11.11.10
Los números duros, puros y seguros.
10.11.10
Las nuevas protestas: más de lo mismo.
12.9.10
Opinología.
8.9.10
Protestas alimenticias.
29.8.10
Defensores universitarios
Contra lo que pudiera parecer, y muy a pesar de que resulta una instancia un tanto inútil
—vista la forma en que se conduce, sin tomar en cuenta las denuncias que recibe sino con un muy sobado "sí, ya te oí; te contesto cuando me dé la gana"—, no dedicaré esta entrada a la oficina del Abogado General de la Universidad Nacional sino a quienes, con argumentos extraños en ocasiones, reduccionistas en otros, y torcidos las más, se asumen como defensores ex officio de la misma institución. Concretamente, me referiré al artículo de Arnaldo Córdova titulado "La Universidad y la derecha", aparecido el día de hoy, 29 de agosto, en las páginas de La Jornada.
El doctor Córdova, todo mundo lo sabe, es un connotado pensador de izquierda que, al calor del pensamiento en boga durante la década de 1960, cobró amplia fama con su libro La ideología de la Revolución Mexicana. Es, asimismo, un opinador asiduo sobre la realidad nacional y, sobre todo, un crítico enfebrecido de lo que él llama "la derecha". ¿Qué es, para Arnaldo Córdova, "la derecha"? Bien a bien, no se sabe. Por momentos, parece ser cualquier postura favorable a la apertura del mercado y la disminución del papel que, con respecto a la vida nacional, guarda el Estado. Sin embargo, en ocasiones parece que "la derecha" es todo lo que no es "la izquierda" y, en este sentido, "la izquierda" tampoco es "la", sino "una" sola, aquélla con la que concuerdan los muy cerrados paradigmas de Arnaldo Córdova.
En esta ocasión, el académico de marras se ha metido con Gabriel Zaid y con Guillermo Sheridan a propósito de las críticas que ambos le endilgan a la universidad en el número de julio de Letras Libres. Como los aludidos no necesitan quién los defienda —de hecho, nadie en esa revista necesita defensores espontáneos; ellos se bastan y se sobran solitos, como se lo demostró Enrique Krauze a quienes, de un modo u otro, pretendieron salvar los muy cuestionables trabajos presentados en la compilación México, tres momentos—, yo me concentraré, únicamente, en exponer la serie de falacias, inexactitudes, contradicciones y errores garrafales que contiene el citado artículo de Córdova, en el entendido de que a) estoy plenamente de acuerdo con la opinión que emite acerca de las universidades privadas; b) creo firmemente que las carreras de humanidades no son improductivas, sino todo lo contrario.
Salvado el escollo, iré por partes. Lo primero es el flagrante error que comete Córdova al decir "llevo 43 años trabajando de tiempo completo en la Universidad, y siempre he sido crítico de los mecanismos que operan en ella". Con el debido respeto, eso es una barbaridad. ¿Cuántas veces, en esos mismos años, Córdova ha pedido que su plaza definitiva de tiempo completo se ponga a concurso? ¿En qué momento se ha opuesto a programas como el PRIDE, que efectivamente crean una brecha entre los profesores bien pagados —como él mismo— y los de asignatura, como el que estas líneas escribe? ¿Cuándo ha pedido que se le baje el sueldo? El autor del artículo es muy hábil cuando indica que los sueldos de los altos funcionarios son "de hasta siete u ocho veces el de un profesor de primer nivel". ¿Qué entiende por "primer nivel"? ¿La crème de la crème de los académicos? ¿Los que apenas inician? ¿Quiénes, doctor Córdova, son esos académicos "de primer nivel"? Porque, si se refiere a los de asignatura con una o dos clases, permítame decirle que el sueldo de un académico de tiempo completo, con todo y prestaciones, puede ascender a cerca de 40,000 pesos mensuales, mientras que el primer sujeto referido ganará, por cuatro horas al mes, cerca de 1,600 pesos. ¿Es eso justo, parejo y equitativo? Evidentemente no pero, como el fondo del artículo es presentar al enunciante como un sujeto crítico, resulta más conveniente montar la comparación con las autoridades que con los propios académicos.
Aparece más tarde la cuestión del debate entre universitarios. Como bien dice Córdova, la universidad se la vive en el debate; degraciadamente, no se poseen los espacios adecuados para llevar tales debates a un terreno productivo. Sin ir más lejos: el debate protagonizado en 2009 entre partidarios de la ocupación del auditorio Justo Sierra de Filosofía y Letras y opositores al mismo debió desarrollarse en un estacionamiento, y luego cada quien echó mano de lo que tenía más cerca para ganar adeptos, mientras la autoridad se hacía la desentendida y nada pasaba. Hasta ahí, correcto, punto para Córdova. El problema aparece cuando él mismo decide que la universidad es un monolito donde todos pensamos igual, y que cualquier ataque procede de las fuerzas del mal ubicadas afuera de ella, concretamente en "la derecha". Suena misteriosamente a argumento staliniano, castrista o hitlerista: el enemigo es ese otro que no es como yo soy, es el diferente y, claro, está afuera, porque adentro todos somos iguales y, si no somos iguales, pues hay que igualarnos, por las buenas o por las malas. Vaya despropósito. O sea que, si entiendo bien, para criticar a la universidad sin ser "un mal universitario" —mote que le endilga don Arnaldo a Sheridan— debo ser "de izquierda", lo que sea que se entienda por eso, y criticar las posturas "de derecha" que aparecen en mi casa de trabajo.
Así las cosas, la única causa de los problemas de la universidad es que exista "la derecha". Córdova mismo lo advierte: los problemas comenzaron cuando entró Soberón, un rector de derecha y reaccionario. Menos mal que, por congruencia, indica que ambas cosas no son lo mismo, aunque tal mención no rebasa, por desgracia, el espacio conferido a ella en el artículo, al ser sabido que, para Córdova y los suyos, ambas palabras son sinónimos, lo que no es necesariamente cierto. Sin embargo, tal es la fuente del problema: "la derecha". No lo son las charriles prácticas sindicales; tampoco lo es el nulo caso que se hace a la legislación universitaria; menos lo son los ínfimos niveles de titulación ni la escandalosa deserción; tampoco lo es el parasitismo que aqueja a muchos académicos e investigadores que, en años, no han escrito un artículo ni desarrollado un experimento a cabalidad. No: señalar eso sería propio de "un mal universitario". Entonces, doctor, ¿qué señalamos?
