10.5.09

Televisión cultural.

En una entrada previa, comentaba acerca de las protestas que ha desatado la modificación realizada por Fernando Sariñana a la programación del Canal Once. De hecho, para no entrar en la cultura del sucedáneo light, o del eufemismo ramplón, diré que no son protestas: son verdaderos pataleos, escándalos inimaginables montados por quienes ven en ello varias cosas, comenzando por quienes temen que la nueva dirección del canal esté desarrollando una labor que anuncia la inminente privatización de la teledifusora. Para dar pronto la vuelta a estos enojosos argumentos –contenidos en la carta desmenuzada hace un par de entradas–, diré que son una vertiente más del síndrome de la conspiración omnipresente, el cual ha generado, en su rama dedicada a "todo está por privatizarse", amplios dividendos. Si no, basta con observar lo que pasó con la reforma energética, con la reforma fiscal, con la reforma al reglamento de pagos de la UNAM, y con enemil reformas que han quedado en apenas leves modificaciones gracias a que, de pronto, se suelta la especie de la "privatización" y las hordas por todos conocidas se lanzan a las calles para defender lo que no es suyo, pero así lo creen. Colofón: las transformaciones llevadas a cabo no tienen la profundidad requerida, no sirven para nada, y todo queda un poco peor que antes.

Para retornar al asunto del Canal Once, viene después el pataleo ejecutado por quienes un medio de difusión con cerebro –rara avis– ha denominado "los amigos de quienes tienen un programa televisivo." En este caso, el argumento que, a mi juicio, parece de mayor importancia, ha sido esgrimido por Fernando del Paso quien, en las páginas de La Jornada, acusó al gobierno federal de emplear "la censura travesti" para acallar un medio de difusión independiente y crítico. La crítica de Del Paso se centra en el cambio de horario experimentado por los programas de quienes, a juzgar por lo dicho en Etcétera, son sus amigos: la gente de "Primer plano" –seguramente Sergio Aguayo y Lorenzo Meyer, no Leonardo Curzio–, Cristina Pacheco, y Adriana Pérez Cañedo. ¿Qué dice el ganador en 2007 del premio entregado por la FIL, antes denominado Premio Juan Rulfo? A eso se dedicarán las siguientes líneas.

Del Paso abre su discurso con un argumento de autoridad: el Canal Once ha sido masacrado. ¿Por quién? Por el nuevo director, que de televisión no sabe nada. Él (Del Paso), en cambio, lo sabe todo, porque ha trabajado en A, B, y C como redactor, programador, publicista y locutor; en consecuencia, saberlo todo le permite emprenderla con Fernando Sariñana, nuevo director del canal, quien cuando menos es un pelmazo, y cuando más es un gradísimo bribón, corruptor de la televisión de calidad presentada por el 11. Hasta aquí la apertura, la captatio benevolentiae de la que ya se ha hablado en este mismo blog. No hay cuestionamiento al respecto de mi parte, simplemente queda como un señalamiento.

Los problemas inician cuando, sin empacho, admite haber trabajado catorce años en una agencia de publicidad, tiempo en el cual aprendió cómo se manipula la conciencia del consumidor. Más allá del cinismo de este sujeto –porque, desde este enfoque, su artículo intentará manipular a su eventual lector–, la dificultad de su presentación estriba en eso de "la manipulación de la conciencia" que, en lo personal, me parece el argumento más barato que existe para justificar el hecho de que la gente compre porquerías, apoye a políticos ridículos, o modifique sus hábitos sin un sentido aparente. ¿Por qué ello es problemático? Porque, desde donde lo veo yo, no existe tal "manipulación", la gente no es manipulable como la masa para pan o las masillas para modelar, por la sencilla razón de que tal procedimiento implicaría que el otro, esto es, el manipulador, tiene acceso a los contenidos cerebrales del sujeto vuelto objeto, hecho que le permite cambiar tales contenidos a placer. Bien, me dirá más de un lector, si la manipulación no existe, ¿qué es entonces lo que justifica las patochadas que has mencionado con anterioridad? La respuesta es simple: la capacidad de apropiación poseída por el mensaje. Así, para seguir con el ejemplo, si yo decido comprar algo inútil, no es porque el publicista me haya manipulado, sino porque en su mensaje insertó algo que a mí me conviene, algo que yo catalogo de "bueno", "útil", o "necesario"; en consecuencia, adquiero el objeto inservible y me siento feliz. ¿He sido manipulado? En absoluto: simplemente, "algo" de lo dicho o lo mostrado hace que "eso" me guste, y contra el gusto no hay combates que entablar. ¿Y si "eso" es una porquería, un objeto inútil? Alguna utilidad le he encontrado, de algún modo lo he investido de las características básicas para integrarlo a mi sistema de necesidades y algo haré con él, aunque sea contemplarlo. Si esto no fuera posible, no habría entonces ninguna necesidad de comprar discos compactos, jugar en internet, o ir a exposiciones de pintura.

