11.11.10

Los números duros, puros y seguros.

Se ha atrubuido al célebre Arquímedes de Siracusa —una de las mentes más despiertas de la Antigüedad Clásica—, a propósito de las posibilidades prácticas de la palanca, la conocida frase "dadme un punto de apoyo y moveré al mundo". Cierto es que, con respecto al tema de referencia, el apotegma indicado es completamente cierto; no obstante, hoy en día podríamos tranquilamente transformarlo en "dadme una cifra, un número o un porcentaje y moveré a las masas" y diríamos también una gran verdad.

En plena posmodernidad, es decir, en pleno mundo en el que lo absoluto ha quedado relegado al terreno de la fe —y a la conciencia dogmatizada de algunos cuantos— y todo termina por ser relativo, dado que el desciframiento del entorno depende del enfoque particular de locutores y espectadores, resulta por completo increíble el modo en que las cifras gobiernan la realidad y, más aún, se las arreglan —no ellas, sino quienes las esgrimen— para modificar conductas, impulsar leyes, sumir en la preocupación a miles y servir como asidero a otros miles, que ven en la realidad pintada por los números la única fuente posible de entendimiento objetivo a la que puede echarse mano.

Hace unos cuantos días apareció, en la prestigiada revista científica inglesa The Lancet, un artículo donde se plantea la nueva calificación que debe regir a las drogas —legales e ilegales— de acuerdo con los niveles de peligrosidad que representan para el consumidor. De acuerdo con tres criterios fundamentales —médico, legal y social—, el estudio asigna una serie de calificaciones a las veinte sustancias adictivas más populares y concluye que el alcohol —calificado con 72 puntos sobre un total de 100— es la droga más peligrosa que existe, más que la heroína —a la que aventaja por diecisiete puntos— y que cualquier otra droga existente. Por su parte, el tabaco, sexto en la lista con una calificación de 26, es más peligroso que, por ejemplo, las anfetaminas —23—, la marihuana —20—, la metadona —14—, los esteroides anabólicos —10—, el éxtasis —9— y el LSD —7—.

Si todo el estudio se basara en, simplemente, examinar qué hace una droga, cómo deteriora al consumidor y de qué manera lo conduce lentamente a la muerte, tal vez podría tomarse como algo serio. Y digo tal vez porque hasta al más incauto no se le escapa que los perjuicios inherentes al consumo de las sustancias residen, no sólo en qué es lo que se mete el sujeto, sino que también se relacionan con la cantidad en que ello se ingiere. Si a lo anterior se añade que el estudio, para asignar sus calificaciones, dice tomar en cuenta aspectos como el costo económico asociado al consumo, los daños al medio ambiente que éste genera, la pérdida de relaciones, las posibilidades de cometer crímenes —no se dice si bajo la influencia de las drogas o en medio del ansia por conseguirlas— por parte del adicto y las advertencias hechas por la familia con respecto a su hábito, resulta entonces que todo es una tomadura de pelo fenomenal, dado que los elementos aquí indicados se encuentran en el terreno del uso personal y, hasta donde se sabe, la metodología empleada para clasificar a las drogas no recurrió a ningún tipo de encuesta entre los adictos. Sin embargo, los números hacen su trabajo, las drogas se han clasificado y se espera que, en el corto plazo, las autoridades competentes tomen cartas en el asunto para poner coto a los peligros mencionados.

Aunque ejemplos como el anterior sobran en este mundo gobernado por las cifras, tomaré un caso de suma notoriedad —y muy conocido— ocurrido en 2006 y protagonizado, adivinaron ustedes, por el Peje: durante meses —desde 2005, para ser exactos—, el sujeto en cuestión no perdió oportunidad para anunciar con bombo y platillo que llevaba —con base en una serie desconocida de encuestas— una ventaja de diez puntos en la intención del voto con rumbo a las elecciones presidenciales, sin importar que no tuviera, por momentos, contrincantes reales —dado que todos los institutos políticos se movían en los terrenos de las precandidaturas, las suposiciones y el tapadismo— ni que nadie supiera, a ciencia cierta, de dónde obtenía sus cifras. La cantaleta de los diez puntos se mantuvo hasta el día de la elección, a pesar de que era obvio para cualquera que el tipo había perdido muchísima ventaja, en principio porque los demás partidos habían terminado por designar a quienes defenderían sus respecivos colores en la contienda; más tarde, por no haber asistido al primer debate entre candidatos, y finalmente por su titubeante actuación en el segundo encuentro de abanderados partidistas. Ello no le importó: tenía diez puntos y por diez puntos iba a triunfar. La misma noche de la votación anunció que, aunque daría por bueno cualquier resultado, él sabía que tenía medio millón de votos de ventaja y, por tanto, exigía al IFE le reconociera esa misma delantera.

Para los fines de este análisis, no importa mucho si existían o no los 500,000 votos proclamados por López la noche del 2 de julio de 2006; lo interesante es que, al mencionar una cifra concreta —votos más, votos menos—, daba un asidero a la realidad, materializaba algo que no podía ser sino una quimera, una suposición o incluso una aspiración —para él mismo y sus seguidores— y le permitía proclamarse ganador. ¿De dónde obtuvo la cifra mágica que expresó en concurrido mitin celebrado en el Zócalo de la Ciudad de México? Ni idea. Lo idóneo, lo que le daría visos enormes de verdad a su enunciación, habría sido el hecho de contar con una copia de todas las actas de votación generadas a lo largo y ancho del territorio nacional, a partir de lo cual decir "tengo tal ventaja" no sería sino un hecho claro, probado, comprobado y comprobable. Empero, lo más seguro es que el tío —y sus asesores— haya decidido hacer un muestreo rápido y, extrapolando las cifras obtenidas, decidiera efectuar su anuncio. Las consecuencias de tal maniobra son del dominio público —inestabilidad, polarización de la sociedad, golpes bajos, irrupciones en los medios y una campaña política que dura ya cuatro años— y no se necesita entrar en detalles para conocer el alcance de los mentados números en la construcción social de la realidad —punto que, por cierto, escapa a Berger y Luckmann en su brillante análisis—.

En fechas recientes, Transparencia Internacional dio a conocer su estudio sobre la corrupción existente en el mundo. La investigación, denominada "Índice de Percepción de la Corrupción", asigna a los países una calificación determinada a través de una metodología que combina la encuesta, el informe de los especialistas y la visión de algunos sujetos en lo referido a la mayor o menor existencia de prácticas de corrupción en un determinado sitio. Una vez que los datos son estandarizados, se forma la tabla y ya está: éstos son los más corruptos, éstos los menos, éstos los de en medio.

¿Cuál es la deficiencia del estudio de Transparencia Internacional? Para comenzar, el nombre del mismo: "Índice de Percepción de la Corrupción". ¿Quién percibe la corrupción, y cómo es que la percibe? La omisión en las funciones de un sujeto o una institución, ¿se incluye en los datos recabados? ¿Se integran a las consideraciones de Transparencia, no sólo el político de altos vuelos, sino quien le da dinero a un franelero para que le cuide el automóvil? El profesor que no califica a sus alumnos como debe, el vecino que se roba un pedazo de área común, el comerciante ambulante que se cuelga de los cables de la luz, ¿son tomados en cuenta? He ahí la mayor deficiencia del informe, a la que debe sumarse el hecho de que, como es notorio, toda práctica ilegal ocurre a la sombra, de la forma en que sea lo menos notoria posible, de modo tal que cuantificar la corrupción, los desvíos, los desfalcos y las omisiones sea un asunto más que espinoso dado que la posesión de cifras se convierte en un asunto fortuito y todo queda, nuevamente, en el terreno de la especulación que una metodología cándida intenta materializar y volver tangible para efectuar, eso sí, una denuncia contundente y, dicho sea de paso, loable. No obstante, todo ello me hace recordar aquella ocasión en la que un alumno llegó con un colega a presentarle su tema de tesis: él quería estudiar la piratería en el siglo XVII y preguntaba acerca de cómo debía proceder. El colega, muy en su papel, lo envió al archivo y le dijo que su trabajo sería relevante en la medida en que lograra cuantificar la piratería introducida en la Nueva España para así saber cómo había ésta actuado en los flujos reales de oferta y demanda de mercancías. ¿Cuantificar la ilegalidad? ¿Dónde están esos registros? ¿De qué manera es posible saber, en el siglo XVII o en el XXI, la cantidad de piratería que se produce, almacena y distribuye, el porcentaje de mercado que tiene asegurado, sus valores reales y el comportamiento del comprador frente a tales productos? Imposible: lo ilegal se mueve sin números; asignarle una cifra es más una cuestión de quimeras y adivinanzas que de establecer cantidades reales, objetivas, tangibles.

El último caso que me viene a la mente surgió hace apenas unos días y se relaciona, faltaba más, con la exigencia de algunos alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional con respecto al otorgamiento de subsidios varios a la comunidad estudiantil, sobre lo que he hablado ya bastante en un par de entradas previas. Lo interesante aquí es uno de los argumentos esgrimidos por una alumna proclive al popular acto de estirar la mano: la autoridad está obligada a subsidiar comedores y fotocopiadoras por el simple hecho de que el 77% de la población universitaria gana menos de seis salarios mínimos y, por lo tanto, no tiene ninguna posibilidad de acceder a comida, copias, diversiones ni materiales que aseguren su recto desempeño como estudiante, por no hablar de que no puede llevar una vida digna ni bla, bla, bla.

El salario mínimo vigente en el Distrito Federal asciende, en este noviembre de 2010, a $57.46; por tanto, seis salarios mínimos equivalen a $344.76 diarios, o a $10,342.80 al mes —contando treinta días por mes—. Así como se lee: diez mil pesos al mes. Obvio es que la cifra entra en el rubro de los ingresos medianamente buenos, con los que un sujeto puede hacer y deshacer sin preocupaciones de mayor especie; sin embargo, un ingreso menor, tal vez de una tercera parte del mismo —alrededor de $3,450— permite, a quien se administra bien, vivir, no con comodidades, pero también sin penurias. ¿Por qué entonces asumir que los seis salarios mínimos mencionados son la cantidad óptima de dinero que requiere un estudiante para no ser subsidiado? ¿De dónde sale la espectacular cifra? Se ignora. Podría pensarse que se buscó un número que, sin ser demasiado alto —después de todo, seis salarios no suenan a muchos salarios—, permitiera mostrar un porcentaje estrambótico de estudiantes sumidos en la pobreza y en la desesperación, aunque no se piensa que alguien que gane menos de los $10,342.80 mencionados no necesariamente es un pobre de solemnidad: ¿qué tan menos es eso menos que los estudiantes perciben? ¿Un peso menos? ¿Cien pesos menos? ¿Mil pesos menos, cinco mil, diez mil? No lo sé, pero he ahí el intríngulis de la cuestión: con decir que se gana menos se cumple con la exigencia de mencionar algo concreto; además, al asumir que un 77% de sujetos se encuentra en el decil inferior al designado como ideal, se presenta la realidad catastrófica y se apuntala una exigencia absurda.

Así es esto de las cifras. Decía Pedro el Mago Septién, al terminar un partido de beisbol, que sólo quedaba la frialdad de los números, es decir, el recuento desapasionado de los hits, las carreras y los errores que habían determinado el triunfo de un equipo y el fracaso de otro. En los casos aquí mencionados, los números son todo menos fríos: no son expresiones objetivas de la realidad, no son tampoco cuantificaciones inocentes ni expresiones abstractas. Los números, como todo, se enuncian con una intención, se extraen de la realidad, la transforman en algo que necesariamente sirve a un fin determinado —como en el caso de las encuestas donde, dependiendo de la respuesta que se quiera obtener y de la realidad que se busque retratar, se preguntan tales o cuales cosas de tales o cuales formas— y que construye discursos pretendidamente centrados en datos obtenidos objetivamente. Claro está, todo lo objetivamente que se pueda en un mundo que, por definición, es subjetivo.

10.11.10

Las nuevas protestas: más de lo mismo.

Como oportunamente reseñé en una entrada previa de este blog, a últimas fechas han proliferado en la Universidad Nacional diversos grupos de estudiantes que, por razones no del todo claras —o tal vez sí, todo depende de cómo se observen—, han decidido montar protestas más ruidosas que efectivas —y, ante todo, poco concurridas— para exigir que la Máxima Casa de Estudios les otorgue un sinfín de concesiones por el simple hecho de ser estudiantes. Los sujetos en cuestión han retado a la autoridad —que, vale decirlo, no ha sabido estar a la altura de las circunstancias—, han motejado de todo a quienes nos oponemos a sus insensateces, no han dudado en aliarse con grupos y personas ajenos al ámbito universitario —por ejemplo, los individuos que mantienen secuestrado el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, en el remoto caso de que unos y otros no sean los mismos—, han empleado algunos espacios universitarios para fines distintos a los que les son propios —¿les dice algo el término actividades académicas?— e incluso han tenido el tupé de amenazar —típico— con cerrar las instalaciones de la facultad si no se presta atento oído a sus exigencias —que no peticiones—. Si bien es claro que las protestas no progresan, sus manifestaciones permiten a los abanderados de las nobles causas que a continuación se anotarán mantenerse ahí, a la vista, como un ente molesto que, diciéndose portavoz de los alumnos, en realidad sirve intereses que poco tienen que ver con éstos.