¿Qué viene después del mencionado alegato? El PRD, y aquí sí no sé en qué planeta vive Arnaldo Córdova. Tal vez en el de las enunciaciones literales, donde el hecho de que el partido se haya metido hasta la cocina universitaria debería implicar que los estudiantes portaran gafetes, credenciales y playeras perredés, que se supieran el himno del partido y que, como borregos, votaran en masa por los impresentables candidatos amarillos... o los rojos, acaso peores. Señor mío: obviamente, no existe un cogobierno universitario, en el que tal partido decide, hace o deja de hacer, pero resulta evidente que sí influye en la vida universitaria. Para ello, basta ver las filias de los dos últimos rectores, el descaro con el que se han alineado con los postulados del perredismo o del pejismo, la gente que han colocado en puestos claves del aparato universitario —Rosaura Ruiz sería el mejor caso, secretaria de una secretaría universitaria sin programa ni funciones claras— y su amable connivencia con los líderes del partido. Líderes o mesías, da igual. ¿No hay, entonces, una burocracia aliada con el PRD? De nuevo, válgame.
Cierra el artículo con una serie de números lindos, que no son sino una apología del trabajo de nuestra universidad, justo lo que Córdova dice que no hace, no ha hecho y no hará. ¿De qué nos sirven los números, si al menos dos de cada cuatro académicos cobran sin dar el golpe? ¿Si muchos estudiantes ven en la reprobación una práctica normal, un estado común al hecho de estar en una institución como la nuestra? Sí, es obvio que la UNAM es mejor que el Tec, la Ibero, la Anáhuac y la UDLA juntas, pero saberlo no es suficiente consuelo porque eso no elimina la fuente del problema: las prácticas torcidas, las conductas inadecuadas, el burocratismo, las plazas ocupadas por inamovibles, las mafias del poder, el manejo discrecional de los recursos, la inequidad de los sueldos, la colusión de la institución universitaria con un partido político, la naturalidad con que se deja hacer y pasar cualquier tipo de cosas en el campus. Ser mejores que los otros no nos exime de dar cuentas —cuentas claras, no las típicas cuentas del Gran Capitán que se presentan cada año— ni de medirnos según los estándares que rigen al resto. ¿Somos los mejores? ¿Por qué no lo demostramos así, sin retruécanos?
Así, las cosas, concluye Córdova su artículo con su idea fija: la derecha tiene la culpa de todo. La derecha ataca a la universidad y quisiera verla cerrada. ¿De dónde saca eso? Según él, de lo que expone Gabriel Zaid, a quien "poco le falta para decir que sería mejor cerrarla". Exacto: es posible que poco le falte —yo lo dudo—, pero no lo dice. Y no lo dice porque, para cualquier persona con cinco milímetros de frente, resulta un absurdo. Sin embargo, ese mismo "poco falta" se convierte en "no lo dice, pero lo está pensando", mismo que se traslada ipso facto a todos los enemigos de la universidad pública que, en sus retorcidas mentes, quieren lo mismo: cerrar la UNAM y, como decía aquel correo —que estaba para morirse de la risa, lo que sea de cada quien— firmado por X Döring —que primero era Édgar, luego era Federico, y al final podía haber sido Epaminondas—, convertir el campus en un "manhatan" [sic] al sur de la ciudad. Tal es el problema, común a los fascismos pero, como puede verse, también a los espíritus dogmatizados y confundidos: crearle argumentos al oponente, decir lo que no dijo —pero que sí está pensando, cómo demonios no—, segregarlo y atacarlo. Y, sobre todo, tacharlo así: "es de derecha; es el maligno; la derecha es así, es el mal". ¿Cuál derecha? Se ignora hasta el momento. ¿Y la izquierda? ¿Hace algo? ¿Existe acaso? Nada, ni una ni otra, porque todo en este mundo es plural y, así como en un lado existen las mentes enloquecidas que añoran los viejos tiempos del echeverrismo —con su discurso esquizofrénico de pseudo izquierda— o que quisieran ver el arribo de la dictadura del proletariado —aunque luego se espantarían al ver las excelentes prácticas que tal sistema conlleva—, y en el otro hay los que pelean por eliminar cualquier institución pública y acceder al Estado ínfimo, en ambos lados hay gente coherente. Por tanto, reducir los argumentos a derecha=mala, izquierda=buena, es disparatar, lo cual resulta por demás impropio de un académico que, como Arnaldo Córdova, se gana la vida en la Facultad de Ciencias Políticas.
Muy bonito, muy bonito.
5.7.10
De nuevo, elecciones
14.6.10
Caso clínico.
Basado en hechos reales... y actuales.
Imagine usted, amable lector, que un buen día decide participar en un congreso académico. Nada mal, ¿no es así? Ahora imagine que tal congreso se realizará fuera de su país natal. ¡Súper! Añada el hecho de que el evento tendrá lugar en la paradisiaca Cuba que, si bien mantiene a sus habitantes quietos a base de palo y palo —porque, de pan, nada—, salpimentados por una conveniente hambre que quita a la gente cualquier deseo de rebelarse, para el turista bien provisto de billetes verdes —¡ah, las alegrías del capitalismo!— puede resultar un sitio verdaderamente digno de verse.
Sigamos con el viaje de la imaginación. A través de los canales por todos conocidos —esto es, consecución de una visa impresa en cartón de la peor calidad, pago en moneda "real" de sus impuestos de entrada, compra forzada de un seguro médico para casos de emergencia— usted ingresa en Cuba y se dispone, con el ánimo en alto, a pasarla de lo lindo. El plan es sencillo: presentar la ponencia que ha escrito para el evento, charlar con los asistentes al congreso, visitar a unos cuantos sufridos amigos que, mediante el uso de técnicas dignas del mejor faquir, han sobrevivido a la dictadura, al bloqueo y a la propaganda de los hermanos Castro —los dictadores, que no los cantantes—, y recorrer las porciones más visitables de la Perla de las Antillas. ¿Sigue sonando bien?
