tener forzosamente una compensación... algo a lo que la protesta no hace ni siquiera alusión.

Las exigencias marcadas con los números 6 y 7 son una muestra de lo que comentaba al principio del texto: ¿quién protesta por qué cosas, en qué canales y con qué fines? No tengo la menor idea de ello. Revisar los planes y los programas de estudio no tiene mucho sentido si el alumno no se compromete a dedicarse de lleno al estudio, cosa que no hacen quienes se manifiestan a favor de todo lo aquí indicado porque, como cualquiera lo sabe, o se estudia, se lee y se hacen las tareas indicadas en las aulas, o se asiste a marchas, protestas, mítines, juntas preparatorias y asambleas. Durante la última protesta —montada a la misma puerta de la dirección por no más de treinta fulanos entre alumnos, trabajadores y espontáneos— observé, nuevamente, a esa adalid de las causas desesperadas, a la mujer que es paladín de toda protesta universitaria, a quien es la primera en tomar un micrófono y gritar consignas con estentórea voz. Sí, a esa alumna yo vi ahí... lo que siempre me causará algo más que gracia dado que en clase pocas veces se le ve y, cuando decide acudir, no atina a hilar sus pensamientos de un modo distinto al que lo hace cuando grita revolucionarios lemas en los pasillos, por no decir que, en lo tocante a su expresión escrita, está tan perdida como cualquier párvulo encomendado a la misericordiosa mano del sindicato magisterial. A ella la vi y a otros que relaciono, habitualmente, con tambores, altavoces, gritos destemplados y olores no del todo legales, pero no con salones de clases ni con cosas parecidas. ¿Ellos piden una reforma a los planes de estudio? ¿Puede saberse para qué? Además, si los planes se reforman y los alumnos se ponen a estudiar, ¿qué tiempo se van a dar para practicar un deporte? ¿O qué deporte practicarán? ¿Sugieren que se subsidien los cien litros libres sin espuma, el salto de barra libre, el lanzamiento de jaibolina y los juegos de mesa de cantina? Sólo así me lo explico.

El último punto es importante: hay que incrementar el presupuesto educativo al 8% del PIB para bla, bla, bla. ¿Por qué no piden eso a algún diputado o senador que les sea afín, digamos Chayito Ibarra, Pepito Narro o Lalito Fernández Noroña? Incluso, si tal es la propuesta del mismo rector —con la que ya ha cansado a quienquiera que lo ha escuchado—, ¿para qué formularla en los pasillos de una facultad, donde evidentemente no se discute ni se asigna el presupuesto federal? No lo comprendo, como no sea un elemento retórico más —de la retórica seria, se entiende, no de la que se enuncia como chacota— para convencer a quien los oiga de que ellos, ciertamente, están comprometidos con la educación. Sin embargo, me queda una duda: un alumno que, repito, no entra a clases, y que con ello defrauda al pueblo que, con sus impuestos, le paga la escuela, ¿para qué quiere que se otorgue más presupuesto a la educación? Lo mismo me pregunto con el resto de sus peticiones: ¿quieren becas, subsidios en la comida y en las fotocopias? ¿Para qué? ¿Para tener más dinero que gastar en cualquier cosa?  ¿Y por qué la necedad de intervenir en el manejo de los dineros? ¿Para garantizar que los mismos lleguen adonde deben llegar, o para no quedarse sin la habitual tajada del pastel? Además, si exigen una participación democrática en el manejo de los recursos, ¿no sería congruente que ellos mismos permitieran la participación democrática de toda la comunidad —no sólo la que les es afín— en unas asambleas cada vez más monolíticas, unívocas y dictatoriales?

Como ya han dicho varios contertulios de quien estas líneas escribe, una protesta como la actual resulta increíble por varios factores. La primera, que no parece algo completamente hecho por estudiantes, sino que deja ver que hay muchas manos metidas en el juego. La segunda, la más importante acaso, que tiene más tinte de berrinche infantil que de exigencia seria. Una cosa distinta sería si la protesta se encaminara a lograr un compromiso mutuo, si no todo se redujera al "dame, dame, dame", sino que expresara algo como "que la autoridad dé X y nosotros daremos Z", por ejemplo, buenas calificaciones, permanencias limitadas, acatamiento a la legislación universitaria y, en general, un desempeño que indique que el sujeto es un universitario en toda la extensión de la palabra. No obstante, nada de ello se adivina en el discurso de los gritantes: todo es exigir lo que llaman sus derechos sin ofrecer nada como retribución. ¿Sabrán acaso que los únicos derechos de cualquier estudiante universitario consisten en ser tratado con respeto, recibir sus clases, obtener las calificaciones a que se haga acreedor merced a su trabajo, y recibir un título o un grado cuando haya cumplido con los requisitos para ello? ¿Sabrán también que todos estos derechos tienen una contraparte que se llama obligaciones, y que son nada menos que tratar con respeto al otro, cumplir con el reglamento del lugar en que se encuentran, asistir a clases y comportarse como indicaría la palabra estudiante? Al parecer, no, no lo saben, y creen que su derecho es exigir las condiciones necesarias —y aun las superfluas— para realizar una tarea que, a todas luces, no realizan. Vaya desfachatez.

8.9.10

Protestas alimenticias.

Hace unas cuantas semanas dio inicio, en la Universidad Nacional, el curso escolar 2011 - 1. Como en todos los semestres nones, arribaron a la institución miles de jóvenes procedentes de cualquiera de los cientos de bachilleratos que se imparten en el país con la intención de estudiar una carrera universitaria y, al concluirla, integrarse al mercado de trabajo. Tal intención excluye, por supuesto, a quienes, por haber elegido una carrera saturada y no tener el promedio necesario para acceder a ella, son enviados a un área distinta a la que habrían elegido, lo que conduce a asumir la primera inserción en el ámbito universitario como una cuestión pasajera, en tanto el sujeto se cambia a la carrera de su preferencia. En una inmensa mayoría de casos, tal sujeto no logra realizar el cambio —por un sinnúmero de causas, que van desde la saturación misma de la carrera - objetivo hasta la propia incapacidad del susodicho para obtener, en el examen correspondiente, el mínimo de puntos necesario para ver sus sueños colmados— y, decepcionado, abandona los estudios. Este fenómeno, aunque de singular importancia —dado que genera no pocos argumentos en torno a la exclusión de que son víctimas algunos jóvenes, y a la necesidad de ampliar ad infinitum la matrícula universitaria—, no será abordado en la presente entrada. Queda, simplemente, como una mención marginal, y ya le dedicaré un poco de tiempo en alguna ocasión.

Para regresar al asunto que concierne a este texto, cabe recordar que la universidad tiene, estratégicamente distrubuidos, grupos de alumnos —el término es un eufemismo en muchas ocasiones— que por todo protestan, y con ello pretenden demostrar su conciencia revolucionaria, sus capacidades para desarrollar el pensamiento crítico, o lo que usted, amable lector, guste y mande. Pues bien, como puede verse en las páginas del conocido blog donde se relata la pugna por recuperar el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras —invadido desde hace diez  largos años por grupos no claramente identificables con el alumnado de la institución, y que no muestran intención alguna de regresar el inmueble al patrimonio universitario—, tales grupos de protesta perpetua montaron, al finalizar el semestre anterior, un nuevo numerito, consistente en reclamar el cese de la concesión que opera la cafetería de la facultad y el otorgamiento de un subsidio al establecimiento, con el fin de que la comida se abarate y los estudiantes —¡nobles personajes!— no desfallezcan de hambre a mitad de la jornada.