Para entrar en materia, basta recordar que, en la última entrega de la tragicomedia que sirve de fondo a este texto, los alumnos —porque cierto es que algunos lo son; otros dicen serlo, aunque no tienen ni una neurona funcionando en el plano que debería de hacerlo, y otros son las clásicas rémoras que subsisten por ahí en calidad de fósiles— exigían que se subsidiaran los comedores universitarios y los servicios de fotocopiado, se eliminaran los cobros de la División de Educación Continua y que además se renovaran los acervos de las bibliotecas. Pues bien, desde ese momento hasta la fecha han transcurrido ya dos meses y, como era de esperarse, las amables peticiones de la comunidad gritante han crecido. Transcribo a continuación —a la letra— el nuevo pliego auspiciado por el segmento inconforme de la comunidad:

1. Cafeterías subsidiadas administradas por los trabajadores de la Universidad para reducir los costos de los alimentos.
2. Subsidio en fotocopias por representar un gasto importante para los estudiantes.
3. Mejora del acervo del sistema de bibliotecas de la Universidad
4. Eliminación de cobros injustificados.
5. Aumento a los estímulos y becas para los alumnos de escasos recursos.
6. Facilitar el acceso a la cultura y el deporte: reducción de los costos de estas actividades.
7. Revisar e impulsar reformas a los planes y programas de estudio: por una educación científica, crítica y humanista.
8. Aumento al presupuesto a la educación pública del 8% del PIB, para que la educación sea realmente un derecho y no un privilegio en tiempos de crisis; por la intervención democrática de los estudiantes en el manejo de los recursos.

Como puede verse, las exigencias constituyen el clásico licuado de granola donde todo cabe y donde, al final de cuentas, no se tiene una idea clara de qué es lo que pide quién, por qué lo pide ni por qué lo pide a quien se lo pide. Dejaré de lado los primeros tres puntos —salvo en lo que toca a la nueva variable incluida en ellos— por haber sido ya tratados en la entrada a que he hecho referencia al comenzar este texto y me concentraré en lo demás, justo en el orden en que aparece.

Lo primero que salta a la vista es la inclusión de la base trabajadora en un conjunto de peticiones formuladas por la comunidad estudiantil. ¿De verdad la inserción de los sindicalistas constituiría el factor determinante para que bajaran los precios de los alimentos? En lo personal, lo dudo mucho y, de hecho, no se ve cómo podría ello operar, a menos que se decida entrarle al clásico juego de "yo estiro la mano y tú, instancia oficial, me das", con lo que la comida podría valer incluso un centavo, mientras que su costo real es absorbido por el presupuesto universitario. Como idea para salvar de la inanición al estudiante famélico —siempre y cuando fuera sólo éste el que hiciera uso de los comedores, lo que no resulta probable— no suena mal, pero ¿por qué justamente deben ser los sindicalistas quienes tomen el control de los establecimientos de comida y no cualquier otra persona? Huele mal, muy mal, y no me refiero a los platillos que se sirven en tales sitios. Sabido es que, desde el ilegal paro —que no huelga— de 1999-2000, el STUNAM ha apoyado a los grupos radicales que tienen distintas madrigueras en la universidad por... vaya, quién sabe por qué lo haga, pero lo cierto es que lo hace. ¿Qué traman ahora unos y otros? ¿No es en extremo raro que, justo después de la protesta lanzada por los sindicalistas para que les fuera ampliado el número de plazas en las bibliotecas, aparezca esto en escena? Además, si se piensa que, de hecho, en algún momento la protesta estudiantil pidió que se mejorara el servicio de préstamo de libros mediante la contratación de más personal de base, y que los servicios de fotocopiado —que sí son espantosos— fueran ocupados por este mismo como primer paso para proceder a su subsidio, el contubernio es claro. Tan claro como extraño, porque no se entiende cómo un grupo de sujetos que dicen estar comprometidos con los estudiantes, con la justicia y con la equidad, se aviene a hacerle el juego a un tipo de la calaña de Agustín Rodríguez y mafias péjicas que lo acompañan. A menos, claro, que todo sea parte del golpeteo contra la autoridad o, como bien dijo un secuestrador del auditorio en un mensaje dejado por ahí, "porque hay que molestar". Valiente significado dan estos tíos a la protesta, sí señor.

El siguiente punto del pliego es verdaderamente risible: "eliminación de los cobros injustificados". ¿Y qué pasa si todos los cobros se justifican? Aún más, ¿qué sucedería si se instrumentaran nuevos cobros y limpiamente se justificaran? Seré curioso: ¿a qué llaman estos sujetos un cobro injustificado? Sé que la respuesta se anclará en el artículo 3° de la Constitución, en la famosa gratuidad de la educación pública y en el nefando deseo —que muestra la inconfesable colusión entre el Estado, el gran capital y la universidad— de excluir a las clases populares de la educación superior mediante la aplicación de cobros excesivos. Sin embargo, como se demostró hace diez años, tal gratuidad se limita a la educación básica; además, el pago de impuestos —que muchos esgrimen como el argumento, aunque no paguen ni un céntimo de impuestos que no sean al consumo por la sencilla razón de que no trabajan— tampoco es óbice para eliminar cualquier tipo de cuota, en el entendido de que los servicios a que se destina la recaudación fiscal son innumerables y, si se apelara al axioma de los que protestan, bien podría preguntárseles entonces de qué servicios quieren disponer y de cuáles no, porque sus raquíticos impuestos no pueden, por obvias razones, alcanzar para todo. Así, reitero la pregunta: ¿qué cobro es justificado y qué otro no? Mejor aún, ¿por qué se justifica el pago de veinte centavos de cuota —lo cual es ridículo— cada semestre y no el pago de lo que cuesta un título profesional? Como muchos de estos tíos no habrán de llegar a tal instancia, poco les importa; como otros son el clásico niño bien disfrazado de revolucionario —el típico revolucionario de Levi's—, tampoco les resulta un incoveniente mayor. El otro, el que no tiene y quiere estudiar —y luego trabajar—, ve qué es lo que hace y paga su título —y aquí podría citar un sinnúmero de ejemplos de primera mano— porque le interesa ejercer aquello para lo que estudió, no andar con protestas que sólo le quitarán tiempo para dedicarse a algo productivo.

Relacionado con el punto anterior —a decir verdad, con todo este merengue— se encuentra el siguiente: aumento de estímulos y becas para alumnos de bajos ingresos. Aquí, mi única pregunta —que puede aplicarse al conjunto de lo que contiene el mentado pliego, y a la que regresaré al final de este escrito— es: ¿a cambio de qué? Cierto es que las becas universitarias se entregan a muchos sujetos que no las necesitan —he conocido casos de niños bien, con coche y chofer a la puerta, que sin el menor pudor han solicitado becas y, lo que es peor, las han obtenido—; cierto es que hay otras mal dirigidas —las becas a los indígenas, que permiten a un holgazán conocido mantener sus múltiples vicios sin exigirle que, por lo menos, entre a clases y apruebe sus materias—; pero también es cierto que un privilegio, como lo es toda beca, debe tener forzosamente una compensación... algo a lo que la protesta no hace ni siquiera alusión.

Las exigencias marcadas con los números 6 y 7 son una muestra de lo que comentaba al principio del texto: ¿quién protesta por qué cosas, en qué canales y con qué fines? No tengo la menor idea de ello. Revisar los planes y los programas de estudio no tiene mucho sentido si el alumno no se compromete a dedicarse de lleno al estudio, cosa que no hacen quienes se manifiestan a favor de todo lo aquí indicado porque, como cualquiera lo sabe, o se estudia, se lee y se hacen las tareas indicadas en las aulas, o se asiste a marchas, protestas, mítines, juntas preparatorias y asambleas. Durante la última protesta —montada a la misma puerta de la dirección por no más de treinta fulanos entre alumnos, trabajadores y espontáneos— observé, nuevamente, a esa adalid de las causas desesperadas, a la mujer que es paladín de toda protesta universitaria, a quien es la primera en tomar un micrófono y gritar consignas con estentórea voz. Sí, a esa alumna yo vi ahí... lo que siempre me causará algo más que gracia dado que en clase pocas veces se le ve y, cuando decide acudir, no atina a hilar sus pensamientos de un modo distinto al que lo hace cuando grita revolucionarios lemas en los pasillos, por no decir que, en lo tocante a su expresión escrita, está tan perdida como cualquier párvulo encomendado a la misericordiosa mano del sindicato magisterial. A ella la vi y a otros que relaciono, habitualmente, con tambores, altavoces, gritos destemplados y olores no del todo legales, pero no con salones de clases ni con cosas parecidas. ¿Ellos piden una reforma a los planes de estudio? ¿Puede saberse para qué? Además, si los planes se reforman y los alumnos se ponen a estudiar, ¿qué tiempo se van a dar para practicar un deporte? ¿O qué deporte practicarán? ¿Sugieren que se subsidien los cien litros libres sin espuma, el salto de barra libre, el lanzamiento de jaibolina y los juegos de mesa de cantina? Sólo así me lo explico.

El último punto es importante: hay que incrementar el presupuesto educativo al 8% del PIB para bla, bla, bla. ¿Por qué no piden eso a algún diputado o senador que les sea afín, digamos Chayito Ibarra, Pepito Narro o Lalito Fernández Noroña? Incluso, si tal es la propuesta del mismo rector —con la que ya ha cansado a quienquiera que lo ha escuchado—, ¿para qué formularla en los pasillos de una facultad, donde evidentemente no se discute ni se asigna el presupuesto federal? No lo comprendo, como no sea un elemento retórico más —de la retórica seria, se entiende, no de la que se enuncia como chacota— para convencer a quien los oiga de que ellos, ciertamente, están comprometidos con la educación. Sin embargo, me queda una duda: un alumno que, repito, no entra a clases, y que con ello defrauda al pueblo que, con sus impuestos, le paga la escuela, ¿para qué quiere que se otorgue más presupuesto a la educación? Lo mismo me pregunto con el resto de sus peticiones: ¿quieren becas, subsidios en la comida y en las fotocopias? ¿Para qué? ¿Para tener más dinero que gastar en cualquier cosa?  ¿Y por qué la necedad de intervenir en el manejo de los dineros? ¿Para garantizar que los mismos lleguen adonde deben llegar, o para no quedarse sin la habitual tajada del pastel? Además, si exigen una participación democrática en el manejo de los recursos, ¿no sería congruente que ellos mismos permitieran la participación democrática de toda la comunidad —no sólo la que les es afín— en unas asambleas cada vez más monolíticas, unívocas y dictatoriales?

Como ya han dicho varios contertulios de quien estas líneas escribe, una protesta como la actual resulta increíble por varios factores. La primera, que no parece algo completamente hecho por estudiantes, sino que deja ver que hay muchas manos metidas en el juego. La segunda, la más importante acaso, que tiene más tinte de berrinche infantil que de exigencia seria. Una cosa distinta sería si la protesta se encaminara a lograr un compromiso mutuo, si no todo se redujera al "dame, dame, dame", sino que expresara algo como "que la autoridad dé X y nosotros daremos Z", por ejemplo, buenas calificaciones, permanencias limitadas, acatamiento a la legislación universitaria y, en general, un desempeño que indique que el sujeto es un universitario en toda la extensión de la palabra. No obstante, nada de ello se adivina en el discurso de los gritantes: todo es exigir lo que llaman sus derechos sin ofrecer nada como retribución. ¿Sabrán acaso que los únicos derechos de cualquier estudiante universitario consisten en ser tratado con respeto, recibir sus clases, obtener las calificaciones a que se haga acreedor merced a su trabajo, y recibir un título o un grado cuando haya cumplido con los requisitos para ello? ¿Sabrán también que todos estos derechos tienen una contraparte que se llama obligaciones, y que son nada menos que tratar con respeto al otro, cumplir con el reglamento del lugar en que se encuentran, asistir a clases y comportarse como indicaría la palabra estudiante? Al parecer, no, no lo saben, y creen que su derecho es exigir las condiciones necesarias —y aun las superfluas— para realizar una tarea que, a todas luces, no realizan. Vaya desfachatez.

12.9.10

Opinología.

A resultas de la tozuda actitud de un sujeto —que parece no tener nada mejor que hacer—, quien se afana en publicar necedades en este espacio porque a él le ha venido a la cabeza que puede y debe hacerlo, he decidido implementar un moderador de comentarios a las entradas del blog.

La razón que me mueve a ello es simple. Mientras elaboraba mi tesis, recordaba los felices tiempos idos de la era A. Ch., cuando este espacio funcionaba como una banca de parque, ni más ni menos, en la que el que esto escribe y sus amigos —y ocasionales opinadores dotados de la mínima decencia— comentaban lo que les venía en gana y que, fuera como ello fuese, se movía a partir de una dinámica muy simple: la identificación y la pertenencia a un mismo espacio ideológico o, al menos, la formulación de preguntas que tenían que ver con el tema que de momento se discutía y la necesidad —que no la necedad— de ampliar algunos puntos. Los contertulios no tenían que temer el hecho de que, en algún momento, se apersonara junto a la banca mencionada un sujeto de la peor catadura y, en alta voz, les espetara: "¿por qué dicen eso? ¡Son ustedes unos estúpidos!"