El problema se aparece en el preciso momento de la llegada a la isla... o casi. Por azares del destino, la noche misma de su arribo al lugar usted cae y se rompe algo. Uf, vaya que duele. Como puede, se levanta, disca en el teléfono —porque los teléfonos aún son de disco allá, y antes diga que no le endilgaron un cuernófono o, como mejor opción, los tradicionales vasitos de unicel provistos de su correspondiente hilito— y espera a que acudan los servicios médicos.
Los hombres de blanco aparecen en escena y lo conducen al hospital. La fama que reviste a la medicina de la isla le hace a usted sentirse tranquilo: “etá uté en la mejore mano, chico”, dice el interno, y usted no tiene por qué dudarlo. Prontamente es trasladado a un hospital —con nombre de un famoso revolucionario ajeno totalmente al mundo de las reparaciones humanas, pero eso importa poco en este momento— y se le somete a una sesión intensiva de auscultaciones, radiografías, análisis y demás. ¿El diagnóstico? “Fractura de cadera, chico: uté tiene oteoporosi, pero ya lo arreglaremo, que para eso somo lo mejolcito de pol acá”. La sonrisa del médico le brinda confianza. Mucha confianza. “Mañana a la nueve lo operamo, chico”.
Durante algunas horas, sin que usted lo sepa —porque está anestesiado, faltaba más, que hasta las historias de terror tienen su lado humano—, los médicos cubanos le abren la parte externa de la pierna, cortan por acá, sacan por allá, quiebran por acullá, e insertan en su cuerpo un pedazo de metal debidamente moldeado que, con el paso del tiempo, se espera que se vuelva uno mismo con usted. O sea: le implantan una prótesis de cadera. Terminada la cirugía, lo envían a recuperación y, más tarde, a su habitación.
Hagamos un paréntesis para relatar lo que, en la serie de Batman —el Batman pazón, o sea, el Batman de Adam West—, anunciaba un locutor con voz engolada: “Mientras tanto, en la Baticueva”, sólo que aquí no se trata de ninguna Baticueva, sino de México. Así, mientras tanto, en México, sus familiares se han llevado un susto de los mil demonios al enterarse del percance, luego se han tranquilizado tras saber que se encuentra en manos “de lo mejolcito de pol acá”, y luego han comenzado a alarmarse de nuevo. ¿Qué es lo que motiva la alarma? Ah, una razón muy sencilla: los cubanos han llamado y exigen se liquide el costo de la operación.
—Que pague, chico.
—Pero, ¿por qué? ¿No hay acaso un seguro que lo cubre?
—Mmm… bueno, chico, pague luego, polque acá no e’ el capitalimo.
—Ni capitalismo ni socialismo de mameluco: no pago. Que pague el seguro.
Llamadas van, llamadas vienen. Los muy solidarios cubanos —ésos que le atendieron mientras usted se debatía, no entre la vida y la muerte, pero sí entre la cojera y el buen caminar— porfían en su intento de cobrar la operación a la familia de usted. “No, no, no: que pague la barbuda de su madre, o la madre del barbudo”, dicen los indignados familiares, “que para eso le endilgaron el seguro a mi pariente”. La mención del seguro termina por obrar milagros y la cuenta se desvanece mágicamente; sin embargo, el drama que se desarrolla telefónicamente entre Cuba y México dista mucho de verse concluido, al aparecer una nueva pieza en el tablero de juego: la repatriación de usted, mi estimado viajante imaginario.
La operación ha salido bien: usted descansa cómodamente —si bien la falta absoluta de movimiento comienza a resultar un tanto pesada— y sólo espera que le den el visto bueno —esto es, que lo den de alta— para tomar sus maletas, afeitarse —aunque la barba sea el no va más en la isla—, cambiar la batita de hospital por algo más decente para salir a la calle, tomar un taxi, cubrir los mismos farragosos trámites acaecidos al momento de su llegada y abordar el vuelo que lo regresará a su país. Eso es lo que usted quiere pero, desafortunadamente, no es lo que quieren los cubanos:
—Le vamo a mandal a su pariente con un cuidadol médico, chico.
—Me parece bien. ¿Ya lo saben en el seguro?
—Uté no ha entendido, chico: le vamo a mandal un cuidadol pero, como eso e’ fuera de Cuba, nosotro no tenemo pol qué pagal. El epecialita e' una lumbrera, ¡cosa ma grande, chico!
—Será el sereno, pero yo no pago. Que pague el seguro.
Los cubanos, de nuevo, insisten. Primero aducen la necesidad de enviar un médico para cuidarle a usted —argumento razonable si se piensa en que la excesiva turbulencia podría terminar por estropearle nuevamente la cadera fracturada—; más tarde, el enviado no será un médico, sino un enfermero —como no sea para cargarle a usted, no se ve de qué serviría un enfermero—; por último, tampoco será el enfermero, sino un anestesista —o sea, en el colmo de la previsión, mejor llevar bien sedado al paciente, no sea que se escandalice al verse fuera del centro hospitalario y quiera arremeter con furia contra todo y contra todos—. El asunto del acompañante comienza a convertirse en un perfecto incordio porque en Cuba, donde “no e’ el capitalimo”, pretenden que usted pague: a) el traslado del sujeto en cuestión —médico, enfermero, anestesista, chamán o brujo, no importa—; b) una estancia de tres días en la Ciudad de México —supónese que para cerciorarse de que el paciente llegue bien y se mantenga bien—; c) el pasaje de regreso. Sólo falta que incluyan alimentos sanos, ropa de recambio y habitación con vista al Paseo de la Reforma.
Sus parientes, en el colmo del fastidio, entran en contacto con la embajada de México en Cuba… e inicia el zipizape:
—Oiga, esos cubanos querían cobrar la hospitalización. ¿Para qué está el seguro?
—No, señor: a nosotros nos dijeron que lo iban a cobrar porque nadie se hizo cargo del paciente.
—Hemos llamado a diario.
—Ellos dicen que el paciente está solo.
—Sus amigos han ido a verlo.
—Dicen que está tan solo que ha comenzado a leer Robinson Crusoe, por una especie de identificación con el personaje.
—Será que ya ha visto caníbales… pero no, no está solo. Y quieren cobrarnos el traslado de un “acompañante”.
—¿Cómo dice?