Al eliminarse el elemento "manipulación", cae por su propio peso buena parte de la argumentación de Del Paso. Sin embargo, el tío sale por la tangente de este asunto y entra en el campo muy tangible del rating. Sabido es que cualquier teledifusora o radiodifusora, así sea del gobierno, mide su nivel de recepción en cualquier momento para saber, al menos, qué cosas anunciar, cómo anunciarlas, qué transmitir y qué mandar al archivo general de los programas inservibles. El 11, por muy cultural que sea, no puede sustraerse de esta regla general de los medios, y ahí es donde Del Paso ataca a su tocayo Sariñana, y lo califica de censor. ¿Por qué? Ahora se verá.

Los ejemplos que toma Del Paso para apalear a Sariñana son los tres ya mencionados: "Conversando con Cristina Pacheco", "Primer Plano", y "Once TV noticias con Adriana Pérez Cañedo." Para ir por partes, del primero dice, a la letra, que es un programa por el que "ha desfilado medio México, o México y medio: toda clase de personalidades de la música –clásica y popular– y de las letras, del mundo del arte y del folclor, del periodismo, del espectáculo y de la farándula, de la ciencia y la cultura: todos han caído en las redes de una de las mejores y más inteligentes, más hábiles y simpáticas periodistas del país."

Algo hay que reconocer a lo dicho: efectivamente, quienes han acudido al programa de la Pacheco "han caído en sus redes", porque no imagino yo un peor modo de realizar entrevistas que el empleado por la susodicha. Como he dicho en alguna otra ocasión, si yo fuera Juan de la Calle, tal vez aplaudiría la forma en que Cristina Pacheco toma a sus sujetos, los enlaza cual anaconda, y comienza lentamente a extraerles la información. No obstante, como una de las varias cosas a las que me dedico es a la historia oral, y la realización de entrevistas no es un asunto que desconozca, resulta que puedo perfectamente darme cuenta de que la información que los sujetos van sacando poco a poco no es, en la mayoría de las ocasiones, parte de un discurso generado libremente por ellos mismos, sino que surge de las premisas que la entrevistadora desea corroborar. Esto, en el ámbito de los encuentros interpresonales, se denomina "inducir las respuestas." ¿Quieren ustedes ver cómo se inducen limpiamente las respuestas de todo tipo de sujetos? Sencillo: vean a la Pacheco y tendrán numerosos ejemplos. Si yo, a cualquiera, le pregunto, "oiga, ¿verdad que esto es una porquería?", tengo más de un cincuenta por ciento de posibilidades de que el otro me diga "sí, claro", porque en la pregunta está contenida una posible respuesta; si me dice otra cosa, le doy la vuelta, lo enredo un poco, y vuelvo a la carga con lo mismo hasta obtener la respuesta que quiero. Que yo quiero, no la que el otro quería dar. ¿Qué pensaba éste de la situación? ¿Es válido acotar sus respuestas a un "sí, es una porquería", o a "no, no es una porquería"? En alguna ocasión, Cristina Pacheco preguntó seis veces seguidas a un tipo si el ambiente que guardaba una calle del centro era triste. Bueno, decir que lo preguntó es faltar a la verdad, porque la "señora periodista" se limitaba a decir "pero, esto está muy triste, ¿no le parece?" Seis veces consecutivas. El entrevistado, un peluquero con la convicción clara de que aquello no era triste, sino sólo un poco distinto, mantuvo su postura cinco veces, hasta que el tono violento empleado por la "simpática" entrevistadora le llevó a decir un lacónico "bueno, sí es triste." ¿Esto es lo que defiende Del Paso? ¿Formular preguntas malhechas lo mismo a gente de la calle que a músicos, poetas –la entrevista a Alí Chumacero rayó los límites de lo impresentable–, políticos... en suma, a cualquiera?