Sin embargo, en un momento dado, por no sé qué azar del destino, sucedió lo que acabo de referir: un sujeto se coló a la plática y comenzó a hablar de todo, a tratar de colocarnos sus muy sesudas elucubraciones, a insultar al respetable y a meterse hasta en lo que no le importaba. No sólo eso: con toda la desfachatez del mundo, al decírsele "¿a ti eso qué te importa?", el tío respondía diciendo cualquier otra barbaridad, sacando la vuelta al evidentísimo parche: no, no le importaba, y a él no le importaba tampoco que eso no le importara.

En un principio, como parte de un ejercicio de tolerancia, respeté sus comentarios, salvo los notoriamente ofensivos. Incluso entablé un diálogo con él donde todo era darse con la pared, donde los argumentos se repetían hasta el infinito y donde, incluso, en un momento dado se asumió como un ente vivo que luchaba contra muertos —la cultura de los zombies ha cobrado nuevos bríos en la actualidad, pero no creí que llegara a tanto—. Sin embargo, permití que ello pasara porque algo puede sacarse de los ejercicios dialógicos... hasta este momento en que, como digo, me ha caído el veinte y he decidido enunciar el famoso "no más". Si sé que no entiende razones, si sé que lo suyo es sabotearlo todo, ¿para qué permito que se exprese aquí? ¿Para qué le abro un foro? Que se lo abra él, o que se lo abran sus amigos.

El problema de la opinión en un espacio como éste reside en varias cuestiones: en primer lugar, en que forma parte del espacio público, pero ello no implica que cualquiera pueda meterse a decir las tonterías que trae en la cabeza porque ése es el único medio que conoce para desahogar sus frustraciones muy particulares. Imaginen ustedes que, en un momento dado, se les ocurre que el PRD es una porquería y, sin más, se meten a una asamblea del mencionado partido para decírselo en la cara a los circunstantes. Por supuesto, ellos lo sacarían a usted en volandas y lo echarían a media calle. ¿Por qué? ¿Porque son intolerantes? No: simplemente, porque asumen que su espacio debe tener un mínimo de coherencia interna y que las discusiones sobre su naturaleza buena o mala deben darse afuera del mismo. Por tanto, ejercen su derecho a decidir cómo se opina en sus propios territorios y tantán, fin de la discusión.

En el caso del blog, la cuestión es simple: si esto se asume como el sitio propio de alguien, ese alguien está en posibilidad de decidir quién entra y quién no. Por decirlo de algún modo, es como la casa de uno: yo decido a quién dejo entrar, a quién mantengo alejado de ella, y quién más es posible que algún día entre. En consecuencia, resulta absurdo decir "vengo a este espacio y no me dejas hablar", porque debe asumirse que tal posibilidad entra en el marco de lo probable; resulta tan absurdo como "vengo a tu casa y no me dejas rayar las paredes". Así de sencillo. Para seguir con el tono alegórico del mensaje, si el sujeto referido quiere opinar, que busque su propia banca de parque y forme su propia tertulia, que a mí no me interesa en lo más mínimo meterme en ella. ¿Por eso utiliza un perfil no público, para que uno no pueda ir a decirle sandeces en los sitios en que escribe? Faltaba más, como si uno tuviera maldita la necesidad. Sin embargo, repito, mi banca del parque tampoco es para eso, ni tiene por qué, obligatoriamente, estar abierta a rufianes y patanes saboteadores.

Entonces, pido disculpas al respetable por los inconvenientes que lo anterior pueda ocasionarles. Tengan por seguro que los comentarios amables, las dudas, e incluso los cuestionamientos que busquen entablar un diálogo, serán bienvenidos. Por el contrario, los que sólo pretendan acaparar la conversación y demostrar cuán grande es el que los emite, ni siquiera serán leídos. Con ello, confío en que este espacio retornará a sus dimensiones habituales, en las que la charla amena privaba, no la majadería ni la sinrazón.

8.9.10

Protestas alimenticias.

Hace unas cuantas semanas dio inicio, en la Universidad Nacional, el curso escolar 2011 - 1. Como en todos los semestres nones, arribaron a la institución miles de jóvenes procedentes de cualquiera de los cientos de bachilleratos que se imparten en el país con la intención de estudiar una carrera universitaria y, al concluirla, integrarse al mercado de trabajo. Tal intención excluye, por supuesto, a quienes, por haber elegido una carrera saturada y no tener el promedio necesario para acceder a ella, son enviados a un área distinta a la que habrían elegido, lo que conduce a asumir la primera inserción en el ámbito universitario como una cuestión pasajera, en tanto el sujeto se cambia a la carrera de su preferencia. En una inmensa mayoría de casos, tal sujeto no logra realizar el cambio —por un sinnúmero de causas, que van desde la saturación misma de la carrera - objetivo hasta la propia incapacidad del susodicho para obtener, en el examen correspondiente, el mínimo de puntos necesario para ver sus sueños colmados— y, decepcionado, abandona los estudios. Este fenómeno, aunque de singular importancia —dado que genera no pocos argumentos en torno a la exclusión de que son víctimas algunos jóvenes, y a la necesidad de ampliar ad infinitum la matrícula universitaria—, no será abordado en la presente entrada. Queda, simplemente, como una mención marginal, y ya le dedicaré un poco de tiempo en alguna ocasión.

Para regresar al asunto que concierne a este texto, cabe recordar que la universidad tiene, estratégicamente distrubuidos, grupos de alumnos —el término es un eufemismo en muchas ocasiones— que por todo protestan, y con ello pretenden demostrar su conciencia revolucionaria, sus capacidades para desarrollar el pensamiento crítico, o lo que usted, amable lector, guste y mande. Pues bien, como puede verse en las páginas del conocido blog donde se relata la pugna por recuperar el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras —invadido desde hace diez  largos años por grupos no claramente identificables con el alumnado de la institución, y que no muestran intención alguna de regresar el inmueble al patrimonio universitario—, tales grupos de protesta perpetua montaron, al finalizar el semestre anterior, un nuevo numerito, consistente en reclamar el cese de la concesión que opera la cafetería de la facultad y el otorgamiento de un subsidio al establecimiento, con el fin de que la comida se abarate y los estudiantes —¡nobles personajes!— no desfallezcan de hambre a mitad de la jornada.

La protesta montada por los individuos de marras no tuvo el eco esperado por una simple y llana razón: como el semestre concluía, los alumnos se encontraban más preocupados por entregar el alud de trabajos finales que acompaña las últimas semanas del semestre, y sólo secundaron la moción quienes, por obvias razones, disponen del tiempo suficiente para manifestarse. La relación, en este caso, es clara: a mayor cantidad de trabajo, menor tiempo para dedicarse a la lucha social, y viceversa. De aquí se extrae que, si alguien se dedica de tiempo completo a la protesta, es lógico que tenga poco que hacer como estudiante, e incluso es posible que ya ni siquiera pueda considerarse como tal, o que asistir a la facultad sea sólo el pretexto para asumirse como universitario. Para un ejemplo claro de lo que indico, remito al lector a esta entrada del presente blog, donde anoto algunos casos curiosos relacionados con el fenómeno del estudiante universitario que, ni estudia, ni ejerce como universitario —lo que, acaso, constituye una nueva modalidad de los muy populares ninis—.

La protesta, como digo, no funcionó. ¿Qué hicieron los protestantes? Simple: esperar. Como a ellos les viene guango el mundo, y las prisas de la sociedad posmoderna no son sino una quimera inventada por el capitalismo salvaje, sólo guardaron sus mantitas, hicieron como que no pasaba nada, y esperaron a que comenzara el nuevo semestre para atacar con bríos la forma en que, desde su muy particular perspectiva, la administración universitaria se colude con el gran capital para echar a los alumnos a la calle. ¿Cómo es eso? Ahora lo explico.

El primer día de clases, momento justo en que los alumnos de nuevo ingreso llegan con los ojos muy abiertos para captar hasta el menor detalle de lo que implica "ser un universitario", comenzaron a aparecer letreros —desde la misma entrada de la facultad— poblados de singulares consignas :

*Por un comedor subsidiado.
*Disminución del precio de las fotocopias.
*Renovación del acervo de la biblioteca.

Dejaré para el final la primera exigencia, al ser la que, de momento, atrae mi interés. En cuanto a las otras dos, siempre quedará el recurso de preguntar ¿para qué quiere más libros alguien que, según se ha anotado líneas atrás, no estudia, o lo hace mínimamente? Los materiales de la biblioteca —algunos en un estado de conservación deplorable, vale decirlo— parecen adecuados y suficientes para estudiar; no en vano se han formado con ellos un número importante de generaciones. Creo yo que el problema de la biblioteca no está en la disposición de la autoridad para renovar —no sé si esto se refiera al hecho de comprar todos los libros de nuevo, o incluso a comprar lo que algún segmento de estudiantes quiera que se compre— el acervo, sino en la del usuario para darle un buen trato. ¿Por qué la necedad de rayar, marcar, doblar y mutilar los libros? Al rufián que subraya tres párrafos con tinta o con marcatextos, ¿no le pasa por la cabeza que a los siguientes lectores les importa un rábano serenado lo que a él le ha parecido trascendente? Bajo estas condiciones, ¿se necesitan más libros? ¿Libros nuevos, listos para ser rayados, doblados y mutilados? No, gracias.

En cuanto al asunto de las copias, me parece una muestra más del "dame, dame, dame". El alumno —es también un eufemismo— que exige copas baratas, ¿gasta un solo centavo en algún lujillo, en alguna compra superflua? ¡Claro que lo hace! Entonces, si tiene para tales lujillos, ¿no puede prescindir de ellos y dedicar el dinero en ellos invertido a la adquisición de sus fotocopias? ¿O es que 25 centavos son realmente una fortuna? La posibilidad de acceder a un texto y conservarlo en casa —aunque con ello se estafe al autor— por menos de una cuarta parte de su valor, ¿no le dice nada al que protesta? Y, dado el caso de que no tuviera, realmente, para sacar las copias, ¿tan difícil es, como hacen muchos, quedarse en la facultad a leer y tomar notas directamente del original? ¿Qué pretenden? ¿Que se les regalen las copias?  Además, el que protesta, ¿qué da a cambio? Si se parte del supuesto de que el protestante perpetuo no es un estudiante formal, ¿para qué quiere fotocopias baratas? ¿Será acaso, pensando mal, un simple argumento para convencer al alumno de nuevo ingreso de que el que protesta es su amigo, lo que permitirá llevarlo después a los oscuros rincones del activismo político - estudiantil?

La exigencia más cándida es la que se refiere al comedor subsidiado. Para entender el adjetivo impuesto, es necesario considerar que la exigencia toma como punto de partida dos bases, ambas falsas: primera, que el alumno que acude a la universidad debe, por fuerza, alimentarse en ella; segunda, que el acto manducatorio debe tener como escenario, también por fuerza, uno de los denominados comedores universitarios. ¿Por qué es falsa la premisa inicial? Por el simple hecho de que el estudiante no debe alimentarse en la universidad. Si el sujeto desayuna o come en su casa, ¿para qué necesita ingerir algo más en la universidad? ¿Está todo el día en la escuela, y el esfuerzo intelectual realizado le obligará a comer algo porque, de lo contrario, caerá desfallecido en cualquier lugar? Muy bien: que se prepare una torta en su casa y ya, asunto concluido. ¿No le gustan las tortas? Que lleve una manzana, un plátano, una naranja, una palanqueta. ¿Requiere agua? Hay unos artefactos muy curiosos, denominados cantimploras, en los que se puede trasladar agua —o cualquier líquido, incluso nitroglicerina— de un sitio a otro. Si ello no le convence, el agua se regala en múltiples dispensadores, colocados en distintas dependecias de la institución, o aun puede tomarse directamente de la llave, aunque ello no resulta siempre recomendable.

Ahora bien, si el sujeto no considera como aceptables ninguna de las anteriores opciones, ¿qué le obliga a meterse al comedor universitario para alimentarse? La facultad posee más de veinte opciones en sus inmediaciones, y casi un centenar si se camina un poco más. Así, para comenzar, está el famosísimo comedor alternativo montado por los invasores del auditorio. ¿Por qué no resulta una buena opción? ¿No es buena la comida de ahí? Es interesante ver cómo los que protestan, y que son personajes surgidos de las entrañas del inmueble secuestrado, exigen que se bajen los precios del establecimiento que representa una competencia directa al negocito por ellos montado en lo que, anteriormente, era la videoteca de la facultad. Además, hay un detalle significativo: la comida alternativa cuesta entre $18 y $20 —tal vez dos o tres pesos menos, no lo sé bien—; sin embargo, la protesta asume que el precio justo para una comida universitaria —obtenido al comparar lo que cuesta comer en otras instituciones de educación superior— debe situarse en el rango de los $10. ¿Y los $15, $18 ó $20 que cobran los invasores por la comida que sirven? Desde su mismo enfoque, parecen injustos, ¿no es así? Una comida, según dicen avezadas cocineras de minutas, cuesta alrededor de $7, y lo demás es ganancia. Entonces, ¿qué sucede en el comedor alternativo? ¿Por qué lo injusto sucede siempre afuera, nunca adentro? Quien entienda este despropósito, que haga el favor de explicármelo y que, de paso, se lo explique a ellos.