—¡Sí! ¡Un acompañante! ¡Y quieren que yo pague!
—Ah, caray… de eso no sabemos nada. Deje que investiguemos.
En investigar pasa otra semana, en aclarar el entuerto —desde los niveles más altos de la diplomacia— transcurren otros días y, por último, todo se arregla: vendrá el acompañante, pero pagado por Fidel, Raúl y mafiosos que les acompañan. Mientras tanto, usted no sabe a ciencia cierta qué pasa, pero nota un cambio sustancial en el trato que se le dispensa en el hospital: sus salvadores parecen custodios de reclusorio, la comida se ha reducido a pan y agua —“e’ la dieta, chico” — y, cuando llegan a cambiarlo de posición, tiene la extraña sensación de que el gorila – enfermero juega con el cuerpo de usted a los volados.
Al regresar a México, semienterado de lo que ha sucedido, no puede menos que besar el suelo patrio. Llega a su casa, donde le dan un recibimiento como si acabara de salir de la cárcel —en lo que no andan tan errados—… y notan cómo su cuerpo comienza a hincharse. ¿Cómo dice? Así: a hincharse. Los médicos del ramplón capitalismo nacional llegan por usted, lo suben a una capitalista ambulancia y lo internan en un capitalista hospital, mientras una compañía de seguros incubada en el capitalismo imperialista se hace cargo de todas las cuentas. ¿El diagnóstico? “Amigo, ¿por qué se atiende usted con matarifes sin escrúpulos? ¡Le han puesto un mofle viejo disfrazado de prótesis, lo han fijado con cemento Tolteca —o su equivalente, ‘Cemento Barba’— y lo han reforzado con alambrón de ⅛ no quirúrgico! ¡Hay que abrir y componerlo todo!” Lo abren, lo reparan —a medias, porque después habrá que sustituir el pedazo de metal llamado pomposamente “prótesis” por los cubanos— y lo mandan a recuperación.
Como colofón, un dato: junto con usted llegó una cuenta de hospital con cifras expresadas en muy capitalistas billetes verdes. Los números —tan elevados como si el percance hubiera tenido lugar en Houston, no en La Habana— revelan una realidad digna de la dimensión desconocida, al incluir traslado, operación, materiales empleados —cual si fueran de primer mundo—, recuperación, días de hospitalización y sesiones de terapia —aunque usted nunca se levantó de la cama—.
Las agencias de viajes son muy dadas a decir: “si viaja usted a X lleve ropa ligera, repelente de moscos, bloqueador solar y gafas de sol”; asimismo, en algunas partes recomiendan cosas como “no salga a la calle de noche”, “evite beber agua de los grifos”, “no camine en solitario por tales y cuales avenidas o zonas de la ciudad”, o “evite hacer amistad con los guerrilleros de la localidad”. En el caso de Cuba, el anuncio debería redactarse como sigue:
“¿Viaja usted a Cuba? No olvide contratar un seguro de gastos médicos en su país de origen. Asimismo, desconfíe de médicos, enfermeros, anestesistas, brujos y chamanes de facha amistosa. No olvide llevar en su maleta dos prótesis de cadera—izquierda y derecha, porque nunca se sabe de qué lado cae uno— y tenerlas a mano en caso de accidente. Ante cualquier eventualidad, golpee al primero que se anuncie como 'el mejolcito de pol acá' y pida auxilio a su embajada”.
4.1.10
La ciudad de Marcelo.
Un barrio cualquiera de la Ciudad de México: una patrulla de la policía recorre diariamente el sector que le ha asignado para efectuar labores de supervisión. Meticulosamente, los uniformados se detienen en cada una de las esquinas que cruzan, hacen sonar la bocina incorporada a la torreta de su vehículo —la inconfundible señal de “aquí estoy”—, y esperan a que alguien, cuya identidad u ocupación se desconoce inicialmente, se acerque al vehículo. Los sujetos que a cada esquina se aproximan a la patrulla no son, contra lo que pudiera pensarse, policías, vigilantes o incluso comerciantes: son franeleros, y acuden con presteza al bocinazo lanzado para entregar su cuota diaria a los puntuales servidores públicos. Éstos, por su parte, una vez recibido el dinero, gastan alguna broma amable a los franeleros, tal vez comentan el estado del tiempo y la marcha del negocio y, sin más, prosiguen con su recorrido.
Otro barrio cualquiera de la misma urbe: un restaurantero, deseoso de no perder clientela ante la promulgación de la ley contra los fumadores, decide ampliar sus operaciones a la banqueta inmediata a su negociación. Tras solicitar los respectivos permisos y cooperar voluntariamente con la autoridad delegacional que le corresponde, ubica las mesas y espera a los fumadores que, sin demora, ocupan las mesas y, en amenos coloquios, arreglan la vida nacional en torno a sendos tragos de espirituosas bebidas, acompañados por las infaltables bocanadas de humo de distintas calidades. Al día siguiente, dos inspectores aparecen y multan al propietario del local. ¿La razón? Que el hecho de que la gente fume, literalmente, en la calle, contraviene la mencionada ley, a pesar de que ésta indica con claridad la prohibición de fumar en espacios cerrados y no a cielo abierto. De nada sirven las protestas del ventero: deberá pagar una multa, dar por perdido el dinero invertido en el permiso y en la espontánea dádiva y, en plena banqueta, tendrá que colocar un letrero que invite —o, mejor dicho, conmine— a los comensales a no fumar.
Una avenida, mismo espacio urbano: el tráfico a las 3 de la tarde es insoportable. La gente ve a sus autos calentarse, detenerse y convertirse en conjuntos monumentales de piezas de metal inerte. Instantáneamente, los ocupantes de los vehículos toman sus teléfonos celulares y, con más resignación que furia, comunican a sus desconocidos interlocutores: “sí, Fulano —o Zutanita—, ya sabes, no voy a llegar. Pues sí, así es esta ciudad”. Tres cuadras más adelante, cinco madres de familia han decidido cerrar una arteria principal de la ciudad porque la directora de un kínder ha dicho que los niños son idiotas, y ellas no pueden consentir semejante violación a los derechos humanos de sus querubines. Dos cuadras a la izquierda, una manifestación, compuesta por cien jóvenes, protesta contra las políticas intervencionistas de Estados Unidos en Irán, y apoya las declaraciones hechas en fechas recientes por Fidel Castro al diario Granma. En la misma avenida, un grupo de trabajadores abre un hoyo para insertar cables al subsuelo, mientras que una brigada gubernamental poda árboles y, como el asunto no es que alguno de ellos sea atropellado por los automovilistas inconscientes, han acomodado un enorme camión de modo que obstruya el carril inmediato al sitio en que laboran. Por si fuera poco, los semáforos no funcionan, o lo hacen del modo que es posible imaginar: luces verdes durante diez segundos —en plena avenida—, seguidas por luces rojas que tardan en cambiar cuarenta y cinco segundos, lo que sentencia a los conductores a detenerse en cada esquina.