Viene después el asunto de "Primer plano". Copiaré el largo elogio que el escritor le dedica al programa: "Quien lo ha visto sabe muy bien que éste es uno de los espacios más inteligentes y con mayor libertad de toda la televisión que se ve en este país. Sus participantes son personas cultas y bien informadas, brillantes, que expresan sus puntos de vista sobre los asuntos nacionales e internacionales de actualidad. No escapa a su crítica, cuando así lo consideran pertinente, ningún partido político y tampoco ningún personaje de la política. Se entiende así que su franqueza pueda molestar a algunos de esos políticos, e incluso, en ocasiones, a los empresarios con vocación partidista o intereses en el gobierno."

Rudo, sin duda. Rudo, pero poco veraz porque, en primer lugar, el programa no deja de ser sino el sitio donde un grupo de opinólogos se dedica a crear esa ficción posmoderna que es el "espacio público", donde unos hablan, otros apropian, y se da la impresión de que es la sociedad en su conjunto la que habla. Asimismo, la inteligencia, o no, de los personajes, es algo que depende del punto de vista del auditorio, dado que puede no estarse de acuerdo con todos y cada uno de quienes ahí acuden para decir sus verdades en un tono que va, desde el muy cortés de Leonardo Curzio, hasta el francamente majadero –en muchas ocasiones– de Sergio Aguayo, pasando por la casi perpetua condición anodina de José Antonio Crespo y la petulante sapiencia doctoral de Lorenzo Meyer. A su vez, el epíteto de "inteligencia" se lo colgó al programa, no el auditorio, como cabría esperar, sino la persona a la que se le ocurrió la emisión: Carmen Aristegui, en mi opinión, la periodista más sobrevaluada de este país.

Fernando del Paso añade un punto a su crítica contra Sariñana por andar meneando los programas como si fueran los muñequitos que se ponen en la Rosca de Reyes: si se cambia el horario, la gente deja de ver los programas, y lo que vale es que la gente los vea. Sin embargo, se ahorca solo cuando comenta que hay un rating de cantidad de auditorio, y uno de calidad de auditorio. Tal cosa, hasta donde es posible saber, no existe: las empresas responsables toman nota de quién ve la tele o escucha la radio, no toma en cuenta si es gente inteligente o francamente lerda. No obstante, el enredo en que se interna Del Paso es que, al diferenciar al espectador cualitativamente, se contradice, porque entonces resulta obvio que, si soy inteligente, amo la tele inteligente, y busco informarme con gente inteligente como yo, el horario en el que pase un programa no importará mucho: yo lo veré, así sea que su horario coincida con el noticiero de CNN, el de López – Dóriga, o con las telenovelas más populares. Ah, claro: tampoco importará si soy uno entre un millón, o entre cien mil, o entre diez mil, porque soy uno que vale, uno al que está dirigido el programa. Con esto, al rating cuantitativo –que es el que sí existe– puede cornarlo un toro, porque no importa para nada... ¿o sí? ¿Para qué armar jaleo entonces?

Como remate, el asunto de la censura. No sé dónde cree Del Paso que vive pero, desde el año 2000, en este país la gente es libre de decir, de opinar, de criticar y hasta de calumniar, Vicente Fox dixit. La libertad de prensa, tornada libertinaje, ha polarizado a la sociedad, ha difundido lo que no debiera mostrarse en la televisión –por ejemplo, cómo asaltar un banco, o cómo armar un petardo–, ha hecho cera y pabilo de gobernantes, funcionarios, legisladores, instituciones y sociedad civil. ¿Dónde está la censura travesti, como la califica Del Paso? En su mente, donde lo conspiratorio asoma la cabeza y determina que los programas libres e inteligentes sean puestos en horarios donde nadie los verá para que ello mismo justifique su posterior eliminación. Pero, ¿qué pasa si la gente inteligente no es ni el cinco por ciento de la población? Una más: ¿qué pasa si la gente inteligente no ve la televisión? Más a mi favor, ¿qué pasa si la gente inteligente decide ver esos programas, así sean cinco gatos? ¿Cualitativo o cuantitativo?