La protesta montada por los individuos de marras no tuvo el eco esperado por una simple y llana razón: como el semestre concluía, los alumnos se encontraban más preocupados por entregar el alud de trabajos finales que acompaña las últimas semanas del semestre, y sólo secundaron la moción quienes, por obvias razones, disponen del tiempo suficiente para manifestarse. La relación, en este caso, es clara: a mayor cantidad de trabajo, menor tiempo para dedicarse a la lucha social, y viceversa. De aquí se extrae que, si alguien se dedica de tiempo completo a la protesta, es lógico que tenga poco que hacer como estudiante, e incluso es posible que ya ni siquiera pueda considerarse como tal, o que asistir a la facultad sea sólo el pretexto para asumirse como universitario. Para un ejemplo claro de lo que indico, remito al lector a esta entrada del presente blog, donde anoto algunos casos curiosos relacionados con el fenómeno del estudiante universitario que, ni estudia, ni ejerce como universitario —lo que, acaso, constituye una nueva modalidad de los muy populares ninis—.

La protesta, como digo, no funcionó. ¿Qué hicieron los protestantes? Simple: esperar. Como a ellos les viene guango el mundo, y las prisas de la sociedad posmoderna no son sino una quimera inventada por el capitalismo salvaje, sólo guardaron sus mantitas, hicieron como que no pasaba nada, y esperaron a que comenzara el nuevo semestre para atacar con bríos la forma en que, desde su muy particular perspectiva, la administración universitaria se colude con el gran capital para echar a los alumnos a la calle. ¿Cómo es eso? Ahora lo explico.

El primer día de clases, momento justo en que los alumnos de nuevo ingreso llegan con los ojos muy abiertos para captar hasta el menor detalle de lo que implica "ser un universitario", comenzaron a aparecer letreros —desde la misma entrada de la facultad— poblados de singulares consignas :

*Por un comedor subsidiado.
*Disminución del precio de las fotocopias.
*Renovación del acervo de la biblioteca.

Dejaré para el final la primera exigencia, al ser la que, de momento, atrae mi interés. En cuanto a las otras dos, siempre quedará el recurso de preguntar ¿para qué quiere más libros alguien que, según se ha anotado líneas atrás, no estudia, o lo hace mínimamente? Los materiales de la biblioteca —algunos en un estado de conservación deplorable, vale decirlo— parecen adecuados y suficientes para estudiar; no en vano se han formado con ellos un número importante de generaciones. Creo yo que el problema de la biblioteca no está en la disposición de la autoridad para renovar —no sé si esto se refiera al hecho de comprar todos los libros de nuevo, o incluso a comprar lo que algún segmento de estudiantes quiera que se compre— el acervo, sino en la del usuario para darle un buen trato. ¿Por qué la necedad de rayar, marcar, doblar y mutilar los libros? Al rufián que subraya tres párrafos con tinta o con marcatextos, ¿no le pasa por la cabeza que a los siguientes lectores les importa un rábano serenado lo que a él le ha parecido trascendente? Bajo estas condiciones, ¿se necesitan más libros? ¿Libros nuevos, listos para ser rayados, doblados y mutilados? No, gracias.

En cuanto al asunto de las copias, me parece una muestra más del "dame, dame, dame". El alumno —es también un eufemismo— que exige copas baratas, ¿gasta un solo centavo en algún lujillo, en alguna compra superflua? ¡Claro que lo hace! Entonces, si tiene para tales lujillos, ¿no puede prescindir de ellos y dedicar el dinero en ellos invertido a la adquisición de sus fotocopias? ¿O es que 25 centavos son realmente una fortuna? La posibilidad de acceder a un texto y conservarlo en casa —aunque con ello se estafe al autor— por menos de una cuarta parte de su valor, ¿no le dice nada al que protesta? Y, dado el caso de que no tuviera, realmente, para sacar las copias, ¿tan difícil es, como hacen muchos, quedarse en la facultad a leer y tomar notas directamente del original? ¿Qué pretenden? ¿Que se les regalen las copias?  Además, el que protesta, ¿qué da a cambio? Si se parte del supuesto de que el protestante perpetuo no es un estudiante formal, ¿para qué quiere fotocopias baratas? ¿Será acaso, pensando mal, un simple argumento para convencer al alumno de nuevo ingreso de que el que protesta es su amigo, lo que permitirá llevarlo después a los oscuros rincones del activismo político - estudiantil?

La exigencia más cándida es la que se refiere al comedor subsidiado. Para entender el adjetivo impuesto, es necesario considerar que la exigencia toma como punto de partida dos bases, ambas falsas: primera, que el alumno que acude a la universidad debe, por fuerza, alimentarse en ella; segunda, que el acto manducatorio debe tener como escenario, también por fuerza, uno de los denominados comedores universitarios. ¿Por qué es falsa la premisa inicial? Por el simple hecho de que el estudiante no debe alimentarse en la universidad. Si el sujeto desayuna o come en su casa, ¿para qué necesita ingerir algo más en la universidad? ¿Está todo el día en la escuela, y el esfuerzo intelectual realizado le obligará a comer algo porque, de lo contrario, caerá desfallecido en cualquier lugar? Muy bien: que se prepare una torta en su casa y ya, asunto concluido. ¿No le gustan las tortas? Que lleve una manzana, un plátano, una naranja, una palanqueta. ¿Requiere agua? Hay unos artefactos muy curiosos, denominados cantimploras, en los que se puede trasladar agua —o cualquier líquido, incluso nitroglicerina— de un sitio a otro. Si ello no le convence, el agua se regala en múltiples dispensadores, colocados en distintas dependecias de la institución, o aun puede tomarse directamente de la llave, aunque ello no resulta siempre recomendable.

Ahora bien, si el sujeto no considera como aceptables ninguna de las anteriores opciones, ¿qué le obliga a meterse al comedor universitario para alimentarse? La facultad posee más de veinte opciones en sus inmediaciones, y casi un centenar si se camina un poco más. Así, para comenzar, está el famosísimo comedor alternativo montado por los invasores del auditorio. ¿Por qué no resulta una buena opción? ¿No es buena la comida de ahí? Es interesante ver cómo los que protestan, y que son personajes surgidos de las entrañas del inmueble secuestrado, exigen que se bajen los precios del establecimiento que representa una competencia directa al negocito por ellos montado en lo que, anteriormente, era la videoteca de la facultad. Además, hay un detalle significativo: la comida alternativa cuesta entre $18 y $20 —tal vez dos o tres pesos menos, no lo sé bien—; sin embargo, la protesta asume que el precio justo para una comida universitaria —obtenido al comparar lo que cuesta comer en otras instituciones de educación superior— debe situarse en el rango de los $10. ¿Y los $15, $18 ó $20 que cobran los invasores por la comida que sirven? Desde su mismo enfoque, parecen injustos, ¿no es así? Una comida, según dicen avezadas cocineras de minutas, cuesta alrededor de $7, y lo demás es ganancia. Entonces, ¿qué sucede en el comedor alternativo? ¿Por qué lo injusto sucede siempre afuera, nunca adentro? Quien entienda este despropósito, que haga el favor de explicármelo y que, de paso, se lo explique a ellos.