Dejado de lado el asunto de la justicia, supongamos que tampoco es bueno comer en el comedor alternativo, aunque ahí está, es una opción y, por tanto, invalida la protesta, dado que cualquier ente pensante puede percatarse de que, si tiene $10 en la bolsa, sólo podrá comer el equivalente a esos $10, y se dirigirá al sitio en el que su dinero rinda más. Sin embargo, pensemos que no, que no considera como una opción válida para alimentarse la comida que sirven los invasores del auditorio —por razones que pueden ser tanto higiénicas como estéticas, o incluso ideológicas—. ¿Qué hacer? Con $10, el sujeto puede comprar algo en las casetas de comida ubicadas a un costado de la facultad; puede dirigirse a casetas de similares características localizadas en las inmediaciones de la Facultad de Derecho; puede dirigirse al denominado "Paseo de la Salmonela" y comer algo ahí; puede meterse a un Oxxo y comprar algo; puede ir con el vendedor de tacos de canasta y comprar el equivalente a sus $10 en tacos; puede ir con una señora que vende quesadillas junto a la barda que divide la universidad de la colonia adyacente; puede comprar $10 de paletas; puede comprar dos bolillos, unas rebanadas de jamón en Wal Mart, en Superama o en la Tienda UNAM y hacerse unas tortas. Si puede hacer todo esto, ¿por qué demonios se empeña en meterse en un sitio donde sus $10 no le alcanzarán para mucho? ¿No es tan ridículo como decir "yo quiero comerme una buena tapa de cuadril; exijo que los restaurantes argentinos bajen sus precios y los asimilen a los de la fondita de doña Chona para que pueda yo consumir ahí"? 

Así las cosas, la protesta sigue en pie. Ahora, los manifestantes han decidido poner un puesto de chicles, paletitas y palanquetas a la puerta de la cafetería y desde ahí gritar sus consignas. ¿Regalan los chicles, las paletitas y las palanquetas para que el alumno vea que ellos sí son solidarios? No, desde luego. Los precios a los que venden su mercancía, ¿excluyen cualquier tipo de ganancia? Es decir, ¿se dan al costo? Tampoco. ¿Qué congruencia los respalda entonces? Ninguna. Su protesta es una más de las mil formas que los protestantes perpetuos tienen para darse a notar, para atrapar incautos por cuyas cabezas no pasa la idea de que la mejor opción para no gastar mientras se acude a clases consiste en hacerse una torta o un sandwich en casa, llevar una fruta o un chocolate —excelente para pensar y, al mismo tiempo, sentirse feliz— y beber agua según se prefiera. Un letrero, muy simpático, rezaba "tengo hambre y debo sacar copias. El dinero no me alcanza". Vaya, hombre, pues si el dinero no te alcanza, lee en la biblioteca, trae de tu casa un lunch y todos contentos, ¿o no? Si ni para eso te alcanza, ¿cómo te alcanzó para comprar plumones, cartulinas y cinta adhesiva con los cuales plasmar tu protesta? ¿Cómo hiciste para llegar a la universidad? ¿Cómo haces para no andar desnudo? ¿Cómo tomas apuntes, con qué lápiz y con qué cuaderno?

El problema, en resumen, responde a varios factores. Por una parte, el protestante qiuere ver, en la existencia de cualquier cobro, una sucia maniobra del capital para sacar de la universidad a los pobres. Yo recuerdo que, en mis épocas de estudiante, llegaba a la facultad con esos mismos $10 en la bolsa, a veces sin los diez pesos sino con su equivalente en boletos del metro. ¿Compraba algo? No. ¿Y si me daba hambre? Me aguantaba. ¿Y si me daba hambre y debía estar allá todo el día? Me aguantaba igual, o llevaba algo de mi casa, cualquier cosa. ¿Fotocopias? No: leía directamente de los originales y tomaba mis notas en hojas destinadas a tal efecto, renegando cada que encontraba páginas subrayadas o libros mutilados. ¿Me parecía caro o barato el costo de los alimentos que se vendían en las cien opciones cercanas a la facultad? Ni siquiera lo sabía. Lo único que sabía era que no tenía dinero y, por tanto, no podía comprar. Así, ¿para qué demonios me iba yo a acercar a la cafetería? ¿Protestaban algunos por los precios, o por la calidad de los alimentos? Sin duda. ¿Qué hacía yo? Mandarlos a paseo con el mismo argumento que esgrimo ahora: nadie te obliga a comprar ahí. Deja de estar pegado a la ubre de la universidad y haz algo de provecho. Por ejemplo, estudiar, trabajar y, ya entonces, comprar para lo que te alcance. Si quieres algo de provecho inmediato, haz una torta en tu casa, hierve un huevo, transporta una fruta hasta acá y listo, no pasarás hambre. ¿Escasez de solidaridad de mi parte? No: simple sentido práctico.

O sea que no, no hay tal complot contra los pobres. Como decía alguien en un comentario que recién he leído, ya bastante es con tener acceso a una educación de primer nivel sin desembolsar un solo centavo por ella como para, encima, exigir que se le regalen a uno las copias o la comida. Para los que han protestado, y que ponen como ejemplo lo que cuesta la comida en la UAM, ¿saben acaso que allá se debe pagar una cuota —cercana a los $400— para cursar cada trimestre, a pesar de que la población que asiste a dicha entidad es considerablemente más pobre que la de nuestra universidad? ¿Sabrán, asimismo, que los alumnos allá tampoco pagan por una comida los $10 mencionados por ellos, sino un poco más? Evidentemente no, no lo saben. El alumno hace su esfuerzo y paga. ¿Por qué? Porque le interesa estudiar, y sabe que esos $400 no reflejan lo que en realidad cuesta su educación.

En nuestro caso, los protestantes perpetuos asumen que la universidad debe darles todo para facilitar su proceso de aprendizaje, desde clases hasta copias, pasando por comida. Si tal fuera el caso, ¿a qué se compromete ese sujeto que protesta? Toda exigencia debe llevar aparejado un compromiso: tú me das y yo respondo con... Pero, como ellos se dicen anarquistas, y que vayan al diablo la autoridad, la imposición, la dominación y los mecanismos para ejercer la exclusión, la cosa es exigir, pedir sin dar nada a cambio: ni calificaciones, ni una estadía limitada en la universidad, ni una titulación rápida. A ellos, nada se les puede pedir; ellos, en cambio, pueden exigir todo. El problema, como se ve, es de actitud... acaso también de aptitud. Si desean una educación que no exija y que, además, pague por acudir a recibirla, ¿por qué no van a la pejeuniversidad, donde el ingreso se hace mediante sorteo y el alumno recibe una beca durante los cuatro años que se hace tarugo adentro de las aulas? Como decía hace un momento, la cosa es ponerse a pensar: qué me dan aquí, qué me dan allá. Allá me dan lo que quiero, allá voy. Si no voy, es decir, si quiero quedarme aquí, pues acato lo que me dicen que hay aquí y sanseacabó. La pregunta final es ¿por qué no van adonde parecerían cumplirse sus expectativas? ¿Es posible que tampoco, como en el caso del comedor alternativo, resulte una buena opción el antro educativo creado por los populistas?

29.8.10

Defensores universitarios

Contra lo que pudiera parecer, y muy a pesar de que resulta una instancia un tanto inútil
—vista la forma en que se conduce, sin tomar en cuenta las denuncias que recibe sino con un muy sobado "sí, ya te oí; te contesto cuando me dé la gana"—, no dedicaré esta entrada a la oficina del Abogado General de la Universidad Nacional sino a quienes, con argumentos extraños en ocasiones, reduccionistas en otros, y torcidos las más, se asumen como defensores ex officio de la misma institución. Concretamente, me referiré al artículo de Arnaldo Córdova titulado "La Universidad y la derecha", aparecido el día de hoy, 29 de agosto, en las páginas de La Jornada.

El doctor Córdova, todo mundo lo sabe, es un connotado pensador de izquierda que, al calor del pensamiento en boga durante la década de 1960, cobró amplia fama con su libro La ideología de la Revolución Mexicana. Es, asimismo, un opinador asiduo sobre la realidad nacional y, sobre todo, un crítico enfebrecido de lo que él llama "la derecha". ¿Qué es, para Arnaldo Córdova, "la derecha"? Bien a bien, no se sabe. Por momentos, parece ser cualquier postura favorable a la apertura del mercado y la disminución del papel que, con respecto a la vida nacional, guarda el Estado. Sin embargo, en ocasiones parece que "la derecha" es todo lo que no es "la izquierda" y, en este sentido, "la izquierda" tampoco es "la", sino "una" sola, aquélla con la que concuerdan los muy cerrados paradigmas de Arnaldo Córdova.

En esta ocasión, el académico de marras se ha metido con Gabriel Zaid y con Guillermo Sheridan a propósito de las críticas que ambos le endilgan a la universidad en el número de julio de Letras Libres. Como los aludidos no necesitan quién los defienda —de hecho, nadie en esa revista necesita defensores espontáneos; ellos se bastan y se sobran solitos, como se lo demostró Enrique Krauze a quienes, de un modo u otro, pretendieron salvar los muy cuestionables trabajos presentados en la compilación México, tres momentos—, yo me concentraré, únicamente, en exponer la serie de falacias, inexactitudes, contradicciones y errores garrafales que contiene el citado artículo de Córdova, en el entendido de que a) estoy plenamente de acuerdo con la opinión que emite acerca de las universidades privadas; b) creo firmemente que las carreras de humanidades no son improductivas, sino todo lo contrario.

Salvado el escollo, iré por partes. Lo primero es el flagrante error que comete Córdova al decir "llevo 43 años trabajando de tiempo completo en la Universidad, y siempre he sido crítico de los mecanismos que operan en ella". Con el debido respeto, eso es una barbaridad. ¿Cuántas veces, en esos mismos años, Córdova ha pedido que su plaza definitiva de tiempo completo se ponga a concurso? ¿En qué momento se ha opuesto a programas como el PRIDE, que efectivamente crean una brecha entre los profesores bien pagados —como él mismo— y los de asignatura, como el que estas líneas escribe? ¿Cuándo ha pedido que se le baje el sueldo? El autor del artículo es muy hábil cuando indica que los sueldos de los altos funcionarios son "de hasta siete u ocho veces el de un profesor de primer nivel". ¿Qué entiende por "primer nivel"? ¿La crème de la crème de los académicos? ¿Los que apenas inician? ¿Quiénes, doctor Córdova, son esos académicos "de primer nivel"? Porque, si se refiere a los de asignatura con una o dos clases, permítame decirle que el sueldo de un académico de tiempo completo, con todo y prestaciones, puede ascender a cerca de 40,000 pesos mensuales, mientras que el primer sujeto referido ganará, por cuatro horas al mes, cerca de 1,600 pesos. ¿Es eso justo, parejo y equitativo? Evidentemente no pero, como el fondo del artículo es presentar al enunciante como un sujeto crítico, resulta más conveniente montar la comparación con las autoridades que con los propios académicos.

Aparece más tarde la cuestión del debate entre universitarios. Como bien dice Córdova, la universidad se la vive en el debate; degraciadamente, no se poseen los espacios adecuados para llevar tales debates a un terreno productivo. Sin ir más lejos: el debate protagonizado en 2009 entre partidarios de la ocupación del auditorio Justo Sierra de Filosofía y Letras y opositores al mismo debió desarrollarse en un estacionamiento, y luego cada quien echó mano de lo que tenía más cerca para ganar adeptos, mientras la autoridad se hacía la desentendida y nada pasaba. Hasta ahí, correcto, punto para Córdova. El problema aparece cuando él mismo decide que la universidad es un monolito donde todos pensamos igual, y que cualquier ataque procede de las fuerzas del mal ubicadas afuera de ella, concretamente en "la derecha". Suena misteriosamente a argumento staliniano, castrista o hitlerista: el enemigo es ese otro que no es como yo soy, es el diferente y, claro, está afuera, porque adentro todos somos iguales y, si no somos iguales, pues hay que igualarnos, por las buenas o por las malas. Vaya despropósito. O sea que, si entiendo bien, para criticar a la universidad sin ser "un mal universitario" —mote que le endilga don Arnaldo a Sheridan— debo ser "de izquierda", lo que sea que se entienda por eso, y criticar las posturas "de derecha" que aparecen en mi casa de trabajo.

