11.9.09

De rigurosa etiqueta

Desde hace algunos ayeres, llama poderosamente mi atención el problema de los dineros con que, alegremente, se despacha la clase política nacional sin el menor pudor. No importa que los sujetos en cuestión sean diputados, magistrados, o burócratas de distintos niveles; tampoco hace mucho al caso que representen a un partido de izquierda, de derecha, de centro o ambidiestro; menos aún que, en medio de la rebatiña presupuestal, significada por el ansia de conseguir prebendas y fondos para misteriosas obras, fundaciones, comisiones y demás, se inserten discursos relativos a la crisis, el manejo racional de los recursos, o incluso que se apele al bienestar colectivo de distintas formas. Eso, repito, no importa: el meollo es tener, tener, tener y asegurar la viabilidad financiera propia antes que la del sufrido pueblo que, con puntualidad o no, con ganas o no, conforme o no, paga sus impuestos.

Tal es la forma de proceder de nuestros abnegados políticos, personajes que sufren gastritis y úlceras constantes debido a las hondas preocupaciones que los aquejan, siempre angustiados por llevar el bienestar a la gente, por legislar para el bien común, por hacer de éste un país mejor. Sujetos que se desvelan siete días a la semana en sus trabajos, que son cumplidos, honestos, eficientes, entregados, ajenos a las bajas pasiones humanas como la avaricia y el ansia de poder. Como tanto se afanan, lógico es que exijan ser remunerados de acuerdo con la cantidad de trabajo que por sus manos pasa, con la responsabilidad que recae sobre sus hombros y espaldas, y con las expectativas que la gente común se ha creado con respecto a sus labores.

Lo mencionado viene a cuento, en primera instancia, por los exorbitantes gastos presentados por el guardián de la democracia en este país, Leonardo Valdés Zurita, cuyas cuentas han sido revisadas en días recientes y arrojan los números que son de todos conocidos. En el estado de crisis que aqueja al país, resulta abominable -con mayúsculas, negritas y subrayado- que un organismo reciba nueve mil millones de pesos, no por trabajar, dado que el próximo año no se realizarán elecciones federales, sino simplemente por existir y dar empleo a un ingente número de personas dedicadas a tramitar credenciales, a hablar ocasionalmente de política... y no se me ocurre a qué más. Las cuentas de Valdés -cualquier similitud con las cuentas del Gran Capitán es mera coincidencia-, por ejemplo, incluyen asuntos de suma importancia para la vida nacional como desayunos, comidas y cenas de altos vuelos, gastos varios -gasolina, celulares-, contratación de asesores -once amiguitos parásitos del consejero presidente-, y enemil cuestiones más que, como se aprecia claramente, los mexicanos no tendríamos que pagar perennemente sino, tal vez, sólo en época de elecciones federales. Y digo tal vez porque, aunque es posible permitir la contratación de asesores -no once, pero sí dos, cuando mucho-, todo lo demás debería absorberlo el elevado sueldo del funcionario, y no los propios de los contribuyentes.

El mencionado no es un caso excepcional: todos los políticos mexicanos de renombre se despachan con la cuchara grande cuando de chupar del presupuesto se trata y solicitan fondos para viáticos, los infaltables asesores, gastos personales, renta de oficinas, mantenimiento de séquitos más o menos numerosos de sanguijuelas, y demás. ¿Y la crisis? Bien, gracias. ¿Y los recortes presupuestales? También bien, gracias. Oiga, pero ¿no sería sano que los sueldos se bajaran, y que los gastos se redujeran? No, ¡cómo cree usted! ¡La democracia los exige! Pero, ¿no acaso el PRD propuso bajar los sueldos de los funcionarios? Exacto, pero en ese rubro sólo se consideran aquéllos que no militan en el partido, o que forman parte de gobiernos ajenos al mismo. Ah, vaya. Ya voy comprendiendo.

Sin ir más lejos: el recorte anunciado al presupuesto de la Universidad Nacional ha desatado un sonoro escándalo, al ritmo del consabido tango "el neoliberalismo quiere hacer obreros a tus hijos y por eso quita recursos a la educación pública", sin considerar que el gasto operativo de la entidad referida es tan alto, y se emplea en cuestiones tan inútiles, que ni siquiera aparece desglosado en los informes financieros con que la institución dice cumplir la normatividad -"X millones para gastos varios", reza el rubro de referencia-. Así, el problema no se refiere tanto al dinero que se tiene o no, sino a cómo éste se gasta y en qué. Además, presas de un amago futurista, las autoridades universitarias de distintos niveles han comenzado a negar recursos a diestra y siniestra para cuestiones de importancia -el envío, por ejemplo, de estudiantes a congresos, lo que redunda en la representatividad que posee la universidad en el país y fuera de él-, pero dejan intocadas las prebendas de algunos funcionarios y académicos improductivos, quienes se han dedicado durante años a exprimir el presupuesto con proyectos, macro - proyectos, programas e investigaciones que no van a ningún lado o que, en el peor de los casos, sólo existen en la imaginación de los beneficiarios, si es que existen en alguna parte.