Dejado de lado el asunto de la justicia, supongamos que tampoco es bueno comer en el comedor alternativo, aunque ahí está, es una opción y, por tanto, invalida la protesta, dado que cualquier ente pensante puede percatarse de que, si tiene $10 en la bolsa, sólo podrá comer el equivalente a esos $10, y se dirigirá al sitio en el que su dinero rinda más. Sin embargo, pensemos que no, que no considera como una opción válida para alimentarse la comida que sirven los invasores del auditorio —por razones que pueden ser tanto higiénicas como estéticas, o incluso ideológicas—. ¿Qué hacer? Con $10, el sujeto puede comprar algo en las casetas de comida ubicadas a un costado de la facultad; puede dirigirse a casetas de similares características localizadas en las inmediaciones de la Facultad de Derecho; puede dirigirse al denominado "Paseo de la Salmonela" y comer algo ahí; puede meterse a un Oxxo y comprar algo; puede ir con el vendedor de tacos de canasta y comprar el equivalente a sus $10 en tacos; puede ir con una señora que vende quesadillas junto a la barda que divide la universidad de la colonia adyacente; puede comprar $10 de paletas; puede comprar dos bolillos, unas rebanadas de jamón en Wal Mart, en Superama o en la Tienda UNAM y hacerse unas tortas. Si puede hacer todo esto, ¿por qué demonios se empeña en meterse en un sitio donde sus $10 no le alcanzarán para mucho? ¿No es tan ridículo como decir "yo quiero comerme una buena tapa de cuadril; exijo que los restaurantes argentinos bajen sus precios y los asimilen a los de la fondita de doña Chona para que pueda yo consumir ahí"? 

Así las cosas, la protesta sigue en pie. Ahora, los manifestantes han decidido poner un puesto de chicles, paletitas y palanquetas a la puerta de la cafetería y desde ahí gritar sus consignas. ¿Regalan los chicles, las paletitas y las palanquetas para que el alumno vea que ellos sí son solidarios? No, desde luego. Los precios a los que venden su mercancía, ¿excluyen cualquier tipo de ganancia? Es decir, ¿se dan al costo? Tampoco. ¿Qué congruencia los respalda entonces? Ninguna. Su protesta es una más de las mil formas que los protestantes perpetuos tienen para darse a notar, para atrapar incautos por cuyas cabezas no pasa la idea de que la mejor opción para no gastar mientras se acude a clases consiste en hacerse una torta o un sandwich en casa, llevar una fruta o un chocolate —excelente para pensar y, al mismo tiempo, sentirse feliz— y beber agua según se prefiera. Un letrero, muy simpático, rezaba "tengo hambre y debo sacar copias. El dinero no me alcanza". Vaya, hombre, pues si el dinero no te alcanza, lee en la biblioteca, trae de tu casa un lunch y todos contentos, ¿o no? Si ni para eso te alcanza, ¿cómo te alcanzó para comprar plumones, cartulinas y cinta adhesiva con los cuales plasmar tu protesta? ¿Cómo hiciste para llegar a la universidad? ¿Cómo haces para no andar desnudo? ¿Cómo tomas apuntes, con qué lápiz y con qué cuaderno?

El problema, en resumen, responde a varios factores. Por una parte, el protestante qiuere ver, en la existencia de cualquier cobro, una sucia maniobra del capital para sacar de la universidad a los pobres. Yo recuerdo que, en mis épocas de estudiante, llegaba a la facultad con esos mismos $10 en la bolsa, a veces sin los diez pesos sino con su equivalente en boletos del metro. ¿Compraba algo? No. ¿Y si me daba hambre? Me aguantaba. ¿Y si me daba hambre y debía estar allá todo el día? Me aguantaba igual, o llevaba algo de mi casa, cualquier cosa. ¿Fotocopias? No: leía directamente de los originales y tomaba mis notas en hojas destinadas a tal efecto, renegando cada que encontraba páginas subrayadas o libros mutilados. ¿Me parecía caro o barato el costo de los alimentos que se vendían en las cien opciones cercanas a la facultad? Ni siquiera lo sabía. Lo único que sabía era que no tenía dinero y, por tanto, no podía comprar. Así, ¿para qué demonios me iba yo a acercar a la cafetería? ¿Protestaban algunos por los precios, o por la calidad de los alimentos? Sin duda. ¿Qué hacía yo? Mandarlos a paseo con el mismo argumento que esgrimo ahora: nadie te obliga a comprar ahí. Deja de estar pegado a la ubre de la universidad y haz algo de provecho. Por ejemplo, estudiar, trabajar y, ya entonces, comprar para lo que te alcance. Si quieres algo de provecho inmediato, haz una torta en tu casa, hierve un huevo, transporta una fruta hasta acá y listo, no pasarás hambre. ¿Escasez de solidaridad de mi parte? No: simple sentido práctico.

O sea que no, no hay tal complot contra los pobres. Como decía alguien en un comentario que recién he leído, ya bastante es con tener acceso a una educación de primer nivel sin desembolsar un solo centavo por ella como para, encima, exigir que se le regalen a uno las copias o la comida. Para los que han protestado, y que ponen como ejemplo lo que cuesta la comida en la UAM, ¿saben acaso que allá se debe pagar una cuota —cercana a los $400— para cursar cada trimestre, a pesar de que la población que asiste a dicha entidad es considerablemente más pobre que la de nuestra universidad? ¿Sabrán, asimismo, que los alumnos allá tampoco pagan por una comida los $10 mencionados por ellos, sino un poco más? Evidentemente no, no lo saben. El alumno hace su esfuerzo y paga. ¿Por qué? Porque le interesa estudiar, y sabe que esos $400 no reflejan lo que en realidad cuesta su educación.

En nuestro caso, los protestantes perpetuos asumen que la universidad debe darles todo para facilitar su proceso de aprendizaje, desde clases hasta copias, pasando por comida. Si tal fuera el caso, ¿a qué se compromete ese sujeto que protesta? Toda exigencia debe llevar aparejado un compromiso: tú me das y yo respondo con... Pero, como ellos se dicen anarquistas, y que vayan al diablo la autoridad, la imposición, la dominación y los mecanismos para ejercer la exclusión, la cosa es exigir, pedir sin dar nada a cambio: ni calificaciones, ni una estadía limitada en la universidad, ni una titulación rápida. A ellos, nada se les puede pedir; ellos, en cambio, pueden exigir todo. El problema, como se ve, es de actitud... acaso también de aptitud. Si desean una educación que no exija y que, además, pague por acudir a recibirla, ¿por qué no van a la pejeuniversidad, donde el ingreso se hace mediante sorteo y el alumno recibe una beca durante los cuatro años que se hace tarugo adentro de las aulas? Como decía hace un momento, la cosa es ponerse a pensar: qué me dan aquí, qué me dan allá. Allá me dan lo que quiero, allá voy. Si no voy, es decir, si quiero quedarme aquí, pues acato lo que me dicen que hay aquí y sanseacabó. La pregunta final es ¿por qué no van adonde parecerían cumplirse sus expectativas? ¿Es posible que tampoco, como en el caso del comedor alternativo, resulte una buena opción el antro educativo creado por los populistas?