Misma ciudad: vecinos airados protestan contra la construcción de una vía rápida y obstruyen una vialidad secundaria. Para reforzar su protesta, secuestran la maquinaria con que comenzarían a derribarse árboles, tirarse casas y aplanarse suelos. El gobierno local, sin más trámites, lanza a sus granaderos para reprimir a los manifestantes pero éstos, ni tardos ni perezosos, hacen sonar las campanas de la iglesia y alertan a los vecinos en su conjunto. Como cualquiera sabe lo que, en el México premoderno, implica que las campanas sean tocadas a rebato, los cuerpos de seguridad se repliegan y entra en acción el plan B: un grupo de espontáneos aparece en las calles aledañas —no suma más de diez personas— y se manifiesta a favor del orden y del progreso que implicará la construcción de la vía rápida. Días después, aparece en los diarios una encuesta en la que se indica que tres de cada cuatro encuestados están a favor del mismo proyecto, sin importar que existe ya una vía de tránsito adicional en la zona cuyos resultados, muy elogiados por la administración anterior, dejan ver que la nueva solución no será tal. Mientras, del otro lado de la ciudad, la única vía rápida que existe no es tal —dado que sus carriles disminuyen a cada momento, posee semáforos e, incluso, en un momento dado, ve ingresar en sus carriles al metrobús—, el caos es evidente y no hay proyectos para mejorar la vialidad.
Otra avenida: una cuadrilla de trabajadores comienza a tirar árboles a diestra y siniestra. De nada importan las protestas de los vecinos: la tarea debe ser hecha porque, sobre la misma avenida —sobre el arroyo, no sobre las banquetas, que es donde moran las víctimas del progreso—, correrá la nueva línea del metrobús. El proyecto, según ha dicho el gobernante supremo de la sufirda urbe, es indispensable, y ya se verá cómo se reponen los árboles. Meses atrás, un grupo de descerebrados otorgó, a este mismo sujeto, una condecoración por sus esfuerzos a favor de la preservación del medio ambiente y la conservación de las áreas verdes, al tiempo que alabó sus denominados “Programas verdes” y la lucha sin cuartel que libra —en la imaginación de los involucrados, se entiende— contra las emisiones contaminantes. Ello, por supuesto, no considera que en la ciudad existe, al menos, una marcha o un plantón cada día, lo que sin duda genera una cantidad importante de gases contaminantes.
Una oficina de la policía: una secretaria, harta de ser acosada sexualmente por su jefe —un comandante de sector—, y también de no ser escuchada por autoridad alguna, se dirige a los medios de comunicación para hacer pública su protesta y exigir justicia. Craso error. El jefe superior de la policía la manda llamar y le recrimina haber acudido a los medios. “Ahora”, amenaza, “no podré hacer nada. Allá usted si le pasa algo”. La mujer afirma que el caso es común pero que sus compañeras, al saber que nada se hará porque el involucrado tiene conexiones con el jefe del jefe de la policía y, por tanto, resulta intocable.
El hombre a cargo de todo este desastre aparece en los medios de comunicación a la menor provocación, pero no para solucionar los problemas descritos —los que parece no considerar en lo más mínimo—, sino para hacer declaraciones rimbombantes: “la ciudad tiene equidad”; “estamos bien de cara al futuro”; “las obras no se detendrán porque beneficiarán a todos”; “no hay presencia del crimen organizado en la ciudad”. Incluso, el día de ayer tuvo el tupé de decir “las obras no pararán porque no dejaré que alguien más sea el que las concluya”, aunque más tarde solicitó amablemente a los medios —se entiende cómo— que retiraran tan desafortunada frase. Es rápido para ejercer la autopromoción y para criticar al de enfrente: “nosotros no haremos un gasto monumental con los festejos del Bicentenario, como sí lo hace el Gobierno Federal”, y hábil para callar el hecho de que, si no podrá hacer nada, no es porque tenga un sentido admirable del ahorro, sino porque no le queda otra opción que mirar cómo el festejo federal ocupa estratégicamente todos y cada uno de los espacios posibles de la ciudad, lo que lo orilla a guardar bajo el tapete las locuras que poblaran su cabecita para recordar la magna fecha.
Ésta es la ciudad en la que vivo: la ciudad de los enormes negocios disfrazados, desde hace diez años, de “obras públicas indispensables” para “solucionar los problemas a largo plazo”, pero que al mes de su inauguración muestran estar completamente rebasadas por la realidad. La ciudad de las ocurrencias, donde el faraón en turno decide lo que habrá de hacerse por sobre la voluntad popular o amañando sagazmente lo que ésta parece mostrar, de modo que todo parezca perfectamente probado y aprobado. La ciudad donde el jefe de la policía es un simulador, el de finanzas es un ladrón con enormes dosis de iniciativa —exhibidas al subir el costo del agua, del predial y crear una nueva tarjeta de circulación—, el de transportes es amigo y socio del transporte pirata —caso claro de la Iglesia en manos de Satanás—, el de obras públicas se arrima al mejor postor para hacer lo que venga en gana, el de turismo es otro inútil ocurrente y el de educación es un patán sin educación. Sin embargo, apoyado en la muy popular gacetilla noticiosa, el jefe de (des)gobierno presenta una realidad alternativa a la opinión pública y prepara sus fuerzas para lanzarse por la grande en 2012. Eso, claro, si logra derrotar al mesías de los oprimidos, al salvador del pueblo, al amigo de todos.