La gente común, como es de esperarse, no puede hacer nada ante lo mencionado, ni siquiera indignarse porque ello no sirve de nada, e incluso se cuida bien de protestar porque permanece atada a sus lealtades incuestionables, dado que no conecta una cosa con la otra y permite que tipos bien vestidos, bien comidos, y con sumas respetables de dinero en la cartera, le hablen de la justicia social, la redistribución del ingreso o la necesidad de terminar con los pobres -como no sea matándolos de hambre, no veo cómo tales sujetos podrían ser congruentes-. En consecuencia, no es raro que el mesías del pantano prosiga con sus locuras a lo largo y ancho del territorio nacional, acompañado por los rigurosos contingentes de acarreados, ilusos y curiosos, mientras se descubre que un volumen inusitado de recursos ha transitado desde la Cámara de Diputados a sus siempre ávidos bolsillos; a la par, el vándalo analfabeta autodenominado Juanito decide mantener el cargo para el que fue electo porque, sencillamente, su amiga, la muy democrática Clara Brugada, no quiso entregarle la cuota de cargos -y de sueldos, faltaba más- que el primero exigía como compensación por su patriótico sacrificio, mientras masas enardecidas lo aclaman como el nuevo ídolo popular, hijo de la democracia, y epítetos exaltados de talante parecido, sin ver que detrás de ello se encuentra la posibilidad de abandonar la pobreza... en que vivía el susodicho, y nadie más.

¿Cómo protestar? Bien, para ser sincero, he de confesar que sí hay gente que protesta, pero ¡oh desilusión!, la misma no se encuentra entre las filas de los desposeídos, sino en sectores bien alimentados que hacen suyas las consignas populares mientras, por ejemplo, se regalan con viajecitos de placer a los Estados Unidos o a Europa, compran y consumen como buenos burgueses, y no se privan de nada. ¿Congruencia, dice usted? "¡Claro! ¡Es requete - importante gritar consignas contra el gobierno y los hambreadores tradicionales mientras a mí no me falte nada, mientras pueda seguir viajando sin pena, mientras pueda presumir mi poder adquisitivo! O qué, ¿ahora, además de ser un reaccionario de la peor especie, está usted en contra de que la gente viva bien con el sudor de su frente o de su mente? Defender al pobre no me obliga a ser uno de ellos, a vivir como ellos, o a consumir sólo lo que ellos, sépalo usted bien".

Vaya plan. Se lucha por los pobres sin escatimar nada, sin sacrificar nada, desde un jet que vuela plácidamente entre un país y otro, o mientras se compran artículos de lujo. La moda del fresa izquierdoso, común en nuestros tiempos, se populariza, y gente bien -Guadalupe Loaeza es sólo un ejemplo-, que habla con tiples sacados de peor telenovela de Pedro Damián, sigue los cánones estéticos que dictan las capitales de la moda y basa en el consumo su modus vivendi, se asume como defensora del pueblo, partidaria del Peje, solidaria con los desclasados, enemiga del dispendio, del lujo, de la buena vida. ¿Cómo es ello posible? Éste es un misterio que, con toda honestidad, escapa a mi entender.

1 comentario:

Unknown dijo...

Este "desigual escenario de la vida", llama Sófocles (en el Edipo Rey, y según sucesivas traducciones de Paul Roche y un servidor) a la realidad social griega del siglo V antes de Cristo, y, a lo que se ve, algunas cosas en este ámbito (si pocas o muchas, eso es tema de discusión aparte) no han cambiado hasta nuestros días. Negar la ubicua existencia de desigualdades socioeconómicas es ocioso, sin duda, pero cuando llega la hora de "tomar posición" al respecto, ahí se abre, de inmediato, un amplio abanico de posibilidades; las cuales, sin embargo (y en mi opinión) pueden agruparse en uno de dos campos: el de quienes pensamos (digo, ya para entrarle al ruedo) que, en mayor o menor medida, dichas desigualdades no cesarán nunca de existir, y el de los que piensan que algún día los hombres vivirán en un mundo de estricta equidad económica.
Hasta aquí, creo, todo va muy bien; por desgracia, después del pronunciamiento viene la cuestión de la congruencia; pues, si pienso que a la desigualdad --sobre todo, a la desigualdad extrema-- hay que combatirla, no se vale que me quede muy sentadito con cara de que la cosa no va conmigo... y, entonces, empieza la puerca a torcer el obstinado rabo. Por ejemplo, hace unos instantes tuve oportunidad de escuchar una entretenida entrevista que Zabludovsky le hizo a Marcelito. En ella, entre otras cosas, la Jefa se pronunció vigorosamente en contra de las políticas federales que, según él, no han hecho sino subirle el contraste a la imagen estadística del país, de manera que cada vez se nota más la diferencia entre los blanquitos bien alimentados, y los desnutridos negritos del arroz social.
Ah, pero eso sí, aquí en la ciudad no pasa lo mismo, porque aquí los responsables responsables del gobierno han hecho hasta lo imposible por emparejar la topografía socioeconómica --según dicho del susodicho--, sin escatimar saltos ni sombrerazos. Han hecho todo... menos armonizar sus estilos de vida, ya no digamos con el del obrero o funcionario promedio, sino ni siquiera con el del sufido clasemediero de coche nuevo cada dos años y suscripción premiun de televisión por cable.
Encuentro notable que esta evidente asonancia, que a tantos nos deja atónitos (¿o atónicos?), por causas que escapan a mi comprensión, parece no molestarles en lo más mínimo a los progres quienes,como quien dice, ni la ven ni la oyen, y siguen, tan tranquilos, cobrando sus quincenitas y pasando facturotas, cantando, como Virulo, que "en el tren de la vida, que se acelera, / vamos pa'l socialismo... pero yo voy en primera".