5.7.10

De nuevo, elecciones

Como todos ustedes sabrán, el día de ayer tuvieron lugar elecciones en quince estados de la república. En la mayoría de ellos —en doce, para ser exactos— se eligió al sátrapa local, es decir, al gobernador, y en los otros tres se renovaron alcaldías y legislaturas estatales.
Como de costumbre, los procesos electorales dejan un sinnúmero de lecciones. La primera de ellas, obviamente, es que la democracia mexicana resulta un asunto escandalosamente caro, lo cual no sería en sí mismo malo si las personas percibieran que tal derroche de recursos —que mejor podrían emplearse en pavimentar calles, ampliar las redes de electricidad, drenaje o agua potable, o en construir más escuelas, aunque éste es un problema de mayores alcances— sirve para algo. Sin embargo, no es así: durante los meses que la ley lo permite —y aun en los que no, véase el caso de singular personaje loco y pantanoso que aprovecha cualquier resquicio para promover su imagen sin estar oficialmente en campaña—, los candidatos llenan las calles con sus caras —unas más desagradables que otras—, a las que acompañan por lemas de tanta profundidad como “Por ti” —sin pagar un peso de regalías a Óscar Chávez—, “Porque nos merecemos algo mejor”, o simplemente “Así, sí”, entre un sinfín de necedades de similar talante.
La primera pregunta que viene a la mente es ¿vale la pena gastar cantidades ingentes de dinero para decirle a la gente “si votas por mí estarás mejor que con el otro”? ¿No es acaso perogrullesco? Según los insignes candidatos, tales “lemas de campaña” no sólo son buenos, sino necesarios, aunque ninguno de ellos piensa que, si tiene cara de alcohólico —o de criminal, o de torpe—, paga para que su anuncio lo ostente un camión sucio y desvencijado, y acompaña su retrato con el muy priista “Así, sí”, todo se convertirá en un chiste de mal gusto y, seguramente, perderá más votos de los que gane.
Durante el proceso aparece también la infaltable “guerra sucia”, mediante la cual cada candidato, sin excepción, se dedica a decirle a la gente qué tan malo es el otro, pero sin proponer siquiera media idea. Ello se acompaña por la entrega masiva de camisetas, gorras y cornetas y la celebración de actos donde lo importante es prometer, prometer y prometer. ¿Qué se promete? Cualquier cosa, desde dinero para las madres solteras —como si el contribuyente fuera responsable de su condición— hasta la mejoría de la sociedad. Vaya, a algunos sólo les falta prometer el segundo advenimiento y una nueva aparición guadalupana en el municipio en que se desarrolla el magno acto. Sin embargo, lo que nadie toma en cuenta es que todo lo que un sujeto en concreto promete como acto excepcional no es sino aquello a lo que está obligado —salvo las limosnas cachavotos disfrazadas de “programas sociales”—, y que cualquier erogación que se efectúe —dinero para viejitos, madres solteras, niños holgazanes, chavos holgazanes, desempleados por mala suerte o por manifiesta estupidez— saldrá del bolsillo del contribuyente y es, en pocas palabras, la clásica caravana con sombrero ajeno.
Aún recuerdo, como mero ejemplo, la promesa hecha por el niño del copete a sus eventuales votantes en el ya lejano 2005: “pondremos una toma de agua para cada familia mexiquense”. No sé si tal disparate esté registrado en el número atroz de “promesas de campaña” consignadas ante notario público, pero mucho me alegraría que se encontrara dentro de ellas y que, llegado el momento, alguien le dijera que no la ha cumplido. ¿Por qué estoy seguro de ello? Porque es simplemente imposible: existen comunidades ubicadas en sitios tan apartados de cualquier servicio público que llevarles el agua entubada significaría un esfuerzo sobrehumano, un gasto impensable y, por supuesto, requeriría del empleo de la tecnología en dosis mayores a las que efectivamente se tienen y la aplicación de gente y materiales que se utilizan para otras cosas como, por ejemplo, crear puentes y más puentes que verán rebasada su capacidad al mes de haber sido inaugurados —como los famosos “pisos” de conocido loquito—.
Y sin embargo, parafraseando a Galileo, se promete. Y no se cumple. Y, al parecer, no pasa nada, porque la gente se ha acostumbrado ya a que le prometan, a que le vendan sueños guajiros que regocijadamente compra campaña tras campaña y que, aun sin reportarle nada, le hacen ir a las manifestaciones de apoyo a Fulano o a Zutano. No obstante, creo que aquí la única promesa que vale se cifra en el consabido “si vas, te doy una torta de jamón albanene y un frutsi caliente”.
El cinismo, o el cretinismo, o la irracionalidad de los tipejos metidos a políticos, o una explosiva mezcla de todo ello, no parece tener límites. Un breve vistazo a lo ocurrido en las campañas de este año permite ver lo anterior en toda su magnitud: candidatos gritando por las calles a altas horas de la noche en mítines desorganizados; caravanas de motociclistas circulando por el zócalo de una capital estatal en apoyo a un partido político, sin fijarse si atropellaban a algún viandante; golpeadores y pistoleros contratados por un gobernador para solicitar amablemente el voto en pueblos serranos; llamadas telefónicas a toda hora del día para exponer las mismas promesas de siempre; entrega abierta de dinero para asegurar el triunfo de tal o cual sujeto. Como telón de fondo, los infaltables anuncios pegados en camiones y camionetas, paradas de autobús, anuncios espectaculares, postes telefónicos, sufridos árboles, o pintados en bardas de tres metros de alto por diez de largo.
A pesar de lo que sea, la elección de ayer mostró que la gente vota guiada por razones muy particulares, en las que poco o nada influye la parafernalia desatada durante los meses previos a la contienda. Así, por ejemplo, en un estado, la gente votó por el hermano de un mártir —es ironía, por supuesto— sin saber si es o no el adecuado para gobernar —sospecho que será un mero títere de los jerarcas de su partido, aunque no me consta—, simplemente porque se apoyó en la figura del muerto con singular tenacidad; en otro, la gente de los pueblos acudió a votar porque el gobernador envió a sus amables “promotores del voto” con un mensaje claro: o gana mi partido, o comienzan las palizas; en otro, la gente de un partido se cambió a otro y ganó, entre otras razones, porque otro individuo compró votos a diestra y siniestra; en otros más, la gente votó por determinados candidatos simplemente porque era los únicos visibles, dado que los otros habían sido borrados de los medios, habían sido amenazados o habían sido invitados a no acudir a tales o cuales comunidades; en otros, finalmente, la gente votó, no por el mejor —cosa por demás dudosa—, sino porque estaba harta de lo que tenía hasta el momento.
A la vista de lo comentado, reitero mi pregunta: ¿para qué se montan campañas políticas? Si, al final, el despliegue realizado afecta en poco la decisión del votante —y, además, no logrará que vote el que no tiene por costumbre hacerlo, visto el elevado nivel de abstencionismo habido— y todo se concreta a decir una sarta de barbaridades, ¿para qué gastar tal cantidad de recursos? No contentos con lo anterior, los candidatos triunfadores —sobre todo tratándose de diputados— olvidarán al votante una vez que asuman sus cargos y, dando al concepto de “representación popular” el giro más torcido posible, decidirán actuar según les venga en gana o, más comúnmente, según les den línea en sus respectivos partidos, lo que puede estar de acuerdo, o no, con el sentir de quienes, en primera instancia, les hicieron llegar a los puestos de decisión.
Así entonces, ¿para qué votar? Las condiciones existentes dan a todo el procedimiento un giro absurdo, dado que todo resulta como contratar un criado —que tal es el papel que deberían desempeñar los políticos— que, al llegar a la casa, decidirá por sí mismo —sin importar lo que yo le pida— si limpia o si no limpia, si hace de comer o si me da de palos, si aspira la alfombra o si vende los muebles, si saca a pasear al perro o si me lo sirve en estofado. Si a ello se suma que, por vía de las mentadas “alianzas”, “coaliciones”, “ligas de justicia” y demás tonterías, los partidos de signo opuesto se unen para combatir contra el enemigo mafioso —pero no siempre se unen, porque en ocasiones aparecen como amigos y en otras como enemigos—, ¿cómo puedo razonar mi voto? ¿Cómo votar por alguien que es azul pero a quien apoyan también los amarillos, los rojos y los naranjas? ¿Qué programa de gobierno instrumentará?
Definitivamente, a partir de lo examinado, de cara al 2012 me asalta una duda enorme, aunque nada original: ¿votar o no votar? Lo único que tengo claro hasta este momento es que, si no aparece un candidato que cumpla con mis expectativas —lo que no es pedir demasiado, si regresamos al ejemplo del criado—, es posible que convierta a Cepillín en mi candidato particular para presidente, jefe de gobierno, jefe delegacional, diputado local, diputado federal y senador, sin importarme que la ley lo prohíba y sin importarme tampoco que no viva en mi distrito electoral. Para los tipejos que he debido aguantar, asumidos como "autoridades o representantes locales", me queda claro que El payasito de la tele puede hacer, sin duda, un mejor papel.