10.11.09
Democracia sindical
Estimados lectores:
Como se anunció en este espacio el día de ayer, mañana miércoles tendrá lugar un paro de labores en la Universidad Nacional para apoyar la lucha del Sindicato Mexicano de Electricistas. De forma harto patética, quienes nos oponemos a tal ridiculez no logramos unificar nuestras voces para exteriorizar nuestro rechazo a la medida... vaya, ni siquiera pudimos ponernos de acuerdo para expresar lo que queremos pero, en nuestro descargo, diré que tampoco tuvimos espacio alguno para hacernos oír. Por tanto, la votación se realizó en el lugar señalado -el auditorio Justo Sierra-, y en ella participaron quienes pueden entrar al sitio de referencia sin sentirse amenazados, y sin que su sentido del orden, la limpieza y la estética resultaran ofendidos dadas las deplorables condiciones en que se encuentra el inmueble.
Tengo en mis manos una circular emitida por el sindicato universitario, donde quedan de manifiesto los muy democráticos ideales que practica el moderno corporativismo mexicano, muestra palpable de la forma en que se toman las decisiones al interior de tales organismos y del modo en que los mismos se basan en políticas de hechos consumados. La hojita, fechada el día 9 de noviembre, se titula "Huelga parcial del STUNAM de 12 horas en apoyo al SME y por la solución a las demandas internas". ¿Cómo dijo? ¿"Huelga parcial"? ¿Qué demonios es una huelga parcial? ¿Paran unos y los otros siguen trabajando? Pues no, señor, en este caso paran unos y todos nos vamos al demonio, queramos o no trabajar, amén de que el estallido de una huelga requiere seguir una serie concreta de pasos para tener efectos legales y evitar que el patrón eche a la calle a los trabajadores por abandono de puestos o faltas injustificadas. ¿Qué es entonces una "huelga parcial"? Nada, un eufemismo para decir "no vamos a trabajar, ¿y qué, y qué?" El otro error es menor, pero nos demuestra el nivel intelectual de nuestros ínclitos sindicalistas: "por la solución a las demandas internas". En todo caso, sería la solución de -no a- las exigencias -no demandas, que es una espantosa traducción del inglés-, pero háganlo ustedes entender a estos mentecatos.
En su primer párrafo, a la letra, el texto reza: "Por acuerdo unánime de nuestro Consejo General de Representantes, el STUNAM realizará el próximo 11 de noviembre una huelga general -¿no era parcial?- de 12 horas en la UNAM, en solidaridad con la lucha de los trabajadores agrupados en el hermano -¡oh, qué fraterno suena esto!- Sindicato Mexicano de Electricistas, así como en contra de los recortes presupuestales a la educación, la ciencia y la cultura, de la imposición de pagos excesivos de impuestos y por el respeto a la materia de trabajo de los empleados de base de la UNAM que viene siendo usurpada por gente de confianza -¿la UNAM o la materia de trabajo?-".
Hasta aquí el galimatías. Lo que se deja ver es que, para dar un mayor peso al simple acto solidario -que en sí es una tontería, un acto vacío al que se pretende dotar de elementos nacionalistas, patrióticos, solidarios y obreristas-, se integran al discurso aquellos elementos de protesta que serían naturales para un sindicato universitario, como son la usurpación de plazas y el recorte presupuestal. Sin embargo, ambos puntos son un camelo dado que, por un lado, la gente de confianza no le usurpa plazas a los sindicalistas, sino que las mismas son ocupadas por gente externa en el momento en que nadie del STUNAM tiene las calificaciones necesarias para hacerse con un trabajo determinado. Así, por citar un caso que conozco de primera mano, una plaza de secretaria bilingüe inglés - español estuvo vacía durante dos años porque las secres sindicalizadas con trabajos escriben en castellano, y eso, con mala ortografía. ¿Cómo querían una plaza donde se requiere parlar en inglés? Lógicamente, el trabajo debió anunciarse al exterior, y ahí fue ocupado por alguien que, tras realizar una serie larga de exámenes, demostró que tenía los conocimientos y la capacidad para integrarse a la planta laboral de la institución. En el segundo caso, lo dicho: el problema de la universidad no es que sobre o falte dinero, sino que el mismo se emplee de forma inteligente.
El resto de la hoja prosigue, en un tono por demás desapasionado, con la enunciación de lo que se hará y lo que se espera obtener, o sea, la solución de las exigencias sindicales. El cierre del texto, dado su interés, será reproducido a continuación: "¡Solidaridad amplia con los electricistas afiliados al SME! ¡No a los recortes presupuestales a la educación! ¡Solución a nuestra problemática laboral interna! ¡Solución a las demandas de los trabajadores del Colegio de Bachilleres! [...] A partir del martes 10 de noviembre los trabajadores de base en urnas refrendaremos la propuesta de huelga parcial de 12 horas".
¿Los trabajadores del Colegio de Bachilleres? ¿A qué vienen aquí a cuento? ¿Por qué se integran elementos extraños al discurso? ¿Sólo por agrandarlo? Así parece. Me recuerda cuando, en medio de la anterior lucha para elegir dirigente en el STUNAM, algunos alucinados terminaban sus consabidas listas de promesas -mejoras salariales, ampliación de puestos de base, homologación de tabuladores- con la ridiculez aquélla de "no al desafuero" del Peje. Así, en su intento por ganar adeptos a una causa determinada, los sujetos en cuestión perdían de vista su objetivo principal y metían en el costal todo aquello que sonara a lucha social, de modo que se viera el color de su playera y se supiera, de una vez por todas, a qué atenerse.
Sin embargo, tal no es lo peor del párrafo. Primero, al haber sido redactado sin comas, la lectura de las últimas propuestas se presta a realizar una chunga mayúscula, porque ¿quiénes son "los trabajadores de base en urnas"? ¿Son acaso los nuevos exponentes de aquel infame experimento denominado "gato bonsai", sólo que ahora se hace con sindicalistas? Eso sí sería motivo de protesta; sin embargo, creo que, para dar más peso a la votación, se hará sufragar a alguno que otro muerto, cuyas cenizas apoyarán a la noble causa del SME desde las urnas en que se encuentran. Después de ello viene lo que es, desde mi punto de vista, el colmo de las abominaciones: como se ha mencionado, la hoja está fechada el día 9 de noviembre, y anuncia la realización de un paro el día 11. ¿Cómo es que, entonces, las votaciones para dar peso a la propuesta se realizarán el día 10? ¿No deberían haber tenido lugar antes de que circulara la hoja? ¿No es todo esto una simulación imperdonable, un engaño mayúsculo, y una forma de poner presión a quienes, por sus muy particulares razones, hubieran querido votar en contra del paro?