Así las cosas, la única causa de los problemas de la universidad es que exista "la derecha". Córdova mismo lo advierte: los problemas comenzaron cuando entró Soberón, un rector de derecha y reaccionario. Menos mal que, por congruencia, indica que ambas cosas no son lo mismo, aunque tal mención no rebasa, por desgracia, el espacio conferido a ella en el artículo, al ser sabido que, para Córdova y los suyos, ambas palabras son sinónimos, lo que no es necesariamente cierto. Sin embargo, tal es la fuente del problema: "la derecha". No lo son las charriles prácticas sindicales; tampoco lo es el nulo caso que se hace a la legislación universitaria; menos lo son los ínfimos niveles de titulación ni la escandalosa deserción; tampoco lo es el parasitismo que aqueja a muchos académicos e investigadores que, en años, no han escrito un artículo ni desarrollado un experimento a cabalidad. No: señalar eso sería propio de "un mal universitario". Entonces, doctor, ¿qué señalamos?

¿Qué viene después del mencionado alegato? El PRD, y aquí sí no sé en qué planeta vive Arnaldo Córdova. Tal vez en el de las enunciaciones literales, donde el hecho de que el partido se haya metido hasta la cocina universitaria debería implicar que los estudiantes portaran gafetes, credenciales y playeras perredés, que se supieran el himno del partido y que, como borregos, votaran en masa por los impresentables candidatos amarillos... o los rojos, acaso peores. Señor mío: obviamente, no existe un cogobierno universitario, en el que tal partido decide, hace o deja de hacer, pero resulta evidente que sí influye en la vida universitaria. Para ello, basta ver las filias de los dos últimos rectores, el descaro con el que se han alineado con los postulados del perredismo o del pejismo, la gente que han colocado en puestos claves del aparato universitario —Rosaura Ruiz sería el mejor caso, secretaria de una secretaría universitaria sin programa ni funciones claras— y su amable connivencia con los líderes del partido. Líderes o mesías, da igual. ¿No hay, entonces, una burocracia aliada con el PRD? De nuevo, válgame.

Cierra el artículo con una serie de números lindos, que no son sino una apología del trabajo de nuestra universidad, justo lo que Córdova dice que no hace, no ha hecho y no hará. ¿De qué nos sirven los números, si al menos dos de cada cuatro académicos cobran sin dar el golpe? ¿Si muchos estudiantes ven en la reprobación una práctica normal, un estado común al hecho de estar en una institución como la nuestra? Sí, es obvio que la UNAM es mejor que el Tec, la Ibero, la Anáhuac y la UDLA juntas, pero saberlo no es suficiente consuelo porque eso no elimina la fuente del problema: las prácticas torcidas, las conductas inadecuadas, el burocratismo, las plazas ocupadas por inamovibles, las mafias del poder, el manejo discrecional de los recursos, la inequidad de los sueldos, la colusión de la institución universitaria con un partido político, la naturalidad con que se deja hacer y pasar cualquier tipo de cosas en el campus. Ser mejores que los otros no nos exime de dar cuentas —cuentas claras, no las típicas cuentas del Gran Capitán que se presentan cada año— ni de medirnos según los estándares que rigen al resto. ¿Somos los mejores? ¿Por qué no lo demostramos así, sin retruécanos?

Así, las cosas, concluye Córdova su artículo con su idea fija: la derecha tiene la culpa de todo. La derecha ataca a la universidad y quisiera verla cerrada. ¿De dónde saca eso? Según él, de lo que expone Gabriel Zaid, a quien "poco le falta para decir que sería mejor cerrarla". Exacto: es posible que poco le falte —yo lo dudo—, pero no lo dice. Y no lo dice porque, para cualquier persona con cinco milímetros de frente, resulta un absurdo. Sin embargo, ese mismo "poco falta" se convierte en "no lo dice, pero lo está pensando", mismo que se traslada ipso facto a todos los enemigos de la universidad pública que, en sus retorcidas mentes, quieren lo mismo: cerrar la UNAM y, como decía aquel correo —que estaba para morirse de la risa, lo que sea de cada quien— firmado por X Döring —que primero era Édgar, luego era Federico, y al final podía haber sido Epaminondas—, convertir el campus en un "manhatan" [sic] al sur de la ciudad. Tal es el problema, común a los fascismos pero, como puede verse, también a los espíritus dogmatizados y confundidos: crearle argumentos al oponente, decir lo que no dijo —pero que sí está pensando, cómo demonios no—, segregarlo y atacarlo. Y, sobre todo, tacharlo así: "es de derecha; es el maligno; la derecha es así, es el mal". ¿Cuál derecha? Se ignora hasta el momento. ¿Y la izquierda? ¿Hace algo? ¿Existe acaso? Nada, ni una ni otra, porque todo en este mundo es plural y, así como en un lado existen las mentes enloquecidas que añoran los viejos tiempos del echeverrismo —con su discurso esquizofrénico de pseudo izquierda— o que quisieran ver el arribo de la dictadura del proletariado —aunque luego se espantarían al ver las excelentes prácticas que tal sistema conlleva—, y en el otro hay los que pelean por eliminar cualquier institución pública y acceder al Estado ínfimo, en ambos lados hay gente coherente. Por tanto, reducir los argumentos a derecha=mala, izquierda=buena, es disparatar, lo cual resulta por demás impropio de un académico que, como Arnaldo Córdova, se gana la vida en la Facultad de Ciencias Políticas.

Muy bonito, muy bonito.

5.7.10

De nuevo, elecciones

Como todos ustedes sabrán, el día de ayer tuvieron lugar elecciones en quince estados de la república. En la mayoría de ellos —en doce, para ser exactos— se eligió al sátrapa local, es decir, al gobernador, y en los otros tres se renovaron alcaldías y legislaturas estatales.
Como de costumbre, los procesos electorales dejan un sinnúmero de lecciones. La primera de ellas, obviamente, es que la democracia mexicana resulta un asunto escandalosamente caro, lo cual no sería en sí mismo malo si las personas percibieran que tal derroche de recursos —que mejor podrían emplearse en pavimentar calles, ampliar las redes de electricidad, drenaje o agua potable, o en construir más escuelas, aunque éste es un problema de mayores alcances— sirve para algo. Sin embargo, no es así: durante los meses que la ley lo permite —y aun en los que no, véase el caso de singular personaje loco y pantanoso que aprovecha cualquier resquicio para promover su imagen sin estar oficialmente en campaña—, los candidatos llenan las calles con sus caras —unas más desagradables que otras—, a las que acompañan por lemas de tanta profundidad como “Por ti” —sin pagar un peso de regalías a Óscar Chávez—, “Porque nos merecemos algo mejor”, o simplemente “Así, sí”, entre un sinfín de necedades de similar talante.
La primera pregunta que viene a la mente es ¿vale la pena gastar cantidades ingentes de dinero para decirle a la gente “si votas por mí estarás mejor que con el otro”? ¿No es acaso perogrullesco? Según los insignes candidatos, tales “lemas de campaña” no sólo son buenos, sino necesarios, aunque ninguno de ellos piensa que, si tiene cara de alcohólico —o de criminal, o de torpe—, paga para que su anuncio lo ostente un camión sucio y desvencijado, y acompaña su retrato con el muy priista “Así, sí”, todo se convertirá en un chiste de mal gusto y, seguramente, perderá más votos de los que gane.
Durante el proceso aparece también la infaltable “guerra sucia”, mediante la cual cada candidato, sin excepción, se dedica a decirle a la gente qué tan malo es el otro, pero sin proponer siquiera media idea. Ello se acompaña por la entrega masiva de camisetas, gorras y cornetas y la celebración de actos donde lo importante es prometer, prometer y prometer. ¿Qué se promete? Cualquier cosa, desde dinero para las madres solteras —como si el contribuyente fuera responsable de su condición— hasta la mejoría de la sociedad. Vaya, a algunos sólo les falta prometer el segundo advenimiento y una nueva aparición guadalupana en el municipio en que se desarrolla el magno acto. Sin embargo, lo que nadie toma en cuenta es que todo lo que un sujeto en concreto promete como acto excepcional no es sino aquello a lo que está obligado —salvo las limosnas cachavotos disfrazadas de “programas sociales”—, y que cualquier erogación que se efectúe —dinero para viejitos, madres solteras, niños holgazanes, chavos holgazanes, desempleados por mala suerte o por manifiesta estupidez— saldrá del bolsillo del contribuyente y es, en pocas palabras, la clásica caravana con sombrero ajeno.
Aún recuerdo, como mero ejemplo, la promesa hecha por el niño del copete a sus eventuales votantes en el ya lejano 2005: “pondremos una toma de agua para cada familia mexiquense”. No sé si tal disparate esté registrado en el número atroz de “promesas de campaña” consignadas ante notario público, pero mucho me alegraría que se encontrara dentro de ellas y que, llegado el momento, alguien le dijera que no la ha cumplido. ¿Por qué estoy seguro de ello? Porque es simplemente imposible: existen comunidades ubicadas en sitios tan apartados de cualquier servicio público que llevarles el agua entubada significaría un esfuerzo sobrehumano, un gasto impensable y, por supuesto, requeriría del empleo de la tecnología en dosis mayores a las que efectivamente se tienen y la aplicación de gente y materiales que se utilizan para otras cosas como, por ejemplo, crear puentes y más puentes que verán rebasada su capacidad al mes de haber sido inaugurados —como los famosos “pisos” de conocido loquito—.
Y sin embargo, parafraseando a Galileo, se promete. Y no se cumple. Y, al parecer, no pasa nada, porque la gente se ha acostumbrado ya a que le prometan, a que le vendan sueños guajiros que regocijadamente compra campaña tras campaña y que, aun sin reportarle nada, le hacen ir a las manifestaciones de apoyo a Fulano o a Zutano. No obstante, creo que aquí la única promesa que vale se cifra en el consabido “si vas, te doy una torta de jamón albanene y un frutsi caliente”.
El cinismo, o el cretinismo, o la irracionalidad de los tipejos metidos a políticos, o una explosiva mezcla de todo ello, no parece tener límites. Un breve vistazo a lo ocurrido en las campañas de este año permite ver lo anterior en toda su magnitud: candidatos gritando por las calles a altas horas de la noche en mítines desorganizados; caravanas de motociclistas circulando por el zócalo de una capital estatal en apoyo a un partido político, sin fijarse si atropellaban a algún viandante; golpeadores y pistoleros contratados por un gobernador para solicitar amablemente el voto en pueblos serranos; llamadas telefónicas a toda hora del día para exponer las mismas promesas de siempre; entrega abierta de dinero para asegurar el triunfo de tal o cual sujeto. Como telón de fondo, los infaltables anuncios pegados en camiones y camionetas, paradas de autobús, anuncios espectaculares, postes telefónicos, sufridos árboles, o pintados en bardas de tres metros de alto por diez de largo.
A pesar de lo que sea, la elección de ayer mostró que la gente vota guiada por razones muy particulares, en las que poco o nada influye la parafernalia desatada durante los meses previos a la contienda. Así, por ejemplo, en un estado, la gente votó por el hermano de un mártir —es ironía, por supuesto— sin saber si es o no el adecuado para gobernar —sospecho que será un mero títere de los jerarcas de su partido, aunque no me consta—, simplemente porque se apoyó en la figura del muerto con singular tenacidad; en otro, la gente de los pueblos acudió a votar porque el gobernador envió a sus amables “promotores del voto” con un mensaje claro: o gana mi partido, o comienzan las palizas; en otro, la gente de un partido se cambió a otro y ganó, entre otras razones, porque otro individuo compró votos a diestra y siniestra; en otros más, la gente votó por determinados candidatos simplemente porque era los únicos visibles, dado que los otros habían sido borrados de los medios, habían sido amenazados o habían sido invitados a no acudir a tales o cuales comunidades; en otros, finalmente, la gente votó, no por el mejor —cosa por demás dudosa—, sino porque estaba harta de lo que tenía hasta el momento.
A la vista de lo comentado, reitero mi pregunta: ¿para qué se montan campañas políticas? Si, al final, el despliegue realizado afecta en poco la decisión del votante —y, además, no logrará que vote el que no tiene por costumbre hacerlo, visto el elevado nivel de abstencionismo habido— y todo se concreta a decir una sarta de barbaridades, ¿para qué gastar tal cantidad de recursos? No contentos con lo anterior, los candidatos triunfadores —sobre todo tratándose de diputados— olvidarán al votante una vez que asuman sus cargos y, dando al concepto de “representación popular” el giro más torcido posible, decidirán actuar según les venga en gana o, más comúnmente, según les den línea en sus respectivos partidos, lo que puede estar de acuerdo, o no, con el sentir de quienes, en primera instancia, les hicieron llegar a los puestos de decisión.
Así entonces, ¿para qué votar? Las condiciones existentes dan a todo el procedimiento un giro absurdo, dado que todo resulta como contratar un criado —que tal es el papel que deberían desempeñar los políticos— que, al llegar a la casa, decidirá por sí mismo —sin importar lo que yo le pida— si limpia o si no limpia, si hace de comer o si me da de palos, si aspira la alfombra o si vende los muebles, si saca a pasear al perro o si me lo sirve en estofado. Si a ello se suma que, por vía de las mentadas “alianzas”, “coaliciones”, “ligas de justicia” y demás tonterías, los partidos de signo opuesto se unen para combatir contra el enemigo mafioso —pero no siempre se unen, porque en ocasiones aparecen como amigos y en otras como enemigos—, ¿cómo puedo razonar mi voto? ¿Cómo votar por alguien que es azul pero a quien apoyan también los amarillos, los rojos y los naranjas? ¿Qué programa de gobierno instrumentará?
Definitivamente, a partir de lo examinado, de cara al 2012 me asalta una duda enorme, aunque nada original: ¿votar o no votar? Lo único que tengo claro hasta este momento es que, si no aparece un candidato que cumpla con mis expectativas —lo que no es pedir demasiado, si regresamos al ejemplo del criado—, es posible que convierta a Cepillín en mi candidato particular para presidente, jefe de gobierno, jefe delegacional, diputado local, diputado federal y senador, sin importarme que la ley lo prohíba y sin importarme tampoco que no viva en mi distrito electoral. Para los tipejos que he debido aguantar, asumidos como "autoridades o representantes locales", me queda claro que El payasito de la tele puede hacer, sin duda, un mejor papel.