14.6.10

Caso clínico.

Basado en hechos reales... y actuales.

Imagine usted, amable lector, que un buen día decide participar en un congreso académico. Nada mal, ¿no es así? Ahora imagine que tal congreso se realizará fuera de su país natal. ¡Súper! Añada el hecho de que el evento tendrá lugar en la paradisiaca Cuba que, si bien mantiene a sus habitantes quietos a base de palo y palo —porque, de pan, nada—, salpimentados por una conveniente hambre que quita a la gente cualquier deseo de rebelarse, para el turista bien provisto de billetes verdes —¡ah, las alegrías del capitalismo!— puede resultar un sitio verdaderamente digno de verse.

Sigamos con el viaje de la imaginación. A través de los canales por todos conocidos —esto es, consecución de una visa impresa en cartón de la peor calidad, pago en moneda "real" de sus impuestos de entrada, compra forzada de un seguro médico para casos de emergencia— usted ingresa en Cuba y se dispone, con el ánimo en alto, a pasarla de lo lindo. El plan es sencillo: presentar la ponencia que ha escrito para el evento, charlar con los asistentes al congreso, visitar a unos cuantos sufridos amigos que, mediante el uso de técnicas dignas del mejor faquir, han sobrevivido a la dictadura, al bloqueo y a la propaganda de los hermanos Castro —los dictadores, que no los cantantes—, y recorrer las porciones más visitables de la Perla de las Antillas. ¿Sigue sonando bien?

El problema se aparece en el preciso momento de la llegada a la isla... o casi. Por azares del destino, la noche misma de su arribo al lugar usted cae y se rompe algo. Uf, vaya que duele. Como puede, se levanta, disca en el teléfono —porque los teléfonos aún son de disco allá, y antes diga que no le endilgaron un cuernófono o, como mejor opción, los tradicionales vasitos de unicel provistos de su correspondiente hilito— y espera a que acudan los servicios médicos.

Los hombres de blanco aparecen en escena y lo conducen al hospital. La fama que reviste a la medicina de la isla le hace a usted sentirse tranquilo: “etá uté en la mejore mano, chico”, dice el interno, y usted no tiene por qué dudarlo. Prontamente es trasladado a un hospital —con nombre de un famoso revolucionario ajeno totalmente al mundo de las reparaciones humanas, pero eso importa poco en este momento— y se le somete a una sesión intensiva de auscultaciones, radiografías, análisis y demás. ¿El diagnóstico? “Fractura de cadera, chico: uté tiene oteoporosi, pero ya lo arreglaremo, que para eso somo lo mejolcito de pol acá”. La sonrisa del médico le brinda confianza. Mucha confianza. “Mañana a la nueve lo operamo, chico”.

Durante algunas horas, sin que usted lo sepa —porque está anestesiado, faltaba más, que hasta las historias de terror tienen su lado humano—, los médicos cubanos le abren la parte externa de la pierna, cortan por acá, sacan por allá, quiebran por acullá, e insertan en su cuerpo un pedazo de metal debidamente moldeado que, con el paso del tiempo, se espera que se vuelva uno mismo con usted. O sea: le implantan una prótesis de cadera. Terminada la cirugía, lo envían a recuperación y, más tarde, a su habitación.

Hagamos un paréntesis para relatar lo que, en la serie de Batman —el Batman pazón, o sea, el Batman de Adam West—, anunciaba un locutor con voz engolada: “Mientras tanto, en la Baticueva”, sólo que aquí no se trata de ninguna Baticueva, sino de México. Así, mientras tanto, en México, sus familiares se han llevado un susto de los mil demonios al enterarse del percance, luego se han tranquilizado tras saber que se encuentra en manos “de lo mejolcito de pol acá”, y luego han comenzado a alarmarse de nuevo. ¿Qué es lo que motiva la alarma? Ah, una razón muy sencilla: los cubanos han llamado y exigen se liquide el costo de la operación.

—Que pague, chico.
—Pero, ¿por qué? ¿No hay acaso un seguro que lo cubre?
—Mmm… bueno, chico, pague luego, polque acá no e’ el capitalimo.
—Ni capitalismo ni socialismo de mameluco: no pago. Que pague el seguro.

Llamadas van, llamadas vienen. Los muy solidarios cubanos —ésos que le atendieron mientras usted se debatía, no entre la vida y la muerte, pero sí entre la cojera y el buen caminar— porfían en su intento de cobrar la operación a la familia de usted. “No, no, no: que pague la barbuda de su madre, o la madre del barbudo”, dicen los indignados familiares, “que para eso le endilgaron el seguro a mi pariente”. La mención del seguro termina por obrar milagros y la cuenta se desvanece mágicamente; sin embargo, el drama que se desarrolla telefónicamente entre Cuba y México dista mucho de verse concluido, al aparecer una nueva pieza en el tablero de juego: la repatriación de usted, mi estimado viajante imaginario.

La operación ha salido bien: usted descansa cómodamente —si bien la falta absoluta de movimiento comienza a resultar un tanto pesada— y sólo espera que le den el visto bueno —esto es, que lo den de alta— para tomar sus maletas, afeitarse —aunque la barba sea el no va más en la isla—, cambiar la batita de hospital por algo más decente para salir a la calle, tomar un taxi, cubrir los mismos farragosos trámites acaecidos al momento de su llegada y abordar el vuelo que lo regresará a su país. Eso es lo que usted quiere pero, desafortunadamente, no es lo que quieren los cubanos:

—Le vamo a mandal a su pariente con un cuidadol médico, chico.
—Me parece bien. ¿Ya lo saben en el seguro?
—Uté no ha entendido, chico: le vamo a mandal un cuidadol pero, como eso e’ fuera de Cuba, nosotro no tenemo pol qué pagal. El epecialita e' una lumbrera, ¡cosa ma grande, chico!
—Será el sereno, pero yo no pago. Que pague el seguro.

Los cubanos, de nuevo, insisten. Primero aducen la necesidad de enviar un médico para cuidarle a usted —argumento razonable si se piensa en que la excesiva turbulencia podría terminar por estropearle nuevamente la cadera fracturada—; más tarde, el enviado no será un médico, sino un enfermero —como no sea para cargarle a usted, no se ve de qué serviría un enfermero—; por último, tampoco será el enfermero, sino un anestesista —o sea, en el colmo de la previsión, mejor llevar bien sedado al paciente, no sea que se escandalice al verse fuera del centro hospitalario y quiera arremeter con furia contra todo y contra todos—. El asunto del acompañante comienza a convertirse en un perfecto incordio porque en Cuba, donde “no e’ el capitalimo”, pretenden que usted pague: a) el traslado del sujeto en cuestión —médico, enfermero, anestesista, chamán o brujo, no importa—; b) una estancia de tres días en la Ciudad de México —supónese que para cerciorarse de que el paciente llegue bien y se mantenga bien—; c) el pasaje de regreso. Sólo falta que incluyan alimentos sanos, ropa de recambio y habitación con vista al Paseo de la Reforma.