Lo último es el noticiario de Adirana Pérez Cañedo. En lo particular, me parece un noticiario incoloro, sin opinión, sin editorial pero, por lo mismo, bueno de verse porque, dejando de lado la posición de locutor transparente que juega la televisión, tal noticiero abre mucho espacio para que sea el propio espectador el que formule juicios, sin verse inducido por las sandeces que, por ejemplo, pueblan el noticiero de Javier Alatorre. No obstante, la reducción del horario hecha al noticiero de Pérez Cañedo es imperdonable para el crítico de marras quien, en el uso de la amplificatio retórica, cava su propia tumba y quita credibilidad a su discurso, al comentar que "la creación de nuevos espacios destinados a las noticias no justifica la mutilación del noticiero más visto y más completo del día [...]" Ésa no se la cree ni la propia Adriana Pérez Cañedo, porque su noticiero no es el más completo –tienen más contenidos el bodrio de Alatorre, el noticiero de Carlos González que transmite el canal 34, e incluso el de Yuriria Sierra que emite Cadena Tres–, y mucho menos es "el más visto": el último recuento de los cinco noticieros más vistos, que yo recuerde, tenía en primer lugar a López – Dóriga, seguido por Alatorre, mientras que en tercer lugar se encontraba Loret de Mola, y cerraban la lista un espacio diurno y uno nocturno de Televisa. ¿De dónde saca este personaje que el noticiero del 11 es "el más visto" si, con o sin recorte, compite con las telenovelas del 2 y del 13 en horario AAA? De su imaginación, seguramente, y en la exageración está la pérdida de verosimilitud del artículo.

Como cierre, vale la pena ver el modo en que Del Paso modifica "lo que hay", y crea una visión alternativa de ello, todo con el fin de zarandear a las autoridades, llamar al público consciente a movilizarse para que no toquen los contenidos de su canal, y atizar los odios que, en ciertos sectores, se tienen en contra de las autoridades tecnocráticas y neoliberales. Valdría también decir que el esfuerzo de Sariñana es bueno, al intentar la revitalización de un canal que, por mucho tiempo, transmitió contenidos nefastos –¿alguien recuerda "A la cachi, chachi, porra"?–, o se dio gusto mostrando programas con los "últimos avances de la ciencia" de hace diez o quince años. Comercializar al canal no implica quitarle su esencia, si es que tal cosa existe; por el contrario, aprovechando que la señal de Once TV México –su nuevo nombre– tiene ahora cobertura nacional, se intenta difundir nuevas cosas, crear un canal competitivo que obtenga rating –cuantitativo, por favor– y permita pensar a la televisión cultural de otro modo, no como un espacio para observar vetustos e insulsos programas, sino contenidos de actualidad, que generen opinión y pensamiento. Tal es el objetivo y, honestamente, espero se vea cumplido, aunque la labor que llevan a cabo saboteadores obstruccionistas como Del Paso y compañía –agrupados todos en La Jornada– puede dar al traste con tan sano intento.

1 comentario:

Patricia dijo...

Pero por favor, ¿cómo pides que las críticas a los cambios en contenidos y horarios en la programación de Canal Once tengan algo de objetivo, sano o siquiera creíble, si estamos hablando que los mismos 'cultísimos' e 'inteligentísimos expertos' no se toman la molestia de ver el susodicho canal, tal cual evidenció el artículo que Proceso le dedicó?
Los 'expertos' dijeron no estar enterados, ni de los cambios de horarios, ni mucho menos de los cambios o añadidos a la programación, lo cual contrastó notablemente con la nota de rasgadura de vestidos y cenizas en la cabeza de la mencionada publicación. Ahora, lo de Cristina Pacheco fue otra cosa. Porque a la señora le ofrecieron dejarle sus dos programas, sin embargo, el cambio de horario de uno de ellos 'no le convino'. Se le ofreció la alternativa de grabarlo para difundirlo en diferido, cosa que la arrugada y obsoleta diva del seudoperiodismo también rechazó, alegando que estaba escribiendo otro de sus libros. De modo que qué censura ni qué narices.
Por último: me extraña que el tipejo que publica en La Jornaca-que viene siendo una especie de devocionario de la 'izquierda pensante-no miente lo que aparece publicado en Proceso, que viene siendo su misal. ¿Será que lo que busca es confundir? Lo ignoro. Pero al parecer juega como los expertos: los 'expertos' dixit, así ha de ser. No importa que los tales ni siquiera vean o lean las gansadas que dicen o escriben, porque resulta evidente que no les importa. Al parecer, tanta arrogancia en unos y otro lo que pone de manifiesto es una asquerosa manera de subestimar, tanto al lector como al televidente, sin importar el cómo se le induzca o manipule. Y ellos, a ver National Geographic o algo así, que por muy Canal Once que sea, la televisión por cable es más chida. ¡Qué van a andar viendo porquerías los señores 'inteleptuales'!