14.6.10

Caso clínico.

Basado en hechos reales... y actuales.

Imagine usted, amable lector, que un buen día decide participar en un congreso académico. Nada mal, ¿no es así? Ahora imagine que tal congreso se realizará fuera de su país natal. ¡Súper! Añada el hecho de que el evento tendrá lugar en la paradisiaca Cuba que, si bien mantiene a sus habitantes quietos a base de palo y palo —porque, de pan, nada—, salpimentados por una conveniente hambre que quita a la gente cualquier deseo de rebelarse, para el turista bien provisto de billetes verdes —¡ah, las alegrías del capitalismo!— puede resultar un sitio verdaderamente digno de verse.

Sigamos con el viaje de la imaginación. A través de los canales por todos conocidos —esto es, consecución de una visa impresa en cartón de la peor calidad, pago en moneda "real" de sus impuestos de entrada, compra forzada de un seguro médico para casos de emergencia— usted ingresa en Cuba y se dispone, con el ánimo en alto, a pasarla de lo lindo. El plan es sencillo: presentar la ponencia que ha escrito para el evento, charlar con los asistentes al congreso, visitar a unos cuantos sufridos amigos que, mediante el uso de técnicas dignas del mejor faquir, han sobrevivido a la dictadura, al bloqueo y a la propaganda de los hermanos Castro —los dictadores, que no los cantantes—, y recorrer las porciones más visitables de la Perla de las Antillas. ¿Sigue sonando bien?

El problema se aparece en el preciso momento de la llegada a la isla... o casi. Por azares del destino, la noche misma de su arribo al lugar usted cae y se rompe algo. Uf, vaya que duele. Como puede, se levanta, disca en el teléfono —porque los teléfonos aún son de disco allá, y antes diga que no le endilgaron un cuernófono o, como mejor opción, los tradicionales vasitos de unicel provistos de su correspondiente hilito— y espera a que acudan los servicios médicos.

Los hombres de blanco aparecen en escena y lo conducen al hospital. La fama que reviste a la medicina de la isla le hace a usted sentirse tranquilo: “etá uté en la mejore mano, chico”, dice el interno, y usted no tiene por qué dudarlo. Prontamente es trasladado a un hospital —con nombre de un famoso revolucionario ajeno totalmente al mundo de las reparaciones humanas, pero eso importa poco en este momento— y se le somete a una sesión intensiva de auscultaciones, radiografías, análisis y demás. ¿El diagnóstico? “Fractura de cadera, chico: uté tiene oteoporosi, pero ya lo arreglaremo, que para eso somo lo mejolcito de pol acá”. La sonrisa del médico le brinda confianza. Mucha confianza. “Mañana a la nueve lo operamo, chico”.

Durante algunas horas, sin que usted lo sepa —porque está anestesiado, faltaba más, que hasta las historias de terror tienen su lado humano—, los médicos cubanos le abren la parte externa de la pierna, cortan por acá, sacan por allá, quiebran por acullá, e insertan en su cuerpo un pedazo de metal debidamente moldeado que, con el paso del tiempo, se espera que se vuelva uno mismo con usted. O sea: le implantan una prótesis de cadera. Terminada la cirugía, lo envían a recuperación y, más tarde, a su habitación.

Hagamos un paréntesis para relatar lo que, en la serie de Batman —el Batman pazón, o sea, el Batman de Adam West—, anunciaba un locutor con voz engolada: “Mientras tanto, en la Baticueva”, sólo que aquí no se trata de ninguna Baticueva, sino de México. Así, mientras tanto, en México, sus familiares se han llevado un susto de los mil demonios al enterarse del percance, luego se han tranquilizado tras saber que se encuentra en manos “de lo mejolcito de pol acá”, y luego han comenzado a alarmarse de nuevo. ¿Qué es lo que motiva la alarma? Ah, una razón muy sencilla: los cubanos han llamado y exigen se liquide el costo de la operación.

—Que pague, chico.
—Pero, ¿por qué? ¿No hay acaso un seguro que lo cubre?
—Mmm… bueno, chico, pague luego, polque acá no e’ el capitalimo.
—Ni capitalismo ni socialismo de mameluco: no pago. Que pague el seguro.

Llamadas van, llamadas vienen. Los muy solidarios cubanos —ésos que le atendieron mientras usted se debatía, no entre la vida y la muerte, pero sí entre la cojera y el buen caminar— porfían en su intento de cobrar la operación a la familia de usted. “No, no, no: que pague la barbuda de su madre, o la madre del barbudo”, dicen los indignados familiares, “que para eso le endilgaron el seguro a mi pariente”. La mención del seguro termina por obrar milagros y la cuenta se desvanece mágicamente; sin embargo, el drama que se desarrolla telefónicamente entre Cuba y México dista mucho de verse concluido, al aparecer una nueva pieza en el tablero de juego: la repatriación de usted, mi estimado viajante imaginario.

La operación ha salido bien: usted descansa cómodamente —si bien la falta absoluta de movimiento comienza a resultar un tanto pesada— y sólo espera que le den el visto bueno —esto es, que lo den de alta— para tomar sus maletas, afeitarse —aunque la barba sea el no va más en la isla—, cambiar la batita de hospital por algo más decente para salir a la calle, tomar un taxi, cubrir los mismos farragosos trámites acaecidos al momento de su llegada y abordar el vuelo que lo regresará a su país. Eso es lo que usted quiere pero, desafortunadamente, no es lo que quieren los cubanos:

—Le vamo a mandal a su pariente con un cuidadol médico, chico.
—Me parece bien. ¿Ya lo saben en el seguro?
—Uté no ha entendido, chico: le vamo a mandal un cuidadol pero, como eso e’ fuera de Cuba, nosotro no tenemo pol qué pagal. El epecialita e' una lumbrera, ¡cosa ma grande, chico!
—Será el sereno, pero yo no pago. Que pague el seguro.

Los cubanos, de nuevo, insisten. Primero aducen la necesidad de enviar un médico para cuidarle a usted —argumento razonable si se piensa en que la excesiva turbulencia podría terminar por estropearle nuevamente la cadera fracturada—; más tarde, el enviado no será un médico, sino un enfermero —como no sea para cargarle a usted, no se ve de qué serviría un enfermero—; por último, tampoco será el enfermero, sino un anestesista —o sea, en el colmo de la previsión, mejor llevar bien sedado al paciente, no sea que se escandalice al verse fuera del centro hospitalario y quiera arremeter con furia contra todo y contra todos—. El asunto del acompañante comienza a convertirse en un perfecto incordio porque en Cuba, donde “no e’ el capitalimo”, pretenden que usted pague: a) el traslado del sujeto en cuestión —médico, enfermero, anestesista, chamán o brujo, no importa—; b) una estancia de tres días en la Ciudad de México —supónese que para cerciorarse de que el paciente llegue bien y se mantenga bien—; c) el pasaje de regreso. Sólo falta que incluyan alimentos sanos, ropa de recambio y habitación con vista al Paseo de la Reforma.

Sus parientes, en el colmo del fastidio, entran en contacto con la embajada de México en Cuba… e inicia el zipizape:

—Oiga, esos cubanos querían cobrar la hospitalización. ¿Para qué está el seguro?
—No, señor: a nosotros nos dijeron que lo iban a cobrar porque nadie se hizo cargo del paciente.
—Hemos llamado a diario.
—Ellos dicen que el paciente está solo.
—Sus amigos han ido a verlo.
—Dicen que está tan solo que ha comenzado a leer Robinson Crusoe, por una especie de identificación con el personaje.
—Será que ya ha visto caníbales… pero no, no está solo. Y quieren cobrarnos el traslado de un “acompañante”.
—¿Cómo dice?
—¡Sí! ¡Un acompañante! ¡Y quieren que yo pague!
—Ah, caray… de eso no sabemos nada. Deje que investiguemos.

En investigar pasa otra semana, en aclarar el entuerto —desde los niveles más altos de la diplomacia— transcurren otros días y, por último, todo se arregla: vendrá el acompañante, pero pagado por Fidel, Raúl y mafiosos que les acompañan. Mientras tanto, usted no sabe a ciencia cierta qué pasa, pero nota un cambio sustancial en el trato que se le dispensa en el hospital: sus salvadores parecen custodios de reclusorio, la comida se ha reducido a pan y agua —“e’ la dieta, chico” — y, cuando llegan a cambiarlo de posición, tiene la extraña sensación de que el gorila – enfermero juega con el cuerpo de usted a los volados.

Al regresar a México, semienterado de lo que ha sucedido, no puede menos que besar el suelo patrio. Llega a su casa, donde le dan un recibimiento como si acabara de salir de la cárcel —en lo que no andan tan errados—… y notan cómo su cuerpo comienza a hincharse. ¿Cómo dice? Así: a hincharse. Los médicos del ramplón capitalismo nacional llegan por usted, lo suben a una capitalista ambulancia y lo internan en un capitalista hospital, mientras una compañía de seguros incubada en el capitalismo imperialista se hace cargo de todas las cuentas. ¿El diagnóstico? “Amigo, ¿por qué se atiende usted con matarifes sin escrúpulos? ¡Le han puesto un mofle viejo disfrazado de prótesis, lo han fijado con cemento Tolteca —o su equivalente, ‘Cemento Barba’— y lo han reforzado con alambrón de ⅛ no quirúrgico! ¡Hay que abrir y componerlo todo!” Lo abren, lo reparan —a medias, porque después habrá que sustituir el pedazo de metal llamado pomposamente “prótesis” por los cubanos— y lo mandan a recuperación.

Como colofón, un dato: junto con usted llegó una cuenta de hospital con cifras expresadas en muy capitalistas billetes verdes. Los números —tan elevados como si el percance hubiera tenido lugar en Houston, no en La Habana— revelan una realidad digna de la dimensión desconocida, al incluir traslado, operación, materiales empleados —cual si fueran de primer mundo—, recuperación, días de hospitalización y sesiones de terapia —aunque usted nunca se levantó de la cama—.

Las agencias de viajes son muy dadas a decir: “si viaja usted a X lleve ropa ligera, repelente de moscos, bloqueador solar y gafas de sol”; asimismo, en algunas partes recomiendan cosas como “no salga a la calle de noche”, “evite beber agua de los grifos”, “no camine en solitario por tales y cuales avenidas o zonas de la ciudad”, o “evite hacer amistad con los guerrilleros de la localidad”. En el caso de Cuba, el anuncio debería redactarse como sigue:

“¿Viaja usted a Cuba? No olvide contratar un seguro de gastos médicos en su país de origen. Asimismo, desconfíe de médicos, enfermeros, anestesistas, brujos y chamanes de facha amistosa. No olvide llevar en su maleta dos prótesis de cadera—izquierda y derecha, porque nunca se sabe de qué lado cae uno— y tenerlas a mano en caso de accidente. Ante cualquier eventualidad, golpee al primero que se anuncie como 'el mejolcito de pol acá' y pida auxilio a su embajada”.

4.1.10

La ciudad de Marcelo.

Un barrio cualquiera de la Ciudad de México: una patrulla de la policía recorre diariamente el sector que le ha asignado para efectuar labores de supervisión. Meticulosamente, los uniformados se detienen en cada una de las esquinas que cruzan, hacen sonar la bocina incorporada a la torreta de su vehículo —la inconfundible señal de “aquí estoy”—, y esperan a que alguien, cuya identidad u ocupación se desconoce inicialmente, se acerque al vehículo. Los sujetos que a cada esquina se aproximan a la patrulla no son, contra lo que pudiera pensarse, policías, vigilantes o incluso comerciantes: son franeleros, y acuden con presteza al bocinazo lanzado para entregar su cuota diaria a los puntuales servidores públicos. Éstos, por su parte, una vez recibido el dinero, gastan alguna broma amable a los franeleros, tal vez comentan el estado del tiempo y la marcha del negocio y, sin más, prosiguen con su recorrido.