Sus parientes, en el colmo del fastidio, entran en contacto con la embajada de México en Cuba… e inicia el zipizape:

—Oiga, esos cubanos querían cobrar la hospitalización. ¿Para qué está el seguro?
—No, señor: a nosotros nos dijeron que lo iban a cobrar porque nadie se hizo cargo del paciente.
—Hemos llamado a diario.
—Ellos dicen que el paciente está solo.
—Sus amigos han ido a verlo.
—Dicen que está tan solo que ha comenzado a leer Robinson Crusoe, por una especie de identificación con el personaje.
—Será que ya ha visto caníbales… pero no, no está solo. Y quieren cobrarnos el traslado de un “acompañante”.
—¿Cómo dice?
—¡Sí! ¡Un acompañante! ¡Y quieren que yo pague!
—Ah, caray… de eso no sabemos nada. Deje que investiguemos.

En investigar pasa otra semana, en aclarar el entuerto —desde los niveles más altos de la diplomacia— transcurren otros días y, por último, todo se arregla: vendrá el acompañante, pero pagado por Fidel, Raúl y mafiosos que les acompañan. Mientras tanto, usted no sabe a ciencia cierta qué pasa, pero nota un cambio sustancial en el trato que se le dispensa en el hospital: sus salvadores parecen custodios de reclusorio, la comida se ha reducido a pan y agua —“e’ la dieta, chico” — y, cuando llegan a cambiarlo de posición, tiene la extraña sensación de que el gorila – enfermero juega con el cuerpo de usted a los volados.

Al regresar a México, semienterado de lo que ha sucedido, no puede menos que besar el suelo patrio. Llega a su casa, donde le dan un recibimiento como si acabara de salir de la cárcel —en lo que no andan tan errados—… y notan cómo su cuerpo comienza a hincharse. ¿Cómo dice? Así: a hincharse. Los médicos del ramplón capitalismo nacional llegan por usted, lo suben a una capitalista ambulancia y lo internan en un capitalista hospital, mientras una compañía de seguros incubada en el capitalismo imperialista se hace cargo de todas las cuentas. ¿El diagnóstico? “Amigo, ¿por qué se atiende usted con matarifes sin escrúpulos? ¡Le han puesto un mofle viejo disfrazado de prótesis, lo han fijado con cemento Tolteca —o su equivalente, ‘Cemento Barba’— y lo han reforzado con alambrón de ⅛ no quirúrgico! ¡Hay que abrir y componerlo todo!” Lo abren, lo reparan —a medias, porque después habrá que sustituir el pedazo de metal llamado pomposamente “prótesis” por los cubanos— y lo mandan a recuperación.

Como colofón, un dato: junto con usted llegó una cuenta de hospital con cifras expresadas en muy capitalistas billetes verdes. Los números —tan elevados como si el percance hubiera tenido lugar en Houston, no en La Habana— revelan una realidad digna de la dimensión desconocida, al incluir traslado, operación, materiales empleados —cual si fueran de primer mundo—, recuperación, días de hospitalización y sesiones de terapia —aunque usted nunca se levantó de la cama—.

Las agencias de viajes son muy dadas a decir: “si viaja usted a X lleve ropa ligera, repelente de moscos, bloqueador solar y gafas de sol”; asimismo, en algunas partes recomiendan cosas como “no salga a la calle de noche”, “evite beber agua de los grifos”, “no camine en solitario por tales y cuales avenidas o zonas de la ciudad”, o “evite hacer amistad con los guerrilleros de la localidad”. En el caso de Cuba, el anuncio debería redactarse como sigue:

“¿Viaja usted a Cuba? No olvide contratar un seguro de gastos médicos en su país de origen. Asimismo, desconfíe de médicos, enfermeros, anestesistas, brujos y chamanes de facha amistosa. No olvide llevar en su maleta dos prótesis de cadera—izquierda y derecha, porque nunca se sabe de qué lado cae uno— y tenerlas a mano en caso de accidente. Ante cualquier eventualidad, golpee al primero que se anuncie como 'el mejolcito de pol acá' y pida auxilio a su embajada”.

4.1.10

La ciudad de Marcelo.

Un barrio cualquiera de la Ciudad de México: una patrulla de la policía recorre diariamente el sector que le ha asignado para efectuar labores de supervisión. Meticulosamente, los uniformados se detienen en cada una de las esquinas que cruzan, hacen sonar la bocina incorporada a la torreta de su vehículo —la inconfundible señal de “aquí estoy”—, y esperan a que alguien, cuya identidad u ocupación se desconoce inicialmente, se acerque al vehículo. Los sujetos que a cada esquina se aproximan a la patrulla no son, contra lo que pudiera pensarse, policías, vigilantes o incluso comerciantes: son franeleros, y acuden con presteza al bocinazo lanzado para entregar su cuota diaria a los puntuales servidores públicos. Éstos, por su parte, una vez recibido el dinero, gastan alguna broma amable a los franeleros, tal vez comentan el estado del tiempo y la marcha del negocio y, sin más, prosiguen con su recorrido.

Otro barrio cualquiera de la misma urbe: un restaurantero, deseoso de no perder clientela ante la promulgación de la ley contra los fumadores, decide ampliar sus operaciones a la banqueta inmediata a su negociación. Tras solicitar los respectivos permisos y cooperar voluntariamente con la autoridad delegacional que le corresponde, ubica las mesas y espera a los fumadores que, sin demora, ocupan las mesas y, en amenos coloquios, arreglan la vida nacional en torno a sendos tragos de espirituosas bebidas, acompañados por las infaltables bocanadas de humo de distintas calidades. Al día siguiente, dos inspectores aparecen y multan al propietario del local. ¿La razón? Que el hecho de que la gente fume, literalmente, en la calle, contraviene la mencionada ley, a pesar de que ésta indica con claridad la prohibición de fumar en espacios cerrados y no a cielo abierto. De nada sirven las protestas del ventero: deberá pagar una multa, dar por perdido el dinero invertido en el permiso y en la espontánea dádiva y, en plena banqueta, tendrá que colocar un letrero que invite —o, mejor dicho, conmine— a los comensales a no fumar.

Una avenida, mismo espacio urbano: el tráfico a las 3 de la tarde es insoportable. La gente ve a sus autos calentarse, detenerse y convertirse en conjuntos monumentales de piezas de metal inerte. Instantáneamente, los ocupantes de los vehículos toman sus teléfonos celulares y, con más resignación que furia, comunican a sus desconocidos interlocutores: “sí, Fulano —o Zutanita—, ya sabes, no voy a llegar. Pues sí, así es esta ciudad”. Tres cuadras más adelante, cinco madres de familia han decidido cerrar una arteria principal de la ciudad porque la directora de un kínder ha dicho que los niños son idiotas, y ellas no pueden consentir semejante violación a los derechos humanos de sus querubines. Dos cuadras a la izquierda, una manifestación, compuesta por cien jóvenes, protesta contra las políticas intervencionistas de Estados Unidos en Irán, y apoya las declaraciones hechas en fechas recientes por Fidel Castro al diario Granma. En la misma avenida, un grupo de trabajadores abre un hoyo para insertar cables al subsuelo, mientras que una brigada gubernamental poda árboles y, como el asunto no es que alguno de ellos sea atropellado por los automovilistas inconscientes, han acomodado un enorme camión de modo que obstruya el carril inmediato al sitio en que laboran. Por si fuera poco, los semáforos no funcionan, o lo hacen del modo que es posible imaginar: luces verdes durante diez segundos —en plena avenida—, seguidas por luces rojas que tardan en cambiar cuarenta y cinco segundos, lo que sentencia a los conductores a detenerse en cada esquina.