No obstante lo mencionado, los líderes sindicales no son tontos; de otro modo, no podría uno explicarse cómo han permanecido en sus puestos a lo largo de los últimos veinte años sin dar golpe y, peor acaso, sin trabajar. Así, en medio de las juntas donde "democráticamente" se decidiría si la gente del STUNAM se sumaba al paro, el discurso siguió, más o menos, el siguiente rumbo: "Compañeros: hay que estar con el SME. Si no los apoyamos en el paro, el día de mañana nosotros también perderemos nuestros trabajos. La privatización del sector eléctrico está en marcha, y la de nuestra fuente de trabajo -la UNAM- es cosa de poco tiempo. Por tanto, hay que parar al espurio, al neoliberalismo, a los intentos privatizadores del gabinete panista, y luchar con el SME".
Lo anterior no es una exageracion mía: es una reproducción textual de los puntos más importantes abordados en las asambleas sindicales. En un principio, algunos trabajadores se opusieron al paro, alegando que lo peor era mostrarse como un sindicato rijoso que, más aún, se sumaba a una lucha perdida y, ante todo, ajena. Empero, los delegados sindicales se las arreglaron para repetir hasta el cansancio la consigna de que "o vamos al paro, o nos quedamos sin trabajo", y lograron su cometido, que no era otro que meter miedo a las masas de imbéciles para quienes el acto de pensar es un ejercicio agotador en extremo. Por tanto, como todo se redujo a "paramos o nos despiden", los resultados de la votación no podían sino favorecer a la primera opción, aun cuando, como es notorio, no hay visos de que se busque privatizar a la universidad, tampoco se está en vías de privatizar el suministro eléctrico, y menos se piensa poner en la calle a la gente del STUNAM, si bien algunos deberían estar fuera de sus plazas de descanso, perdón, de "trabajo", hace largo tiempo.
Por lo pronto, a los sindicalizados universitarios se les avisó que, como muestra de solidaridad con el SME, se les descontarían cien pesos de su sueldo, mismos que permitirían a los electricistas sobrevivir a los embates del gobierno. Sospecho que, al ver finalizada la mina de oro que representa ser líder sindical, el bueno de Martín Esparza se halló sin fondos para terminar las remodelaciones de su rancho, y el dinerito del STUNAM le vendrá de perlas para, cuando menos, concluir con el remozado de las caballerizas, y pagar los sueldos de los democráticos empleados que en el sitio se afanan. Mientras tanto, los trabajadores universitarios, apoyen o no al SME, han visto disminuir arbitrariamente su ingreso. Claro que pueden quejarse de ello y pedir que les sean regresados los cien pesos, ¡faltaba más! Sin embargo, para lograr la restitución del dinero usurpado, deberán dirigir una carta al sindicato y exponer el hecho, lo cual desamina al más pintado dado que, en el acto, le señalará como reaccionario, antisindicalista, poco amigo, y le expondrá a ser objeto de cualquier tipo de represalias.
En medio de todo ello, ahí viene el paro -que tampoco es tal, porque no puede parar labores quien, de hecho, se encuentra en situación de paro, esto es, sin chamba- y, ¡ah, qué nobles son las luchas sindicales!
9.11.09
La arbitrariedad galopante.
Como se mencionó en una entrada previa, el enjuague entre la gente del Sindicato Mexicano de Electricistas -SME- y las autoridades toma rumbo. De hecho, la Secretaría del Trabajo calcula que, a la fecha, ha acudido por su liquidación un 50% de quienes antes trabajaban en Luz y Fuerza del Centro -LyFC-, a quienes las consignas de Martín Esparza les vienen guangas porque no poseen los cuantiosos ahorros del abnegado líder obrero y, por ende, deben decidir entre mantenerse en una lucha estéril o cobrar un dinero que ler permitirá sobrevivir en tanto encuentran un trabajo donde, se espera, sí devengarán los sueldos recibidos.
Sin embargo, como también se mencionó, los muy oportunos defensores de las causas sociales han salido al quite del SME y, como pueden, le brindan su apoyo. Así, tras convocarse a un paro nacional el próximo día 11 de noviembre -es decir, pasado mañana-, el Sindicato de Telefonistas ha anunciado que se sumará al mismo, y que le vale un rábano serenado si el patrón descuenta el salario correspondiente. En tanto, la izquierdiza en pleno -es ironía-, entre la que destaca gente tan comprometida con la lucha obrera como Gerardo Fernández Noroña, Marcelo Ebrard, Alejandro Encinas, o el Peje, han hecho todo el ruido posible para alertar sobre este nuevo golpe que el capital brinda al trabajo y, de paso, para colgarse de los cinco minutos de fama que brinda el movimiento de los electricistas. No en balde el Peje ya convocó a una nueva asamblea popular donde, de nueva cuenta, dirá cómo es que debe guiarse la economía nacional; de paso, medirá fuerzas con Marcela la Brava, quien hizo honor al mote recibido en este espacio cibernético y, sin decir "agua va", adelantó que la consulta para elegir al candidato de los perredés para la lucha del 2012 deberá hacerse como si fuera una medición de rating, y no a ravés de las consabidas votaciones internas que, según se ha visto, a nadie dejan satisfecho.
La insensatez de los espontáneos apoyadores del SME llega a sus peores extremos posibles al recordar, una vez más, que el partido que cobija al Peje y a Noroña no es otro que el PT, engendro de los hermanitos Salinas, y que el primero, junto con Encinas y Ebrard, recibieron de muy buena gana los dineros que dio el humilde empresario Carlos Slim para reconstruir una fracción del Centro Histórico y tornarla un lugar a modo para recibir inversiones y acomodar a clasemedieros nice que se precian de vivir en el corazón de la ciudad. Cosas de la incongruencia, sí señor, amenizadas por el impulso que el millonario dio a las apiraciones presidenciales del loquito de Macuspana, y que éste preferiría que todos olvidáramos. ¿Usted, querido lector, lo entiende? Yo tampoco, pero la lucha de clases, reinterpretada a modo por los tíos más torpes del pueblo, cabalga de nuevo.