Otro barrio cualquiera de la misma urbe: un restaurantero, deseoso de no perder clientela ante la promulgación de la ley contra los fumadores, decide ampliar sus operaciones a la banqueta inmediata a su negociación. Tras solicitar los respectivos permisos y cooperar voluntariamente con la autoridad delegacional que le corresponde, ubica las mesas y espera a los fumadores que, sin demora, ocupan las mesas y, en amenos coloquios, arreglan la vida nacional en torno a sendos tragos de espirituosas bebidas, acompañados por las infaltables bocanadas de humo de distintas calidades. Al día siguiente, dos inspectores aparecen y multan al propietario del local. ¿La razón? Que el hecho de que la gente fume, literalmente, en la calle, contraviene la mencionada ley, a pesar de que ésta indica con claridad la prohibición de fumar en espacios cerrados y no a cielo abierto. De nada sirven las protestas del ventero: deberá pagar una multa, dar por perdido el dinero invertido en el permiso y en la espontánea dádiva y, en plena banqueta, tendrá que colocar un letrero que invite —o, mejor dicho, conmine— a los comensales a no fumar.

Una avenida, mismo espacio urbano: el tráfico a las 3 de la tarde es insoportable. La gente ve a sus autos calentarse, detenerse y convertirse en conjuntos monumentales de piezas de metal inerte. Instantáneamente, los ocupantes de los vehículos toman sus teléfonos celulares y, con más resignación que furia, comunican a sus desconocidos interlocutores: “sí, Fulano —o Zutanita—, ya sabes, no voy a llegar. Pues sí, así es esta ciudad”. Tres cuadras más adelante, cinco madres de familia han decidido cerrar una arteria principal de la ciudad porque la directora de un kínder ha dicho que los niños son idiotas, y ellas no pueden consentir semejante violación a los derechos humanos de sus querubines. Dos cuadras a la izquierda, una manifestación, compuesta por cien jóvenes, protesta contra las políticas intervencionistas de Estados Unidos en Irán, y apoya las declaraciones hechas en fechas recientes por Fidel Castro al diario Granma. En la misma avenida, un grupo de trabajadores abre un hoyo para insertar cables al subsuelo, mientras que una brigada gubernamental poda árboles y, como el asunto no es que alguno de ellos sea atropellado por los automovilistas inconscientes, han acomodado un enorme camión de modo que obstruya el carril inmediato al sitio en que laboran. Por si fuera poco, los semáforos no funcionan, o lo hacen del modo que es posible imaginar: luces verdes durante diez segundos —en plena avenida—, seguidas por luces rojas que tardan en cambiar cuarenta y cinco segundos, lo que sentencia a los conductores a detenerse en cada esquina.

Misma ciudad: vecinos airados protestan contra la construcción de una vía rápida y obstruyen una vialidad secundaria. Para reforzar su protesta, secuestran la maquinaria con que comenzarían a derribarse árboles, tirarse casas y aplanarse suelos. El gobierno local, sin más trámites, lanza a sus granaderos para reprimir a los manifestantes pero éstos, ni tardos ni perezosos, hacen sonar las campanas de la iglesia y alertan a los vecinos en su conjunto. Como cualquiera sabe lo que, en el México premoderno, implica que las campanas sean tocadas a rebato, los cuerpos de seguridad se repliegan y entra en acción el plan B: un grupo de espontáneos aparece en las calles aledañas —no suma más de diez personas— y se manifiesta a favor del orden y del progreso que implicará la construcción de la vía rápida. Días después, aparece en los diarios una encuesta en la que se indica que tres de cada cuatro encuestados están a favor del mismo proyecto, sin importar que existe ya una vía de tránsito adicional en la zona cuyos resultados, muy elogiados por la administración anterior, dejan ver que la nueva solución no será tal. Mientras, del otro lado de la ciudad, la única vía rápida que existe no es tal —dado que sus carriles disminuyen a cada momento, posee semáforos e, incluso, en un momento dado, ve ingresar en sus carriles al metrobús—, el caos es evidente y no hay proyectos para mejorar la vialidad.

Otra avenida: una cuadrilla de trabajadores comienza a tirar árboles a diestra y siniestra. De nada importan las protestas de los vecinos: la tarea debe ser hecha porque, sobre la misma avenida —sobre el arroyo, no sobre las banquetas, que es donde moran las víctimas del progreso—, correrá la nueva línea del metrobús. El proyecto, según ha dicho el gobernante supremo de la sufirda urbe, es indispensable, y ya se verá cómo se reponen los árboles. Meses atrás, un grupo de descerebrados otorgó, a este mismo sujeto, una condecoración por sus esfuerzos a favor de la preservación del medio ambiente y la conservación de las áreas verdes, al tiempo que alabó sus denominados “Programas verdes” y la lucha sin cuartel que libra —en la imaginación de los involucrados, se entiende— contra las emisiones contaminantes. Ello, por supuesto, no considera que en la ciudad existe, al menos, una marcha o un plantón cada día, lo que sin duda genera una cantidad importante de gases contaminantes.

Una oficina de la policía: una secretaria, harta de ser acosada sexualmente por su jefe —un comandante de sector—, y también de no ser escuchada por autoridad alguna, se dirige a los medios de comunicación para hacer pública su protesta y exigir justicia. Craso error. El jefe superior de la policía la manda llamar y le recrimina haber acudido a los medios. “Ahora”, amenaza, “no podré hacer nada. Allá usted si le pasa algo”. La mujer afirma que el caso es común pero que sus compañeras, al saber que nada se hará porque el involucrado tiene conexiones con el jefe del jefe de la policía y, por tanto, resulta intocable.

El hombre a cargo de todo este desastre aparece en los medios de comunicación a la menor provocación, pero no para solucionar los problemas descritos —los que parece no considerar en lo más mínimo—, sino para hacer declaraciones rimbombantes: “la ciudad tiene equidad”; “estamos bien de cara al futuro”; “las obras no se detendrán porque beneficiarán a todos”; “no hay presencia del crimen organizado en la ciudad”. Incluso, el día de ayer tuvo el tupé de decir “las obras no pararán porque no dejaré que alguien más sea el que las concluya”, aunque más tarde solicitó amablemente a los medios —se entiende cómo— que retiraran tan desafortunada frase. Es rápido para ejercer la autopromoción y para criticar al de enfrente: “nosotros no haremos un gasto monumental con los festejos del Bicentenario, como sí lo hace el Gobierno Federal”, y hábil para callar el hecho de que, si no podrá hacer nada, no es porque tenga un sentido admirable del ahorro, sino porque no le queda otra opción que mirar cómo el festejo federal ocupa estratégicamente todos y cada uno de los espacios posibles de la ciudad, lo que lo orilla a guardar bajo el tapete las locuras que poblaran su cabecita para recordar la magna fecha.

Ésta es la ciudad en la que vivo: la ciudad de los enormes negocios disfrazados, desde hace diez años, de “obras públicas indispensables” para “solucionar los problemas a largo plazo”, pero que al mes de su inauguración muestran estar completamente rebasadas por la realidad. La ciudad de las ocurrencias, donde el faraón en turno decide lo que habrá de hacerse por sobre la voluntad popular o amañando sagazmente lo que ésta parece mostrar, de modo que todo parezca perfectamente probado y aprobado. La ciudad donde el jefe de la policía es un simulador, el de finanzas es un ladrón con enormes dosis de iniciativa —exhibidas al subir el costo del agua, del predial y crear una nueva tarjeta de circulación—, el de transportes es amigo y socio del transporte pirata —caso claro de la Iglesia en manos de Satanás—, el de obras públicas se arrima al mejor postor para hacer lo que venga en gana, el de turismo es otro inútil ocurrente y el de educación es un patán sin educación. Sin embargo, apoyado en la muy popular gacetilla noticiosa, el jefe de (des)gobierno presenta una realidad alternativa a la opinión pública y prepara sus fuerzas para lanzarse por la grande en 2012. Eso, claro, si logra derrotar al mesías de los oprimidos, al salvador del pueblo, al amigo de todos.

10.11.09

Democracia sindical

Estimados lectores:

Como se anunció en este espacio el día de ayer, mañana miércoles tendrá lugar un paro de labores en la Universidad Nacional para apoyar la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas. De forma harto patética, quienes nos oponemos a tal ridiculez no logramos unificar nuestras voces para exteriorizar nuestro rechazo a la medida... vaya, ni siquiera pudimos ponernos de acuerdo para expresar lo que queremos pero, en nuestro descargo, diré que tampoco tuvimos espacio alguno para hacernos oír. Por tanto, la votación se realizó en el lugar señalado -el auditorio Justo Sierra-, y en ella participaron quienes pueden entrar al sitio de referencia sin sentirse amenazados, y sin que su sentido del orden, la limpieza y la estética resultaran ofendidos dadas las deplorables condiciones en que se encuentra el inmueble.

Tengo en mis manos una circular emitida por el sindicato universitario, donde quedan de manifiesto los muy democráticos ideales que practica el moderno corporativismo mexicano, muestra palpable de la forma en que se toman las decisiones al interior de tales organismos y del modo en que los mismos se basan en políticas de hechos consumados. La hojita, fechada el día 9 de noviembre, se titula "Huelga parcial del STUNAM de 12 horas en apoyo al SME y por la solución a las demandas internas". ¿Cómo dijo? ¿"Huelga parcial"? ¿Qué demonios es una huelga parcial? ¿Paran unos y los otros siguen trabajando? Pues no, señor, en este caso paran unos y todos nos vamos al demonio, queramos o no trabajar, amén de que el estallido de una huelga requiere seguir una serie concreta de pasos para tener efectos legales y evitar que el patrón eche a la calle a los trabajadores por abandono de puestos o faltas injustificadas. ¿Qué es entonces una "huelga parcial"? Nada, un eufemismo para decir "no vamos a trabajar, ¿y qué, y qué?" El otro error es menor, pero nos demuestra el nivel intelectual de nuestros ínclitos sindicalistas: "por la solución a las demandas internas". En todo caso, sería la solución de -no a- las exigencias -no demandas, que es una espantosa traducción del inglés-, pero háganlo ustedes entender a estos mentecatos.

En su primer párrafo, a la letra, el texto reza: "Por acuerdo unánime de nuestro Consejo General de Representantes, el STUNAM realizará el próximo 11 de noviembre una huelga general -¿no era parcial?- de 12 horas en la UNAM, en solidaridad con la lucha de los trabajadores agrupados en el hermano -¡oh, qué fraterno suena esto!- Sindicato Mexicano de Electricistas, así como en contra de los recortes presupuestales a la educación, la ciencia y la cultura, de la imposición de pagos excesivos de impuestos y por el respeto a la materia de trabajo de los empleados de base de la UNAM que viene siendo usurpada por gente de confianza -¿la UNAM o la materia de trabajo?-".

Hasta aquí el galimatías. Lo que se deja ver es que, para dar un mayor peso al simple acto solidario -que en sí es una tontería, un acto vacío al que se pretende dotar de elementos nacionalistas, patrióticos, solidarios y obreristas-, se integran al discurso aquellos elementos de protesta que serían naturales para un sindicato universitario, como son la usurpación de plazas y el recorte presupuestal. Sin embargo, ambos puntos son un camelo dado que, por un lado, la gente de confianza no le usurpa plazas a los sindicalistas, sino que las mismas son ocupadas por gente externa en el momento en que nadie del STUNAM tiene las calificaciones necesarias para hacerse con un trabajo determinado. Así, por citar un caso que conozco de primera mano, una plaza de secretaria bilingüe inglés - español estuvo vacía durante dos años porque las secres sindicalizadas con trabajos escriben en castellano, y eso, con mala ortografía. ¿Cómo querían una plaza donde se requiere parlar en inglés? Lógicamente, el trabajo debió anunciarse al exterior, y ahí fue ocupado por alguien que, tras realizar una serie larga de exámenes, demostró que tenía los conocimientos y la capacidad para integrarse a la planta laboral de la institución. En el segundo caso, lo dicho: el problema de la universidad no es que sobre o falte dinero, sino que el mismo se emplee de forma inteligente.

El resto de la hoja prosigue, en un tono por demás desapasionado, con la enunciación de lo que se hará y lo que se espera obtener, o sea, la solución de las exigencias sindicales. El cierre del texto, dado su interés, será reproducido a continuación: "¡Solidaridad amplia con los electricistas afiliados al SME! ¡No a los recortes presupuestales a la educación! ¡Solución a nuestra problemática laboral interna! ¡Solución a las demandas de los trabajadores del Colegio de Bachilleres! [...] A partir del martes 10 de noviembre los trabajadores de base en urnas refrendaremos la propuesta de huelga parcial de 12 horas".

¿Los trabajadores del Colegio de Bachilleres? ¿A qué vienen aquí a cuento? ¿Por qué se integran elementos extraños al discurso? ¿Sólo por agrandarlo? Así parece. Me recuerda cuando, en medio de la anterior lucha para elegir dirigente en el STUNAM, algunos alucinados terminaban sus consabidas listas de promesas -mejoras salariales, ampliación de puestos de base, homologación de tabuladores- con la ridiculez aquélla de "no al desafuero" del Peje. Así, en su intento por ganar adeptos a una causa determinada, los sujetos en cuestión perdían de vista su objetivo principal y metían en el costal todo aquello que sonara a lucha social, de modo que se viera el color de su playera y se supiera, de una vez por todas, a qué atenerse.