Misma ciudad: vecinos airados protestan contra la construcción de una vía rápida y obstruyen una vialidad secundaria. Para reforzar su protesta, secuestran la maquinaria con que comenzarían a derribarse árboles, tirarse casas y aplanarse suelos. El gobierno local, sin más trámites, lanza a sus granaderos para reprimir a los manifestantes pero éstos, ni tardos ni perezosos, hacen sonar las campanas de la iglesia y alertan a los vecinos en su conjunto. Como cualquiera sabe lo que, en el México premoderno, implica que las campanas sean tocadas a rebato, los cuerpos de seguridad se repliegan y entra en acción el plan B: un grupo de espontáneos aparece en las calles aledañas —no suma más de diez personas— y se manifiesta a favor del orden y del progreso que implicará la construcción de la vía rápida. Días después, aparece en los diarios una encuesta en la que se indica que tres de cada cuatro encuestados están a favor del mismo proyecto, sin importar que existe ya una vía de tránsito adicional en la zona cuyos resultados, muy elogiados por la administración anterior, dejan ver que la nueva solución no será tal. Mientras, del otro lado de la ciudad, la única vía rápida que existe no es tal —dado que sus carriles disminuyen a cada momento, posee semáforos e, incluso, en un momento dado, ve ingresar en sus carriles al metrobús—, el caos es evidente y no hay proyectos para mejorar la vialidad.

Otra avenida: una cuadrilla de trabajadores comienza a tirar árboles a diestra y siniestra. De nada importan las protestas de los vecinos: la tarea debe ser hecha porque, sobre la misma avenida —sobre el arroyo, no sobre las banquetas, que es donde moran las víctimas del progreso—, correrá la nueva línea del metrobús. El proyecto, según ha dicho el gobernante supremo de la sufirda urbe, es indispensable, y ya se verá cómo se reponen los árboles. Meses atrás, un grupo de descerebrados otorgó, a este mismo sujeto, una condecoración por sus esfuerzos a favor de la preservación del medio ambiente y la conservación de las áreas verdes, al tiempo que alabó sus denominados “Programas verdes” y la lucha sin cuartel que libra —en la imaginación de los involucrados, se entiende— contra las emisiones contaminantes. Ello, por supuesto, no considera que en la ciudad existe, al menos, una marcha o un plantón cada día, lo que sin duda genera una cantidad importante de gases contaminantes.

Una oficina de la policía: una secretaria, harta de ser acosada sexualmente por su jefe —un comandante de sector—, y también de no ser escuchada por autoridad alguna, se dirige a los medios de comunicación para hacer pública su protesta y exigir justicia. Craso error. El jefe superior de la policía la manda llamar y le recrimina haber acudido a los medios. “Ahora”, amenaza, “no podré hacer nada. Allá usted si le pasa algo”. La mujer afirma que el caso es común pero que sus compañeras, al saber que nada se hará porque el involucrado tiene conexiones con el jefe del jefe de la policía y, por tanto, resulta intocable.

El hombre a cargo de todo este desastre aparece en los medios de comunicación a la menor provocación, pero no para solucionar los problemas descritos —los que parece no considerar en lo más mínimo—, sino para hacer declaraciones rimbombantes: “la ciudad tiene equidad”; “estamos bien de cara al futuro”; “las obras no se detendrán porque beneficiarán a todos”; “no hay presencia del crimen organizado en la ciudad”. Incluso, el día de ayer tuvo el tupé de decir “las obras no pararán porque no dejaré que alguien más sea el que las concluya”, aunque más tarde solicitó amablemente a los medios —se entiende cómo— que retiraran tan desafortunada frase. Es rápido para ejercer la autopromoción y para criticar al de enfrente: “nosotros no haremos un gasto monumental con los festejos del Bicentenario, como sí lo hace el Gobierno Federal”, y hábil para callar el hecho de que, si no podrá hacer nada, no es porque tenga un sentido admirable del ahorro, sino porque no le queda otra opción que mirar cómo el festejo federal ocupa estratégicamente todos y cada uno de los espacios posibles de la ciudad, lo que lo orilla a guardar bajo el tapete las locuras que poblaran su cabecita para recordar la magna fecha.

Ésta es la ciudad en la que vivo: la ciudad de los enormes negocios disfrazados, desde hace diez años, de “obras públicas indispensables” para “solucionar los problemas a largo plazo”, pero que al mes de su inauguración muestran estar completamente rebasadas por la realidad. La ciudad de las ocurrencias, donde el faraón en turno decide lo que habrá de hacerse por sobre la voluntad popular o amañando sagazmente lo que ésta parece mostrar, de modo que todo parezca perfectamente probado y aprobado. La ciudad donde el jefe de la policía es un simulador, el de finanzas es un ladrón con enormes dosis de iniciativa —exhibidas al subir el costo del agua, del predial y crear una nueva tarjeta de circulación—, el de transportes es amigo y socio del transporte pirata —caso claro de la Iglesia en manos de Satanás—, el de obras públicas se arrima al mejor postor para hacer lo que venga en gana, el de turismo es otro inútil ocurrente y el de educación es un patán sin educación. Sin embargo, apoyado en la muy popular gacetilla noticiosa, el jefe de (des)gobierno presenta una realidad alternativa a la opinión pública y prepara sus fuerzas para lanzarse por la grande en 2012. Eso, claro, si logra derrotar al mesías de los oprimidos, al salvador del pueblo, al amigo de todos.

10.11.09

Democracia sindical

Estimados lectores:

Como se anunció en este espacio el día de ayer, mañana miércoles tendrá lugar un paro de labores en la Universidad Nacional para apoyar la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas. De forma harto patética, quienes nos oponemos a tal ridiculez no logramos unificar nuestras voces para exteriorizar nuestro rechazo a la medida... vaya, ni siquiera pudimos ponernos de acuerdo para expresar lo que queremos pero, en nuestro descargo, diré que tampoco tuvimos espacio alguno para hacernos oír. Por tanto, la votación se realizó en el lugar señalado -el auditorio Justo Sierra-, y en ella participaron quienes pueden entrar al sitio de referencia sin sentirse amenazados, y sin que su sentido del orden, la limpieza y la estética resultaran ofendidos dadas las deplorables condiciones en que se encuentra el inmueble.

Tengo en mis manos una circular emitida por el sindicato universitario, donde quedan de manifiesto los muy democráticos ideales que practica el moderno corporativismo mexicano, muestra palpable de la forma en que se toman las decisiones al interior de tales organismos y del modo en que los mismos se basan en políticas de hechos consumados. La hojita, fechada el día 9 de noviembre, se titula "Huelga parcial del STUNAM de 12 horas en apoyo al SME y por la solución a las demandas internas". ¿Cómo dijo? ¿"Huelga parcial"? ¿Qué demonios es una huelga parcial? ¿Paran unos y los otros siguen trabajando? Pues no, señor, en este caso paran unos y todos nos vamos al demonio, queramos o no trabajar, amén de que el estallido de una huelga requiere seguir una serie concreta de pasos para tener efectos legales y evitar que el patrón eche a la calle a los trabajadores por abandono de puestos o faltas injustificadas. ¿Qué es entonces una "huelga parcial"? Nada, un eufemismo para decir "no vamos a trabajar, ¿y qué, y qué?" El otro error es menor, pero nos demuestra el nivel intelectual de nuestros ínclitos sindicalistas: "por la solución a las demandas internas". En todo caso, sería la solución de -no a- las exigencias -no demandas, que es una espantosa traducción del inglés-, pero háganlo ustedes entender a estos mentecatos.