Para retornar al punto central de esta entrada, hace unos días se anunció que, de buenas a primeras, la Universidad Nacional se uniría al mentado paro nacional, para beneplácito de la fauna haragana que puebla a la institución y que ha confundido las obligaciones del estudiante universitario -asistir a clases, pasar sus materias, sustentar uno, dos, o tres exámenes para obtener los correspondientes cueros de puerco que le permitan ejercer una profesión- con sumarse a cualquier pleito que se trame en las calles. A la muy sabida respuesta de "es que el estudiante tiene consciencia, es el elemento pensante de la sociedad, y debe de estar con..." bla, bla, bla, les recordaré lo que mencioné en una entrada ya añeja: la mayoría de quienes se suman a tan singulares muestras de apoyo no son estudiantes, sino vagos profesionales, incapaces de escribir un párrafo -o un renglón siquiera- sin faltas de ortografía, para quienes el presupuesto federal que se gasta en su educación es una obligación del Estado que no se traduce en la asunción de algún compromiso básico como sería, por ejemplo, aprender a escribir, conducirse con urbanidad y, sobre todo, entender que el respeto a los demás es una norma de vida, no una consigna furibunda que lanzan orates vestidos con trajes Hugo Boss en tarimas montadas ex profeso a lo largo y ancho del país.
Éste es el princinpal problema que se avecina con las protestas: el cierre arbitrario de la universidad durante 24 horas. ¿Por qué cerrarla? Para crear la ilusión de que toda, TODA la comunidad universitaria apoya a los tarados del SME y su lucha ridícula. Tal es el punto y no otro: hacer creer que los universitarios, como somos seres conscientes, repudiamos el decreto de extinción de LyFC y queremos que se restituya, ipso facto, a los haraganes en sus puestos de trabajo. Tiene, asimismo, la finalidad de montar un aparato supuestamente enorme de apoyo a quienes no se han cansado de decir "se va la luz y hay apagones porque ya no estamos nosotros a cargo", sin ponerse a pensar que, si el servicio eléctrico es pésimo, se debe sólo a la pésima forma en que estos tipos dizque trabajaron durante un buen número de años. Señores: los apagones han ocurrido siempre y, si ahora se magnifican, es sólo como estrategia discursiva, no porque en realidad el servicio sea peor que antes.
Lógicamente, hay una cantdad considerable de universitarios que nos oponemos al mentado paro, desde trabajadores hasta estudiantes, pasando por académicos y administrativos. Empero, nuestra opinión no cuenta y, una vez más, seremos tachados de reaccionarios, esclavos del capital y, lo más chistoso, idiotizados por López - Dóriga o Alatorre. Un día de paro es lo que nos espera porque, sin consultarnos, a "alguien" se le ocurrió que era buena idea suspender labores para así apoyar a la parvada de idiotas, sin tomarnos opinión, en una actitud semejante a la de aquellas personas que cierran un eje vial porque la maestra Fulanita del kínder Zutanito le pegó a un niño. Bien, vale su queja, pero ¿por qué afectar a miles de automovilistas, o de personas que viajan en transporte público? ¿Qué solucionan fastidiando a los demás? ¿Dónde está el respeto? Peor aún, ¿cómo piden respeto a su causa -que ni siquiera es suya- pisoteando a los otros?
En mi sitio de Facebook, todavía hubo quien, a propósito de mi petición en torno a la realización de una consulta sobre el cierre de la universidad, dijo "menos mal que está muy solo en su reclamo". A ver si nos entendemos: ¿desde cuándo está mal, es inapropiado, o no se debe, pedir que se consulte a la gente sobre una decisión a tomar en un sitio público como es la propia universidad? ¿En qué momento es ilógico pedir que se vote para ver si se cierra ésta y así se muestra un pretendido apoyo generalizado a los holgazanes del SME? ¿Por qué una persona se alegra de que mi petición no tenga eco? ¿No acaso quienes apoyan a los sufridos electricistas claman por la democracia, la igualdad, las oportunidades, el diálogo y demás? ¿O es una igualdad parecida a la que se enunciaba en el comunismo, un diálogo como el que permiten Fidel y su carnal, o una apertura de espacios tal y como se verifica en Venezuela? ¿Entonces?
La consulta sobre el paro, a pesar de todo, está por realizarse. Claro que NO como debiera ser, esto es, en un sitio más o menos neutral al que pudiéramos ingresar quienes así lo deseáramos, sino en el auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras, tomado hace ya nueve largos años por sujetos ajenos a la institución y cuya filiación política -por llamar de algún modo a la carencia total de ideas y la defensa de una malentendida "autogestión"- nos es bien conocida. Asimismo, se ha convocado a la consulta en enormes carteles que mencionan "¡Todos somos el SME!", lo cual es un insulto para quienes sí nos dedicamos a trabajar y no vivimos de prebendas, ni cobramos por dar un servicio patético a nuestros clientes. No obstante, más allá de la consigna, la pregunta que queda por realizar es: si la consulta se realizará en territorio "amigo" de los holgazanes, impulsada por un lema que favorece a los mismos holgazanes, en un sitio al que sólo ingresan personas afines a los holgazanes, ¿cuál será el resultado? Todo se asemeja sospechosamente a las "asambleas" del Peje, en las que el aludido expone sus muy sesudas arengas ante su público fiel y termina preguntando si la gente quiere que se haga lo que él ya ha dicho que debe hacerse. Lógicamente, como los asistentes son paleros incondicionales, aprueban, y el tipo, ante la barahúnda de balidos escuchada -en su muy particular versión del "aplausómetro"-, dice estar armado con la supuesta "voluntad popular", e inicia la planeación de los mitotes a los que nos tiene ya acostumbrados.
Veremos qué nos depara la supuesta "consulta". Por lo pronto, todo parece indicar que el miércoles tendremos un asueto forzado, amenizado por marchas, gritos, porras, sombrerazos, y apariciones públicas de cadáveres políticos sedientos de fama instantánea. Más noticias, en la siguiente entrada.