Sin embargo, tal no es lo peor del párrafo. Primero, al haber sido redactado sin comas, la lectura de las últimas propuestas se presta a realizar una chunga mayúscula, porque ¿quiénes son "los trabajadores de base en urnas"? ¿Son acaso los nuevos exponentes de aquel infame experimento denominado "gato bonsai", sólo que ahora se hace con sindicalistas? Eso sí sería motivo de protesta; sin embargo, creo que, para dar más peso a la votación, se hará sufragar a alguno que otro muerto, cuyas cenizas apoyarán a la noble causa del SME desde las urnas en que se encuentran. Después de ello viene lo que es, desde mi punto de vista, el colmo de las abominaciones: como se ha mencionado, la hoja está fechada el día 9 de noviembre, y anuncia la realización de un paro el día 11. ¿Cómo es que, entonces, las votaciones para dar peso a la propuesta se realizarán el día 10? ¿No deberían haber tenido lugar antes de que circulara la hoja? ¿No es todo esto una simulación imperdonable, un engaño mayúsculo, y una forma de poner presión a quienes, por sus muy particulares razones, hubieran querido votar en contra del paro?

No obstante lo mencionado, los líderes sindicales no son tontos; de otro modo, no podría uno explicarse cómo han permanecido en sus puestos a lo largo de los últimos veinte años sin dar golpe y, peor acaso, sin trabajar. Así, en medio de las juntas donde "democráticamente" se decidiría si la gente del STUNAM se sumaba al paro, el discurso siguió, más o menos, el siguiente rumbo: "Compañeros: hay que estar con el SME. Si no los apoyamos en el paro, el día de mañana nosotros también perderemos nuestros trabajos. La privatización del sector eléctrico está en marcha, y la de nuestra fuente de trabajo -la UNAM- es cosa de poco tiempo. Por tanto, hay que parar al espurio, al neoliberalismo, a los intentos privatizadores del gabinete panista, y luchar con el SME".

Lo anterior no es una exageracion mía: es una reproducción textual de los puntos más importantes abordados en las asambleas sindicales. En un principio, algunos trabajadores se opusieron al paro, alegando que lo peor era mostrarse como un sindicato rijoso que, más aún, se sumaba a una lucha perdida y, ante todo, ajena. Empero, los delegados sindicales se las arreglaron para repetir hasta el cansancio la consigna de que "o vamos al paro, o nos quedamos sin trabajo", y lograron su cometido, que no era otro que meter miedo a las masas de imbéciles para quienes el acto de pensar es un ejercicio agotador en extremo. Por tanto, como todo se redujo a "paramos o nos despiden", los resultados de la votación no podían sino favorecer a la primera opción, aun cuando, como es notorio, no hay visos de que se busque privatizar a la universidad, tampoco se está en vías de privatizar el suministro eléctrico, y menos se piensa poner en la calle a la gente del STUNAM, si bien algunos deberían estar fuera de sus plazas de descanso, perdón, de "trabajo", hace largo tiempo.

Por lo pronto, a los sindicalizados universitarios se les avisó que, como muestra de solidaridad con el SME, se les descontarían cien pesos de su sueldo, mismos que permitirían a los electricistas sobrevivir a los embates del gobierno. Sospecho que, al ver finalizada la mina de oro que representa ser líder sindical, el bueno de Martín Esparza se halló sin fondos para terminar las remodelaciones de su rancho, y el dinerito del STUNAM le vendrá de perlas para, cuando menos, concluir con el remozado de las caballerizas, y pagar los sueldos de los democráticos empleados que en el sitio se afanan. Mientras tanto, los trabajadores universitarios, apoyen o no al SME, han visto disminuir arbitrariamente su ingreso. Claro que pueden quejarse de ello y pedir que les sean regresados los cien pesos, ¡faltaba más! Sin embargo, para lograr la restitución del dinero usurpado, deberán dirigir una carta al sindicato y exponer el hecho, lo cual desamina al más pintado dado que, en el acto, le señalará como reaccionario, antisindicalista, poco amigo, y le expondrá a ser objeto de cualquier tipo de represalias.

En medio de todo ello, ahí viene el paro -que tampoco es tal, porque no puede parar labores quien, de hecho, se encuentra en situación de paro, esto es, sin chamba- y, ¡ah, qué nobles son las luchas sindicales!

9.11.09

La arbitrariedad galopante.

Como se mencionó en una entrada previa, el enjuague entre la gente del Sindicato Mexicano de Electricistas -SME- y las autoridades toma rumbo. De hecho, la Secretaría del Trabajo calcula que, a la fecha, ha acudido por su liquidación un 50% de quienes antes trabajaban en Luz y Fuerza del Centro -LyFC-, a quienes las consignas de Martín Esparza les vienen guangas porque no poseen los cuantiosos ahorros del abnegado líder obrero y, por ende, deben decidir entre mantenerse en una lucha estéril o cobrar un dinero que ler permitirá sobrevivir en tanto encuentran un trabajo donde, se espera, sí devengarán los sueldos recibidos.

Sin embargo, como también se mencionó, los muy oportunos defensores de las causas sociales han salido al quite del SME y, como pueden, le brindan su apoyo. Así, tras convocarse a un paro nacional el próximo día 11 de noviembre -es decir, pasado mañana-, el Sindicato de Telefonistas ha anunciado que se sumará al mismo, y que le vale un rábano serenado si el patrón descuenta el salario correspondiente. En tanto, la izquierdiza en pleno -es ironía-, entre la que destaca gente tan comprometida con la lucha obrera como Gerardo Fernández Noroña, Marcelo Ebrard, Alejandro Encinas, o el Peje, han hecho todo el ruido posible para alertar sobre este nuevo golpe que el capital brinda al trabajo y, de paso, para colgarse de los cinco minutos de fama que brinda el movimiento de los electricistas. No en balde el Peje ya convocó a una nueva asamblea popular donde, de nueva cuenta, dirá cómo es que debe guiarse la economía nacional; de paso, medirá fuerzas con Marcela la Brava, quien hizo honor al mote recibido en este espacio cibernético y, sin decir "agua va", adelantó que la consulta para elegir al candidato de los perredés para la lucha del 2012 deberá hacerse como si fuera una medición de rating, y no a ravés de las consabidas votaciones internas que, según se ha visto, a nadie dejan satisfecho.

La insensatez de los espontáneos apoyadores del SME llega a sus peores extremos posibles al recordar, una vez más, que el partido que cobija al Peje y a Noroña no es otro que el PT, engendro de los hermanitos Salinas, y que el primero, junto con Encinas y Ebrard, recibieron de muy buena gana los dineros que dio el humilde empresario Carlos Slim para reconstruir una fracción del Centro Histórico y tornarla un lugar a modo para recibir inversiones y acomodar a clasemedieros nice que se precian de vivir en el corazón de la ciudad. Cosas de la incongruencia, sí señor, amenizadas por el impulso que el millonario dio a las apiraciones presidenciales del loquito de Macuspana, y que éste preferiría que todos olvidáramos. ¿Usted, querido lector, lo entiende? Yo tampoco, pero la lucha de clases, reinterpretada a modo por los tíos más torpes del pueblo, cabalga de nuevo.

Para retornar al punto central de esta entrada, hace unos días se anunció que, de buenas a primeras, la Universidad Nacional se uniría al mentado paro nacional, para beneplácito de la fauna haragana que puebla a la institución y que ha confundido las obligaciones del estudiante universitario -asistir a clases, pasar sus materias, sustentar uno, dos, o tres exámenes para obtener los correspondientes cueros de puerco que le permitan ejercer una profesión- con sumarse a cualquier pleito que se trame en las calles. A la muy sabida respuesta de "es que el estudiante tiene consciencia, es el elemento pensante de la sociedad, y debe de estar con..." bla, bla, bla, les recordaré lo que mencioné en una entrada ya añeja: la mayoría de quienes se suman a tan singulares muestras de apoyo no son estudiantes, sino vagos profesionales, incapaces de escribir un párrafo -o un renglón siquiera- sin faltas de ortografía, para quienes el presupuesto federal que se gasta en su educación es una obligación del Estado que no se traduce en la asunción de algún compromiso básico como sería, por ejemplo, aprender a escribir, conducirse con urbanidad y, sobre todo, entender que el respeto a los demás es una norma de vida, no una consigna furibunda que lanzan orates vestidos con trajes Hugo Boss en tarimas montadas ex profeso a lo largo y ancho del país.

Éste es el princinpal problema que se avecina con las protestas: el cierre arbitrario de la universidad durante 24 horas. ¿Por qué cerrarla? Para crear la ilusión de que toda, TODA la comunidad universitaria apoya a los tarados del SME y su lucha ridícula. Tal es el punto y no otro: hacer creer que los universitarios, como somos seres conscientes, repudiamos el decreto de extinción de LyFC y queremos que se restituya, ipso facto, a los haraganes en sus puestos de trabajo. Tiene, asimismo, la finalidad de montar un aparato supuestamente enorme de apoyo a quienes no se han cansado de decir "se va la luz y hay apagones porque ya no estamos nosotros a cargo", sin ponerse a pensar que, si el servicio eléctrico es pésimo, se debe sólo a la pésima forma en que estos tipos dizque trabajaron durante un buen número de años. Señores: los apagones han ocurrido siempre y, si ahora se magnifican, es sólo como estrategia discursiva, no porque en realidad el servicio sea peor que antes.

Lógicamente, hay una cantdad considerable de universitarios que nos oponemos al mentado paro, desde trabajadores hasta estudiantes, pasando por académicos y administrativos. Empero, nuestra opinión no cuenta y, una vez más, seremos tachados de reaccionarios, esclavos del capital y, lo más chistoso, idiotizados por López - Dóriga o Alatorre. Un día de paro es lo que nos espera porque, sin consultarnos, a "alguien" se le ocurrió que era buena idea suspender labores para así apoyar a la parvada de idiotas, sin tomarnos opinión, en una actitud semejante a la de aquellas personas que cierran un eje vial porque la maestra Fulanita del kínder Zutanito le pegó a un niño. Bien, vale su queja, pero ¿por qué afectar a miles de automovilistas, o de personas que viajan en transporte público? ¿Qué solucionan fastidiando a los demás? ¿Dónde está el respeto? Peor aún, ¿cómo piden respeto a su causa -que ni siquiera es suya- pisoteando a los otros?

En mi sitio de Facebook, todavía hubo quien, a propósito de mi petición en torno a la realización de una consulta sobre el cierre de la universidad, dijo "menos mal que está muy solo en su reclamo". A ver si nos entendemos: ¿desde cuándo está mal, es inapropiado, o no se debe, pedir que se consulte a la gente sobre una decisión a tomar en un sitio público como es la propia universidad? ¿En qué momento es ilógico pedir que se vote para ver si se cierra ésta y así se muestra un pretendido apoyo generalizado a los holgazanes del SME? ¿Por qué una persona se alegra de que mi petición no tenga eco? ¿No acaso quienes apoyan a los sufridos electricistas claman por la democracia, la igualdad, las oportunidades, el diálogo y demás? ¿O es una igualdad parecida a la que se enunciaba en el comunismo, un diálogo como el que permiten Fidel y su carnal, o una apertura de espacios tal y como se verifica en Venezuela? ¿Entonces?

La consulta sobre el paro, a pesar de todo, está por realizarse. Claro que NO como debiera ser, esto es, en un sitio más o menos neutral al que pudiéramos ingresar quienes así lo deseáramos, sino en el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, tomado hace ya nueve largos años por sujetos ajenos a la institución y cuya filiación política -por llamar de algún modo a la carencia total de ideas y la defensa de una malentendida "autogestión"- nos es bien conocida. Asimismo, se ha convocado a la consulta en enormes carteles que mencionan "¡Todos somos el SME!", lo cual es un insulto para quienes sí nos dedicamos a trabajar y no vivimos de prebendas, ni cobramos por dar un servicio patético a nuestros clientes. No obstante, más allá de la consigna, la pregunta que queda por realizar es: si la consulta se realizará en territorio "amigo" de los holgazanes, impulsada por un lema que favorece a los mismos holgazanes, en un sitio al que sólo ingresan personas afines a los holgazanes, ¿cuál será el resultado? Todo se asemeja sospechosamente a las "asambleas" del Peje, en las que el aludido expone sus muy sesudas arengas ante su público fiel y termina preguntando si la gente quiere que se haga lo que él ya ha dicho que debe hacerse. Lógicamente, como los asistentes son paleros incondicionales, aprueban, y el tipo, ante la barahúnda de balidos escuchada -en su muy particular versión del "aplausómetro"-, dice estar armado con la supuesta "voluntad popular", e inicia la planeación de los mitotes a los que nos tiene ya acostumbrados.

Veremos qué nos depara la supuesta "consulta". Por lo pronto, todo parece indicar que el miércoles tendremos un asueto forzado, amenizado por marchas, gritos, porras, sombrerazos, y apariciones públicas de cadáveres políticos sedientos de fama instantánea. Más noticias, en la siguiente entrada.