En su primer párrafo, a la letra, el texto reza: "Por acuerdo unánime de nuestro Consejo General de Representantes, el STUNAM realizará el próximo 11 de noviembre una huelga general -¿no era parcial?- de 12 horas en la UNAM, en solidaridad con la lucha de los trabajadores agrupados en el hermano -¡oh, qué fraterno suena esto!- Sindicato Mexicano de Electricistas, así como en contra de los recortes presupuestales a la educación, la ciencia y la cultura, de la imposición de pagos excesivos de impuestos y por el respeto a la materia de trabajo de los empleados de base de la UNAM que viene siendo usurpada por gente de confianza -¿la UNAM o la materia de trabajo?-".

Hasta aquí el galimatías. Lo que se deja ver es que, para dar un mayor peso al simple acto solidario -que en sí es una tontería, un acto vacío al que se pretende dotar de elementos nacionalistas, patrióticos, solidarios y obreristas-, se integran al discurso aquellos elementos de protesta que serían naturales para un sindicato universitario, como son la usurpación de plazas y el recorte presupuestal. Sin embargo, ambos puntos son un camelo dado que, por un lado, la gente de confianza no le usurpa plazas a los sindicalistas, sino que las mismas son ocupadas por gente externa en el momento en que nadie del STUNAM tiene las calificaciones necesarias para hacerse con un trabajo determinado. Así, por citar un caso que conozco de primera mano, una plaza de secretaria bilingüe inglés - español estuvo vacía durante dos años porque las secres sindicalizadas con trabajos escriben en castellano, y eso, con mala ortografía. ¿Cómo querían una plaza donde se requiere parlar en inglés? Lógicamente, el trabajo debió anunciarse al exterior, y ahí fue ocupado por alguien que, tras realizar una serie larga de exámenes, demostró que tenía los conocimientos y la capacidad para integrarse a la planta laboral de la institución. En el segundo caso, lo dicho: el problema de la universidad no es que sobre o falte dinero, sino que el mismo se emplee de forma inteligente.

El resto de la hoja prosigue, en un tono por demás desapasionado, con la enunciación de lo que se hará y lo que se espera obtener, o sea, la solución de las exigencias sindicales. El cierre del texto, dado su interés, será reproducido a continuación: "¡Solidaridad amplia con los electricistas afiliados al SME! ¡No a los recortes presupuestales a la educación! ¡Solución a nuestra problemática laboral interna! ¡Solución a las demandas de los trabajadores del Colegio de Bachilleres! [...] A partir del martes 10 de noviembre los trabajadores de base en urnas refrendaremos la propuesta de huelga parcial de 12 horas".

¿Los trabajadores del Colegio de Bachilleres? ¿A qué vienen aquí a cuento? ¿Por qué se integran elementos extraños al discurso? ¿Sólo por agrandarlo? Así parece. Me recuerda cuando, en medio de la anterior lucha para elegir dirigente en el STUNAM, algunos alucinados terminaban sus consabidas listas de promesas -mejoras salariales, ampliación de puestos de base, homologación de tabuladores- con la ridiculez aquélla de "no al desafuero" del Peje. Así, en su intento por ganar adeptos a una causa determinada, los sujetos en cuestión perdían de vista su objetivo principal y metían en el costal todo aquello que sonara a lucha social, de modo que se viera el color de su playera y se supiera, de una vez por todas, a qué atenerse.

Sin embargo, tal no es lo peor del párrafo. Primero, al haber sido redactado sin comas, la lectura de las últimas propuestas se presta a realizar una chunga mayúscula, porque ¿quiénes son "los trabajadores de base en urnas"? ¿Son acaso los nuevos exponentes de aquel infame experimento denominado "gato bonsai", sólo que ahora se hace con sindicalistas? Eso sí sería motivo de protesta; sin embargo, creo que, para dar más peso a la votación, se hará sufragar a alguno que otro muerto, cuyas cenizas apoyarán a la noble causa del SME desde las urnas en que se encuentran. Después de ello viene lo que es, desde mi punto de vista, el colmo de las abominaciones: como se ha mencionado, la hoja está fechada el día 9 de noviembre, y anuncia la realización de un paro el día 11. ¿Cómo es que, entonces, las votaciones para dar peso a la propuesta se realizarán el día 10? ¿No deberían haber tenido lugar antes de que circulara la hoja? ¿No es todo esto una simulación imperdonable, un engaño mayúsculo, y una forma de poner presión a quienes, por sus muy particulares razones, hubieran querido votar en contra del paro?

No obstante lo mencionado, los líderes sindicales no son tontos; de otro modo, no podría uno explicarse cómo han permanecido en sus puestos a lo largo de los últimos veinte años sin dar golpe y, peor acaso, sin trabajar. Así, en medio de las juntas donde "democráticamente" se decidiría si la gente del STUNAM se sumaba al paro, el discurso siguió, más o menos, el siguiente rumbo: "Compañeros: hay que estar con el SME. Si no los apoyamos en el paro, el día de mañana nosotros también perderemos nuestros trabajos. La privatización del sector eléctrico está en marcha, y la de nuestra fuente de trabajo -la UNAM- es cosa de poco tiempo. Por tanto, hay que parar al espurio, al neoliberalismo, a los intentos privatizadores del gabinete panista, y luchar con el SME".

Lo anterior no es una exageracion mía: es una reproducción textual de los puntos más importantes abordados en las asambleas sindicales. En un principio, algunos trabajadores se opusieron al paro, alegando que lo peor era mostrarse como un sindicato rijoso que, más aún, se sumaba a una lucha perdida y, ante todo, ajena. Empero, los delegados sindicales se las arreglaron para repetir hasta el cansancio la consigna de que "o vamos al paro, o nos quedamos sin trabajo", y lograron su cometido, que no era otro que meter miedo a las masas de imbéciles para quienes el acto de pensar es un ejercicio agotador en extremo. Por tanto, como todo se redujo a "paramos o nos despiden", los resultados de la votación no podían sino favorecer a la primera opción, aun cuando, como es notorio, no hay visos de que se busque privatizar a la universidad, tampoco se está en vías de privatizar el suministro eléctrico, y menos se piensa poner en la calle a la gente del STUNAM, si bien algunos deberían estar fuera de sus plazas de descanso, perdón, de "trabajo", hace largo tiempo.

Por lo pronto, a los sindicalizados universitarios se les avisó que, como muestra de solidaridad con el SME, se les descontarían cien pesos de su sueldo, mismos que permitirían a los electricistas sobrevivir a los embates del gobierno. Sospecho que, al ver finalizada la mina de oro que representa ser líder sindical, el bueno de Martín Esparza se halló sin fondos para terminar las remodelaciones de su rancho, y el dinerito del STUNAM le vendrá de perlas para, cuando menos, concluir con el remozado de las caballerizas, y pagar los sueldos de los democráticos empleados que en el sitio se afanan. Mientras tanto, los trabajadores universitarios, apoyen o no al SME, han visto disminuir arbitrariamente su ingreso. Claro que pueden quejarse de ello y pedir que les sean regresados los cien pesos, ¡faltaba más! Sin embargo, para lograr la restitución del dinero usurpado, deberán dirigir una carta al sindicato y exponer el hecho, lo cual desamina al más pintado dado que, en el acto, le señalará como reaccionario, antisindicalista, poco amigo, y le expondrá a ser objeto de cualquier tipo de represalias.

En medio de todo ello, ahí viene el paro -que tampoco es tal, porque no puede parar labores quien, de hecho, se encuentra en situación de paro, esto es, sin chamba- y, ¡ah, qué nobles son las luchas sindicales!